“…La universalidad a la que tiende sin cesar el Capital, encuentra trabas en su propia naturaleza, las que en cierta etapa del desarrollo del capital harán que se le reconozca a él como la barrera mayor para esa tendencia, y por consiguiente, propenderán a la abolición del Capital por medio de sí mismo” (Karl Marx, borradores 1857-1858)

INTRODUCCION

Mientras cada día son más numerosos los intelectuales que intentan escudriñar y descubrir, en la extensa obra de Marx, explicaciones a la profunda crisis económica y social del modo de producción capitalista, y soluciones a ésta, a modo de recetario bíblico, pocos se atreven a seguir profundizando y desarrollando su enorme trabajo intelectual. Parece como si el factor tiempo, la que fuera la mayor aportación en la física de uno de los más grandes científicos de nuestra era, Albert Einstein, no deba tenerse en cuenta en el análisis de los procesos sociales ¡qué paradoja!

Unos se niegan a comprender el enorme alcance y trascendencia provocadas por la profunda transformación de las fuerzas productivas en esta etapa de desarrollo del Capital posterior a los estudios de Marx; otros auguran estas transformaciones como un gran desastre apocalíptico confundiendo el imparable proceso transformador y creador de la sociedad humana, con la auténtica negación de éste mismo proceso bajo el corsé capitalista ¡a éstos sólo les cabe maldecir al conocimiento humano y rezar por una impensable vuelta al capitalismo del pasado!; u otros, los más ilusos, se niegan a reconocer que hemos entrado en un camino irreversible en donde nada será igual como en décadas anteriores: los antiguos equilibrios en los que se sustentaban la viejas crisis ya no servirán, porque éstas se enfrentan apresuradamente a sus propios límites. Por esto la frase de Marx que encabeza estas reflexiones es, para los que quieran encarar un análisis del futuro de la Humanidad con rigor y valentía, de una gran importancia: EL CAPITAL CONTRA SI MISMO.

Una segunda consideración. La incertidumbre y la inestabilidad económica en este estadio de grave crisis, que muchos analistas no llegan a comprender por tan disparatada y turbulenta (pronto ninguna teoría económica será capaz de explicar los avatares de la sociedad del dinero), y que les hace considerarla a menudo como los primeros síntomas de una crisis final o megacrisis (la fragilidad del dólar, el déficit norteamericano, los desajustes financieros globales, la crisis energética, la burbuja inmobiliaria, etc.) no significan en absoluto que ésta aunque se llegara a producir sea la piedra filosofal de un gran cambio social. Los cambios sociales no sólo se producen cuando un sistema alcanza su agotamiento, sino a su vez, y fundamentalmente, por la acción y voluntad decidida de la sociedad que es capaz de dirigir en otro sentido su capacidad constructora. Sin ello, esta situación de crisis puede dar paso (y existen muchos síntomas que así lo indican) a una feudalización del Capitalismo. Las situaciones de barbarie que hoy vivimos (hechos y actos constatados en muchos lugares del globo) no las podemos vislumbrar por ahora como ningún indicio de periodo de cambio social sino, por el contrario, como tristes derrotas de una Humanidad que no alcanza ha encontrar aún el camino hacia su unificación y soberanía plenas. Cualquier lucha de rebeldía contra la sociedad del dinero, por pequeña que parezca, es un síntoma de esperanza de la vida frente a la barbarie a la que nos conduce el Capital.

RASGOS DE LA CRISIS

A partir del momento en el que se produce una situación de profunda transformación de las fuerzas productivas (microelectrónica, informática, comunicaciones, biotecnología, etc) el capitalismo, como modo global de reproducción social, se sumerge en las inciertas aguas de una crisis en donde la producción del Valor enfrenta sus verdaderos límites. La revolución de las fuerzas productivas, en carrera imparable, irrumpe en cascada en todos los sectores de la producción, zarandeando con fuerza los débiles equilibrios sustentados sobre la base de las propias contradicciones inherentes al sistema capitalista desde sus inicios. En el fondo de esta cuestión, lo que hace explotar todo el edificio desde sus cimientos, es la alteración de lo que hasta el momento se consideraba la correcta relación entre el trabajo necesario para la producción de cualquier mercancía y el plus trabajo que valoriza el Capital. Esta relación se derrumba con la nueva revolución tecnológica que el propio Capital está obligado a implementar. Este es el núcleo central que explica la crisis del modo de producción capitalista y lo que en cierta manera lo diferencia de otras crisis anteriores.

