Jeremy Hance

De pequeño leí acerca de la casi extinción del bisonte americano. Recuerdo aquellos libros que ilustraban como los viajeros en tren asomaban sus armas por las ventanillas y arremetían contra centenares de bisontes, dominantes una vez en las grandes llanuras de Norteamérica, mientras la locomotora aceleraba entre los restos del salvaje oeste. La población de bisonte americano se colapsó pasando de los 30 millones a unos pocos a comienzos del siglo XX.

Recuerdo que pensé, con la superioridad característica de un niño, que hoy este tipo de cosas no podrían ocurrir nunca en una sociedad que, en una palabra, ha progresado.

Hoy, ya adulto, el mundo me ha hecho más sagaz: el mes pasado la Convención sobre el comercio internacional de especies en peligro (CITES) derrocó una prohibición al comercio del atún rojo Atlántico en peligro crítico de extinción. Desde una perspectiva científica, ecológica, racional y moral, la historia del atún rojo Atlántico es una larga historia, en su mayor parte, carente de todo sentido común.

Desde 1970, la población de atún rojo Atlántico ha descendido en un 80% debido, al igual que el bisonte, por una razón: la caza excesiva. Clasificado como en peligro crítico de extinción por la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), la ‘gestión’ del atún ha venido regulada durante tiempo por una organización conocida como ICCAT (Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico), sin embargo esta organización ha ignorado continuadamente el consejo de su propia comunidad científica. Durante años, cuando los investigadores hallaban una cuota de pesca en base a las estimaciones de la población, el ICCAT la doblaba. Además, la extendida pesca ilegal, año tras año, agravó todavía más la situación de la especie. El año pasado, los científicos del ICCAT recomendaron por primera vez una prohibición total a la pesca de atún rojo Atlántico pero de nuevo el ICCAT ignoró su propio consejo y fijó una cuota de 13.500 toneladas.

Tras los reiterados fracasos del ICCAT y el continuado descenso de la población, el deber de encauzar el sentido común, que dice que de seguir adelante llevará al colapso de la población y a la posible extinción de la maltrecha especie, caía ahora en las naciones del mundo a través de organismos como la CITES. Sin embargo el mes pasado dicho organismo no lograba reunir los dos tercios de la mayoría necesaria para aprobar la prohibición: el voto perdió abrumadoramente con 20 votos a favor de la prohibición, 68 votos en contra y 30 abstenciones.

¿El motivo? La codicia. La especie tiene mucho valor, al menos para un país. Tres cuartos de la captura se envía a Japón para la elaboración del sushi y cuanto más escasea el atún rojo Atlántico, es decir, más al borde está de la extinción, más dinero se paga por un sólo pez. Se estima que actualmente el comercio de atún rojo Atlántico tiene un valor anual de 7 billones de dólares americanos y un único ejemplar alcanza en el mercado los 100.000 dólares. El voto de la CITES demuestra que cuando la codicia exige extinción, tenemos que ahogar aún así el sonido de la alarma.

Pero la CITES no sólo no ha conseguido proteger al atún rojo Atlántico. Muchas especies de tiburones capturadas en el comercio del finning también han quedado desprotegidas.

Al igual que todas las demás especies, los humanos consumen, pero a diferencia del resto de especies, nosotros también derrochamos y cuanto más crece nuestra población, más dispuestos estamos a ello. En el caso del shark finning a nivel global, los tiburones son capturados, sus aletas son amputadas y luego sus cuerpos son arrojados de nuevo al mar donde mueren. Es un proceso cruel y horrible pero lo peor de todo es que es derrochador: los pescadores arrojan los cuerpos de los tiburones por la borda simplemente porque su carne no tiene suficiente valor. Toda esta muerte y derroche carece de toda regulación con el fin de elaborar cantidades inmensas del manjar asiático (apenas ya no un manjar) de sopa de aleta de tiburón. Se estima que cada año se masacran entre 26 y 73 millones de tiburones sólo por sus aletas.

No es de sorprender por tanto que este comercio haya ayudado a colapsar sus poblaciones en todo el mundo y que en apenas 15 años hayan sido devastadas en el Mar Mediterráneo y en el Golfo de Méjico con descensos de hasta un 90%. Sin embargo, este declive es mundial: durante este mismo periodo de tiempo las poblaciones de tiburones en el Atlántico Noroeste han descendido en un 75%. Hasta la fecha, el 32% de los tiburones oceánicos y rayas están amenazados de extinción.

