Hoy hace un año murió mi perra. Se llamaba Luna. Tenía un año y medio. Yo la maté.

No lo hice a propósito, pero sí fue mi culpa. Por más que mi familia y amigos lo nieguen, yo pude haber evitado su muerte.

La dejé suelta mientras caminabamos, como lo había hecho muchas veces anteriormente, para que ella pudiera correr sin estorbos en el parque, para que ella pudiera ser libre.

Me distraje un momento. Ella vino, se asomó desde arriba en una colina y me vió, una última vez antes de hechar a correr hacia la calle. Yo me fuí detrás de ella desesperadamente, pero me confié, me dije que ella iba a estar bien, que si cruzaba, un carro pararía antes de darle, que yo era inmune a semejante tragedia. No actué con urgencia, no estuve atento en el momento, no seguí mis instintos más fuertes.

Tal arrogancia mata.

Luego escuche el sonido de la inevitabilidad. No ví lo que pasó, ni escuche un aullido, solo el bombazo, el chillido de llantas, y el grito de otra gente.

Tal arrogancia. Por alguna razón, sentí que era especial, que yo y mis seres queridos podríamos ser libres, y tener un espacio en este mundo en el que podíamos ser felices y vivir en nuestra forma más natural. Sin correas que nos amarraran a la rutina de una sociedad sin sentido. Pero se me olvidó que no se puede ser libre en una sociedad donde no existe la libertad. No se puede ser libre sin otros con la cual podamos compartir la libertad porque sin una comunidad de iguales, no existimos. Somos locos nada más.

Un año ha pasado y no hay día en el que no piense en ella, en el que no sienta un dolor agudo en el vientre tan intenso que sólo quiero reventar mi cabeza para poder sentir otra cosa, algo más físico, más soportable y más superficial. En algún momento pense que la vida había perdido su placer y su sentido, pero esa era nuevamente mi arrogancia matándome.

¿No han habido otros, muchísimos, demasiados, que han sufrido igual o mucho más que yo? Asesinatos, guerras, desapariciones, violaciones, pobreza, hambre, hijas, hijos, madres, padres, familia, hermanos, amores, atrapados todos en un mundo donde morimos sin gracia y sin razón alguna y sin dejar ningún rastro ni memoria. Desaparecemos y nos destruimos mutuamente descaradamente y sin darnos cuenta. Poco a poco dejamos de existir porque no sentimos la necesidad de sobrevivir. Nuestra arrogancia no nos lo permite. O pensamos que somos muy especiales y nada nunca nos va a pasar mientras nos escondemos detrás de los muros de la seguridad ilusoria, o pensamos que estamos ya encaminados hacia la muerte, entonces para que intentar escapar de la opresión del sufrir constante al que se nos somete si el ciclo siempre se va a repetir. Nuestra arrogancia no nos deja sobrevivir ni a la degradación social, ni a la soledad, ni al cambio climático, ni a la tristeza. No podemos hacerlo sino buscamos un cambio radical en donde todos podamos ser libres juntos. Es la única forma.

Pero el problema es que pensamos que somos libres. Nos han endoctrinado para creerlo. Todos los días lo escuchamos, y esa repetición nos ha taladrado la idea en lo más profundo de nuestro ser. No lo cuestionamos. La evidencia abunda de que sí lo somos. Tenemos la libertad de elegir nuestro destino, de trabajar donde queramos, de ser lo que queramos, de escoger a nuestros amigos, nuestros amantes, nuestra ropa, lo que consumimos y deseamos. ¿Nosotros lo escogemos, verdad? Nosotros tenemos la capacidad, como los dioses invencibles que nos han hecho creer que somos, de crear nuestro mundo a nuestra semejanza. Pero la verdad es que ya nuestra vida fue imaginada por otros. Nosotros no somos sus dueños. Las alternativas y las opciones las han eliminado para que solo queden las acceptables a un camino que mantenga la estructura del presente, con todas sus injusticias y desigualdades y sus engaños. Donde la competencia supuestamente ayuda al desarrollo de la humanidad, y los que ganan son los que tengan más y los que tengan más son los que ganan, y si no has triunfado en la vida, si eres infeliz, es tu propia culpa, por no ser mejor que el resto. Pero, ¿no son los que tienen más los que ganan? Sino tienes poder ni dinero, no eres nada. Pero en verdad lo único que queremos los demás es solo un rincón, un pedazo de tierra donde podamos respirar, y sonreir, y compartir, y correr, sin preocuparnos de este sufrimiento constante.

Sin preocuparnos de ser atropellados.

Pero los que queremos ser libres somos una amenaza. Porque los que ganan en la actualidad quieren seguir su mundo, su burbuja en la cual ellos son dioses y no tienen que ceder nada y pueden conseguir todo lo que quieran. Ese mismo sueño al que todos nos vendieron, y el cual no conseguimos por nuestra propia culpa. Pero por más que ellos tengan, tampoco podrán ser libres. Porque están aislados del resto, solos, siempre inseguros, en peligro y con temor.

Sólo podemos ser libres cuando seamos iguales. Cuando respetemos a los demás seres vivos y nos demos cuenta que somos parte de un todo. Somos una colectividad que nos necesitamos mutuamente para sobrevivir, y una comunidad que si pierde uno, perdemos todos. Cuando ya no tengamos esas ganas de controlar nuestro mundo y someterla a nuestra visión de lo que es bueno y malo, y querer conquistar nuestros entornos para construir murallas y asegurar nuestra protección a cualquier peligro externo. Cuando dejemos de crear instrumentos que nos separen y nos atrofien. Cuando dejemos de querer ser superiores. Ahí cuando nos encontremos nuevamente y podamos compartir ese espacio, llegaremos a ser libres.

Luna vivió esa libertad. Verla vivir era un placer por su inocencia, sencillez y rigor. Algo debemos aprender de los animales nosotros. Ella lo daba todo y nunca se contenía. Todo, desde sus miedos inventados hasta su emoción de vernos, lo expresaba en su totalidad, nunca a medias. Pero los demás que nos encontrabamos ahí no habíamos llegado a ese nivel. Por eso murió. Yo, agotado por un trabajo que no apreciaba y sometido a los esquemas sociales, la mujer que manejaba el carro con prisa de recoger a su niño después de haber estado cuidando niños ajenos en su propio trabajo. Mi pareja y mejor amiga aún en su trabajo porque la ocupaban hasta tarde. Una muchacha que hablaba con su amigo. Todos en ese momento, luego de que Luna hubiera sido golpeada, la veíamos agonizando e intentando de sobrevivir, sin poder mover nada de la cadera para abajo. Estabamos congelados. Se nos olvidó lo cotidiano, lo que supuestamente nos debería importar y en ella veíamos la fragilidad de la vida. En esos momentos cuestionamos todo y buscabamos algo real que nos pudiera mantener aflote. A algunos ya se nos olvidó luego del momento, pero otros lo continuamos buscando.

Ya yendo hacia el hospital, la abrazaba y lloraba, sabiendo que iba a ser la última vez que iba a estar en mis brazos, y luego de varias horas, el veterinario nos avisó que no se podía hacer nada. La tuvimos que dormir. Y desde entonces, todos los días pienso en cómo traerle justicia a su vida.

Y la mejor manera de hacerlo es buscar esa libertad hacia la cual ella corría. Es ahí donde nos encontraremos nuevamente.

http://revista-amauta.org/2010/09/buscando-a-luna/

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