La tercera revolución industrial, la de la microelectrónica, trae aparejada la desvalorización general del Capital, es decir, una destrucción sistemática del mismo en el sentido de que no puede existir ni reproducirse de la misma manera que lo hizo desde sus inicios, en donde una y otra vez volvía a incorporarse a la producción en el intento de recomenzar de nuevo el ciclo de la acumulación. Esta incapacidad no puede ser interpretada, como lo fue en el pasado, como un simple sarampión que una vez superado solo dejaba como secuela un nuevo estirón de dinamismo, duradero hasta el siguiente sarampión. La crisis actual, no es una repetición cíclica de un mismo accionar, aunque en ella coexistan los elementos comunes de destrucción y violencia que siempre la han acompañado.

Cada crisis corresponde sin duda alguna a un cambio brusco, cualitativo y espectacular en el desarrollo de las fuerzas productivas. El motor de nuestra Historia, la Ciencia, ha irrumpido siempre como un mágico efecto renovador y revolucionario en el seno de nuestras sociedades. Son las únicas condiciones reales en las que son factibles y necesarios cambios en la vida y en las formas de organización social. Pero para el Capital, ávido de mantener su único ritual particular y mezquino (que el Capital rinda beneficios) la apropiación del conocimiento humano convertido en técnica, no ha hecho más que engendrar más y más contradicciones en su sistema y lo que podría ser bienestar y progreso de la Humanidad, lo transmuta en aves de tormenta anunciadoras de crisis. Crisis de sobreproducción, desvalorización del capital y del trabajo, excedente de capitales (sobreacumulación de capital) que no pueden ser invertidos de nuevo en la producción, pillaje, guerras…

Para salir de sus crisis el Capital siempre exige auténticos holocaustos humanos, sublimes sacrificios, destrucciones masivas, proezas históricas salvadoras. Seguramente sea necesario recordar que en los dos últimos rituales acontecidos, la Humanidad pagó con el sacrificio de 30 millones de muertos en la guerra del 14 y más de 100 millones en la Segunda Guerra Mundial. El Capital salió así vencedor de las crisis anteriores y no tiene hoy otra receta distinta para salir airoso de las venideras.

La misma existencia de estas repetidas crisis y la única salida que impone siempre el Capital (la destrucción de grandes masas de “capitales”), pone de manifiesto, con la corte de violencia y destrucción que las acompaña, la profunda irracionalidad e imposibilidad de superar los límites que el modo de producción capitalista intenta imponer a las fuerzas productivas.

Tampoco son las Crisis del capitalismo unos fenómenos circunscritos solamente a la pura esfera de la economía, tal como lo han venido repitiendo hasta la sociedad los eruditos provinentes del marxismo y la izquierda. Tal idea no lleva más que a unos planteamientos economicistas y reformistas en donde la derrota está plenamente garantizada. Son crisis generales que solo pueden resolverse con un gran cambio social, porque no solamente afectan a la producción material por cuanto los viejos métodos utilizados quedan rápidamente anticuados para resolver positivamente las necesidades de la sociedad (la crisis feudal, por ejemplo, solo se podía resolver con la utilización del ferrocarril, del horno bessemer, del motor de explosión, etc.) sino que afectan también a las relaciones sociales que las sustentan, a las leyes que las legitiman y a las formas políticas que rigen en cada periodo. La obsolescencia de la sociedad caduca se pone de manifiesto durante todo el tiempo que queda al descubierto la barbarie contenida para mantener a toda costa un modo de producción agotado. Su perpetuación solo puede realizarse con el recurso casi exclusivo de la violencia. De tal forma se agotaron todos los sistemas sociales anteriores.

