Mi padre solía hablar con los mendigos. Con afecto, con sencillez, intentando borrar la diferencia que les situaba en mundos opuestos. Yo les escuchaba fingiendo que me enteraba de todo, pero con ocho años sólo apreciaba el infortunio, la tristeza, la fatiga. Al margen de su aspecto, su voz reflejaba la derrota de hombres y mujeres que ya no esperaban nada. Mi madre actuaba del mismo modo y cuando paseaban con nosotros, los desconocidos nos miraban con cara de desaprobación, preguntándose por qué unos padres acercaban a sus hijos a unos seres menospreciados por todos, donde sólo se advertían las huellas del fracaso. Algunos ni siquiera disimulaban su indignación, con miradas desafiantes, que mis padres ignoraban.

Más adelante, se repetiría la escena con mi hermano, que se sentaba a su lado, compartiendo el tabaco y el dinero de bolsillo. A veces, les regalaba el jersey o un abrigo y yo me sentía orgulloso al comprobar que no le afectaba el frío. Bajábamos por la Gran Vía, yo cubierto hasta las orejas con una bufanda de cuadros, Juan Luis en mangas de camisa, apurando su último cigarrillo, riéndose de la bronca que le caería por deshacerse del abrigo, pero mi madre nunca decía nada. Ahora sé que se enorgullecía de nosotros. Juan Luis ya se había separado de su primera mujer y había ocupado su antigua habitación, fingiendo que el tiempo no había afectado a su vida. Mi madre a veces le trataba como si aún tuviera 18 años. Juan Luis fomentaba esa actitud, con una autocomplaciente inmadurez. Se había desprendido del coche y se había comprado una Moto Guzzi de 500 cc, con el depósito rojo y un potente escape cromado.

Ese invierno, Juan Luis se marchó otra vez a París. Esta vez en moto, ignorando todas las protestas de mi madre. París era una cita obligada para los que habían crecido añorando el fin de la dictadura. Mi padre ya había muerto. Yo tenía catorce años y odiaba el colegio de curas, donde descubría poco a poco la mezquindad del ser humano. No aprendí nada. No conservo ningún recuerdo grato, salvo el día en que robé con un amigo la campana del patio. Me encaramé sobre su espalda -mucho más corpulenta que la mía- y descolgamos la campana que anunciaba el fin del recreo. La campana representaba muchas cosas: la autoridad, la ignorancia, el abuso, la necedad. Mi hermano nos ayudó a esconderla en la buhardilla. Nos felicitó por nuestra hazaña y nos ofreció el primer cigarrillo. Yo sólo necesité unas caladas para saber que nunca amaría el tabaco. Mi hermano se fumaba dos paquetes al día. En los meses previos a su suicidio, el insomnio multiplicó el número de cigarrillos hasta una cantidad inverosímil.

Acaba de empezar el segundo trimestre. Había finalizado la tregua de Navidad y el mundo regresaba a su rutina. Serían las cinco o las seis de la tarde. La mochila me pesaba con los libros de textos que aún conservo. La nostalgia es una enfermedad en mi familia. La oscuridad me impidió advertir que había un desconocido en el portal. Escuché  una tos y un ladrido diminuto. Asustado, retrocedí, pero una voz perfectamente timbrada me suplicó que no tuviera miedo. “Hijo, no te preocupes. No te voy a hacer nada”. Era una voz nítida, profunda, semejante a la de mi padre, voz de maestro o de locutor radiofónico. Mi padre había ejercido ambos oficios. Me estremecí al recordar su muerte. Siempre fantaseé con la imagen de su cuerpo saliendo por ese portal con forma de porche, donde una pequeña galería ofrecía algo de calor a los indigentes para disgusto de los vecinos. 

Un perro insignificante, de orejas puntiagudas y color canela, se recortó contra la penumbra. Tras observarme, sacudió enérgicamente la cabeza y bostezó. La voz se disculpó de nuevo. “Lamento que te hayas sobresaltado, pero hacía mucho frío e intentaba calentarme con Nemo, mi buen amigo. Es el único que sigue a mi lado. Somos los últimos de un barco que se ha ido a pique”. No se trataba de un borracho ni de un loco. Sus modales eran refinados y algo arcaicos. No parecía un anciano, pero era imposible determinar su edad. Ya había visto lo que la calle hace con los sin techo. 

Desde los doce años, colaboraba con el cura rojo de mi parroquia. Los feligreses se habían dividido entre acólitos y detractores. Era un cura vasco, con una discreta melena negra y unos ojos azules que se apasionaban con facilidad. Durante los últimos años del franquismo, la policía le molestó en varias ocasiones. Nunca se dejó intimidar. Yo le observaba y pensaba que Cristo estaba de paso en mi barrio. El padre Arnaiz parecía un hombre entero, que no se asustaba con facilidad, pero ahora creo que sufría terriblemente al ejercer su magisterio entre tanta hostilidad. A su lado, descubrí que, sin afectos y sin la rutina del trabajo, los mendigos envejecían prematuramente. Algunos se refugiaban en el alcohol. Otros buscaban la compañía de uno o varios perros y casi todos perdían la capacidad de relacionarse con sus semejantes. Ensimismados, recorrían las calles a la deriva, hasta que el frío, la suciedad y el tedio les destruían por completo. Su muerte sólo redundaba en un fin que se había producido mucho antes. Me pregunté cuál sería la historia de aquel hombre.

