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No hay pretexto válido para infligir sufrimiento a un animal. Todos los que habitualmente se esgrimen son patéticas racionalizaciones inventadas por oportunistas que medran en el mercado a costa de la vida animal, y repetidas a coro por millones de consumidores idiotas, incapaces de utilizar sus cabezas para algo más que para lavárselas con champú.

Ejemplos típicos de dicha racionalización son todos los referidos a la presunta inhabilidad de los animales para efectuar tareas cuya realización atribuye nuestra ceguera exclusivamente a nuestra condición humana. Resulta ser, sin embargo, que las más importantes de esas funciones pueden ser practicadas análogamente por la mayoría de los animales no humanos. Aquellas para las cuales resultan ellos ser inhábiles (y que tendrá a flor de labios el lector ingenuo) no son, por cierto, las más importantes. Estoy seguro de que cualquier ser humano que no sea un menso sostendría a rajacincha la conveniencia de adquirir conocimientos matemáticos o aprender a leer. Pero más seguro de ello estoy, de que ese mismo ser humano en ningún caso sería tan obtuso de discutir que funciones tales como prodigar amor, cuidar a su descendencia, agradecer los favores recibidos, ser leales, ser constantes y hasta saber instintivamente cuales cosas debe consumir y cuales no, están por lo menos a un nivel equivalente de importancia que conocer los teoremas de Euclides (despues de todo, ¿cuántas personas realmente los conocen?)

¿Se atrevería usted a aseverar en serio que funciones primordiales para la evolución de toda especie en el planeta, tales como han sido prodigar amor y cuidados, mostrar gratitud y lealtad hacia quienes nos ayudan, y mil otras más en que los animales sobresalen, son por ventura inferiores en rango a otras, puramente adventicias, tales como aprender matemáticas o leer en Inglés o conocer de arte? Supongo que no, y si me equivoco deje usted de leer aquí mismo lo que escribo. Pues bien, todas aquellas funciones las realiza más cumplida y coherentemente un gato de zaguán que cualquiera de nuestros sesudos ganapanes a sueldo de laboratorios viviseccionistas, egresados de prestigiosas universidades, dispuestos a torturar primero y a publicar despues los resultados de su asquerosa y sádica labor en revistas especializadas que les labren un nombre en el mercado de su profesión. Uno estaría dispuesto a disculparles su tediosa pedantería y hueca cháchara pseudo científica si por lo menos nos abonaran con el beneficio de su sinceridad y confesasen que no tienen otra forma de ganarse la vida como no sea cantando la palinodia de sus jefes (¿o sus dueños?), a quienes no conocen nunca personalmente, por la sencilla razón de que los multimillonarios no eligen mezclarse con simples asalariados.

Despues de todo, les pagan por adormecer la conciencia de millones de consumidores bajo la pretensión de que ellos son científicos y de que hacer progresar sus imbéciles monomanías justifica el sufrimiento de seres indefensos. Pues bien, dificilmente se conozca fuera de la especie humana algún caso de animales que maten sin tener hambre y mucho menos de animales que torturen a otros.

Ello por no hablar del infinito grado de superioridad que ostenta un gato que caza por hambre sobre un sabihondo de gabinete que ocasiona dolor a otro ser vivo para aprobar su siguiente examen de medicina a través de prácticas viviseccionistas, o para justificar el sueldo que le paga una corporación de productos cosméticos. Para más datos, vaya enterándose el lector que la exquisita fragancia que emana de su cabello luego de su champú cotidiano o de las axilas de su angelical amante luego de su ducha compartida han requiridido ambas, antes de ser comercializadas en el mercado, de una serie absolutamente repulsiva de verificaciones testeadas sobre los ojos (*), irritados hasta extremos inimaginables del más estupido sadismo, de miles de conejos inermes ante la crueldad organizada de empresarios, publicistas, distribuidores, y consumidores cuya indiferencia es muy parecida a muchas otras indiferencias políticas que permiten el bombardeo de ciudades enteras (siempre y cuando la ideología imperante autorice la masacre en nombre de alguna santa causa).

Porque en tren de superioridades, estamos indisputablemente por encima de los animales en punto a crueldad gratuita e indifirencia culpable. Y en cuanto a nuestra tantas veces zarandeada superioridad de coefeciente, da que pensar el hecho de que una especie tan competente como la nuestra someta al escarmio cotidiano del hambre y de la intemperie al 60% de los otros integrantes de la misma especie. (Y no ya hablando de Tucumán o cualquier parte del interior del país, sino saliendo a las puertas de nuestras propias casas en el microcentro de Buenos Aires). De cualquie manera, para nosotros animalistas, es igual de cruel dejar a la intemperie a un miembro de nuestra especie que al de una especie diferente.

Pero dejémonos de pequeñeces y pasemos revista a las funciones auténticamente importantes para la vida: ni en amor ni en gratitud ni en celo ni en persevarancia ni en sabiduría del propio cuerpo ni en lealtad, ni siquiera en instinto de supervivencia, estamos por encima de nuestros sufrientes compañeros de vida. A fin de cuentas, ¿no somos también animales nosotros, esto es, seres animados que sufrirían como sufren ellos si alguien nos lastimase, nos torturase, nos alejase de nuestro hábitat y de nuestros seres queridos, y finalmente nos matara, descuartizara y vendiera para que otros despues nos hiervan, nos asen y nos sazonen? ¿Cuál sería el verdadero amor hacia los animales? Cuando digo que amo a los animales, no quiero decir que aprecio lo que ellos me puedan “ofrecer” como “mascotas”. El amor hacia la vida animal es inseparable del respeto y se acrecienta al verlos libres, así como cuando están en la naturaleza, su lugar. Y no encerrados en el patio de su casa o en la pecera que adorna su living comedor.

Si hay algo que aborrezco es la domesticación, que a un animal le llamen mascota y sean utilizados como objetos de cariño para satisfacer las necesidades de las personas. Un animal no es un objeto de compra-venta que se consigue en una tienda de mascotas como si se tratara de un artículo nuevo para el hogar.

“La domesticación es un proceso por el cual los animales son criados para el control y la manipulación por parte de la especie humana. Los animales domesticados, como por ejemplo en el caso de los perros y los gatos son transformados en objetos de cariño para las personas que piensan sobre la vida animal en relación con las necesidades humanas.”

(*) Test ‘drize’
Para probar, por ejemplo, un nuevo champú, son introducidos una gran cantidad de conejos en cajones que parecen cepos porque tienen un sólo agujero para el cuello, de modo que sólo les queda fuera la cabeza y sin posibilidad de esconderla ya que el agujero es tan estrecho como el cuello del animal.

Durante varios días, les vierten en uno de los ojos una solución concentrada del producto en cuestión, y el ojo sano sirve como referencia. ¿Por qué se utilizan conejos? Porque estos animales no lagrimean lo suficiente como para que la lágrima limpie el ojo y elimine la sustancia. Además, para mayor seguridad, les sujetan los párpados con pinzas para que ni tan siquiera puedan parpadear al sentir el contacto de la dolorosa sustancia en un intento natural de aliviar tanta tortura. La reacción más fuerte suele provocar la pérdida de la visión, y, con anterioridad, hinchazones e irritaciones. ¡El animal chilla y golpea con las patas el cajón, buscando alivio… un alivio que no llega, y muchos se parten la columna vertebral en los desesperados intentos por liberarse!

Luciano Bonfico

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