La obsolescencia de la sociedad caduca no se debe a la mezquindad de unos capitalistas malvados que no pueden asegurar el trabajo para todos bajo la forma asalariada. El trabajo asalariado, tal y como en periodos históricos anteriores lo fue, el trabajo esclavo o el servil, desaparecerá como resultado del desarrollo de las fuerzas productivas. Boquiabiertos quedan pues los que en esta materia, así como en otras, confunden los efectos de la crisis capitalista por sus auténticas causas. La desvalorización del trabajo asalariado (hasta el punto de la exclusión o de la destrucción sistemática de ingentes cantidades de fuerzas de trabajo sobrantes), no es más que la muestra de la incapacidad del Capital para incorporar “nuevas formas de trabajo” a la producción social. La generalización de estas “nuevas formas de trabajo” solo pueden darse fuera de la sociedad del dinero.

Otra confusión muy extendida en la actualidad, es la que apoyada en la percepción del enorme incremento de lo que se dado en llamar “economía especulativa” (capitalismo especulativo y parasitario) reduce a este preciso fenómeno todo el fundamento de la crisis que se está gestando.

Aunque este fenómeno es incuestionable, no es menos cierto que, aunque en diferentes grados, este ha sido común en todas las anteriores crisis que, en cada una de las sacudidas menores, han ido salpicando la evolución del capitalismo en las últimas décadas. Pensar que los cracks de los mercados de valores son la causa desencadenante de las crisis es equivalente a poner el arado por delante de los bueyes, es confundir las causas con los efectos.

Se ha de tener en cuenta que en los mercados de valores la actividad esencial no es la metabolización de trabajo asalariado, ni la creación de trabajo necesario a fin de obtener plus trabajo y por tanto, nada que tenga relación con la reproducción del Capital o con su autovaloración. En las bolsas de todo el mundo se intercambian capitales que previamente han sido retirados del proceso de reproducción, es decir, se trata de capitales que como resultado de una acumulación previa, se ven impedidos de reiniciar una nueva rotación a fin de reproducirse. En cierta manera podríamos decir que es solo DINERO que se niega a convertirse propiamente en Capital para reiniciar su circuito “dinero-mercancía-mercancía-dinero” y que, por tanto, su “intercambio”, al no estar basado en la metabolización de trabajo, solo puede tener lugar bajo otros supuestos distintos a los de la producción propiamente dicha y su denominador común se asienta en la pura y simple alteración de los precios. Es pues acertada la expresión “economía de casino” referida a esta cuestión, puesto que, lo que algunos ganan, otros lo pierden, pero en todos los casos lo que se manifiesta es que no es aquí precisamente en donde se crea la riqueza, y sí en donde el Capital se convierte en una traba para el progreso social. En las bolsas, elevadas por la demencia senil del capitalismo a la categoría de santuarios ludópatas, se ofician diariamente las exequias de un muerto viviente, que a cada anuncio de recorte de la masa de trabajo (regulaciones de empleo, despidos, etc.), entona el aleluya en su imparable ascenso a la sepultura de la Historia. Ser propietario de unas acciones o de cualquier activo financiero que cotiza en bolsa, ha sido interpretado por algunas lumbreras de la pseudo economía liberal, como una evidencia del tránsito hacia un capitalismo popular que por fin alcanza una armonía socializadora. Pero podemos asegurar a los infelices partícipes de este casino que ni las acciones les convierten en capitalistas ni su valor cotizado es Capital. Solo la apropiación del trabajo asalariado puede otorgarles esta categoría. Y además, es frecuente durante las crisis, que el Capital se ve obligado a abandonar los sueños financieros y regresar al mundo de la realidad (la caída de las bolsas es una manera de “destruir” capital con la misma rapidez y efectividad que una guerra).

Por tanto, el mercado de valores solo puede tomarse como un termómetro que mide el nivel de energía de la crisis del modo de producción capitalista, pero ésta de ningún modo se gesta en él. Solo se gesta en el mundo de la producción. La Bolsa es el refugio de los capitales que ya no pueden reproducirse como tales. Es como una isla en medio del océano donde van llegando, cada vez en mayor número, los náufragos del barco capitalista. ¡Nada más ilusorio pensar que los capitalistas no hayan descubierto antes, que el dios dinero puede rendir beneficios sin salirse del eterno circuito de la circulación, evitando el pesado lastre de la producción de mercancías!