Me acerqué un poco y advertí que sus ojos eran dolorosamente azules. Recordé los ojos del padre Arnaiz y pensé que estar cerca de Dios se refleja en la mirada. Las arrugas no habían conseguido borrar unas facciones infantiles, que insinuaban cierta resistencia a perder la ilusión y el deseo de vivir. Sus manos eran pequeñas y su cabeza apenas superaba mi estatura, ya bastante reducida por una lesión de corazón congénita. Sin embargo, había algo en aquel hombre que transmitía fuerza, determinación. Aunque la vida le había arrinconado, no se sentía totalmente derrotado. Estaba dispuesto a resistir, a conservar la dignidad y a no renunciar a la cortesía. “No tengo casa y no puedo ofrecerte mi hospitalidad, pero te agradezco el cobijo que me proporciona tu portal. Disculpa a Nemo, pero es tímido con los extraños”.

El perrito temblaba sobre unos cartones. “Le recogí hace un año. No sé nada sobre su pasado, pero se nota que lo han maltratado. Siempre está asustado. Hay personas que desconocen la compasión. Tú pareces un buen chico. Espero que los vecinos no emprendan una compaña contra mí. Ya me han echado de otros sitios. Llaman a la policía y tengo que huir. Si me llevan a un albergue, no podría conservar a Nemo. Nos separarían. No quiero ni pensarlo”. Nemo se estremeció, como si entendiera sus palabras.

Lamenté profundamente la ausencia de mi hermano. Me habría ayudado a manejar la situación. Tendría que hacer las cosas yo solo. Por primera vez me sentí adulto y no me desagradó. Me agaché y acaricié a Nemo, que tiritaba de miedo. “¿Tiene hambre? Puedo traerle algo”. “Los dos tenemos hambre”, contestó jovialmente el mendigo, “pero somos estoicos y nos resignamos”. “Séneca también comía, ¿no? –contesté, algo envanecido por mi conocimiento de los clásicos”. “¿Conoces a los estoicos?”. “Mi casa está llena de libros”. Y casi disculpándome añadí: “Mi padre era escritor”. “Eso es estupendo”. Mi rostro se ensombreció y él se calló respetuosamente. “Os voy a bajar algo –anuncié-. No os marchéis”. “¿Adónde?  Nuestro hogar está en todas partes. Aquí estamos bien”.

Subí las escaleras corriendo, sin esperar al ascensor. Eran seis plantas, pero la ansiedad me impidió esperar. Al llegar arriba, mi corazón bordeaba el colapso. Mi madre no estaba, pero había una luz encendida al final de pasillo. La casa flotaba en una penumbra azul. Desde que murió mi padre, evitábamos la oscuridad, incluso cuando la vivienda estaba vacía. Preparé dos sándwich de jamón y queso, dos latas de Coca-Cola y dos manzanas. Vacié un recipiente de plástico, con restos de comida y lo llené de agua. Nemo también necesitaba beber.

El mendigo agradeció su gesto, recitándome unos versos: “En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba. / Tu risa me hace libre, / me pone alas. / Soledades me quita, / cárcel me arranca”. “Miguel Hernández, Nanas de la cebolla”, corroboré, intentado parecer humilde. “Lo recita a menudo mi hermano. Es uno de sus poetas preferidos. Perdone la pregunta, pero ¿cómo ha llegado a esta situación? Es evidente que tiene estudios”. “Las cosas se tuercen de la forma más extraña. No me hagas contártelo. Sufro al recordarlo”. “¿No tiene familia?”, insistí. “Nemo. Es un gran compañero”.

Apenas les conoció, mi madre se convirtió en su ángel protector. Les bajaba comida, hablaba con el hombre, jugaba con Nemo, cada vez menos asustado, les regaló dos mantas y se enfrentó a los vecinos. Mi madre no tenía miedo a nada desde que sobrevivió a un obús de la aviación franquista y siempre odió a la putrefacta sociedad que surgió de las cenizas de la guerra civil. Mi madre es la hostia. Tiene ochenta y cinco años y vota al Partido Comunista. Escucha a Lou Red, lee a Kerouac, puede recitar durante horas poemas de Lorca y Cernuda y se ríe de los skin-heads de Moncloa, que no se atreven a responder a sus burlas, pues no están acostumbrados a que les provoque una señora elegante y sofisticada. 

