11928_041_sSi cambiándose un día las tornas, o trastrocándose los poderes, fueros y obligaciones entre los seres condenados a purgar sobre la pícara tierra el delito de haber nacido, se tomara residencia por los que hoy son sus esclavos al tiranuelo implume, al bípedo soberbio que habla y legisla de todo y sobre todo de tejas abajo, y aun, a las veces, osa levantar sus ojos profanos más arriba del campanario de su lugar, como si todo le perteneciera en absoluta indisputable propiedad, ¡magnífica lotería le iba a caer!

Y cuenta que no hablo del hombre encallecido en el crimen; ni del a quien la altura de su poderío hizo desvanecerse y desconocer la índole y naturaleza de sus gobernados; ni del guerrero indomable a quien embriaga la sed de una funesta gloria, y han hecho creer que ésta puede fundarse alguna vez sobre montones de cadáveres mutilados y de ruinas humeantes: refiérome al hombre vulgar, al hombre de la familia, y, por tanto, no excluyo a las mujeres ni a los niños; tomo, en fin, por tipo para mis observaciones al hombre de bien, a la mujer de su casa, al niño cándido; y empiezo por asegurar que ninguna de estas criaturas se acuesta una sola noche sin un delito que, en justas represalias, no le costara una mano de leña, cuando no el pellejo, si se suspendieran las garantías que hoy nos mantienen en despótico dominio sobre los irracionales, y tocara a éstos empuñar el látigo.

No pretendo ser el descubridor de esta verdad manoseada en fábulas y alegorías hasta el infinito; pero nihil est novum sub sole; y si la forma de mi breve tarea lo parece, en ello doy cuanto puede exigírseme.

Hemos de convenir de antemano en que todo bicho viviente tiene su sensibilidad física como el hombre, y, a falta de razón, un instinto que le hace amar la vida y aterrarse enfrente de todo peligro de perderla; y hay que conceder forzosamente que el frío, el hambre, la sed, la fatiga, la persecución, los palos y las heridas atormentan a los irracionales, en lo físico, lo mismo que nosotros.

Esto entendido, recordemos algunos de los actos de ferocidad más comunes en la vida del hombre, ejercidos sobre las demás especies.

¿Han visto ustedes matar un cabritillo? Yo sí, tentado del demonio de la curiosidad. La tímida bestezuela lamía, con su lengüecita, roja y brillante como una cinta de raso, la mano del pedazo de bárbaro que la sujetaba, y cuando éste hundió en su cuello, blanco como la nieve, medio palmo de navaja, el pobre animal gimió con la angustia de un niño delante de un objeto horrible; lanzó después algunos quejidos débiles, suspiró trémulo y cerró los ojos con que poco antes parecía implorar el perdón del carnicero.

Siempre que veo, diariamente, conducir centenares de estas reses al matadero, recuerdo con verdadero disgusto aquella escena, que me he guardado muy bien de volver a presenciar.

Nada más corriente y acreditado entre nosotros que el caldo de gallina: este líquido, que se administra cincuenta veces al día a los enfermos, y se recomienda, por sustancioso, a todas horas, y se usa a cada veinticuatro en la cocina de la gente que sabe y puede cuidarse. Y ¿se han fijado ustedes con atención en los preliminares que exige la costumbre para obtener el susodicho caldo? Pues no tienen malicia, que digamos. Se coge la gallina, la coloca una fregona incivil entre sus rodillas, le pliega el pico sobre el cuello; y con un cuchillo, de ordinario roñoso y desportillado, le sierra el cráneo por la mitad. No cabe suplicio más feroz… ni más frecuente.

El que se emplea en los mataderos con el ganado vacuno, es más breve; pero, en cambio, es tal la cantidad de reses sacrificadas en ellos diariamente que se engulle la humanidad, que debiera, siglos hace, haber puesto en alarma a la especie, no obstante lo bestia que es.

Y ¿qué diremos del señor de la Cerda, del apreciable individuo «de la vista baja», en sus postrimerías? ¡Cuánta iniquidad se comete con él! Tan mimado, tan cebadito durante el año, ¿para qué? Para dar con una muerte ignominiosa ocasión, a una fiesta de vecindad; para ofrecer su agonía por blanco a la burla, a la sátira y al escarnio de un barrio entero… y no es exageración. En los pueblos rurales que yo conozco, entran por docenas las personas que rodean a la cerdosa bestia en su último trance: unas para atesar las cuerdas que la impiden moverse, y hasta gruñir; otras para tener por las cerdas del lomo; varias con ellas para cargarse sobre la mole y sujetar su cabeza contra el poyo en que yace todo el cuerpo; quién para revolver la sangre cuando fluya; quién, en fin, para los preparativos de cada operación de las subsiguientes al sacrificio.

