¿Hasta cuándo tenemos que seguir soportando, callados y vendidos por quienes deberían de apoyarnos, una situación de miseria creciente de la que no somos los culpables?

Madres que por no haber cumplido los 45 años, ven como se les niega un subsidio irrisorio por más que hayan de alimentar a sus hijos. Padres que agotada esa mísera prestación, escuchan cómo ya nada les corresponde y todo lo que reciben, es la compasión del funcionario de turno que por supuesto, ninguna culpa tiene de que el Estado abandone por completo a familias hacinadas en la fosa del paro.

Lo lógico y deseable sería que fuese organizados por los sindicatos, mas si éstos continúan instalados en el servilismo remunerado en el que se encuentran tan a gusto y bien cebados, entonces que sea impulsados por nuestra dignidad, y convocados todos a una ante la certeza de estar compartiendo una situación sangrante de indefensión y desprotección. Pero la protesta y hasta la rebelión social, no pueden seguir esperando. Cuantas más horas transcurran, mayor será el número de cadáveres.

Los parados, aquellos que no tenemos con qué alimentar y vestir a nuestros hijos o para pagar la casa, ni tan siquiera para comprar medicinas o satisfacer los recibos de los servicios esenciales, hemos de concentrarnos todos los días, todos, frente a las delegaciones de gobierno, como representantes más inmediatos que son de las instituciones que nos gobiernan, ¿amparan y protegen?, para exigir que los responsables políticos actúen de forma inmediata y pongan fin a esta tragedia cada día más extendida.

Y si arde alguna papelera, bienvenida su combustión. O si una cristalera salta hecha añicos, que traigan un repuesto de la Moncloa, de Zarzuela o del Congreso de los Diputados. Pero no me parece que puedan acusarnos de destrozos los culpables de nuestra hambre. Si nosotros somos vándalos por levantar los adoquines, ¿qué son ellos que asisten impasibles a esta miseria que nos devora mientras celebran ufanos el aniversario de una Constitución que dice garantizarnos trabajo o vivienda?

Hastiado estoy de quienes hablan de crisis y dilapidan fortunas en cuestiones que sólo a ellos o a los suyos benefician, que engordan con inyecciones económicas a una de las bestias responsables de esta locura, la banca, o que no les falta para subvencionar estupideces innecesarias e incluso actividades que implican maltrato de seres vivos. Y harto de que nosotros nos dejemos robar impasibles.

Agotado ya el tiempo de asistir a su papel de testigos impertérritos, mientras miles de familias se ven despojadas de todo y la precariedad empieza a hacer mella incluso en sus estómagos, nada me hace dudar que ha llegado la hora de levantarse, organizarse y socavar los cimientos de sus poltronas. Quien implora una limosna no remueve conciencias, pero quien sin miramientos inútiles a estas alturas exige lo que en justicia es suyo, tiene mayores probabilidades de que se le restituya aunque sólo sea por miedo. Y el trabajo, la vivienda, la comida y el dinero que entre unos pocos se reparten, no pueden ser derechos de algunos sí y otros no, sobre todo cuando los culpables de esta situación van sobrados de “brotes verdes”.

Julio Ortega Fraile

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