He dado bastantes argumentos enérgicos, incluso ácidos, contra el activismo no violento, y no los he diluido. Mi objetivo ha sido poner énfasis en las críticas que demasiado a menudo son silenciadas, con el fin de defenestrar el dominio completo que el pacifismo tiene sobre el discurso del movimiento -un dominio completo ejercido como un monopolio sobre la moralidad putativa y los análisis estratégicos y tácticos en muchos círculos, hasta el punto de excluir incluso el reconocimiento de que existe una alternativa factible-. Lxs presuntxs revolucionarixs deben darse cuenta de que el pacifismo es tan contraproducente que la alternativa se hace imperiosa. Sólo después podremos sopesar los diferentes caminos de lucha con honestidad (y, espero, de una manera plural y descentralizada también). Lejos de tratar de reforzar una línea de partido o un único programa revolucionario válido.

Mi argumento no es que todxs lxs pacifistas sean unxs apologistas del Estado y unxs traidorxs sin ningún mérito que los salve y sin un lugar en un movimiento revolucionario. Muchxs pacifistas son presuntxs revolucionarixs bienintencionadxs que, simplemente, han sido incapaces de dejar atrás su condicionamiento cultural, que les programa, instintivamente, para reaccionar a los ataques del endiosado Estado, como si se tratara de la mayor traición y crimen. Un puñado de pacifistas han demostrado sostener un compromiso con la revolución y han corrido tales riesgos y sacrificios que están por encima de las típicas críticas que lxs pacifistas merecen, y esto incluso plantea un desafío para el funcionamiento del satus quo, particularmente, cuando su moral no les impide trabajar solidariariamente con revolucionarixs no pacifistas1. La cuestión es que el pacifismo como ideología, cuando tiene unas pretensiones que van más allá de una práctica personal, sirve, incorregiblemente, a los intereses del Estado y está, irremediablemente, psicológicamente inserto en el esquema de control del patriarcado y de la supremacía blanca.

Ahora que he demostrado la necesidad de reemplazar la práctica revolucionaria no violenta, quiero elaborar lo que deberíamos poner en su lugar, ya que varias de las formas no pacifistas de lucha revolucionaria contienen también sus propios fallos. En los debates, lxs pacifistas suelen extrapolar algunos fallos observados en algunas revoluciones históricas, a toda la estrategia, esquivando todo análisis detallado, y silenciando otros muchos casos. Pero lejos de decir, por ejemplo, “mira: la violenta revolución rusa fue liderada por otro gobierno violento y autoritario, por lo tanto, la violencia es ineficaz” 2, nos ayudaría más señalar que lo que todxs lxs leninistas querían era un estado capitalista autoritario pintado de rojo y con ellxs a la cabeza, y que en sus propios términos, tuvieron bastante éxito3. También podríamos mencionar a lxs anarquistas revolucionarixs del sur de Ucrania, que rechazaron de forma contundente el poder y, durante años, liberaron grandes áreas de manos de los alemanes, de los nacionalistas antisemitas, de los Blancos y de los Rojos (pero no impusieron su voluntad a aquellxs a lxs que liberaban, sino que les animaban a auto-organizarse4). Además de dejar de lado las mitificaciones pacifistas, los análisis dramáticos, les haría bien ensuciar sus manos en los detalles históricos y analizar los grados de violencia, quizás enseñando que, en términos de depravación estructural y represión estatal, la Cuba de Castro, el producto de una revolución violenta, es indiscutiblemente menos violenta que la Cuba de Batista. Sea como sea, ya hay suficientes apologistas de Castro como para estar dispuesto a gastar mis energías de esta manera.

El elemento común a todas estas revoluciones autoritarias, es su formajerárquica de organización. El autoritarismo de la URSS o de la República PopularChina no lo trajo, de una manera casi mística, la violencia que usaron, sino quefue una función directa de las jerarquías con las que siempre estuvieron casadxs. Esvago, sin sentido y en última instancia falso decir que la violencia siempre produceciertos patrones psicológicos y sociales de relación. La jerarquía, sea como sea, esinseparable de los patrones sociales y psicológicos de las relaciones de dominación.De hecho, la mayor parte de la violencia en la sociedad es, indiscutiblemente, unade las consecuencias de las jerarquías coercitivas. En otras palabras, el concepto dejerarquía tiene mucha de la precisión analítica y moral de la que el concepto deviolencia carece. Por lo tanto, para un verdadero éxito, toda lucha por la liberacióndebe usar cualquier medio necesario que sea consecuente con la construcción deun mundo libre de jerarquías coercitivas.