En medio del grupo descuella el matarife, que comienza su tarea lavando la garganta del reo, y raspando enseguida la parte lavada con un cuchillo que no mide menos de dos pies de hoja; fija después la afilada punta en un hoyuelo que forma el tocino cerca del pecho, y ¡chiff!, le sopla dentro media vara de hierro, saliendo por la herida, acto continuo, un torrente de sangre que se precipita en una caldera por el mango del cuchillo y sobre la mano que no le suelta. Ni las ligaduras, ni el peso que le oprime en tan crítico instante, impiden al herido animal darse un par de revolcones sobre el poyo y lanzar un gruñido que dura medio minuto. Cuando la sangre fluye en menor cantidad, el matador revuelve bonitamente el arma buscando a tientas el corazón, y ¡figúrense ustedes lo que pasará allá dentro! A la cuarta o quinta calicata de esta clase, espira la víctima entre la rechifla, los puñetazos y los improperios de sus mataores, que le hacen esta despedida por todo consuelo. Vienen después la chamusquina, y las fricciones de teja, y la apertura en canal, y el desbandullamiento, y el disputarse el rabo y la vejiga los chicos de la casa; y en éstas y otras operaciones se pasa todo un día. Al siguiente se destocina, o descuartiza, y se salan los pedazos, y se hacen los chorizos, y dura aún la broma y el buen humor, en torno a los sangrientos despojos, media semana.

Aunque la forma de éstos y otros delitos, que no quiero citar por no hacer de este artículo una carnicería, lleva en sí todas las condiciones de alevosía, ensañamiento y premeditación que tan duramente castiga el Código cuando la víctima es un hombre, éste se ha ido acostumbrando a ellos, cediendo a las exigencias de una supuesta necesidad que le obliga a cometerlos.

Pero si admitimos como razón atenuante esta salvedad, hay que convenir en que otros mil que diariamente consuma el mismo tirano son penables a todas luces.

Por ejemplo: don Serafín Rosicler es un rentista modelo de los hombres pacíficos y morigerados; ni se enfada, ni juega, ni fuma, ni murmura. Vive perpetuamente con su mujer y sus hijos, y para sus hijos y su mujer. Por única diversión, extraña al régimen doméstico, se permite salir todas las mañanas muy temprano a tirar cuatro perdigonadas a los pajaritos de su huerta. Y estos pajaritos son, según las estaciones, la tórtola, el jilguero, la golondrina o la calandria; es decir, lo más bello, lo más inofensivo y tímido de la volatería. Pero don Serafín, como todos los cazadores, hiere con más frecuencia que mata; y cuando hace el recuento de sus víctimas para volverse a almorzar, entre los seis u ocho pájaros que contiene su morral, halla tres o cuatro que están vivos, aunque con un ala rota o el pecho atravesado. -«Éstos, para los niños», exclama lleno de satisfacción el seráfico rentista. Y al llegar a casa, entrega gozoso a sus inocentes retoños los inválidos animalitos. Los cuales, aletargados por el dolor de sus heridas, apenas se mueven al variar de poseedor; y como esta circunstancia no divierte a los rapaces, cada uno examina el que le pertenece, pluma a pluma y hueso a hueso. Así consigue tropezar con el ala rota o con la patita hecha astilla, a cuyo brusco contacto el pobre animalito se estremece y abre el pico y quiere extender las alas. ¡Felicísimo descubrimiento! El angelito ya sabe cómo poner en actividad aquel cuerpo inerte. Y tira que tira de la pata o del ala, o pincha que pincha la herida, se pasa medio día, hasta que, no hallando chiste en la tarea, comienza a aporrear los muebles de la sala con la cabeza del pájaro, o le echa, vivo aún, a la lumbre, o le ata al extremo de un cordel para que el gato le vaya destrozando poco a poco.

Don Cleofás es un sabio, y estudia incesantemente las funciones del estómago, la circulación de la sangre y la actividad de los venenos; y como gusta de ver las cosas con sus ojos y no con los de la ciencia, tiene la casa llena de animales que le ayudan en sus experimentos. Quiere estudiar, por ejemplo, la virtud de un tósigo que ha extraído de la planta a o b: va al corral, atrapa un conejo, le lleva a su gabinete, le aplica a los ojos, o a la lengua, o a una herida que al efecto le hace, una pluma mojada en el veneno, y si éste es fino, el animal cae como herido del rayo; pero si es lento, allí le tienen ustedes un día o una semana sufriendo horrores y prestando a cada instante síntomas que el sabio devora con ansiedad febril. Para estudiar la circulación, diseca a un pollo, o a un perro, o a otro conejo, una arteria, le pasa una lámina de cristal por debajo, y al microscopio enseguida. Si ve entonces lo que deseaba, yo no lo sé; pero es evidente que el suplicio del animal que le sirve en la experiencia debe ser morrocotudo. ¿Y cuando le lleva su fanatismo hasta el extremo de querer estudiar los fenómenos de la digestión sobre el terreno, y, para conseguirlo, abre al perro o al gato un boquerón en el pecho hasta dejar descubierto el estómago, o taladra quizá esta víscera y le encaja dentro un aparato de su invención, capaz de ver, palpar y analizar los jugos… y qué sé yo cuántas cosas más?