Tal vez, para los que siguen creyendo que el capital especulativo y parasitario es la causa de la crisis (¡oh malvados capitalistas!) la frase: “las bolsas de valores son el refugio de capitales sobrantes (sobreacumulados) que no pueden ya reproducirse “metabolizando trabajo” les suene a extraño. Si se molestaran en leer los estudios de Marx, no tardarían en descubrir que es solo a partir de la teoría del valor como se llega al concepto de Capital y como este contiene la determinación de convertirse en Dinero. La teoría del valor de Marx es el objeto fundamental de su análisis científico en el intento de descubrir, con la misma exactitud matemática o física de otros investigadores, la estructura de un sistema en donde todo cuanto existe y se transforma se convierte en mercancía de cambio. Sin la explotación del trabajo humano nada se puede entender. Mientras no puede separarse Trabajo y Capital (por eso podemos decir que la crisis del trabajo asalariado es inseparablemente la crisis del Capital), el Dinero, por su cuenta, resuelve emprender una ilusoria carrera a los cielos…

Como el creyente que cierra los ojos y ve el mundo tal como lo imagina en su ceguera, circula entre los intelectuales progresistas una tergiversación de las crisis capitalistas, que sitúa su punto de gravedad en torno al concepto de superproducción de mercancías, o lo que es equivalente a la incapacidad del consumo para poder absorber la capacidad productiva del sistema. Formulada de esta manera es evidente que dada la tendencia permanente del Capital hacia un incremento constante de la producción de toda clase de mercancías, nos encontraríamos hacia un estado de crisis permanente, la cual cosa es obviamente falsa aún a un simple nivel de observación empírica. Por otra parte, contrariamente, podemos constatar estadísticamente que las crisis aparecen precisamente en los momentos en que los salarios (y por tanto la magnitud que determina la capacidad de consumo) se encuentran en el punto más alto y la expansión del crédito es mayor (como manera de detener la caída de la demanda).

Veamos lo que Marx escribió al respecto: “…decir que las crisis provienen de la falta de un consumo en condiciones de pagar, de la carencia de consumidores solventes, es incurrir en una tautología cabal. El sistema capitalista no conoce otros tipos de consumidores que los que pueden pagar, exceptuando el consumo subforma pauperis (propio de indigentes) o de los pillos. Que las mercancías sean invendibles significa únicamente que no se han encontrado compradores capaces de pagar por ellas y por tanto consumidores. Pero si se quiere dar a esta tautología una apariencia de fundamentación profunda diciendo que la clase obrera recibe una parte demasiado exigua de su propio producto, y que por ende el mal se remediaría bien si recibiera una fracción mayor de dicho producto o bien si aumentara su salario, bastará con observar que invariablemente las crisis son preparadas en un periodo en el que el salario sube de manera general y la clase obrera obtiene realmente una porción del producto destinado al consumo. Desde el punto de vista de estos caballeros del sencillo sentido común, estos periodos, a la inversa, deberían adjurar las crisis. Pero, parece, que la producción capitalista implica condiciones que no dependen de la buena o mala voluntad, condiciones que sólo toleran momentáneamente esa prosperidad relativa de la clase obrera, y siempre en calidad de ave de tormentas, anunciadoras de la crisis”. (K.Marx: “El Capital” libro II Cap.XX).

Para Marx, el subconsumo es característico de toda sociedad de clases, no es algo específico de la sociedad capitalista. El ave de las tormentas, al que Marx hace referencia, no tiene su nido precisamente en el exceso de la oferta o en la insuficiencia de la demanda. Tanto la expansión como la crisis, son fases normales y naturales en los procesos de acumulación y reproducción del Capital. En ésta dinámica, y solamente en ella, deben ser comprendidas las crisis. Si cometemos el error de pensar que el objetivo del modo de producción capitalista es la producción de mercancías para el consumo general, jamás podremos entender como en las crisis, una de las primeras consecuencias, inevitablemente, es una gran destrucción de las mismas; a no ser, que decidamos declarar a todos los capitalistas locos de remate. Por el contrario, si establecemos que todas las mercancías deben ser puestas en circulación y en ella, convertirse en precios y realizarse como dinero para volver a valorizar el capital inicial, entonces habremos llegado a la justa comprensión del Capitalismo: el objetivo es acrecentar el capital, y la producción de mercancías solo es un medio para tal fin.