Este antiautoritarismo se debe reflejar tanto en la organización, como en el sistema de valores del movimiento de liberación. A nivel organizativo, el poder se debe descentralizar (esto significa no tener partidos políticos o instituciones burocráticas. El poder debe localizarse en las bases, tanto como sea posible), en individualidades y en grupos de trabajo dentro de la comunidad. Porque las bases y los grupos comunitarios se hayan reducidos por las condiciones de la vida real y están en constante contacto con la gente de fuera del movimiento, mientras que la ideología tiende a fluir de forma ascendente, concentrándose en “comités nacionales” y otros niveles centralizados de organización (que conduce conjuntamente a la gente que comparte la misma opinión y la empapa de abstracción, alejándola del contacto con la mayoría de las demás realidades cotidianas). Algunas cosas tienen más potencial para fomentar el autoritarismo que una ideología poderosa. Por lo tanto, debe permanecer en las bases cuanta más autonomía y poder de decisión como sea posible. Cuando los grupos locales necesitan federarse o coordinarse sobre un área geográfica más amplia (y la dificultad de su lucha requiera coordinación, disciplina, almacenamiento de recursos, y estrategias comunes), es necesario que cada organización se asegure que los grupos locales no pierdan su autonomía y que cualquier nivel mayor de organización que se vaya a crear (como comités regionales o nacionales de una federación) sea débil, temporal, reemplazado frecuentemente, fácilmente eliminable como estructura, y siempre dependiente de la ratificación por parte de los grupos locales. De otro modo, aquellxs que ocupan los niveles más altos de organización podrían desarrollar un esquema mental de tipo burocrático, y la organización podría entonces desarrollar unos intereses propios, escindidos de los de la comunidad, que pronto divergerán de los intereses de todo el movimiento.

Además, ninguna organización debería monopolizar el movimiento. Las organizaciones no deberían ser imperios; deberían ser herramientas temporales que se superponen, proliferan y se extinguen cuando ya no son necesarias. Un movimiento será sano y difícil de cooptar si hay una diversidad de grupos ocupando diferentes nichos y persiguiendo propósitos similares5; y estos grupos serán menos propensos a anquilosarse si la gente del movimiento tiende a pertenecer a múltiples grupos, lejos de otorgar su lealtad a uno sólo.

La cultura o el sistema de valores del movimiento de liberación también es vital. Las estructuras no coercitivas son fácilmente subvertidas si la cultura y los deseos de la gente, operando en dichas estructuras, los dirigen hacia otros fines. Para lxs principiantes, una cultura de liberación debe favorecer la pluralidad, por encima del monopolio. En términos de lucha esto significa que debemos abandonar la idea de que sólo hay un camino correcto, o que debemos firmar en la misma plataforma o unirnos a la misma organización. Por otro lado, la lucha se
beneficiará de una pluralidad de estrategias de ataque al Estado desde diferentes ángulos. Esto no significa que cada cual deba trabajar solx o no entenderse con lxs demás. Necesitamos coordinarnos y unificarnos tanto como sea posible para aumentar nuestra fuerza colectiva, pero también deberíamos reconsiderar cuánta uniformidad es posible en realidad. Es imposible poner a todo el mundo de acuerdo en que una estrategia de lucha es la mejor; y de hecho, esta disyuntiva es, probablemente, errónea. Después de todo, la gente tiene distintas habilidades y experiencias y se enfrenta a diferentes aspectos de la opresión: en este contexto sólo tiene sentido que deban existir diferentes caminos de lucha en los que avanzar, simultáneamente, hacia la liberación. Los monoteísmos autoritarios inherentes a la civilización occidental nos conducirían a una visión de estos otros caminos como rodeos poco inteligentes, como una competición; intentaremos al menos reprimir de ciertos esquemas mentales, reconocer la inevitabilidad de las diferencias, y pensar en la gente que difiere de nosotrxs como en aliadxs. Después de todo, no estamos tratando de imponerle a todo el mundo una nueva y utópica sociedad que vendrá tras la revolución; el objetivo es el de destruir las estructuras de poder centralizadas de modo que cada comunidad tenga la autonomía para organizarse a sí misma de modo que todos sus miembros decidan, colectivamente, capacitarse para conocer sus necesidades, mientras también se unen a asociaciones de ayuda mútua con las comunidades que haya a su alrededor6. Todo el mundo tiene un potencial innato para la libertad y la autoorganización; por lo tanto, si nos identificamos como anarquistas, nuestro trabajo no consiste en convertir a todxs lxs demás al anarquismo, sino usar nuestras perspectivas y experiencias colectivas para estar en guardia ante los esfuerzos de cooptación de la izquierda institucional y proveer modelos para las relaciones sociales autónomas y la autorganización en las culturas, allí donde normalmente no existen.

