«Examinado el problema para el futuro, no he de ocultarte que habría que hacer la suspensión del espectáculo (del Toro de la Vega), con cierto tacto pues se trata de una tradición de siglos».

El que esto escribía, el 25 de septiembre de 1958 era el gobernador civil vallisoletano Antonio Ruiz-Ocaña Remiro. Las aristas más duras de aquella polémica arrancan en 1954, cuando impactantes imágenes del espectáculo, emitidas en el noticiario NO-DO, lastimaron la sensibilidad de destacados colectivos y personalidades comprometidas con la defensa de los animales. Más leña al fuego echó, el 28 de septiembre de 1955, el periodista Enrique Gavilán en EL NORTE DE CASTILLA, pues su «Crónica de toros a orillas del Duero» reseñaba el festejo tordesillano asegurando que «aunque la forma de matar al toro es cruel, brutal, esta muerte es su destino, porque, cada año, en Tordesillas se necesita su sangre derramada en la tierra. Por eso, una vez muerto, desde el que le ha visto pasar de lejos hasta el que ha hundido sus manos en las heridas del animal, sienten el placer de la posesión satisfecha que calma y libera». Terció en la disputa escrita el escritor, ensayista, historiador y acérrimo defensor del espectáculo Eusebio González Herrera, quien desde el rotativo falangista ‘Libertad’ contraatacó con un artículo de titular esclarecedor: «Un festejo tradicional: el Toro de la Vega, de Tordesillas, está vinculado a la Historia. Encarna lo más viril de Castilla, junto a la bravura del genio hispano». Un halagador chorreo de metáforas en el que los lanceros aparecen como «gladiadores helénicos», el alanceamiento como auténtico «aguafuerte goyesco», la pelea, «puramente celtíbera», y todo el espectáculo como «molino de viento del Quijote de la eterna Castilla».

Pero la bola de la controversia no hacía más que crecer: el evento celebrado el 11 de septiembre de 1956, seguido de cerca por 6.000 espectadores, estuvo acompañado de tal cantidad de jeeps, tractores, remolques y vehículos de motor, que algunos lo interpretaron como un auténtico alarde de brutalidad. Fue entonces cuando la Asociación contra la Crueldad en los Espectáculos (ACCE), la Sociedad Protectora de Animales y Plantas, algunos medios de comunicación y el mismísimo conde de Bailén, Carlos Arcos y Cuadra, que además de ministro plenipotenciario y jefe de Información del Ministerio de Asuntos Exteriores era vicepresidente de la ACCE, no cejaron en su empeño por suspender el festejo. Desde septiembre de 1956, Arcos no dejó de escribir al alcalde de Tordesillas, gobernadores civiles, altas autoridades del Estado y periódicos locales a favor de la suspensión del Toro de la Vega. Para ello alegaba desde la Ley de Vagos y Maleantes de 1958 hasta disposiciones legales anteriores como la circular de febrero de 1908, que prohibía las carreras de toros y vaquillas ensogadas o en libertad por las calles y plazas de las poblaciones.

Por si fuera poco, en enero de 1961, publicó un sonado alegato en la revista ‘Pregón’, que retomaba las cartas enviadas a las diversas autoridades y esgrimía enseñanzas pontificias contra «todo deseo de matar animales sin motivo justificado, toda crueldad inútil, toda dureza innoble hacia ellos». Dicho artículo, titulado «Espectáculos crueles», no tardó en ser respondido por una «Defensa del ‘Toro de la Vega’» de González Herrera, publicada en EL NORTE DE CASTILLA: «El animal sufre un noventa por ciento menos que en cualquier plaza de toros, en donde a veces los pinchazos pasan de veinte descabellos en esas tardes en que al espada no le acompaña la suerte». La polémica desembocó en la sorprendente decisión gubernativa de 1966, que a cambio de no suspender el espectáculo, prohibía el rejoneo del toro a campo abierto. Se celebró el 13 de septiembre y consistió en una suerte de encierro que, por no tolerar la muerte del toro, encrespó los ánimos de algunos aficionados. Así se mantuvo hasta 1970, año en que el cambio de autoridades, la influencia de personalidades como Gregorio Marañón Moya, presidente de las salmantinas Semanas Internacionales del Toro de Lidia; y Antolín de Santiago Juárez, subdirector general de Cultura Popular y Espectáculos, las presiones de aficionados y la labor de las autoridades locales lograron recuperar el festejo según la modalidad «tradicional»; es decir, acabando con la vida del astado.