Cierto es que, con tamañas atrocidades, dicen que ha ganado y gana todos los días mucho la ciencia; pero también es verdad que la vida humana sigue tan achacosa y breve como antes, y a esto me atengo. Juzgo, pues, punto menos ocioso que el delito del cazador de pajaritos, el de los sabios que sacrifican centenares de víctimas al afán de sorprender a la naturaleza animal un secreto que, aun después de descubierto, no había de hacer más feliz a la humanidad.

Juan es un jornalero que se gana el sustento con el trabajo de un par de bueyes que le pertenecen. Parece natural que Juan tuviera los cinco sentidos puestos en aquellas mansas bestias que son su pan y su abrigo, y que las mimase como a las niñas de sus ojos. Pues no, señor: todos los días les pega dos docenas de palizas, una cada vez que, por arrastrar más carga que la que pueden sufrir, resbalan en el repecho de una calle adoquinada, y besan repetidas veces el duro suelo hasta sangrar por los hocicos.

Lo que hace Juan con los bueyes, hace Pedro con un caballejo que también le sostiene con su trabajo. Palo para que ande, y más palo si se para o si tropieza.

Cuando los bueyes se caen de viejos, Juan los engorda un poco y los envía al matadero.

La recompensa que da Pedro a las fatigas de su caballo, que le ha servido diez o quince años, es aún más digna de la ingratitud de la raza humana: se le vende por un puñado de pesetas a un contratista de la plaza de toros; y dicho se está con esto que Pedro es español, y que, por ende, acude solícito a la corrida en que sale a la arena su caballo con los ojos vendados, para que no vea el peligro a que le expone el picador que le monta, al acercar su pecho indefenso a las astas de la fiera, que a la primera embestida le arroja al suelo y le desgarra el vientre. Pedro no pierde ripio de esta escena; y al ver a su caballo levantarse aún, merced a los palos que se le administran, y al contemplar cómo el noble bruto, sin exhalar un quejido, pisa y desagarra sus propias entrañas, patea frenético, y grita pidiendo «¡más caballos!» y llama, porque tarda un instante en aparecer otro de refresco, ladrón al empresario, pillos a los picadores, tunantes a los chulos y estúpido al presidente; pero no vomita estos improperios porque hayan desbandullado a su caballo, no, señor, sino porque el toro, que tal hizo en tan breves instantes, promete hacer mucho más, y es un dolor que no se le ofrezca prontamente abundancia de víctimas. Y la prensa ilustrada, al siguiente día, cuando reseña la función, al llegar a este toro que destrozó siete caballos e hirió a tres lidiadores, le llama bueno y voluntarioso, y al pobre jaco de Pedro, sardina, aleluya, oblea y otras transparencias por el estilo; del picador que lastimó con el hierro, indebidamente, el cuello de la fiera, y a lo cual debió el pobre hombre salir vivo de la suerte, dice que es un tumbón, y que el presidente debió enviarle a la cárcel.

Si los caballos supieran leer, no podrían menos de simpatizar con los periodistas que, en su empresa de difundir la luz de la civilización por todos los rincones del globo, consagran diariamente largas columnas ad majorem gloriam de la celebérrima fiesta nacional. -«En los circos taurinos, dirían, se nos trata inicuamente; pero también es verdad que allí es donde vemos al hombre medir a su semejante con la misma vara que a nosotros, animado contra él de mayor ferocidad que el toro, que no embistiera si no se le hostigara».

Donde no se lidian toros, hay carreras de caballos; y para estas bestias quizá no sea preferible, a morir de una cornada, espirar con los pulmones entre los dientes, por haber corrido dos leguas en diez minutos buscando el oro de la apuesta… de sus amos.

Y si no hay carreras, hay batallas abundantes, gracias a Dios, y cuadros en ellas, cuyas bayonetas mechan en un instante un escuadrón que acude a desordenarlos, porque los hombres no han podido conseguirlo.

Todos éstos y otros muchos favores por el estilo, tienen que agradecernos los animales que más nos sirven y acompañan, incluso el fidelísimo can, cuya raza medio extermina todos los años la estricnina, con el filantrópico objeto de acabar con media docena de excepciones rabiosas, que son, precisamente, los únicos perros que no comen la morcilla traidora.

Pero no se contenta el hombre con esto sólo; no ejerce su tiranía exclusivamente sobre aquellos irracionales que encuentra en su terreno y pueden ayudarle o estorbarle. Surca también los mares, y de su seno roba el esquivo pez, y le fríe, a veces vivo, o le reduce a la triste condición de cautivo en una mezquina vasija, o, cuando más, en una tinaja, donde le enseña, por dos cuartos, al son de un organillo saboyano. ¡Digno destino de un ser que tuvo por cuna y por barreras de su libertad el seno y la inmensidad del Océano!

Armado hasta los dientes, penetra asimismo en las montañas y en los bosques, y destroza cuanto pasa al alcance de su plomo mortífero: lo mismo cae entonces la tímida cierva que el valiente jabalí; lo mismo persigue sañudo y feroz al oso forzudo que al débil gazapo, y lo mismo le deleita la agonía del primero que la del segundo. Su único afán es matar, sin otro objeto que la gloria de la matanza.