Si hubiera sido algo mayor, habría compartido trinchera con la Pasionaria. No me cuesta trabajo imaginarla con un rifle en la Ciudad Universitaria, luchando contra los militares sublevados. 

Mi madre es la nieta de un médico que se dejó la piel en pueblos asolados por la tuberculosis y la gripe española. Mi madre es una mujer refinada y culta, el último eslabón de una familia de la burguesía ilustrada, que soñó con una España inspirada en la Constitución de las Cortes de Cádiz y en la pedagogía de la Institución Libre de Enseñanza. Mi madre es una mujer con redaños, que se encaró con la policía cuando me metieron en un calabozo de la calle de la Luna por hacer el puente a un Peugeot 505. Cuando advirtió que me habían pegado, escupió a un agente y le llamó cobarde. El policía se limpió la cara y desapareció por un pasillo. Yo esa noche dormí en casa gracias a mi madre.

Mi madre no me felicitó por mis fechorías, pero sacó fuerza de sus entrañas para sacarme de un cubo de cinco metros cuadrados, donde un mendigo sangraba por el ano porque un policía le había hundido la porra en la boca del estómago. Cuando salí del calabozo, yacía en el suelo sobre un charco de sangre. Se había meado encima y lloraba como un niño. Yo sólo tenía trece años y no pude hacer nada por él, pero mi alma sintió la vergüenza del soldado que deja atrás a los camaradas heridos.  De joven, mi madre se parecía a Barbara Stanwick. Si esa noche, hubiera dispuesto de un arma, habría abierto todas las celdas, pero sólo contaba con su valentía, belleza y serenidad. Nos marchamos con la moral por los suelos, como un pelotón que abandona el frente, sabiendo que las columnas rezagadas no sobrevivirán al fuego enemigo.

Mi madre ofreció al hombre que se había refugiado en nuestro portal subir a casa para comer o ducharse, pero el mendigo (que jamás nos reveló su nombre) rehusó, alegando que ya nos causaba bastantes molestias. El padre Arnaiz le ofreció la parroquia, pero tampoco aceptó. Cuando me deslizaba en la cama, notaba que se me encogía el alma. El portal les protegía, pero el frío de enero se mete en los huesos y muerde como una rata hambrienta. La situación se prolongó dos semanas. “Estamos cansados –explicaba el mendigo, que casi siempre hablaba en plural, mientras acariciaba la cabeza del perrito-. Ya no nos moveremos de aquí. Sucederá lo que tenga que pasar. Hemos llegado al final. Si una pulmonía nos deja tiesos cualquier madrugada, Nemo se convertirá en un ángel y atravesará las nubes con un trote alegre y despreocupado. Y yo hablaré con Dios para que me explique por qué las cosas van tan mal aquí abajo”. Nemo asentía con un ridículo aullido que se ondulaba como una canción napolitana.

Todo finalizó con la aparición de la policía. Algún vecino les avisó. Yo mantenía una discreta vigilancia desde que el mendigo se estableció en el portal. Por eso, les vi llegar. Doblaron la esquina de Ferraz, con la sirena encendida, pero sin hacerla sonar. Bajé las escaleras de tres en tres, con saltos cada vez más temerarios. Mi madre se había marchado a pasar la tarde con sus primas y mi hermano no había regresado de París. El fatalismo se apoderó de mí. Sólo tenía catorce años y aparentaba doce. No me harían ningún caso. 

Cuando por fin abrí la puerta del portal, dos agentes le pedían documentación, pero no tenía carné ni ningún documento que lo identificara. Le explicaron que tendría que acompañarlos. Los empleados de la perrera se ocuparían de Nemo. Por primera vez, le vi llorar. Noté que sus lágrimas brotaban de una pena profunda. Sentí el desgarro de no representar nada para los demás. 

Intenté quedarme con Nemo, pero los agentes me dijeron que no podrían entregármelo sin el consentimiento de mi madre. Yo les dije que lo tenía, pero no estaba en casa para confirmarlo. “No pongas esa cara –dijo un policía-. No está detenido. Le llevamos a un albergue. Hace mucho frío y podría morir cualquier noche”. Antes de subir al coche patrulla, el mendigo se dirigió a mí: “Olvídate de esto. No sufras por nuestra culpa. Os estamos muy agradecidos”. Nemo desapareció en una furgoneta. Sus ojos reflejaban el pánico de los niños que se pierden entre la multitud.

El mendigo agitó la mano desde el asiento trasero. Nuestras caras coincidieron unos segundos en el cristal. Corrí detrás del coche, aprovechando cada semáforo, cada cruce, pero al llegar a la calle Princesa los perdí de vista. Tuve la sensación de contemplarme a mí mismo desde fuera. Me sentía perdido, desorientado, confuso. Algo había cambiado. La infancia había quedado definitivamente atrás. No sabía lo que me esperaba, pero ya nada sería igual.

Rafael Narbona


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