Si las pruebas son tan contundentes en contra de la vivisección, ¿por qué tanta gente aún realiza (o defiende) los experimentos con animales? La respuesta es sencilla: hay involucrados importantes intereses. Y en el fondo es una cuestión de dinero.

Las miles de personas que todavía realizan experimentos con animales lo hacen porque se ganan la vida con ello. No saben hacer otra cosa, y a la mayoría de ellos les falta la inteligencia o las aptitudes para hacer otra cosa. Los individuos cuyas carreras están construidas sobre la experimentación con animales son tan dependientes de los animales como temerosos de aceptar cualquier cambio o sugerencia acerca de sus trabajos, como los miles de personas que se ganan la vida alimentando, cuidando, capturando y vendiendo animales de laboratorio o diseñando dispositivos y jaulas para ellos. Las empresas farmacéuticas y los departamentos de la universidades que pagan y protegen los experimentos están protegiendo sus intereses de manera desesperada, porque saben que los experimentos con animales pueden efectuarse de manera barata y pueden utilizarse para generar enormes beneficios. Aún más, saben que cambiar la manera de hacer las cosas cuesta mucho dinero.

Ninguna de estas personas u organizaciones está preparada para admitir que los experimentos con animales no tienen valor, porque si lo hacen sus trabajos anteriores quedarán desacreditados, sus logros académicos quedarán permanentemente devaluados y los productos que han lanzado al mercado deberán volverse a comprobar, o retirarse. Más aún, sabrán que han gastado sus vidas en labores moralmente inexcusables, indefendibles e inútiles. Los investigadores y aquellos que los emplean tienen un interés poderoso en mantener el estado de las cosas y en resistir los intentos de introducir nuevas tecnologías. Cuando se recuerda que los investigadores con animales están luchando por sus reputaciones como profesionales y su seguridad financiera, ya no resulta sorprendente que mientan y defrauden. Cuando se recuerda que las empresas y otras organizaciones están luchando por sus beneficios presentes y futuros, no resulta sorprendente que se preparen para gastar grandes sumas de dinero protegiéndose a sí mismos.

Aquí hay unos cuantos ejemplos prácticos de cómo obtener beneficios con los experimentos con animales (no he incluido investigadores concretos que han obtenido cuantiosas sumas ni empresas farmacéuticas concretas que han obtenido beneficios vendiendo productos comprobados con animales):

• Una casa de crianza de ratones ha estado vendiendo ratones sometidos a ingeniería genética a cien dólares cada uno. Se garantiza que los ratones desarrollan cáncer antes de noventa días y que mueren poco después. La empresa ha protegido su inversión con una patente.

• Un fabricante de equipos de laboratorio ha diseñado un dispensador automático de agua programado para suministrar una descarga eléctrica cada vez que el animal

beba de él. La finalidad es hacer que el animal esté tan ansioso que deje de beber. Para aumentar la eficacia del dispositivo, los diseñadores han recomendado que no se dé nada de beber a los animales desde dos días antes de meterlos en una cajita a la que se conecta el dispensador.

• Otra empresa ofrece una rueda giratoria con controles de velocidad variables y un dispositivo ajustable para suministrar descargas eléctricas. El sistema básico cuesta unas 10.000 libras esterlinas. El modelo de luxe (que registra automáticamente el tiempo que el animal permanece sobre la rueda y el tiempo sometido bajo la descarga eléctrica) es más caro.

• Otro científico (que probablemente desee seguir en el anonimato) inventó una máquina capaz de golpear la pierna de un perro 225 veces por minuto.

Ésta es sólo una breve selección de entre los miles de personas y empresas que han obtenido carreras y fortunas a base de experimentar con animales.

Pero hay otras razones más preocupantes por las que continúan los experimentos con animales.

Primera, los jóvenes científicos saben que si objetan en contra de los experimentos con animales pueden estar acabando con sus carreras. El poder de la jerarquía médica es enorme, y el doctor E.J.H. Moore señaló en The Lancet hace ya unos años: “los jóvenes médicos no deben decir nada, al menos en público, acerca del maltrato de los animales de laboratorio, por miedo a destruir sus carreras”. Los científicos y los médicos que han sido lo suficientemente valientes como para hablar bien alto e intentar cambiar el estado de cosas han comprendido cuán malvado puede resultar un poder amenazado.