No son pues las crisis unas crisis de sobreproducción sino todo lo contrario. Son crisis de sobreacumulación de Capitales que no pueden volver a ser puestos en la producción para recomenzar el ciclo de su revalorización. La crisis de 1929 que llevaría a la segunda guerra mundial (una gran destrucción de mano de obra y de grandes masas de capital físico) es muy aleccionadora a este respecto. Vino precedida de un periodo en el que los capitales sobrantes buscaron su supervivencia en la economía especulativa (hasta las clases medias participaron en ella, aún a crédito) sobre todo en los mercados de acciones y de valores en general. Este fenómeno es también el ave anunciadora de las tormentas a las que se refería Marx y que hoy vuelve de nuevo a enseñorearse de nuestros cielos.

HACIA UNA CRISIS GLOBAL

Si hasta ahora hemos hecho algunas precisiones sobre la fenomenología de las crisis que en el pasado sacudieron al modo de producción capitalista, es necesario abordar los elementos que, en el presente, constituyen rasgos diferenciales y por tanto determinantes de la dirección en la que transcurrirán las venideras.

El primer punto y básico, se sitúa en las coordenadas de las fuerzas productivas y dentro de éstas, en la especificidad de los grandes cambios que en ellas han operado desde la última revolución industrial hasta éstas últimas décadas. Si bien Marx adelantó el advenimiento de lo que el llamó “el sistema automático de máquinas”, no pudo entonces, de ninguna manera, analizar la trascendencia de los cambios que esto provocaría.

Tras la gran destrucción causada por la Segunda Guerra Mundial (que zanjaba la crisis del 29) se produce una larga expansión en los países capitalistas desarrollados. Su elemento esencial es la absorción de trabajo asalariado por el Capital. Las políticas de reconstrucción abonaron el terreno para que el Capital se lanzara sin freno, a una constante revalorización. El pleno empleo le aseguró jugosas plusvalías incrementadas por un flujo migratorio de la periferia excolonial hacia la metrópoli, de los países mas atrasados hacia los más desarrollados. Es en este contexto, que las grandes industrias, tanto las extractivas como las transformadoras, crecieron tanto en trabajo incorporado como en volumen de capital constante, hasta el punto que los antiguos mercados nacionales se volvieron insuficientes para absorber y garantizar la enorme fuerza expansiva de la industria, del comercio y de los servicios financieros. Esta etapa expansiva de acumulación de Capital, no hizo más que preparar en su desenlace una nueva crisis mucho mayor que la anterior. En esta línea llegaríamos a la misma conclusión que llegó Marx en sus trabajos sobre las crisis capitalistas.

El primer punto a considerar es la aceleración inusitada de los nuevos conocimientos que revolucionan constantemente tanto los medios como los métodos de producción. Tanto es así que los más recalcitrantes conservadores no osarían en poner en duda los enormes progresos que, cualitativa y cuantitativamente, provoca esta nueva revolución tecnológica en el desarrollo de las fuerzas productivas. Ningún sector de la producción ha escapado de sus efectos transformadores. Y a la hora de evaluar estos hechos, medir sus efectos y sacar las conclusiones correctas, deberíamos recurrir al método que incluye las disciplinas científicas que forman el cuerpo del conocimiento, la Historia comparada, la economía política y la Sociología. Deberíamos reemprender la tarea de Marx y tomar en atención las palabras de Engels pronunciadas ante su tumba, que bien fueron un resumen de su aportación fundamental:

“…Marx descubrió la ley del desarrollo de la Historia humana. El hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita, en primer lugar comer, beber, tener un techo y vestirse; antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc. Que por tanto, la producción de los medios de vida inmediatos y materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época, es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres, y con arreglo a la cual deben por tanto explicarse, y no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo. Marx también descubrió la ley específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad burguesa que este origina. El descubrimiento de las plusvalía iluminó de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto la de los economistas burgueses, como la de los críticos socialistas, habían vagado en las tinieblas”.