También está la cuestión del liderazgo en una lucha antiautoritaria. La idea tradicional de liderazgo, que lo concibe como un rol coercitivo o institucionalizado, simplemente como tener poder sobre la gente, es jerárquico e inhibe el crecimiento de la gente. Pero es también verdad que la gente no es igual en términos de habilidades, que esta revolución requiere una cantidad tremenda de pericia, y que puede haber gente que ocupará voluntariamente un lugar que requiera más pericia que lxs demás en una posición de liderazgo no coercitivo y temporal. El planteamiento de un sistema de valores antiautoritario frente al liderazgo es que el poder debe ser constantemente redistribuido hacia fuera. Es responsabilidad de la gente que se encuentra a sí misma en posiciones de liderazgo prestar su talento al movimiento mientras diseminan su liderazgo a su alrededor, enseñando a la otra gente, en vez de asirse a su pericia como una forma de poder.

Además, un sistema de valores antiautoritario favorece que se lucha contra la opresión, pero se opone a aplastar a aquellxs que han sido vencidxs;                                                               favorece la reconciliación por encima del castigo.

Con estas estructuras y esta cultura, un movimiento de liberación tiene, ciertamente, mayores oportunidades de alcanzar el éxito sin crear un nuevo sistema autoritario. Habrá siempre una tensión entre el ser efectivxs y estar liberadxs, y la complejidad de la lucha está llena de matices; hay que cultivar una práctica antiautoritaria como una batalla constante entre dos requisitos (eficiencia y libertad) que están en conflicto, pero que no son excluyentes. La visión pacifista de la lucha, basada en una dicotomía polarizada entre violencia y no violencia, no
es realista y además es contraproducente.

Además, es difícil ver claramente cómo un movimiento de liberación, usando una diversidad de tácticas, puede dirigir su lucha. Los grupos específicos deben decidir esto por sí mismos, basándose en las condiciones a las que se enfrentan; no basándose en las prescripciones de una determinada ideología. Según todas las probabilidades, no obstante, un movimiento de liberación antiautoritario debe enfatizar la construcción de una cultura autónoma que pueda resistir al control mental de los medios de comunicación y la fundación de centros sociales, escuelas libres, clínicas libres, agricultura comunitaria y otras estructuras que puedan apoyar las comunidades en resistencia. La gente occidentalizada debe desarrollar relaciones sociales colectivas. Para dichos crecimientos en el norte global, ser unx anarquista no te salva de ser imbuido de formas individualistas, basadas en el castigo y en el privilegio de interacción social. Debemos emplear modelos de trabajo de justicia restaurativa o transformadora, de modo que verdaderamente no necesitemos ni a la policía ni las prisiones. Mientras seamos dependientes del Estado, no lo derrocaremos jamás.

Lxs lectorxs deben haberse dado cuenta de que los requisitos iniciales más importantes del movimiento de liberación no incluyen acciones “violentas”. Espero que por ahora podamos abandonar la dicotomía entre violencia y no violencia completamente. El uso de la violencia no es una etapa en la lucha en la que debamos trabajar y pasar por ella para poder vencer. Aislar la violencia no ayuda. Es más, debemos ser conscientes de que, probablemente, debamos enfrentarnos a ciertos tipos de represión, a ciertas tácticas que probablemente tendremos que usar. En cada etapa de la lucha debemos cultivar un espíritu militante. Nuestros centros deberían honorar a lxs activistas militantes encarceladxs o a aquellxs asesinadxs por el Estado; nuestras escuelas libres deben enseñar la autodefensa y la historia de la lucha. Si esperamos a que el Estado haya incrementado la represión hasta un nivel en el que sea clarísimo que nos han declarado la guerra para asumir la militancia, será demasiado tarde. Cultivar la militancia debe ir de la mano de la preparación y de la expansión.