Entre tanto, acosado por el hambre o extraviado en la senda, un fiero morador de las selvas baja un día al valle; pasa rápido junto a la morada de un hombre; halla delante una res de la pertenencia de éste, y le tira una zarpada que vale al salvaje animal media libra de carne. Sábelo el hombre; toca a concejo; ármanse los vecinos; echan tras la fugitiva bestia; alcánzanla en el monte; dánle una batida, y acaban con su vida a palos. Cunde la noticia del suceso; apoderase de ella la prensa; desgañítase ésta pidiendo a las autoridades que exijan a sus dependientes la más exquisita vigilancia; llama héroes a los apaleadores, y no parece sino que el equilibrio del globo terrestre dependió del buen éxito de la paliza aquella. ¿La llevarían menuda los hombres, si después de ésta y otras fechorías fuesen llamadas las bestias a legislar sobre la tierra?

Mas contra esta consideración se subleva nuestro orgullo de raza. O somos, o no somos hombres. ¿Lo somos? Luego el mundo y cuanto en él y sobre él crece y respira, nos pertenece.

Niego resueltamente este principio tiránico. Si en la mente sublime del Hacedor supremo cupo, al crear la oveja y el caballo, la idea de que el hombre utilizase el vellón de la una y el trabajo del otro, no pudo ofrecerle los tormentos y la agonía de entrambos para su deleite. La crueldad y la ingratitud son vicios de la humana naturaleza, no la obra inmediata de quien es la suma perfección. Por eso los castiga inexorable.

Por tanto, creo que, en el supuesto caso, merece el hombre la consabida paliza como un santo un par de velas.

Más aún: creo que el hombre es el bicho de peor intención, más malo, más dañino de cuantos viven sobre la haz de la tierra.

Y lo pruebo con nuevas razones. Hemos visto hasta aquí que el bípedo a quien Platón llamó implume, persigue y atormenta a los irracionales siempre y en todas partes… y porque le da la gana. Se ha observado más. Al hallarse sorprendido el hombre con la presencia de un individuo de una especie que no es la suya, su primer impulso es tirarle con lo que encuentre a mano; matarle, si es posible.

Las bestias, en su estado de libertad, huyen del hombre y viven con sus propios recursos, y las más feroces no le atacan, si en su insensato atrevimiento no va él a provocarlas en sus recónditas guaridas. El mismo tigre no mata si el hombre no le obliga a ello; la víbora no muerde si no la pisan.

Se llama fiero al león, carnicero al lobo, porque viven a expensas de la sangre de las especies inferiores. Y ¿qué hace el hombre? Eso mismo y algo más. El león no devora al león, ni el lobo al lobo; pero el hombre devora también al hombre, de lo que pueden certificar no pocas tribus salvajes de ambos hemisferios.

Nuestro orgullo de raza vuelve a sublevarse aquí, y exhibe como protesta, contra ese resabio de la barbarie, al hombre civilizado.

Acepto el reto, por más que, probada mi tesis con relación a la especie, nada signifique contra ella la excepción del individuo.

El hombre de la civilización devora también a sus semejantes.

Como pueblo, ataca al de enfrente por ensanchar un palmo más su territorio, o por vengar la injuria envuelta en una frase que su misma diplomacia no ha logrado descifrar; y en estas perdurables empresas sacrifica millares de víctimas, que ni el consuelo tienen, al morir, de saber por qué se han batidotala los campos, arrasa aldeas, villas y ciudades, y siembra el luto y la desolación por todas partes.

Como individuo, explota, humilla, veja y martiriza a cuantos halla un grado más abajo que él en la escala de la fortuna; por satisfacer una venganza mezquina, acecha a su enemigo, y, rastrero y cobarde, le clava un puñal en el corazón; tiene esclavos, así como suena; esclavos a quienes apalea y acorrala, y vende y cambia y anuncia, como si fueran bestias; y por último, so pretexto de un pudor que, a serlo, infamara al mismo Lucifer, más de dos veces arroja al fondo de una letrina el fruto de su propia sangre.

Para coronamiento de gloria de la especie, recuérdese que ésta necesita una ley y un verdugo para matar con hierro a quien con hierro mata.

Ahora, respóndaseme con franqueza:

¿Es esto devorar a sus semejantes? Y si no lo es, de ello a comerse uno al vecino en pepitoria, ¿hay muchos pasos de distancia?

Que se ponga de moda en París la carne humana como se ha puesto la de caballo, y, aunque no peco de rollizo, verán ustedes lo que tardo yo en liar el petate y en buscar, más que deprisa, una guarida donde jamás haya respirado la prole de Adán.

Entre tanto, bueno es que conste que veinte siglos ha dijo Plauto: Homo, homini lupus: el hombre es lobo para el hombre.

Su enfermedad, como se ve, procede de muy atrás; y como quiera que, lejos de decrecer, ha ido en aumento, puede fundarse en ello la esperanza de que, si Dios no lo remedia, no ha de sanar en los siglos de los siglos.

Tal es el único consuelo que puedo ofrecer en este instante a las especies inferiores, que, como el hombre mismo, gimen bajo la tiranía del lobo del poeta.