Este hecho tan sencillo que Marx descubre pone de manifiesto que en las sociedades en las que no se producen cambios en la base productiva, permanecen estancadas en todos los ámbitos, en las ideas, en las formas políticas, en la ética, en la moral, el arte… y en sentido inverso, podemos afirmar que cuando una sociedad se ve inmersa en una constante renovación de los medios que definen las formas de producir y satisfacer las necesidades de sus miembros, las leyes, las formas políticas, los códigos morales, los conceptos éticos y las ideas mismas de los individuos están abocadas a profundos procesos de transformación y de cambio. La nueva sociedad acaba derrumbando la vieja. Este es el caso de la época actual: los cambios se suceden en cascada. Apenas hay un día sin que se publique la noticia de un nuevo descubrimiento, de una nueva máquina o de un nuevo material. Del analfabetismo generalizado a la escolarización universal, de la rareza del genio inventor al trabajo en equipo de centenares de investigadores, del curanderismo a la medicina social, de la brujería a la Ciencia. Toda esta suma de conocimientos es la base de los cambios que realmente están haciendo crujir las viejas estructuras económicas y políticas de la sociedad capitalista al igual que el ferrocarril, la máquina de vapor o la electricidad lo hicieron con la sociedad feudal. Nuevas semillas de cambio social claman germinar en un nuevo terreno abonado que la vieja sociedad es incapaz de ofrecer. Su apropiación por la sociedad en donde rige la ley del beneficio privado, no hace más que trasmutar el enorme bienestar y progreso social que supondrían en tormentas de crisis y de barbarie. Mientras lo nuevo surge lentamente con un vigor imparable, lo viejo se resiste a morir.

Mientras la competencia entre Capitales y la imperiosa necesidad de mantener la tasa de beneficios, hace que el Capital no pueda dejar de aplicar cada día estos nuevos conocimientos a la producción, por otra parte su misma aplicación desvalija al mismo tiempo las bases que hicieron posible su anterior forma de acumulación: la relación entre el trabajo necesario para la producción de cualquier mercancía y el plus trabajo que valoriza el Capital. Este enorme desarrollo propiciado por el “sistema automático de máquinas” no puede producir (en la sociedad capitalista) más que una desvalorización constante hasta la depauperación de la fuerza de trabajo humana, bien aumentando el grado de su explotación bien disminuyendo el salario… ¡para que el Capital siga rindiendo beneficios!

¿En una sociedad en donde pueda llevarse al límite de lo posible un “sistema automático de máquinas” (sin metabolizar trabajo asalariado o dicho de otra manera: aumentando inconmensurablemente el tiempo de trabajo expropiado al trabajador y disminuyendo la cantidad de trabajo vivo necesario), como se revaloriza el Capital? Me gustaría conocer la respuesta de las lumbreras de la economía capitalista. La respuesta es taxativa: no puede revalorizarse. En ausencia del trabajo asalariado el Capital deja de ser Capital.

Ello nos acerca de nuevo a Marx: “…los intereses y las condiciones de existencia en el seno del proletariado se nivelan mas y mas en la medida que la maquinaria va borrando las diferencias del trabajo, y reduce en general el salario a un mismo nivel de mediocridad. La competencia creciente entre los propios burgueses y las crisis comerciales que resultan de ella, hacen que el salario de los trabajadores sea cada vez más inestable; el perfeccionamiento constante y cada vez mas rápido de la maquinaria hace que la condición de obrero sea cada vez más precaria…” Hoy, podríamos añadir, que en la precariedad de la condición obrera está la base de la precariedad de la condición del capitalista.

EL DINERO

Hay que hablar del dinero, unas veces como medida, otras como mercancía universal que representa a todas las demás, y casi siempre como capital realizado o si se prefiere, como forma de Capital a secas, pues no en vano, la creación y la posesión de la riqueza (la propiedad) se identifica con la creación y la posesión de Capital, de dinero.

