No ha pasado tanto tiempo desde que tuvieron que salir a la calle para defender con las armas la democracia.

Hoy, los que entonces fueron sepultados con la derrota, el exilio, la mordaza, el crucifijo y la patria fallecen poco a poco, dejándonos solos con la memoria, solos con el recuerdo de su voz, de su resistencia.

Los jóvenes de ayer, hoy al borde de la vida, contemplan la realidad con espanto, no hay un caudillo, es verdad, son muchos los caudillos.

La democracia de entonces, fusilada en los paredones, dejó un monstruo deforme con su nombre y ahora nos devuelve impasible a los harapos, al pan ausente sobre la mesa, a la delación, al castigo.

Y los viejos, cansados de tanto ver pasar de largo la victoria, deben preguntarse si de algo sirvió su ejemplo, si de algo sirvieron los muertos amontonados durante aquellos años que parecieron siglos.

Hoy, el fascismo se elije en referéndum pero es el mismo. La misma pobreza aireándose en las mismas casas, los derechos arrancados a golpe de ley o de sable. La salud, los libros, en peligro. La tierra yerma o en venta que es lo mismo.

Hoy, los viejos, nos pasan el testigo de su dignidad, mañana veremos si lo merecimos.

Silvia Delgado. 

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