La crisis del sistema financiero derriba mitos neoliberales y conservadores. Muestra, una vez más, que el Estado no puede ser mínimo y que el mercado por sí solo no es capaz de regular los sistemas en que está inserto. Los efectos de agotamiento del modelo serán sentidos con mayor fuerza por los endeudados y desempleados. Banqueros, industriales, comerciantes, acaudalados y especuladores estarán preservados en lo esencial.

Las centenas de millones de dólares lanzadas en el mercado mundial para calmar la crisis económica-financiera globalizada marcan la meta de un capitalismo con un mínimo de riesgo. Las instituciones pueden cometer crasos errores. Los ciclos económicos pueden agotarse. No hay problema. Los bancos centrales intervienen y ‘normalizan’ el mercado, usando el erario público. Se aceita la máquina de hacer dinero, aunque no existan reservas o se saquen recursos que podrían ser usados en programas sociales de distribución de renta o de seguridad de las comunidades más pobres.

La acumulación de riquezas es tan grande, tanto en los países del llamado primer mundo, como en los denominados ‘emergentes’, que se puede diseñar el capitalismo asegurado por los Estados nacionales contemporáneos. Cuando la luz roja se enciende, basta con gastar las enormes reservas guardadas por los bancos de Estado. Estas representan la acumulación de las ganancias obtenidas con la explotación del trabajo a escala mundial. Obviamente que hay límites, que las medidas recientes pueden tropezar con obstáculos más poderosos y que tal vez no todo el sistema consiga ser preservado. Es preciso que caigan algunas fortalezas, para que el reino del capital permanezca en pié.

A diferencia del gran crash de 1929, el mercado accionario resucita de las cenizas en cuestión de horas. Esto no quiere decir que no pueda hundirse en el paso siguiente. Sin duda, los efectos del agotamiento del modelo solo serán sentidos con mayor fuerza por los endeudados y desempleados. Banqueros, industriales, comerciantes, acaudalados y especuladores, en lo esencial, estarán preservados. No se verá a nadie optando por el suicidio. Sus fortunas no se transformarán en polvo. Unos serán más afectados que otros. Pese a eso, el sistema luchará para permanecer funcionando y dando las inmensas ganancias de siempre.

La onda de impacto, como en 1929, se viene propagando desde el centro hacia la periferia. A diferencia de aquella época, el grado de acumulación en todos los puntos del sistema es mucho mas elevado. Las formas de la extracción de la plusvalía en la actualidad son infinitamente más eficientes. Se puede perder lo que se acumuló en décadas y ‘salvar’ lo que se arriesgó hace poco tempo. Este saqueo es un riesgo todavía desconocido. Dependiendo de la evolución de la crisis, tendrán que ser tomadas medidas todavía más fuertes, sacando más de quien tiene muy poco.

Estos acontecimientos derriban los mitos neoliberales y conservadores. Muestra, una vez más, que los mercados son monstruos sin reglas e irracionales. La acción del Estado es la única que puede intentar domar al monstruo, inclusive sin herirlo de muerte. Al contrario, la perspectiva adoptada es la de dar remedios paliativos, pero poderosos, manteniendo todo en su lugar. El Estado no puede ser mínimo. El mercado no es capaz por sí solo de regular los sistemas en que está inserto. Las mentiras neoliberales se auto desenmascaran en esta situación de crisis, donde una vez más se ven las diferencias entre los centros y las periferias y la interconexión mundial de las economías, en el sentido de la dominación de los países ricos sobre los demás.

Por otro lado, una luz de esperanza aparece en el horizonte. Si estos sistemas se pueden mover tan rápidamente, produciendo resultados sorprendentes a favor del capital, también podría ocurrir en el sentido inverso. Los Estados nacionales que están intentando suturar las llagas de la crisis financiera, dependiendo de la correlación de las fuerzas políticas en el poder podrían, quizá, hacer que el motor de la historia girara en función del trabajo. El problema no es económico, es de orden político. Quien está en el poder determina para donde se dirige la historia y a quien beneficiará. No se sabe cual será la reacción de las sociedades involucradas. Pero, en los rescoldos de esta última crisis global, el orden político mundial está siendo seriamente afectado. Es ingenuo pensar que el mundo después de estos eventos será el mismo. Lo que vendrá, tendrá la marca de lo que hoy se está procesando.

Nota: estamos de acuerdo en la mayoria del analisis, salvo en la postura que los estados nacionales, que hoy suturan las llagas de la crisis, puedan cambiar el motor de la historia hacia el trabajo de acuerdo a la contingencia de la correlacion de fuerzas. Si bien el problema es politico, nosotros lo vemos como movimiento popular y de clase, Organizacion efectiva en ejercer presion capaz de imponer su voluntad via acciones directas y de masas, arrebatar el poder no de las “manos” de quienes lo ejercen, sino del lugar donde se cree esta: el estado. No tenemos que entrar a jugar a su area institucionalizada para ganar e imponer nuestra voluntad. Es la capacidad de organizarse y expandir las nuevas relaciones sobre las desgastadas la que nos encuentra a nosotros como clase organizada que ejerce poder desde todos los lugares y no solo en el ambito estruturado por la burocracia y los capitalistas.

Luís Carlos Lopes

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