La experimentación y vivisección de animales, una práctica cruel y sin sentido hoy en día para la que existen múltiples alternativas, se mantiene tan sólo porque constituye un lucrativo negocio.

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Vivo en una casa en la que las tuberías dan problemas por lo que decidí comprar líquido desatascador. Como es un producto peligroso y tengo tres hijos, resolví estar informado ante un posible accidente. Por suerte mis dos perros y mi gata, me brindaron la oportunidad de conocer directamente los efectos nocivos de esta sustancia.

Atendiendo a las pautas de los profesionales realicé con los dos primeros una prueba DL50, que consiste en ver qué dosis mata al 50% de los sujetos sometidos a experimentación. Fueron necesarios 600 cc para que uno, después de unos desgarradores aullidos que se fueron convirtiendo en apagados gemidos debido a las quemaduras en su garganta, muriese entre convulsiones. Luego sacrifiqué al que continuaba vivo aunque agonizante, también siguiendo el protocolo de esos centros que aseguran garantizar nuestra seguridad como consumidores.

Me faltaba saber qué le ocurriría a mis niños si les salpicaba el desatascador en la cara, así que le practiqué a la gata un Test Drize: durante varios días le fui echando en un ojo gotas del producto e iba comparando su estado de progresivo deterioro con el sano. No fue agradable escuchar sus maullidos de dolor ni ver como el globo ocular se le iba tornando blanquecino. También la maté – o “dormí como dicen ellos – cuando se quedó ciega y tenía la zona plagada de úlceras, igual que en los laboratorios. No les administré en ningún momento anestésico a los perros ni a la gata, pues dice la ley que no es obligatorio si se sospecha que puede interferir en los resultados del estudio.

Pero aún no estaba seguro. Casos como el de la Talidomida o el del Clioquinol, en los que los experimentos previos con animales no evitaron consecuencias trágicas para seres humanos, demostraban que los datos obtenidos a menudo no son extrapolables. Entonces me dije, lo mejor será hacerlo muchas veces. Por eso ahora atrapo a cada perro o gato que veo por la calle y en nombre de la ciencia y de la salud pública, repito con ellos estas operaciones. Si los científicos emplean anualmente a millones de ejemplares en procesos reiterativos por algo será, y aunque a veces dude sabiendo que a pesar de estas pruebas, los efectos secundarios de medicamentos son una de las principales causas de muerte en los países desarrollados, que los resultados con animales no se pueden aplicar a personas, o que existen alternativas que no implican crueldad y que es absurdo seguir infligiéndoles esos atroces padecimientos, me tranquiliza el saber que están “reguladas éticamente” por comités en los que ellos son juez y parte.

Ya sé que existen miles de bancos de datos y bibliografía al respecto, cultivos de células y tejidos humanos, simulaciones por ordenador, pruebas con placentas, etc. Es cierto, pero, ¿voy a rebatir a los industriales de productos farmacéuticos, cosméticos o de limpieza? Además, si dejamos de utilizar animales, aunque no haga ninguna falta ni sea fiable, perjudicaremos al inmenso negocio de cría, distribución y venta de perros, gatos, primates, conejos, ratones y demás especies dedicadas a la experimentación y a la vivisección, así como al entramado de becas, subvenciones y publicaciones que mueve. Por cierto, sin críticas, que al igual que afirman hacer los laboratorios, yo en todo momento trato a esas criaturas con humanidad y me preocupo por su bienestar, aunque les arroje ácido o los diseccione vivos.

Julio Ortega Fraile

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