Por estas tierras castellanas esta sanguinaria tradición sigue demostrando su retraso en la evolución humana. Tordesillas  reúne cada 11 de septiembre una cada vez mayor cantidad de toricidas, demostrando cuán machos y valientes son asaeteando a un toro con lanzas, como si de un bisonte se tratara en épocas cromañoides. A caballo y lanza bruta, una chusma palurda y  grosera, que son  los mismos que van los 24 de Julio al cerro de San Cristóbal a poner flores agostadas a Onésimo Redondo. La lídia está equilibrada de tal manera que pueden llegar a participar 30.000 humanoides prehistoricos contra un sólo animal.  La gracia en este dia glorioso está en hacer sufrir lo más posible al morlaco pues parece ser que esto acrecienta la virilidad del mozo y el que lo mata se lleva el premio, esto es: los testículos y el rabo.

Cada puya al Toro de la Vega, es una herida en la inteligencia de este país y es que al garrulo se le subvenciona  el “Panem et circenses”, y al maestro, al poeta y al ecologista se le manda a la cola del INEM, se le quita la plaza y la financiación para recital o se le detiene, por amar a sus hermanos del mundo animal. Esos lanceros del ladrador de Radio Sevilla y General puesto de manzanilla y jerez, se deben creer los Sánchez Mejía de Lorca, cuando son caterva de ganaderos y empresarios, que con el dolor y la sangre,   hacen euros para sus bolsillos chabacanos. Valladolid tiene sus Jorge Guillen y Rosa Chacel, pero sus versos se quedan a las puertas de Tordesillas, espantados de tanto paleto y atrocidad.

Ninguna tradición puede justificar el maltrato o el sufrimiento de un animal. Una tradición debe estar sujeta a los cambios sociales, debe tener la capacidad de renovarse y aún manteniendo su esencia nunca puede constituir una amenaza para el respeto y el entendimiento mutuo entre hombres y sociedades, exportando una imagen dantesca de su identidad y valores. Desde enero de 1980 la Secretaría de Estado de Turismo declaró Fiesta de Interés Turístico Nacional que una multitud de psicópatas armados se lancen a la vega con el propósito de arrancar el rabo y los testículos a un toro y mostrarlo en el extremo de su pica en señal de “triunfo“.

Desesperación, rabia, vergüenza, tristeza, crimen premeditado, anunciado, subvencionado, crueldad y egoísmo de unos e indiferencia e intereses de otros. Miserable cobardía, repulsión, ambición, conducta inmunda. La mañana de cada segundo martes de septiembre, en la Vega tordesillana, queda sobre la tierra buena parte de vuestra dignidad como políticos y seres humanos. Bautizad la tortura como patrimonio cultural y vestidla de tradición para que aparente bonita. Los políticos ni pestañean, si no les importan las personas como les va a importar la tortura y asesinato de animales indefensos, la izquierda defensora de las minorías, no existe salvo para beneficio propio. La prensa subvencionada española “el cuarto poder”, deja claro que los tres pilares del periodismo se los pasa por el forro, los medios son el adalid de la “dependencia, parcialidad, connivencia”, la radio y televisión no merecen ni comentario. El poder judicial, rápidamente activa al Fiscal del Estado para investigar la quema de bandera española, pero no mueve ni un dedo delante las acciones más criminales ejecutadas por psicópatas, eso sí afines al poder, el alcalde de Tordesillas por si tenían dudas forma parte del equipo PSOE.

Los poderes públicos, en este caso la Junta de Castilla y León, su Ejecutivo y sus Cortes, deben intervenir imponiendo la racionalidad que exige la correcta solución del conflicto antes de que se pudra, aunque esa mediación pública tenga un coste en términos electorales, por ser una exigencia de la responsabilidad de todos los agentes políticos, en el poder y en la oposición, que se hallan al frente de una colectividad democráticamente organizada. Si su ausencia se prolongase hasta agravarse el enfrentamiento, más allá de las culpabilidades inmediatas el dedo acusador apuntará a esa pasividad que caracteriza el ejercicio acomodaticio e irresponsable del poder público, expresión de la cobardía y de la resignación de los deberes principales.

Los defensores del Toro de la Vega basan su subsistencia en la tradición, si atendemos la experiencia práctica veremos que la tradición no es  suficiente para justificar la pervivencia de costumbres y hábitos sociales. La tradición puede ser un requisito necesario pero desde luego es insuficiente para justificar la pervivencia de esa institución festiva. Se hace preciso aplicar una gradación de valores, de manera que habrá momentos en que se podrá justificar, en caso de conflicto, poner fin a la vida de un animal, pero son moralmente reprobables los sufrimientos innecesarios a los animales o maltratarles con fines comerciales o recreativos.