1870 Si cambiándose un día las tornas, o trastrocándose los poderes, fueros y obligaciones entre los seres condenados a purgar sobre la pícara tierra el delito de haber nacido, se tomara residencia por los que hoy son sus esclavos al tiranuelo implume, al bípedo soberbio que habla y legisla de todo y sobre todo de tejas abajo, y aun, a las veces, osa levantar sus ojos profanos más arriba del campanario de su lugar, como si todo le perteneciera en absoluta indisputable propiedad, ¡magnífica lotería le iba a caer!

Y cuenta que no hablo del hombre encallecido en el crimen; ni del a quien la altura de su poderío hizo desvanecerse y desconocer la índole y naturaleza de sus gobernados; ni del guerrero indomable a quien embriaga la sed de una funesta gloria, y han hecho creer que ésta puede fundarse alguna vez sobre montones de cadáveres mutilados y de ruinas humeantes: refiérome al hombre vulgar, al hombre de la familia, y, por tanto, no excluyo a las mujeres ni a los niños; tomo, en fin, por tipo para mis observaciones al hombre de bien, a la mujer de su casa, al niño cándido; y empiezo por asegurar que ninguna de estas criaturas se acuesta una sola noche sin un delito que, en justas represalias, no le costara una mano de leña, cuando no el pellejo, si se suspendieran las garantías que hoy nos mantienen en despótico dominio sobre los irracionales, y tocara a éstos empuñar el látigo.

No pretendo ser el descubridor de esta verdad manoseada en fábulas y alegorías hasta el infinito; pero nihil est novum sub sole; y si la forma de mi breve tarea lo parece, en ello doy cuanto puede exigírseme.

Hemos de convenir de antemano en que todo bicho viviente tiene su sensibilidad física como el hombre, y, a falta de razón, un instinto que le hace amar la vida y aterrarse enfrente de todo peligro de perderla; y hay que conceder forzosamente que el frío, el hambre, la sed, la fatiga, la persecución, los palos y las heridas atormentan a los irracionales, en lo físico, lo mismo que nosotros.

Esto entendido, recordemos algunos de los actos de ferocidad más comunes en la vida del hombre, ejercidos sobre las demás especies.

¿Han visto ustedes matar un cabritillo? Yo sí, tentado del demonio de la curiosidad. La tímida bestezuela lamía, con su lengüecita, roja y brillante como una cinta de raso, la mano del pedazo de bárbaro que la sujetaba, y cuando éste hundió en su cuello, blanco como la nieve, medio palmo de navaja, el pobre animal gimió con la angustia de un niño delante de un objeto horrible; lanzó después algunos quejidos débiles, suspiró trémulo y cerró los ojos con que poco antes parecía implorar el perdón del carnicero.

Siempre que veo, diariamente, conducir centenares de estas reses al matadero, recuerdo con verdadero disgusto aquella escena, que me he guardado muy bien de volver a presenciar.

Nada más corriente y acreditado entre nosotros que el caldo de gallina: este líquido, que se administra cincuenta veces al día a los enfermos, y se recomienda, por sustancioso, a todas horas, y se usa a cada veinticuatro en la cocina de la gente que sabe y puede cuidarse. Y ¿se han fijado ustedes con atención en los preliminares que exige la costumbre para obtener el susodicho caldo? Pues no tienen malicia, que digamos. Se coge la gallina, la coloca una fregona incivil entre sus rodillas, le pliega el pico sobre el cuello; y con un cuchillo, de ordinario roñoso y desportillado, le sierra el cráneo por la mitad. No cabe suplicio más feroz… ni más frecuente.

El que se emplea en los mataderos con el ganado vacuno, es más breve; pero, en cambio, es tal la cantidad de reses sacrificadas en ellos diariamente que se engulle la humanidad, que debiera, siglos hace, haber puesto en alarma a la especie, no obstante lo bestia que es.

Y ¿qué diremos del señor de la Cerda, del apreciable individuo «de la vista baja», en sus postrimerías? ¡Cuánta iniquidad se comete con él! Tan mimado, tan cebadito durante el año, ¿para qué? Para dar con una muerte ignominiosa ocasión, a una fiesta de vecindad; para ofrecer su agonía por blanco a la burla, a la sátira y al escarnio de un barrio entero… y no es exageración. En los pueblos rurales que yo conozco, entran por docenas las personas que rodean a la cerdosa bestia en su último trance: unas para atesar las cuerdas que la impiden moverse, y hasta gruñir; otras para tener por las cerdas del lomo; varias con ellas para cargarse sobre la mole y sujetar su cabeza contra el poyo en que yace todo el cuerpo; quién para revolver la sangre cuando fluya; quién, en fin, para los preparativos de cada operación de las subsiguientes al sacrificio.