Todo el mundo estaría de acuerdo, y le parecería de lo más normal, que cuando nos referimos a nuestra época, lo hagamos con el nombre de la época de la hegemonía del dinero o de la civilización del dinero. Para la mayoría de los seres humanos la vida transcurre en un constante meter la mano en el bolsillo en busca del mismo y ¡ay del que no lo encuentra! Se da la paradoja, que en la sociedad del dinero, la inmensa mayoría de la población solo puede obtenerlo a partir del trabajo, considerándose a este como la fuente de toda riqueza. Sin embargo, hoy la mayoría de la población impulsada (forzada) a trabajar para sobrevivir, se ve reducida a formas de vida que ni en el esclavismo de la sociedad romana tuvieron lugar. Para los dos terceras partes de la población mundial, el producto de su trabajo queda reducido a un salario de 2 a 3 dólares diarios, es decir al sometimiento en el subconsumo, la carencia alimentaria, la insalubridad, el analfabetismo, la enfermedad y la muerte prematura. Entonces, ¿cómo es posible que el Capital esté empeñado en revalorizarse y acumularse en base a reducir el número de asalariados y a la depauperación de su nivel de consumo? Hace 50 años la visión no era precisamente esta. Entonces estábamos acostumbrados a ver el crecimiento de las empresas bajo la óptica del aumento de sus plantillas, de sus instalaciones, el constante incremento de la producción y del consumo. En las dos últimas décadas las tasas de crecimiento de la producción a nivel global han descendido un 25%, el paro laboral ha pasado a ser un fenómeno permanente y por tanto estructural (aún en los países desarrollados) y el consumo en las dos terceras partes del Planeta ha caído en los lindares de la miseria. Y mientras esto sucede, provocando grandes movimientos migratorios de la periferia a los centros capitalistas más desarrollados (en busca del ansiado dinero que asegure la supervivencia), el Dinero huye de todo cuanto justificó su propia existencia… Huye de las transacciones reales, del comercio de bienes y de servicios, de la producción. De todos los movimientos financieros que se producen actualmente el 95% es pura especulación de precios, valores, divisas, futuros o, cuando no, dinero adormilado en paraísos fiscales y financieros, congelado en obras de arte, quemado en descomunales obras faraónicas, en ingenios de destrucción o en eventos deportivos. Parece como si estas nuevas pirámides vayan a convertirse irreversiblemente en la próxima morada del dinero en su subida a los cielos.

Hace ya un par de décadas que felizmente el “modelo neoliberal” ha despejado las últimas incógnitas sobre la dirección que tomaría el desarrollo capitalista. El crecimiento económico, como base de la acumulación, se ha convertido en un objetivo inviable a tenor de la constante y decreciente afluencia de capitales hacia el sector productivo. Los costos de producción en los países capitalistas más desarrollados, tanto los derivados de la innovación tecnológica (y de su puesta al día, con ritmos de amortización cada vez más cortos) como los altos costos salariales (resultado del ciclo económico expansivo a partir de los años 50), dificultan y en muchos casos hacen imposible que los capitales puedan ser reinvertidos nuevamente para iniciar un nuevo ciclo de revalorización. De ahí tanto la subordinación total del capital productivo al financiero, como la depauperación de las condiciones laborales y la lenta extinción del Estado del Bienestar, como la búsqueda incesante de nueva fuerza de trabajo humana en condiciones de explotación que recuerdan las precapitalistas.

Esta es la situación de fondo que no puede ser sustancialmente alterada, dado el elevado grado de globalización de los mercados y del desarrollo del capital financiero (la forma mas acabada de la propiedad capitalista), por recetas de tal o cual escuela de economistas que en el pasado recomendaban recurrir a las intervenciones en el mercado cambiario, en los tipos de interés, en el control del crédito, en el control de reservas o en el nivel del gasto público y del endeudamiento del Estado. Los “fracasos” del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional en sus programas de desarrollo de los llamados países periféricos que han llevado a la quiebra a países enteros de la talla de Argentina, son mucho más que episodios esporádicos. Para el Capital, y esta es una realidad que va calando en la comprensión de cualquiera, África ya solo existe como tierra de saqueo y de pillaje; América Central y del Sur (con enormes recursos agrícolas, forestales, pesqueros, energéticos y mineros) tiene las manos atadas por una deuda impagable en muchas generaciones, mientras ve como el empobrecimiento de sus pobladores aumenta sin solución de continuidad y Asia es solo un reservorio de mano de obra barata a merced de las idas y venidas del Capital financiero.