El toro sufre física y mentalmente, igual que lo haríamos nosotros, igual que cualquier ser vivo. La única diferencia es que el toro no puede expresarlo con palabras. Está comprobado científicamente que los animales y los humanos nos parecemos y es tan solo por el ADN que se marca la diferencia, así que, si tienen medio dedo de cerebro en su cabeza, los que están a favor de esta vergüenza nacional, reflexionen tan solo 1 segundo y verán que es realmente de anormales hacer sufrir a un animal, que sin saber porqué y sin hacerle daño a nadie es torturado.

DEBEMOS LUCHAR PARA ACABAR CON LO QUE AVERGÜENZA A ESTE RETRASADO PAÍS!!!

Y vergonzoso es que se tenga que debatir en el siglo en el que estamos si de debe o no maltratar a un animal… Estas actividades se realizan porque son un NEGOCIO PRIVADO sufragado enteramente con DINERO PÚBLICO. Estamos arruinados pero no importa. Siempre habrá dinero público para los ganaderos. Todo lo demás es más vergonzoso si cabe.

La empatía con el dolor ajeno, surge en función de especies y cercanía sin seguir un patrón fijo según el damnificado o la condición del acto que lo provoca, pues al fin depende de nuestra posición relativa con la tragedia. Inocentes torturados y ejecutados,  que arrancando adrenalina y risas a golpe de heridas, roturas, quemaduras, pedradas, atropellos, lanzadas y estertores, conforman el siniestro mapa festivo de nuestra geografía. Miles de criaturas pagando con su sufrimiento y con su vida la cobardía de políticos incapaces de poner freno a prácticas que, por su inmunda naturaleza, echan por tierra los cínicos alardes de progreso, justicia e igualdad de los que tanto hacen gala en sus mítines, declaraciones de intenciones que representan un canalla ejercicio de hipocresía.

Sombras sangrientas en nuestras conciencias impermeables a lamentos, lágrimas y hemorragias, a manifestaciones de angustia que apenas nada pueden esperar de unos seres, los humanos, con más miedo al policía que a su conciencia. El respeto por la libertad y la vida ajena no suele nacer de la reflexión y del saber ponerse en el lugar del que padece, sino que lamentablemente deviene de analizar las consecuencias que para uno mismo acarrearía violentarlas. Incluso para eso somos individuos egoístas y medimos la conveniencia o no de infligir daño a otros según el perjuicio que a nosotros nos cause el hacerlo.

La experiencia demuestra que cuando la ley es cómplice o, excepcionalmente, no puede ser aplicada, el ser humano es capaz de perpetrar acciones lesivas para terceros punibles en otras circunstancias o lugares: las lapidaciones, las peleas de perros o los saqueos tras una catástrofe natural constituyen ejemplos de esta degradación moral reprimida por normas con sus correspondientes sanciones cuando existen y no por la ética de cada cual.

Colmamos de atenciones a nuestro perro y echamos migas a los gorriones, pero callamos ante el alanceamiento de un toro en Tordesillas o la muerte de caballos reventados de cansancio y sed durante la Romería del Rocío. Llegados a tal punto, antes que aguardar a los resultados de un cambio de sensibilidad en la sociedad a través de la educación que llevará muchas décadas – pues arrastramos siglos de cultura de la dominación – es imprescindible crear una legislación que impida, sin excepciones, abusos producto del individualismo y antropocentrismo que nos caracterizan.

 “El gran negocio del crimen y el miedo sacrifica la justicia”. Y de eso saben mucho gobiernos que, como el nuestro, se lucran de la venta de armas. Por lo mismo, más allá del origen personal del gusto por la violencia con animales en algunos ciudadanos: diversión, ignorancia, intereses, sadismo, etc., es una obligación de nuestros estadistas no continuar siendo cómplices de ella empleando la herramienta que los votos le han otorgado: la posibilidad de redactar leyes en las que debe primar el bien común antes que su popularidad.

Son muchos los animales que claman contra los santos patrones de sus pueblos al llegar las fiestas. Y con especial rabia, los toros alanceados en tordesillas, dardeados en coria, arrojados al mar en alicante, con antorchas en los cuernos o el rabo en olite… El dolor debe conmover, al menos a quienes un resto de humanidad, de alma, de generosidad, de grandeza moral conserven entre sus emociones y sus carnes. Y si el poder político sigue mirando hacia otro lado, es nuestra obligación acabar con esto, y no hay otra solución que la acción directa.

http://actuable.es/peticiones/prohibicion-del-torneo-del-toro-la-vega

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