¿Que los homosexuales se casen?

¿Qué las parejas se divorcien a esgalla?

¿Qué, dificultosamente, se aborte bajo vigilancia?

¿Qué algunos puedan morir con paliativos y mucha suerte?

¿Qué poda­mos vocear, siempre bajo la amenaza de las policías como en la dictadura?

¿Todo esto son los indicadores de una democracia?

Poco bagaje es ese si pensamos que buena parte de la libertad de expresión viene de Internet, teniendo en cuenta que si la Internet hubiera existido en el franquismo el franquismo también lo hubiera tenido crudo… En todo caso aquí, en aquellas libertades recortadas, se acaban las ganancias de esta democracia ridícula.

El País Vasco está peor que con Franco. Con Franco sabían que no había libertad, ahora creen los vascos que la tienen pero se les cercena. ¡Cuántos dicen que tan horrible es carecer de libertad como sentirla permanente y gravemente coartada por el propio Es­tado y sus sicarios y sus cómplices de Oposición!

En lo esencial el poder judicial es políticamente sectario y dere­chista (En la dictadura sólo los jueces del TOP lo eran). La sociedad verdaderamente dominante -política, social, mediática y dineraria- apenas nos permiten movernos en un palmo. Cualquier preten­sión más allá de donde estamos es aplastada a palos o con senten­cias de prevaricadores. Se represalia a quienes intentaron re­parar un poco los “desperfectos” franquistas de pre y de postguerra. Se aborta todo conato del desarrollismo soberanista. Ni siquiera hay cabida para el debate federal. La Ley Electoral estrangula los idera­rios avanzados que apenas repercuten en las urnas y en las leyes.

Un monarca moldeado por Franco está al frente del Estado. Puede que una monarquía veterana no influya en las desigualdades socia­les, pero una monarquía reinstaurada las favorece y las potencia… Un ministro franquista, Fraga Iribarne, que se ha pasado la vida ma­nejando hilos tanto con Franco como después de Franco hasta hoy, fue y es el ejecutor del testamento del sátrapa. La derecha nominal -ul­traderecha efectiva- hace mangas y capirotes en sus demarcacio­nes; amparan los líderes a “sus” ladrones institucionales, se ríen de las leyes del parlamento que fueron aprobadas sin su consenti­miento. Se derriban lugares protegidos por la ley, vulnerando la ley que los protege. Se sofoca cualquier intento de ensanchar la auto­nomía en Euzkadi, Catalunya y Galiza.

Los dos bandos mataron en cunetas. Pero los falan­gistas fueron los ganadores y fue su espíritu vivo lo que impulsó al franquismo du­rante cuatro décadas, y ahora se permiten bloquear virtualmente, por la puerta de atrás, la ley que los compromete, y ello con la co­bertura de jueces falangistas aunque no muestren su carnet. Los que dieron el “paseo” y ganaron la guerra siguen ostentando un peso específico que ofende gravemente a los perdedores.

La derecha mediática copa prácticamente las mayores parcelas de poder: apabulla. Dígase cuántos medios impresos o audiovisuales oficialistas son voceros o representan a la izquierda real o incluso institucional. El fiel de la balanza entre izquierdas y derechas está escandalosamente desnivelado. El poder central es débil frente a los dueños efectivos del poder económico, financiero, clerical y mediá­tico. ¿Quién que no tenga dinero defiende la enseñanza y la sanidad privadas? Y así sucesivamente en todas las parcelas de la realidad española en todas direcciones…

Hay tanto desnivel en fuerza y resonancia entre la derecha y la iz­quierda, como asimetría hubo entre los ejércitos imperiales y las mili­cias afgana o iraquí durante las invasiones nefandas de los esta­dounidenses y aliados…

En resumen, todo el mundo supone que en España hay democra­cia. Olvidemos las torturas, el caciquismo, los desafueros propicia­dos, favorecidos o encubiertos (ahí tenemos a un individuo en Cas­tellón ejemplo viviente de la regalía con quien la justicia no actúa, a diferencia del apresuramiento con que juzga a Garzón).

Bien, España está en democracia. Pero la española sigue en la fase anal.

Jaime Richart

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