La explosión y el vertiginoso crecimiento del Capital financiero no tan solo ha venido a confirmar las tesis de Marx que hacían hincapié en la tendencia innata del Capital a huir incesantemente hacia delante; a eliminar la competencia construyendo grandes monopolios y oligopolios; a no dejar un solo palmo de terreno libre de su impronta a fin de amortiguar el natural proceso de descenso de la tasa de ganancias, llevándose por delante las fronteras que durante un tiempo circunscribieron las crisis al territorio de una Nación o al de una zona relacionada por vínculos económicos de vecindad… Solo la ignorancia más profunda mantiene la ilusión de que en este periodo de globalización del Capital cualquier gobierno nacional (hasta el del Estado-Nación más poderoso del globo) tiene capacidad de alterar la dirección de los acontecimientos económicos globales. El fenómeno de la globalización no puede contemplarse únicamente solo desde la perspectiva de la interrelación de los Capitales a escala mundial. Debe incluir el grado de desarrollo de la Técnica que lo hace inevitable y lo seguirá impulsando de forma acelerada. Debe también incorporar el proceso de desvalorización general del trabajo asalariado, como una mercancía obsoleta, que sujeta a prácticas proteccionistas propias del antiguo Estado Nacional, cuando se aplican, provocan una, aún, más rápida desertización de la infraestructura productiva. Tanto por la vía de la innovación tecnológica, como por la de la deslocalización de las empresas (en búsqueda del trabajo semiesclavo) en el intento de reducir los costos de producción, la desvalorización del trabajo asalariado es un hecho insoslayable.

Debe tenerse en cuenta además que el Capital financiero como motor y patrón del fenómeno de la globalización, no asienta sus raíces en el desarrollo de la producción sino solo de forma indirecta, y fundamentalmente a través del control de la Propiedad de los medios de producción . El pillaje los de recursos (o su destrucción) obedece más a un interés en su control, que en el del crecimiento económico. El capital financiero es, en esencia, un factor parasitario que va y viene en el interés de detraer de la actividad económica de la sociedad constructora las plusvalías que el mismo va generando. Los métodos puestos en marcha en las dos últimas décadas, no dejan lugar a dudas sobre la esencia del Capital financiero: la tan cacareada ingeniería financiera, en aquellos casos en los que no es una simple estafa para robar los ahorros de los incautos inversores (como está ocurriendo con los fondos de pensiones), no es otra cosa que el constante trasiego de la propiedad por la vía de las compras, las fusiones o las absorciones. Es simplemente un proceso de concentración de la propiedad , que alcanza ya a sectores enteros de la producción y deja en una pura farsa, toda la cantinela moral de la libre competencia, tan grata para los oídos de los burgueses que ilusamente sueñan con el pasado. El Capital financiero reclama para él (y solo para él) toda la libertad de circulación, sin trabas ni fronteras para su expansión, con paraísos fiscales fuera de toda reglamentación, con sus propios instrumentos de gestión y decisión… La dictadura del dinero acabará sin duda, con las últimas formas de democracia hoy ya tan caricaturizadas hasta en el mismo corazón de los países que fueron su cuna.

Pero hablar de la dictadura del dinero cuando este es el mayor obstáculo para la vida de la inmensa mayoría de la Humanidad, no sería correcto sin hablar de la fuerza y de la violencia en el que este mismo será enseñoreado para perpetuar su irracionalidad. Que nadie piense que finalmente el DINERO será el vencedor en estas circunstancias de crisis. El ÚNICO Estado absoluto que lo controlará, dirigirá y finalmente engullirá será un Estado militar y demente, sin parangón alguno en la Historia de la Humanidad.

Para quienes no quieren comprender el camino emprendido por el Capital, porque su ceguera les impide ver la barbarie que ya estamos viviendo, porque su sordera les dificulta oír el clamor de las tres cuartas partes de los pobladores de la Tierra, porque su frío corazón no palpita humanidad y su cerebro es incapaz de entender las leyes biológicas de la vida y de la supervivencia, les auguro grandes sobresaltos a la vuelta de la esquina. Para los que sabemos la fuerza de la vida y de su constante rebeldía frente al la destrucción, ansiamos esperanzados el éxito de nuestra sublevación contra la sociedad del dinero como única salida al laberinto.

josepgmaynou

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