Los hombres se equivocarán siempre, cuando abandonen la experiencia en favor de sistemas originados en la imaginación. El hombre es obra de la Naturaleza: existe en ella, está sometido a sus leyes y no puede liberarse o salir de ella ni siquiera por el pensamiento. En vano su espíritu quiere lanzarse más allá de las fronteras del mundo visible; siempre se verá obligado a regresar. Para un ser formado por la Naturaleza y circunscrito a ella, no existe nada más allá del gran todo del que forma parte y a cuyas influencias está sujeto. Los seres que se suponen más allá de la Naturaleza o distintos de ella serán siempre quimeras de las cuales no nos será jamás posible formarnos ideas verdaderas, ni del lugar que ocupan, ni de su manera de actuar. No hay ni puede haber nada fuera del recinto que contiene todos los seres. Que el hombre cese, pues, de buscar fuera del mundo en el que vive seres que le procuren la felicidad que la Naturaleza le niega. Que estudie esta Naturaleza, que aprenda sus leyes, que contemple su energía y el modo inmutable del que actúa, y que se someta en silencio a las leyes de las que nada puede sustraerlo. Que consienta ignorarlas causas que están envueltas en un velo impenetrable para él. Que soporte, sin murmurar, las sentencias de una fuerza universal que no puede volver sobre sus pasos, ni puede apartarse jamás de las reglas que su esencia le impone. Se ha abusado ostensiblemente de la distinción que con tanta frecuencia se ha hecho entre el hombre físico y el hombre moral.

El hombre es un ser puramente físico; el hombre moral no es más que ese ser físico considerado bajo cierto punto de vista, es decir, en relación a algunas de sus maneras de actuar debidas a su organización peculiar. Pero esta organización ¿no es la obra de la Naturaleza? Los movimientos o modos de actuar de los que ella es susceptible ¿no son físicos? Sus acciones visibles, así como los movimientos invisibles animados en su interior, que provienen de su voluntad o de su pensamiento, son igualmente efectos naturales, consecuencias necesarias de su propio mecanismo y de los impulsos que recibe delos seres que lo rodean. Todo lo que el espíritu humano ha inventado progresivamente para cambiar o perfeccionar su modo de ser y para hacerlo más feliz nunca ha sido más que una consecuencia necesaria de la esencia del hombre y de los seres que actúan sobre él. Todas nuestras intuiciones, nuestras reflexiones y nuestros conocimientos no tienen por objeto más que procurarnos la felicidad hacia la cual nuestra naturaleza nos inclina sin cesar. Todo lo que hacemos o pensamos, todo lo que somos y lo que seremos no es más que la consecuencia del modo del que nos ha hecho la Naturaleza universal. Todas nuestras ideas, voluntades y acciones son efectos necesarios de la esencia y de las cualidades que esta Naturaleza ha puesto en nosotros y de las circunstancias a las que estamos sometidos y que nos modifican.

La Naturaleza envía al hombre desnudo y desprovisto de ayuda al mundo. A un ser situado por encima de nuestro globo, y que de lo alto de la atmósfera contemplase la especie humana con todos sus progresos y sus cambios, los hombres no le parecerían más sumisos a las leyes de la Naturaleza cuando vagan desnudos por los bosques buscando su alimento, que cuando viven en sociedades civilizadas —es decir, enriquecidas con mayor número de experiencias— que han terminado por hundirse en el lujo al inventar día a día mil necesidades nuevas y mil medios de satisfacerlas. Todos los pasos que damos para modificar nuestro ser no pueden ser considerados más que como una larga sucesión de causas y efectos, que no son más que desarrollos de los primeros impulsos que la Naturaleza nos ha dado. Incluso el animal, en virtud de su organización, pasa sucesivamente de necesidades simples a necesidades más complejas, pero que no dejan de ser consecuencia de su naturaleza. Es así como la mariposa de admirable belleza comienza por ser un huevo inanimado, del que el calor hace surgir un gusano, que llega a ser crisálida, luego se convierte en un insecto alado que vemos adornarse de los más vivos colores. Una vez ha llegado a esta forma, se reproduce y se propaga. Al fin, despojado de sus adornos, debe desaparecer luego de haber cumplido la tarea que la Naturaleza le había impuesto y recorrer el círculo de cambio que ha trazado a los seres de su especie.Vemos cambios y progresos análogos en todos los vegetales. A través de la cadena de combinaciones del tejido y de la energía primitiva dados al áloe por la Naturaleza, la planta, con imperceptibles modificaciones y aumentos, produce al cabo de numerosos años las flores que son el indicio de su muerte.