La segunda razón por la cual todavía continúan los experimentos con animales es que son muy flexibles. Como ya he mostrado, pueden utilizarse para justificar el lanzamiento de un nuevo producto, pero también pueden dejarse de lado como irrelevantes si se produce algún problema cuando se ofrece el nuevo producto a pacientes humanos. Paradójicamente, la inexistente fiabilidad de los experimentos con animales puede ser una de sus ventajas en lo que respecta a las empresas farmacéuticas. Las empresas tabaqueras han amasado fortunas a base de experimentos con animales de resultados confusos y equívocos que les han ayudado a mantener la confusión y la incertidumbre acerca del vínculo entre el humo de los cigarrillos y el desarrollo del cáncer.

Los investigadores también utilizan la poca fiabilidad de los experimentos con animales como ayuda para obtener fondos astronómicos. Por ejemplo, si se prueba que una nueva sustancia tiene algún valor en el tratamiento de un tipo particular de cáncer en una clase de ratones extraña o curiosamente criada, la organización benéfica o institución que ha financiado la investigación utilizará los resultados para solicitar dinero extra. Las charlas extravagantes acerca de “avances” quedarán acalladas con una pequeña etiqueta amarilla que avisa de que la sustancia todavía se halla en nivel experimental. Pero si la publicidad se diseña cuidadosamente, los resultados aportarán grandes cantidades de dinero de parte de gente que está muriendo, cuyos parientes están muriendo o que están atemorizados por la idea de morir, pero que no desean cambiar sus malas costumbres.

Finalmente, y tal vez lo más preocupante de todo, está el hecho de que la clase sanitaria (dirigida por médicos y empresas farmacéuticas) confía ciegamente en los experimentos con animales para seguir ofreciendo una esperanza a los pacientes y con ello ayudar a retrasar el día en que las prácticas médicas ortodoxas se sustituyan, al menos en parte, por alternativas más seguras y efectivas.

Los fabricantes de bombillas tienen cierto interés en que las bombillas no tarden mucho en fundirse. Los fabricantes de coches tienen cierto interés en que los coches se oxiden. Y las empresas farmacéuticas y los médicos perderían enormes cantidades de dinero si la opinión pública llegara a descubrir el secreto de la buena salud. Las empresas farmacéuticas no quieren que la gente mejore su estado de salud. Ganan mucho dinero con medicamentos diseñados para aliviar síntomas como el dolor, más que lo que ganarían vendiendo productos para curar enfermedades. Y se cruzan de brazos ante los consejos que realmente ayudan a prevenir las enfermedades. En mi libro Bodypower describo cómo los pacientes pueden tratar con al menos el 90 % de todas las enfermedades y cualquier intervención médica. El libro se ha traducido a doce idiomas y ha sido un best seller en todo el mundo, y ni un sólo médico ha podido rebatir las tesis del libro: de hecho, cuando se les ha preguntado han tenido que admitir que los principios subrayados en el libro eran completamente adecuados. Los médicos y las empresas farmacéuticas se ganan la vida vendiendo medicamentos. Necesitan mantener el statu quo. Si se abandonaran los experimentos con animales, el flujo constante de nuevos medicamentos se reduciría al mínimo, dado que las pruebas preliminares deberían llevarse a cabo de forma más fiable, y la mayor parte de las mismas no obtendría nunca una licencia para su comercialización. En pocos años, la mayor parte de las empresas farmacéuticas del mundo irían a la bancarrota, y miles de médicos engrosarían las filas del paro. La gran mayoría se gana la vida en gran parte recetando medicinas para los síntomas; muy pocos se ganan la vida ofreciendo consejos prácticos sobre cómo estar sano. Los médicos que se ganan la vida vendiendo las así llamadas curas saben que si éstas fueran realmente efectivas se quedarían sin trabajo. Al estudiar las enfermedades y al realizar experimentos con animales poco fiables y de resultados impredecibles se permite que la profesión médica (y la industria farmacéutica) siga amasando dinero.

Por qué Debe Cesar el Genocidio de Animales. Libro escrito por el Dr. Vernon Coleman, presidente de LIMAV (Liga Internacional de Médicos por la Abolición de la vivisección)

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