En los últimos tiempos, todos los aparatos estatales no hacen más que hablar de la violencia callejera. Lxs profesionales de la desinformación, que defienden a ultranza las intervenciones «humanitarias», como ahora llaman a las guerras, se escandalizan ante la reaparición de actos de rabia multitudinarios. Esas movilizaciones masivas, que en base a la acción directa —pasiva o activa— muestran a las claras que esto no va bien, dejan entrever o proponen, más o menos directamente, un proyecto de vida antagónico al actual y pretenden acabar con este circo de miseria humana y social al que este sistema nos somete.

Lxs cirujanxs de la democracia agonizante no ven más que gasolina ardiendo cuando un/a joven lanza un cóctel molotov o arden contenedores en cualquier barrio. Hay mucho más. Nosotrxs —que como ese joven, estamos hartxs de repartir pizzas, trabajar para que otrxs se enriquezcan y notar la fría soledad urbana, la angustia…— vemos en esa acción una expresión de rabia ancestral. Cuando un/a compañerx se encapucha e intenta tirar un extintor a un carro policial, vemos un intento pequeño y frágil de devolver parte de la violencia que como explotadxs hemos sufrido siglos y siglos.

Si reivindicamos estos actos no es tanto por un impulso irracional, sed de venganza o deseos de devolverles la pelota —que en más de un caso merecen— sino porque muchas veces expresan un anhelo vital por cambiar la sociedad. Reivindicamos estas acciones por la necesidad que notamos en nuestras entrañas y en las entrañas de nuestro planeta de una transformación radical. Una sola piedra, un solo grito, un solo cóctel, así tomados, de uno en uno, son como el polvo, no son nada pero unidos entre sí, viniendo de una multitud que en todas partes lucha y que tiene como propuesta urgente un modelo social mestizo de igualdad, reciprocidad y armonía significan muchas más cosas. ¿Por qué se describen estos actos como fruto de personas endemoniadas cuyo único argumento es la violencia y no como el germen de un movimiento revolucionario?.

Salimos a la calle, una vez más, porque sabemos que este es el lugar central de confrontación social de los proyectos antagónicos: reacción y cambio social. Sabemos que en el parlamento sólo se gestiona el capital y en los espacios públicos —cada vez más privados— es donde se ha cambiado históricamente el curso de los acontecimientos. Si elegimos el día de hoy para salir es porque ya no podemos más, tenemos tanta rabia como para arrancar a bocados el asfalto y escupírselo a la cara a lxs perrxs —con perdón para lxs canes— guardianes y a lxs amxs de lxs perrxs. Pero también tanto amor como para después plantar huertas y bailar de alegría.

Rabia por los disparos en Gotemburgo; por los tres manifestantes muertos en Papúa Occidental; por lxs heridxs —uno de ellxs de por vida, con pérdida de un ojo— de Barcelona en la visita del Banco Mundial y los recientes desalojos; por el asesinato de Génova y por todxs lxs luchadorxs sociales terriblemente reprimidxs en el mundo: Bolivia, Turquía, Sudán, Filipinas, Nepal y un etcétera interminable. A una cristalera rota ellxs le llaman «terrorismo de baja intensidad» y entonces nosotrxs preguntamos: ¿qué tipo de terrorismo son las brutales palizas de Gotemburgo, los charcos de sangre en Génova, la intimidación violenta de los interrogatorios, el allanamiento y desalojo de viviendas?, por no hablar de otras formas de represión como son la vigilancia vía satélite, la intervención de teléfonos, los archivos de ADN y el incansable helicóptero.

Sabemos bien que la rabia no lo es todo. Necesitamos también afirmar nuestro amor, luchar por una vida digna para todas las personas, tejer relaciones más humanas, expresar nuestros afectos y nuestras pasiones y poco a poco ir construyendo la perspectiva de un mundo diferente. Por eso repudiamos los intentos de domesticar nuestras reivindicaciones —o de dividirnos entre violentxs o no violentxs— que realizan también (y tan bien) casi todas las ONG, partidos políticos, sindicatos, pacifistas oficiales y en general, hipócritas oportunistas. A todxs ellxs les recordamos que el capitalismo renace y se refuerza a través de su crítica y que a lo largo de la historia no han hecho más que ponerle parches y perpetuarlo. Nosotrxs queremos acabar con él, de una vez y para siempre.

Tomamos las calles para cultivar un respiro de vida y comunidad, en una ciudad agobiante y contaminada por la mercancía, con la intención de superar la angustiosa supervivencia cotidiana, el canibalismo social, la dictadura de los mass media, el terrorismo policial, el racismo difuso, la histeria nacionalista, el sectarismo religioso y la descomposición cultural. Sentimos entonces la necesidad de fomentar un guiño de solidaridad con lxs excluídxs, lxs malditxs, lxs insumisxs y lxs rebeldes de todo el planeta; sin la más minima nostalgia hacia ese viejo sistema que hace agua por todas partes. No aceptaremos ninguna negociación con el impresentable presente que nos imponen ni tendremos temor alguno por afirmar, en el fondo y en la forma, el futuro por el que luchamos. Reivindicamos la revolución social y aunque para algunxs modernillxs suene caduco, la anarquía por el comunismo.

A pesar de su actualidad, este texto estaba en una octavilla hecha en fotocopia a principios de la década pasada, y que desde entonces se encontraba entre otros tantos papeles amarillentos, también actuales en contenido, que acabó en un cajón del archivo de algún ateneo libertario.

¡AMOR Y RABIA! ¡CONTRA SU VIOLENCIA,
NUESTRA RESISTENCIA! ¡SUBVERSIÓN TOTAL!
¡SIN JUSTICIA NO HABRÁ PAZ!

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