A pesar de que estas terribles estadísticas fueron el motivo que llevó a los tiburones a ser el foco de atención principal en el encuentro de la CITES, ninguna de las ocho especies de tiburones propuestas para ser listadas recibió suficientes votos para ganar protección y aunque la mielga había ganado votos suficientes, los países asiáticos lograron forzar una segunda votación antes de finalizar el encuentro dejando a la especie, al igual que a sus parientes, completamente desprotegida.

Como máximos depredadores, los tiburones y el atún rojo Atlántico desempeñan un importante papel en el ecosistema, controlando las poblaciones de sus presas y por tanto afectando también a las presas de las presas. Probablemente sin tiburones y sin atún rojo todo el ecosistema marino se desmorone, al igual que ocurrió en Yellowstone sin lobos.

Japón es el villano de esta trama: el turista del tren que descansa su arma en la ventanilla, acribillando lentamente, presionando duramente para que ninguna especie marina reciba protección o se vea aumentada su regulación.

China, Rusia y Canadá fueron los cómplices serviciales de Japón. Si bien la alianza de Rusia y China con Japón puede que no sorprenda, sí sorprende la de Canadá, especialmente considerando que Estados Unidos y la Unión Europea apoyaban dichas prohibiciones. Canadá se ha convertido en un paria medioambiental: uno podría llegar a decir que el actual gobierno de Canadá hace parecer a la administración Bush más ecologista. Unirse con Japón en la CITES es sólo la negativa más reciente de Canadá por la sostenibilidad medioambiental global.

Lo que resulta interesante del comportamiento de Japón es que su gobierno sabe perfectamente que un día no muy lejano no podrá disponer de atún rojo Atlántico. O hay una prohibición o más que probablemente no habrá más atún que poder capturar. Dada la actual situación, hubiera sido más inteligente para la economía de Japón proteger a la especie ahora y en las próximas décadas haber seguido consumiendo atún rojo Atlántico en pequeñas cantidades. Sin embargo Japón ha elegido la codicia y la codicia por definición no entiende de futuro, sólo de presente. El derroche va a la par.

La casi extinción del bisonte americano fue debida igualmente a una combinación de avaricia y derroche: los americanos masacraron a millones de bisontes por su piel y en un programa verdaderamente cruel del gobierno para matar de hambre a los nativos americanos. Anterior a la llegada de los europeos a Norteamérica, los bisontes habían sido gestionados durante tiempo por los nativos americanos a través de la caza y la quema de la sabana. La llegada de enfermedades europeas diezmaron las poblaciones nativas aunque algunos investigadores creen que la población de bisonte creció e incluso se expandió hasta que se produjeron los primeros asentamientos europeos en el oeste.

En realidad, a pesar de esta larga historia, la historia del bisonte americano acabó con un final feliz…bueno, algo. Gracias a los esfuerzos de varios conservacionistas, más notablemente de James ‘Scotty’ Philip, el bisonte americano no desapareció completamente de la Tierra, una posibilidad que hoy puede parecer difícil de imaginar pero que hace unos cientos de años fue bastante probable.

Uno puede encontrar pequeñas poblaciones de bisontes americanos en áreas protegidas aunque nada comparado con lo que una vez deambuló por el oeste de América. Sin embargo, es más probable que conduciendo por América uno vea a un bisonte en cautividad cercado por vallas, como aquellas de las granjas de animales. El gobierno no lo considera el ‘verdadero’ bisonte dado que los análisis genéticos muestran que muchos de los bisontes de granja se han mezclado intensamente con el ganado.

Este muy bien puede ser el mismo destino para el atún rojo y los tiburones: restos de la población a la que se críe para saciar el apetito siempre creciente de la humanidad, quizás cruces entre otras especies de atunes y tiburones o simplemente modificados genéticamente para producir más carne o en el caso de los tiburones, aletas más grandes.

Así que, cuando se refiere a la avaricia humana y al derroche, no te engañes: tal como ya hicimos ayer, explotaremos intencionalmente hasta la extinción a las especies de la megafauna, el atún rojo, los tiburones o el bisonte americano. No hemos progresado y negándonos a aprender del pasado estamos condenados a repetirlo. Por supuesto, a diferencia de los ignorantes, lo repetimos con pleno conocimiento de nuestras consecuencias y ni siquiera eso nos detendrá.

No sabemos cuándo acabará el ciclo pero es muy probable que en uno o doscientos años a partir de ahora los océanos sean tan distintos y solitarios como hoy lo es el oeste de América: pequeños restos en la ausencia de lo que una vez fue.

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