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Los animales sienten, es evidente y científicamente comprobado, pero es que además lo hacen de forma directa e intensa porque están indefensos ante sus emociones, como les ocurre a los niños, o curiosamente también a las personas autistas:

Los sistemas nerviosos de todos los animales están basados en las mismas estructuras básicas, desde un simple “tubo neural”, que permanecen relativamente constantes a lo largo de la evolución. El aumento de capacidades cognitivas se produce acumulativamente en capas exteriores a dichas estructuras primitivas. Un primer gran salto cualitativo se produce en los mamíferos, en los que aumenta ostensiblemente el llamado cortex cerebral. El mayor salto se produce en los primates y homínidos, gracias al gran crecimiento de la fina corteza cerebral más exterior llamada “corteza nueva” o neocortex, especialmente extensa en los humanos.

Gracias a ello los humanos adultos disponemos de una prodigiosa capacidad de razonamiento, simulación y predicción. Dichas funciones están situadas en el neocortex, especialmente en la corteza prefrontal, lugar que alberga las funciones cognitivas y de auto-control más elevadas. En zonas más profundas, e interconectado con las capas exteriores, se encuentra el sistema límbico, que es el encargado de regular nuestra respuesta a los estímulos emocionales. Las respuestas emocionales que genera el sistema límbico son muy potentes, funcionan a modo de alarma e inundan literalmente todo nuestro cerebro.

Nuestras zonas cerebrales más avanzadas se muestran impotentes a la hora de controlar las emociones más intensas, pero al menos nos permiten modular la mayor parte de ellas, moderarlas e intentar encontrarles algún sentido según nuestros patrones mentales, de ahí que podamos controlar relativamente el impacto de lo que sentimos. Podemos tolerar el dolor causado por el pinchazo de una aguja, porque sabemos que es un “dolor necesario” para alcanzar un bien superior, como un diagnóstico o una cura. Podemos sobrellevar ausencias temporales de seres queridos, porque podemos alcanzar cierta certeza de que volveremos a verlos antes o después, y si no es el caso, aún podría ayudarnos en parte disponer de una explicación al respecto.

Sin embargo, las emociones que siente un niño pequeño o un animal no humano son digamos “absolutas”:

Por un lado el inmaduro cerebro de un niño pequeño, de entre 0 y 2 años, carece de la capacidad de comprender y controlar las emociones negativas. Además la precaria capacidad de comunicación del infante, su limitada memoria y su escasa experiencia le harán aún más difícil encontrarle un sentido o explicación a cualquier suceso perjudicial. Es por eso que un niño siempre experimentará estrés y llorará cuando tenga hambre, sueño, sienta dolor físico, o su madre se aleje y se sienta solo e indefenso, aunque ninguno de todos esos sucesos suponga a priori el más mínimo riesgo. El niño no sabe que su hambre o sed probablemente serán satisfechas en breve, o que su soledad no durará mucho. Sus emociones serán viscerales y muy intensas, y será por ello muy vulnerable a ellas. Esto lleva implícita la gran responsabilidad de procurar que cualquier emoción negativa sea lo más breve posible, ya que podría dejar en el niño una profunda huella. Las personas autistas, en las que se muestran menores conexiones neuronales entre el cortex y el sistema límbico, sienten de forma semejante a un niño, de forma abierta y directa.

De igual modo, los animales no humanos no sólo son capaces de sentir emociones básicas, como la alegría, el dolor o el miedo, sino que además lo hacen de forma intensa y sin matizaciones: comparados con los humanos, los cerebros del resto de animales disponen de zonas cognitivas de menor tamaño, por lo que no pueden comprender tan bien por qué sienten lo que sienten, tienen gran dificultad para encontrarle sentido a cómo se sienten y así poder controlarlo. De hecho se podría decir que los animales con cerebros más primitivos son “pura emoción”. Para bien o para mal, los animales no humanos sienten de forma absoluta y sin interferencia o manipulación. Cuando un animal siente miedo, tiene cerca esperándole el pánico, el terror. Igualmente cuando siente alegría, siente un puro gozo libre de prejuicios. Temple Grandin, autista autor del libro “Animals in Translation”, define las emociones animales como si fueran truenos que les atraviesan y provocan una sensación breve y muy intensa.

Por eso no debemos olvidar que si dañamos a cualquier animal, o si le hacemos sentirse en peligro, le estamos causando un estrés muy superior al que podríamos padecer nosotros en condiciones equivalentes. 

Contrariamente a lo que se cree comúnmente, un animal no sufre menos porque su cerebro sea más simple que el nuestro, sino justo al revés.

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