En medio del grupo descuella el matarife, que comienza su tarea lavando la garganta del reo, y raspando enseguida la parte lavada con un cuchillo que no mide menos de dos pies de hoja; fija después la afilada punta en un hoyuelo que forma el tocino cerca del pecho, y ¡chiff!, le sopla dentro media vara de hierro, saliendo por la herida, acto continuo, un torrente de sangre que se precipita en una caldera por el mango del cuchillo y sobre la mano que no le suelta. Ni las ligaduras, ni el peso que le oprime en tan crítico instante, impiden al herido animal darse un par de revolcones sobre el poyo y lanzar un gruñido que dura medio minuto. Cuando la sangre fluye en menor cantidad, el matador revuelve bonitamente el arma buscando a tientas el corazón, y ¡figúrense ustedes lo que pasará allá dentro! A la cuarta o quinta calicata de esta clase, espira la víctima entre la rechifla, los puñetazos y los improperios de sus mataores, que le hacen esta despedida por todo consuelo. Vienen después la chamusquina, y las fricciones de teja, y la apertura en canal, y el desbandullamiento, y el disputarse el rabo y la vejiga los chicos de la casa; y en éstas y otras operaciones se pasa todo un día. Al siguiente se destocina, o descuartiza, y se salan los pedazos, y se hacen los chorizos, y dura aún la broma y el buen humor, en torno a los sangrientos despojos, media semana.

Aunque la forma de éstos y otros delitos, que no quiero citar por no hacer de este artículo una carnicería, lleva en sí todas las condiciones de alevosía, ensañamiento y premeditación que tan duramente castiga el Código cuando la víctima es un hombre, éste se ha ido acostumbrando a ellos, cediendo a las exigencias de una supuesta necesidad que le obliga a cometerlos.

Pero si admitimos como razón atenuante esta salvedad, hay que convenir en que otros mil que diariamente consuma el mismo tirano son penables a todas luces.

Por ejemplo: don Serafín Rosicler es un rentista modelo de los hombres pacíficos y morigerados; ni se enfada, ni juega, ni fuma, ni murmura. Vive perpetuamente con su mujer y sus hijos, y para sus hijos y su mujer. Por única diversión, extraña al régimen doméstico, se permite salir todas las mañanas muy temprano a tirar cuatro perdigonadas a los pajaritos de su huerta. Y estos pajaritos son, según las estaciones, la tórtola, el jilguero, la golondrina o la calandria; es decir, lo más bello, lo más inofensivo y tímido de la volatería. Pero don Serafín, como todos los cazadores, hiere con más frecuencia que mata; y cuando hace el recuento de sus víctimas para volverse a almorzar, entre los seis u ocho pájaros que contiene su morral, halla tres o cuatro que están vivos, aunque con un ala rota o el pecho atravesado. -«Éstos, para los niños», exclama lleno de satisfacción el seráfico rentista. Y al llegar a casa, entrega gozoso a sus inocentes retoños los inválidos animalitos. Los cuales, aletargados por el dolor de sus heridas, apenas se mueven al variar de poseedor; y como esta circunstancia no divierte a los rapaces, cada uno examina el que le pertenece, pluma a pluma y hueso a hueso. Así consigue tropezar con el ala rota o con la patita hecha astilla, a cuyo brusco contacto el pobre animalito se estremece y abre el pico y quiere extender las alas. ¡Felicísimo descubrimiento! El angelito ya sabe cómo poner en actividad aquel cuerpo inerte. Y tira que tira de la pata o del ala, o pincha que pincha la herida, se pasa medio día, hasta que, no hallando chiste en la tarea, comienza a aporrear los muebles de la sala con la cabeza del pájaro, o le echa, vivo aún, a la lumbre, o le ata al extremo de un cordel para que el gato le vaya destrozando poco a poco.

Don Cleofás es un sabio, y estudia incesantemente las funciones del estómago, la circulación de la sangre y la actividad de los venenos; y como gusta de ver las cosas con sus ojos y no con los de la ciencia, tiene la casa llena de animales que le ayudan en sus experimentos. Quiere estudiar, por ejemplo, la virtud de un tósigo que ha extraído de la planta a o b: va al corral, atrapa un conejo, le lleva a su gabinete, le aplica a los ojos, o a la lengua, o a una herida que al efecto le hace, una pluma mojada en el veneno, y si éste es fino, el animal cae como herido del rayo; pero si es lento, allí le tienen ustedes un día o una semana sufriendo horrores y prestando a cada instante síntomas que el sabio devora con ansiedad febril. Para estudiar la circulación, diseca a un pollo, o a un perro, o a otro conejo, una arteria, le pasa una lámina de cristal por debajo, y al microscopio enseguida. Si ve entonces lo que deseaba, yo no lo sé; pero es evidente que el suplicio del animal que le sirve en la experiencia debe ser morrocotudo. ¿Y cuando le lleva su fanatismo hasta el extremo de querer estudiar los fenómenos de la digestión sobre el terreno, y, para conseguirlo, abre al perro o al gato un boquerón en el pecho hasta dejar descubierto el estómago, o taladra quizá esta víscera y le encaja dentro un aparato de su invención, capaz de ver, palpar y analizar los jugos… y qué sé yo cuántas cosas más?

Cierto es que, con tamañas atrocidades, dicen que ha ganado y gana todos los días mucho la ciencia; pero también es verdad que la vida humana sigue tan achacosa y breve como antes, y a esto me atengo. Juzgo, pues, punto menos ocioso que el delito del cazador de pajaritos, el de los sabios que sacrifican centenares de víctimas al afán de sorprender a la naturaleza animal un secreto que, aun después de descubierto, no había de hacer más feliz a la humanidad.

