La tauromaquia ensalza la tortura, pero tenemos que seguir soportando su imposición cuando es un exponente de conductas que en cualquier otro caso rechazaríamos.

Yo rechazaría como maestro de mis hijos al que considerase justificado algún modo de tortura, no me fiaría del policía capaz de utilizar la violencia contra un inocente, ni del médico cuya función fuese certificar la muerte de una víctima con cuyo crimen está de acuerdo. Y si esos individuos no me parecen garantes válidos de derechos como la educación, la seguridad o la sanidad, ¿no debo mostrar idéntica actitud hacia el político que da por bueno, moral y legalmente, el sufrimiento que tales conductas provocan o amparan?

El profesor acaso dirá a sus alumnos que no es martirio sino arte y cultura, el miembro de las fuerzas del orden tal vez se excuse en que su proceder se ajusta a la normativa, y el profesional de la salud quizás recurra a la retribución que su labor le reporta, mientras el dirigente político posiblemente aludirá al respeto por la libertad. Apreciaciones personales, cobertura legal, móviles económicos y en un alarde de cinismo, exaltación de la facultad del ser humano para escoger sus actos, aunque impliquen el tormento y la muerte de otros.

Porque de eso estoy hablando, de cómo en nuestra sociedad algunos se transforman en cómplices de acciones salvajes que son origen de inmensos padecimientos para muchos seres. Este comportamiento, deleznable como conducta personal, se convierte en depravado e intolerable cuando está avalado por los responsables de garantizar que con ninguna excepción sea lícita la crueldad hacia terceros, y es que consentida una, ya inaceptable de por sí, ¿quién dispone de autoridad moral para negar el resto?

Así expuesto, pocos admitirían estar en desacuerdo con lo anterior y como yo, en ningún caso otorgarían su confianza a un político del que les consta que defiende semejantes valores, por mucho que puedan coincidir en otros aspectos de su programa, pues basta con saber que no sólo disculpa, sino que alienta y protege institucionalmente tal bajeza y ensañamiento, para que el resto poco importe ya.

Y si ahora digo que los muertos a los que me refiero son toros, que donde se les inflige tan terribles y letales martirios es en la lidia, y que los dirigentes de los que hablo son los que afirman que las corridas representan el respeto a la libertad en este País, que conforman parte de nuestro más imprescindible y preciado acervo artístico y que por lo tanto, merecen seguir siendo subvencionadas y protegidas ante eventuales iniciativas tendentes a su erradicación declarándolas Bien de Interés Cultural, ¿seguirían compartiendo mi opinión?

Seguramente algunos menos, los mismos que se sienten aliviados al saber que la víctima no es más que un toro. De acuerdo, tal vez el especismo lave sus conciencias, pero cuando acaricien a su perro al que tanto quieren o tengan a su gato ronroneando en el regazo, no olviden que normalmente esos mismos políticos amantes de la tauromaquia, son los que están a favor del sacrificio en las perreras, o quienes elaboraron un código penal que no castiga al que mata a pedradas a varios gatos y después exhibe sus cadáveres en internet.

Julio Ortega Fraile

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