EL control que ejercen las élites sobre la sociedad se sustenta en el control ideológico. Controlan la sociedad haciendo que la mayoría de sus miembros piense como a ellos les conviene. En cuanto pierdan el control ideológico, perderán el poder, tarde o pronto. NO es por casualidad que los grandes medios de comunicación estén controlados, directa o indirectamente, por el poder económico. Son los modeladores de la opinión pública. La piedra angular de la oligocracia es el pensamiento único.

Para ser más libre es imprescindible desarrollar nuestra independencia. Primero nuestra independencia intelectual. Actuamos en base a cómo pensamos. Si pensamos de forma más libre, actuaremos también de manera más libre. Aunque, por supuesto, no debemos tampoco desdeñar la influencia contraria: nuestras condiciones materiales de existencia, nuestras experiencias vitales, también influyen notablemente en cómo pensamos. Pero, como por algo hay que empezar, como dichas influencias no son absolutamente determinantes, como el libre albedrío, aun siendo limitado, no es nulo, como es más fácil controlar nuestros pensamientos que el contexto que influye en los mismos, contexto que no depende tanto de nosotros como nuestros propios pensamientos, debemos intentar primero centrarnos en controlar nuestra forma de pensar. Debemos intervenir en aquellas partes de las relaciones dialécticas donde tengamos más posibilidad de control, donde tengamos más margen de maniobra. Debemos primero intervenir en aquellas partes que nos puedan dar resultados más inmediatos, a corto plazo.

Uno, como persona, siempre tiene más probabilidad de primero cambiar su forma de pensar y de actuar que cambiar la forma de hacerlo de sus conciudadanos, que cambiar el sistema político o económico. Si esperamos a que cambie el contexto, algo que cambiará más tarde, mucho más tarde, si es que cambia, algo que casi no depende de nosotros, que depende sobre todo de los demás, entonces no haremos nunca nada.

La voluntad de los individuos es el germen de la revolución. Es por ahí por donde hay que empezar. Si aspiramos a cambiar el mundo sólo podemos empezar por empezar a cambiar nosotros mismos, valga la redundancia. No hay otra forma. Los cambios sociales, se inician en las mentes de ciertas personas, de unos pocos individuos. Debemos empezar por cambiar nosotros y debemos continuar intentando convencer a nuestros conciudadanos. La revolución individual debe propagarse por toda la sociedad para convertirse en una revolución social. Así ha ocurrido siempre en la historia.

Para ser más independientes, hay que dejar de ser dependientes. Tenemos que identificar las formas en que nos hacemos dependientes. Pensamos según somos educados. Aunque nacemos con ciertas predisposiciones innatas (distintas en distintos individuos), el contexto, poco a poco, nos va modelando. La sociedad, el entorno social, nos va moldeando. Nuestros padres, el sistema educativo, nuestras amistades, los medios de comunicación, la cultura, nos van influenciando a lo largo de nuestra vida, especialmente durante los primeros años de existencia. En definitiva, nacemos pero también nos hacemos. Nuestras características innatas, junto con nuestras experiencias prácticas, nuestras vivencias, determinan nuestra manera de ser, de pensar, de actuar. La educación puede hacer que ciertas tendencias innatas se amplifiquen o al contrario se atenúen. Tenemos cierta libertad para modelar nuestra forma de ser. Aunque dicha libertad, desde luego, no es infinita. A esa libertad debemos agarrarnos.

No podemos evitar las influencias en la vida en sociedad. Sin embargo, si las diversificamos, entonces maximizamos nuestra libertad. Si cuando somos educados tenemos la posibilidad de conocer distintas ideas, distintas visiones de la vida, entonces tenemos más margen de maniobra. Cuanto más abierta es la sociedad en la que nos educamos, más abiertos, más libres somos. La educación es esencial para formar personas libres. Con una educación diversa, tolerante, hacemos ciudadanos más libres. Uno es libre cuando tiene opción de elegir, cuando puede conocer todas las opciones posibles. Un país o una empresa son menos dependientes cuando dependen de varias empresas o países, cuando diversifican sus fuentes de ingresos, los individuos, nuestras mentes, son más independientes cuando diversificamos nuestras fuentes de conocimiento. Diversificar disminuye nuestra dependencia, aumenta nuestra independencia. Los monopolios, incluso los oligopolios, constriñen nuestra libertad. Somos más libres cuando más podemos elegir, cuantas más opciones tengamos. 

 

 

La mejor manera de aumentar nuestra libertad de pensamiento es contrastando ideas. Todos tenemos cierta capacidad de inventiva, de creatividad. Pero el pensamiento no parte de cero. Nuestra creatividad es tambiénproducto del pensamiento de otros. Normalmente, las ideas nuevas son en realidad el desarrollo de otras ideas en potencia. El proceso creativo, ya sea cultural o científico, es un trabajo en equipo entre personas de distintos lugares y de distintas épocas. Cualquier invento, cualquier obra es, en última instancia, patrimonio de la humanidad, producto de la humanidad entera. Por consiguiente, si queremos pensar de forma más libre, no hay mejor manera de lograrlo que contrastando. Si queremos tener una opinión sólida sobre cualquier tema, debemos contrastar entre opiniones opuestas, entre ideas distintas. Cuanto más contrastemos, más probabilidad de alcanzar el pensamiento libre. Y esto nos vale para cualquier tema.