Sucede lo mismo con el hombre, quien, en todos sus progresos, en todas las variaciones a las que se ve sometido, actúa estrictamente de acuerdo con las leyes particulares de su organización y de las materias con que la Naturaleza lo ha compuesto. El hombre físico es el hombre activo por el impulso de causas que sus sentidos le hacen conocer. El hombre moral es el hombre activo por causas físicas que sus prejuicios le impiden conocer. El hombre salvaje es un niño desprovisto de experiencia, incapaz de trabajar para su felicidad. El hombre civilizado es el hombre al que la experiencia y la vida social capacitan para sacar partido de la Naturaleza para su propia felicidad. El hombre de bien, ilustrado, es el hombre en su madurez y perfección. El hombre feliz es aquel que sabe gozar de los dones de la Naturaleza. El hombre desgraciado es aquel que se halla en la incapacidad de sacar provecho de ellos. Es entonces a la física y a la experiencia a donde el hombre debe recurrir en todas sus investigaciones: les debe consultar en su religión y su moral, en su legislación y su gobierno político, en las ciencias y las artes y en sus placeres y sus penas.

La Naturaleza actúa por leyes simples, uniformes e invariables cuyo conocimiento hace posible la experiencia; es por nuestros sentidos por donde estamos unidos a la Naturaleza universal; es por nuestros sentidos por lo que podemos someterla a la experiencia y descubrir sus secretos. Apenas dejamos la experiencia, caemos en el vacío donde nuestra imaginación no se xtravía. Todos los errores de los hombres son errores físicos; nunca se equivocan más que cuando dejan de recurrir a la Naturaleza, de consultar sus reglas y de llamar a la experiencia en su auxilio. Así, pues, a falta de experiencias, se han formado ideas imperfectas de la materia, de sus propiedades, de sus combinaciones, de sus fuerzas, de su manera de actuar o de la energía que resulta de su esencia; así todo el universo ha llegado a ser para ellos un simple escenario de ilusiones. Han ignorado la Naturaleza, han desconocido sus leyes, no han advertido las rutas necesarias que traza a todo lo que contiene. ¡Peor aún!, se han desconocido a sí mismos. Todos sus sistemas, sus conjeturas y sus razonamientos de los que la experiencia fue desterrada, no han sido más que un largo tejido de errores y absurdos. Todo error es perjudicial; es por haberse equivocado por lo que el género humano se ha vuelto desgraciado.

Por desconocer la Naturaleza ha ideado dioses que se han convertido en los únicos objetos de sus esperanzas y sus temores. Los hombres no han percibido que esta Naturaleza, desprovista tanto de bondad como de malicia, no hace más que seguir leyes necesarias e inmutables al producir y destruir los seres, al hacer sufrir a aquellos que convirtió en sensibles, al distribuirles bienes y males, al alterarlos sin cesar. No han advertido que era en la Naturaleza misma, y en sus propias fuerzas, donde el hombre debía intentar satisfacer sus necesidades, buscar los remedios contra sus penas y los medios para ser feliz. Han esperado estas cosas de seres imaginarios, suponiendo que eran los autores de sus infortunios y placeres. Por consiguiente, es la ignorancia de la Naturaleza la que ha producido estas potencias desconocidas bajo las cuales el género humano ha temblado durante tanto tiempo, así como los cultos supersticiosos que han sido la fuente de todos sus males. Es por desconocer su propia naturaleza, sus propias tendencias, sus necesidades y sus derechos, por lo que el hombre social ha caído de la libertad en la esclavitud. Ha desconocido o se ha creído obligado a sofocar los deseos de su corazón y a sacrificar su bienestar por los caprichos de sus jefes. Ha ignorado la finalidad de la asociación y del gobierno, se ha sometido confiadamente a hombres iguales a él, a los que sus prejuicios le hicieron considerar como seres de un orden superior, como dioses sobre la tierra. Estos aprovecharon su error para esclavizarlo, corromperlo, volverlo vicioso y miserable. Así, pues, es por ignorar su propia naturaleza por lo que el género humano ha caído en la servidumbre y ha estado mal gobernado. Es por desconocerse a sí mismo e ignorar las relaciones necesarias que subsisten entre él y los seres de su especie por lo que el hombre ha ignorado sus deberes hacia los demás; no ha advertido que son necesarios para su propia felicidad. Tampoco se ha dado cuenta de lo que se debe a sí mismo, de los excesos que debiera evitar para llegar a ser firmemente feliz y las pasiones a las que debiera resistir o entregarse para su propia felicidad, no ha conocido sus verdaderos intereses.