Juan es un jornalero que se gana el sustento con el trabajo de un par de bueyes que le pertenecen. Parece natural que Juan tuviera los cinco sentidos puestos en aquellas mansas bestias que son su pan y su abrigo, y que las mimase como a las niñas de sus ojos. Pues no, señor: todos los días les pega dos docenas de palizas, una cada vez que, por arrastrar más carga que la que pueden sufrir, resbalan en el repecho de una calle adoquinada, y besan repetidas veces el duro suelo hasta sangrar por los hocicos.

Lo que hace Juan con los bueyes, hace Pedro con un caballejo que también le sostiene con su trabajo. Palo para que ande, y más palo si se para o si tropieza.

Cuando los bueyes se caen de viejos, Juan los engorda un poco y los envía al matadero.

La recompensa que da Pedro a las fatigas de su caballo, que le ha servido diez o quince años, es aún más digna de la ingratitud de la raza humana: se le vende por un puñado de pesetas a un contratista de la plaza de toros; y dicho se está con esto que Pedro es español, y que, por ende, acude solícito a la corrida en que sale a la arena su caballo con los ojos vendados, para que no vea el peligro a que le expone el picador que le monta, al acercar su pecho indefenso a las astas de la fiera, que a la primera embestida le arroja al suelo y le desgarra el vientre. Pedro no pierde ripio de esta escena; y al ver a su caballo levantarse aún, merced a los palos que se le administran, y al contemplar cómo el noble bruto, sin exhalar un quejido, pisa y desagarra sus propias entrañas, patea frenético, y grita pidiendo «¡más caballos!» y llama, porque tarda un instante en aparecer otro de refresco, ladrón al empresario, pillos a los picadores, tunantes a los chulos y estúpido al presidente; pero no vomita estos improperios porque hayan desbandullado a su caballo, no, señor, sino porque el toro, que tal hizo en tan breves instantes, promete hacer mucho más, y es un dolor que no se le ofrezca prontamente abundancia de víctimas. Y la prensa ilustrada, al siguiente día, cuando reseña la función, al llegar a este toro que destrozó siete caballos e hirió a tres lidiadores, le llama bueno y voluntarioso, y al pobre jaco de Pedro, sardina, aleluya, oblea y otras transparencias por el estilo; del picador que lastimó con el hierro, indebidamente, el cuello de la fiera, y a lo cual debió el pobre hombre salir vivo de la suerte, dice que es un tumbón, y que el presidente debió enviarle a la cárcel.

Si los caballos supieran leer, no podrían menos de simpatizar con los periodistas que, en su empresa de difundir la luz de la civilización por todos los rincones del globo, consagran diariamente largas columnas ad majorem gloriam de la celebérrima fiesta nacional. -«En los circos taurinos, dirían, se nos trata inicuamente; pero también es verdad que allí es donde vemos al hombre medir a su semejante con la misma vara que a nosotros, animado contra él de mayor ferocidad que el toro, que no embistiera si no se le hostigara».

Donde no se lidian toros, hay carreras de caballos; y para estas bestias quizá no sea preferible, a morir de una cornada, espirar con los pulmones entre los dientes, por haber corrido dos leguas en diez minutos buscando el oro de la apuesta… de sus amos.

Y si no hay carreras, hay batallas abundantes, gracias a Dios, y cuadros en ellas, cuyas bayonetas mechan en un instante un escuadrón que acude a desordenarlos, porque los hombres no han podido conseguirlo.

Todos éstos y otros muchos favores por el estilo, tienen que agradecernos los animales que más nos sirven y acompañan, incluso el fidelísimo can, cuya raza medio extermina todos los años la estricnina, con el filantrópico objeto de acabar con media docena de excepciones rabiosas, que son, precisamente, los únicos perros que no comen la morcilla traidora.

Pero no se contenta el hombre con esto sólo; no ejerce su tiranía exclusivamente sobre aquellos irracionales que encuentra en su terreno y pueden ayudarle o estorbarle. Surca también los mares, y de su seno roba el esquivo pez, y le fríe, a veces vivo, o le reduce a la triste condición de cautivo en una mezquina vasija, o, cuando más, en una tinaja, donde le enseña, por dos cuartos, al son de un organillo saboyano. ¡Digno destino de un ser que tuvo por cuna y por barreras de su libertad el seno y la inmensidad del Océano!

Armado hasta los dientes, penetra asimismo en las montañas y en los bosques, y destroza cuanto pasa al alcance de su plomo mortífero: lo mismo cae entonces la tímida cierva que el valiente jabalí; lo mismo persigue sañudo y feroz al oso forzudo que al débil gazapo, y lo mismo le deleita la agonía del primero que la del segundo. Su único afán es matar, sin otro objeto que la gloria de la matanza.