¿Qué es pensar sino la búsqueda de verdades? Salvo cuando ponemos en marcha la imaginación, salvo cuando sentimos, soñamos o recordamos, pensamos para encontrar verdades. Verdades en base a las cuales actuamos en consecuencia. La verdad nos hace libres y a su vez sólo podemos acceder a la verdad mediante la libertad. La libertad es al mismo tiempo resultado y método. Paradójicamente, sólo podemos alcanzar la libertad si durante el camino la practicamos. Si adoptamos la actitud adecuada, aumentamos enormemente las posibilidades de pensar de forma más libre. Lo que de verdad nos hace libres no es tanto encontrar verdades sino que sobre todo buscarlas sinceramente. La búsqueda de la verdad, la búsqueda de la libertad, nos emancipa. Somos libres cuando buscamos la libertad. La alcanzamos cuando partimos en su búsqueda, cuando decidimos firmemente buscarla. La libertad en verdad la alcanzamos ya en sumo grado en cuanto adoptamos la actitud de buscarla, en cuanto iniciamos el camino de su búsqueda. Pero la libertad sólo puede aumentar si seguimos el camino, si seguimos buscando la verdad. Si nos detenemos en el camino corremos el riesgo de retroceder.

Así pues, lo verdaderamente importante es la actitud. Somos libres, cada vez más libres, cuando buscamos sinceramente la verdad, cuanto más la buscamos, cuando no renunciamos a ella, cueste lo que cueste. Si nos abrimos de mente, si no nos negamos a explorar aquellas ideas que a priori nos parecían rechazables, nos hacemos más libres. No sólo porque así tenemos más opciones donde elegir, que también, sino sobre todo porque cortamos las cadenas que aprisionan nuestras mentes. Al decidir explorar el mundo de las ideas, de todas las ideas, salimos de nuestras prisiones mentales. Si además de poder elegir, de tener más opciones donde elegir, quiere elegir, decide usar hasta el límite sus nuevas posibilidades, entonces, es todavía más libre, si cabe. Si usa su libertad de forma inteligente, elegirá la opción que más le convenga, pero no se atará a ella indefinidamente, estará permanentemente alerta por si surge una opción mejor. La libertad, si nunca renunciamos a ella, nos permite seguir evolucionando siempre.

En suma, nos hacemos mucho más libres en el mismo momento en que decidimos ser libres. Decidimos ser más libres cuando NO nos conformamos con la libertad actual que tenemos, cuando nos damos cuenta de que somos aún insuficientemente libres. Si ya nos creemos totalmente libres, dejamos de ser libres porque renunciamos a aumentar nuestra libertad, dejamos de buscarla. Sólo podemos ser libres si cada día aspiramos a más libertad. El peligro estriba en creernos completamente libres, en pensar que ya no podemos aspirar a mayores cotas de libertad. En estos casos la libertad se estanca e incluso, tarde o pronto, retrocede. Las falsas democracias actuales crean a la mayoría de los ciudadanos la falsa sensación de que ya hemos llegado al máximo de libertad posible. Como consecuencia de esto, la gente no aspira a más libertad y la democracia se estanca e incluso retrocede, como así nos está ocurriendo en la actualidad. En resumen, la libertad sólo puede existir si se adopta una actitud de permanente aspiración a aumentarla. Como así ocurre con la verdad. Nos acercamos a la verdad si la buscamos permanentemente. Si no, si nos detenemos en el camino, acabamos retrocediendo. Nos alejamos tanto de la verdad como de la libertad.

Renunciar a nuestra libertad es renunciar a nuestra calidad de hombres, y con esto a todos los deberes de la humanidad. Si ya pasamos muchas horas en el trabajo autorreprimiéndonos, debemos fuera de él, a toda costa, evitar seguir haciéndolo. Debemos emplear nuestro tiempo libre liberándonos de ataduras, de disciplinas, de compromisos. Debemos hacer lo que más nos guste. Necesitamos recuperar y usar al máximo la libertad que no podemos usar durante la jornada laboral. Quienes, tras salir de la oficina, siguen relacionándose con algunos de sus compañeros con los que no tienen confianza, especialmente con sus jefes, no hacen más que ir matando poco a poco su libertad. Acaban comportándose en su vida privada igual que en el trabajo. Viven para trabajar en vez de trabajar para vivir. Toda su vida gira entorno al trabajo.

Y dado que en el trabajo es donde menos libres somos, son cada vez menos libres. Quienes, al contrario, intentan desconectar del trabajo, no mezclar los “negocios” con el amor, no seguir relacionándose con los mismos con quienes se relacionan de forma poco sincera durante su jornada laboral, consiguen mantener, incluso aumentar su libertad a lo largo de su vida. Quienes están demasiadas horas al día renunciando a su libertad, se van poco a poco olvidando de ella. Debemos renunciar o limitar nuestra libertad lo menos posible cada día. Debemos tener ciertas dosis diarias de libertad para no perderla, además, de explotar al máximo nuestras posibilidades en todo momento. Como todo en la vida, si dejamos de usar la libertad que está a nuestro alcance, la perdemos. Cuantas más horas al día pasemos renunciando a la libertad potencial que tenemos, más probabilidad de ser globalmente cada vez menos libres.

José López

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