De ahí todos sus desarreglos, su intemperancia, su voluptuosidad avergonzada y todos los vicios a los cuales se ha librado a expensas de su propia conservación y de su bienestar duradero. Es, por lo tanto, la ignorancia de la naturaleza humana la que impide al hombre esclarecerse acerca de la moral; por lo demás, los gobiernos depravados a los que ha sido sometido, nunca le han permitido practicarla en los casos en que la conoció.También es por no estudiar la Naturaleza y sus leyes, ni intentar descubrir sus re-cursos y sus propiedades por lo que el hombre queda estancado en la ignorancia o da pasos tan lentos e inciertos, para mejorar su suerte. Su pereza se complace en dejarse guiar por el ejemplo, por la rutina o la autoridad, antes que por la experiencia que exige actividad y por la razón que exige reflexión. De ahí la aversión que demuestran los hombres por todo aquello que parece apartarse de las reglas a las que están acostumbrados. De ahí su respeto estúpido y escrupuloso por la antigüedad y por las más insensatas instituciones de sus padres. De ahí los temores que le invaden ante la perspectiva de cambios o pruebas por ventajosos o probables que sean. He aquí por qué vemos a los pueblos languidecer en vergonzoso letargo, gemir bajo los abusos que se transmiten de siglo en siglo y estremecerse con la sola idea de lo que podría remediar sus males. Es por esta misma inercia y por la falta de experiencia por lo que la medicina, la física, la agricultura y, en una palabra, todas las ciencias útiles hacen progresos tan imperceptibles y permanecen tanto tiempo entorpecidas por la autoridad: aquellos que profesan las ciencias prefieren seguir las rutas ya trazadas, que abrirse paso en otras direcciones; prefieren los delirios de su imaginación y sus conjeturas gratuitas, a las experiencias laboriosas, las únicas capaces de arrancar a la Naturaleza sus secretos. Habiendo renunciado los hombres al testimonio de los sentidos, sea por pereza, sea por temor, han estado guiados en todas sus acciones y empresas por la imaginación, el entusiasmo, el hábito, el prejuicio y, sobre todo, por la autoridad que ha sabido aprovechar su ignorancia para engañarlos.

Sistemas imaginarios ocuparon el lugar de la experiencia, de la reflexión y la razón: almas quebrantadas por el terror, embriagadas por lo maravilloso, o entumecidas por la pereza y guiadas por la credulidad que produce la inexperiencia, se creyeron opiniones ridículas o adoptaron todas las quimeras con las que se las alimentó. Así, pues, por haber desconocido la naturaleza y sus caminos, por haber desdeñado la experiencia y despreciado la razón, por haber deseado lo maravilloso y lo sobrenatural; en fin, por haberse atemorizado, el ser humano ha permanecido en una prolongada infancia de la que le cuesta salir. No ha tenido más que hipótesis pueriles cuyos fundamentos y pruebas nunca se ha atrevido a examinar. Se ha acostumbrado a considerarlas como si fueran sagradas, como verdades reconocidas acerca de las que no le está permitido dudar ni un instante: su ignorancia le ha vuelto crédulo, su curiosidad le ha hecho beber a grandes tragos lo maravilloso, el tiempo le ha confirmado en sus opiniones y ha hecho pasar por realidades sus conjeturas, de generación en generación. La fuerte tiranía lo ha conservado en esas nociones necesarias para esclavizar a la sociedad. Finalmente, la ciencia de los hombres, en todos sus géneros, no ha sido más que un montón de mentiras, oscuridades y contradicciones, mezcladas a veces con tenues luces de verdad provistas por la naturaleza y de las que la ciencia nunca ha podido apartarse totalmente, ya que la necesidad la acompaña siempre.