Entre tanto, acosado por el hambre o extraviado en la senda, un fiero morador de las selvas baja un día al valle; pasa rápido junto a la morada de un hombre; halla delante una res de la pertenencia de éste, y le tira una zarpada que vale al salvaje animal media libra de carne. Sábelo el hombre; toca a concejo; ármanse los vecinos; echan tras la fugitiva bestia; alcánzanla en el monte; dánle una batida, y acaban con su vida a palos. Cunde la noticia del suceso; apoderase de ella la prensa; desgañítase ésta pidiendo a las autoridades que exijan a sus dependientes la más exquisita vigilancia; llama héroes a los apaleadores, y no parece sino que el equilibrio del globo terrestre dependió del buen éxito de la paliza aquella. ¿La llevarían menuda los hombres, si después de ésta y otras fechorías fuesen llamadas las bestias a legislar sobre la tierra?

Mas contra esta consideración se subleva nuestro orgullo de raza. O somos, o no somos hombres. ¿Lo somos? Luego el mundo y cuanto en él y sobre él crece y respira, nos pertenece.

Niego resueltamente este principio tiránico. Si en la mente sublime del Hacedor supremo cupo, al crear la oveja y el caballo, la idea de que el hombre utilizase el vellón de la una y el trabajo del otro, no pudo ofrecerle los tormentos y la agonía de entrambos para su deleite. La crueldad y la ingratitud son vicios de la humana naturaleza, no la obra inmediata de quien es la suma perfección. Por eso los castiga inexorable.

Por tanto, creo que, en el supuesto caso, merece el hombre la consabida paliza como un santo un par de velas.

Más aún: creo que el hombre es el bicho de peor intención, más malo, más dañino de cuantos viven sobre la haz de la tierra.

Y lo pruebo con nuevas razones. Hemos visto hasta aquí que el bípedo a quien Platón llamó implume, persigue y atormenta a los irracionales siempre y en todas partes… y porque le da la gana. Se ha observado más. Al hallarse sorprendido el hombre con la presencia de un individuo de una especie que no es la suya, su primer impulso es tirarle con lo que encuentre a mano; matarle, si es posible.

Las bestias, en su estado de libertad, huyen del hombre y viven con sus propios recursos, y las más feroces no le atacan, si en su insensato atrevimiento no va él a provocarlas en sus recónditas guaridas. El mismo tigre no mata si el hombre no le obliga a ello; la víbora no muerde si no la pisan.

Se llama fiero al león, carnicero al lobo, porque viven a expensas de la sangre de las especies inferiores. Y ¿qué hace el hombre? Eso mismo y algo más. El león no devora al león, ni el lobo al lobo; pero el hombre devora también al hombre, de lo que pueden certificar no pocas tribus salvajes de ambos hemisferios.

Nuestro orgullo de raza vuelve a sublevarse aquí, y exhibe como protesta, contra ese resabio de la barbarie, al hombre civilizado.

Acepto el reto, por más que, probada mi tesis con relación a la especie, nada signifique contra ella la excepción del individuo.

El hombre de la civilización devora también a sus semejantes.

Como pueblo, ataca al de enfrente por ensanchar un palmo más su territorio, o por vengar la injuria envuelta en una frase que su misma diplomacia no ha logrado descifrar; y en estas perdurables empresas sacrifica millares de víctimas, que ni el consuelo tienen, al morir, de saber por qué se han batidotala los campos, arrasa aldeas, villas y ciudades, y siembra el luto y la desolación por todas partes.

Como individuo, explota, humilla, veja y martiriza a cuantos halla un grado más abajo que él en la escala de la fortuna; por satisfacer una venganza mezquina, acecha a su enemigo, y, rastrero y cobarde, le clava un puñal en el corazón; tiene esclavos, así como suena; esclavos a quienes apalea y acorrala, y vende y cambia y anuncia, como si fueran bestias; y por último, so pretexto de un pudor que, a serlo, infamara al mismo Lucifer, más de dos veces arroja al fondo de una letrina el fruto de su propia sangre.

Para coronamiento de gloria de la especie, recuérdese que ésta necesita una ley y un verdugo para matar con hierro a quien con hierro mata.

Ahora, respóndaseme con franqueza:

¿Es esto devorar a sus semejantes? Y si no lo es, de ello a comerse uno al vecino en pepitoria, ¿hay muchos pasos de distancia?

Que se ponga de moda en París la carne humana como se ha puesto la de caballo, y, aunque no peco de rollizo, verán ustedes lo que tardo yo en liar el petate y en buscar, más que deprisa, una guarida donde jamás haya respirado la prole de Adán.

Entre tanto, bueno es que conste que veinte siglos ha dijo Plauto: Homo, homini lupus: el hombre es lobo para el hombre.

Su enfermedad, como se ve, procede de muy atrás; y como quiera que, lejos de decrecer, ha ido en aumento, puede fundarse en ello la esperanza de que, si Dios no lo remedia, no ha de sanar en los siglos de los siglos.

Tal es el único consuelo que puedo ofrecer en este instante a las especies inferiores, que, como el hombre mismo, gimen bajo la tiranía del lobo del poeta.

Esbozos y Rasguños: El peor bicho -1870- de José María de Pereda

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