Elevémonos, pues, más allá de la nube del prejuicio. Salgamos de la espesa atmósfera que nos envuelve para considerar las opiniones de los hombres y sus diversos sistemas. Desconfiemos de una imaginación desordenada. Tomemos la experiencia por guía y consultemos a la Naturaleza. Intentemos extraer de ella las ideas verdaderas sobre los objetos que contiene. Recurramos a nuestros sentidos, a los que se nos ha hecho falsamente considerar como sospechosos. Interroguemos a la razón, que ha sido vergonzosamente calumniada y degradada. Contemplemos atentamente el mundo visible y observemos si no es suficiente para permitirnos juzgar sobre las tierras desconocidas del mundo intelectual; tal vez encontremos que no han habido suficientes razones para distinguirlos y que se han separado sin motivo dos imperios que son igualmente dominio de la Naturaleza. El Universo, este vasto conglomerado de todo lo que existe, no nos ofrece en todas partes más que materia y movimiento: su conjunto nos muestra una cadena inmensa e ininterrumpida de causas y efectos. Algunas de estas causas nos son conocidas, porque afectan de manera inmediata nuestros sentidos; otras nos son desconocidas, porque no actúan sobre nosotros más que por efectos frecuentemente demasiado alejados de sus primeras causas. Materias muy variadas y combinadas de infinitas maneras reciben y comunican sin cesar diversos movimientos. Las diferentes propiedades de esas materias, sus diferentes combinaciones, sus modos de actuar tan variados —que son consecuencias necesarias—constituyen para nosotros las esencias de los seres. De estas esencias diversificadas resultan los diferentes órdenes, rangos o sistemas que esos seres ocupan, cuya suma total constituye lo que llamamos la Naturaleza.

De este modo, la Naturaleza, en el sentido más extenso, es el gran todo que resulta del ensamblaje de las diferentes materias, de sus diferentes combinaciones, de los diversos movimientos que vemos en el Universo. La Naturaleza, en el sentido más restringido, o considerada en cada ser, es el todo que resulta de la esencia, es decir, de las propiedades, las combinaciones, los movimientos o los modos de actuar que lo distinguen de los otros seres. Así, pues, el hombre es un todo que resulta de las combinaciones de ciertas materias dotadas de propiedades particulares, cuya disposición se denomina organización y cuya esencia es el sentir, el pensar, el actuar, el de moverse de un modo que lo distingue de los otros seres con los que se compara. Según esta comparación, el hombre se coloca en un orden, un sistema, una clase aparte que difiere del de los animales en los que no ve las mismas propiedades que en él se encuentran. Los diferentes sistemas de seres o, si se quiere, sus naturalezas particulares, dependen del sistema general del gran todo, de la Naturaleza universal de la que forman parte y a la que todo lo que existe está necesariamente unido.

Luego de haber fijado el sentido que se debe dar a la palabra Naturaleza, creo mi deber advertir al lector, que cuando digo que la Naturaleza produce un efecto, no pretendo en absoluto personificar la Naturaleza, que es un ser abstracto; entiendo que el efecto del que se habla es el resultado necesario de las propiedades de algunos de los seres que componen el gran conjunto que vemos. Así, pues, cuando digo «la Naturaleza quiere que el hombre trabaje para su felicidad», es para evitar los circunloquios y las repeticiones; y entiendo por ello que se trata de la esencia de un ser que siente, piensa, quiere y actúa, que trabaja para su felicidad. En fin, llamo Natural a lo que es conforme a la esencia de las cosas o a las leyes que la Naturaleza prescribe a todos los seres que contiene, en los órdenes distintos que esos seres ocupan y en las diferentes circunstancias por las que están obligadas a pasar. Así, la salud es natural al hombre en un cierto estado y la enfermedad es un estado natural para él en otras circunstancias; la muerte es un estado natural del cuerpo privado de algunas de las cosas necesarias para su conservación, para la existencia del animal, etc. Por ESENCIA entiendo lo que constituye a un ser tal como es, la suma de sus propiedades o de sus cualidades de acuerdo con las cuales existe y actúa tal como lo hace. Cuando se dice que el caer es la esencia de la piedra, es como si se dijera que la caída es un efecto necesario de su peso, de su densidad, de la relación entre sus partes,de los elementos de los que está compuesto. En una palabra, la esencia de un ser es su naturaleza individual y particular.

Baron D´Holbach

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