Es peligroso mantenerse completamente aparte de la realidad dominante, precipitándonos con tácticas que nadie más puede entender, y tanto menos apoyar. La gente que actúa prematuramente y se aisla a sí misma del apoyo popular se lo pondrá fácil al gobierno para que les pegue un tiro7. Es decir, no podemos dejar que nuestras acciones estén determinadas por lo que es aceptable o no para el pensamiento hegemónico. Las opiniones del pensamiento hegemónico están condicionadas por el Estado; complacer al pensamiento hegemónico es complacer al Estado. Lejos de esto, debemos trabajar para intensificar la militancia, para educar a través de acciones ejemplares y para incrementar el nivel de militancia aceptable (para, por lo menos, los segmentos de la población que hemos identificado como potenciales simpatizantes). Lxs radicales que provienen de bagajes privilegiados son lxs que tienen más trabajo que hacer en este sentido, porque dichas comunidades son las que tienen las reacciones más conservadoras respecto a las tácticas militantes. Lxs radicales privilegiadxs parecen ser más capaces de preguntar, “¿qué pensará la sociedad?” como una excusa para su pasividad.

Hacer aumentar la aceptación de las tácticas militantes no es un trabajo fácil, debemos llevar a la gente, gradualmente, hacia la aceptación de formas más militantes de lucha. Si la única elección que podemos hacer es entre tirar bombas y votar, la mayoría de nuestrxs aliadxs potenciales elegirán votar. Y aunque el condicionamiento cultural debe ser superado antes de que la gente pueda aceptar y practicar las más peligrosas y mortales tácticas, dichas tácticas no pueden ser situadas en la cúspide de ninguna jerarquía. Fetichizar la violencia ni siquiera
mejora la efectividad del movimiento, ni tampoco preserva sus cualidades antiautoritarias.

A causa de la naturaleza del Estado, toda lucha por la liberación en cualquier momento puede convertirse, probablemente, en una lucha armada. De hecho, un buen número de gente está implicada en la lucha armada para liberarse justo ahora, -esto incluye a lxs iraquíes, a lxs palestinxs, a lxs Ijaw en Nigeria, algunas naciones indígenas en el Sur de América y a lxs Papúa, en Nueva Guinea, y, en menor grado, a grupos antiautoritarios en Grecia, Italia y en otras partes-. Mientras escribo esta frase, activistas indígenas, anarquistas, y sindicalistas armados sólo con ladrillos y palos, están manteniendo barricadas en Oaxaca contra un inminente asalto militar. Muchxs de ellxs han sido asesinadxs ya y, como el ejército golpea una vez tras otra, deben decidir si aumentan o no la miltancia de sus tácticas para mejorar su capacidad de autodefensa, a riesgo de consecuencias más graves. No diré que la lucha armada es una necesidad ideológica, pero para mucha gente, en muchos lugares, se ha convertido en una necesidad para derrocar, o simplemente defenderse contra el Estado. Sería fantástico si la mayoría de la gente no tuviera que pasar por un proceso de lucha armada para liberarse, y, dada la extensión que cada economía y gobierno están integrando globalmente hoy en día, un buen número de gobiernos pueden colapsarse fácilmente si están ya debilitados por oleadas diseminadoras de revuelta global. Pero algunas personas deberán vivir la experiencia de la lucha armada, algunas de ellas deben hacerlo incluso ahora, y nuestra estrategia para la revolución no puede basarse en la certeza de que otra gente morirá en conflictos sangrientos mientras nosotrxs permanecemos a salvo.

Debemos aceptar, siendo realistas, que la revolución es una guerra social, no porque nos guste la guerra, si no porque reconocemos que el status quo es una guerra de baja intensidad y desafiar al Estado tiene como resultado una intensificación de esta guerra. Debemos aceptar también que la revolución precisa del conflicto interpersonal, porque ciertas clases de personas están empeñadas en defender las instituciones centralizadoras que debemos destruir. La gente que sigue deshumanizándose a sí misma actuando como agentes de la ley y del orden deben ser derrotadxs por cualquier medio que sea necesario, hasta que ya no puedan impedir la realización autónoma de las necesidades de la gente. Espero que durante este proceso podamos construir una cultura de respeto hacia nuestros enemigos (un buen número de culturas no occidentales han mostrado que es, de hecho, posible respetar a una persona o a un animal que debes matar), cosa que ayudará a impedir purgas o una nueva autoridad cuando el presente Estado haya sido derrotado. Por ejemplo, puede ser visto como aceptable matar a un enemigo más poderoso (por ejemplo alguien que debe ser convertido en un blanco clandestinamente por temor a las represalias del Estado), y no aceptable matar a alguien que es igual de poderoso (esto sólo podría ser visto como algo justificado por un semejante en circunstancias de cólera y defensa propia), y puede ser visto como manifiestamente inmoral y desdeñable el matar a alguien más débil (por ejemplo, alguien que ya ha sido derrotadx).

Podemos tener éxito en un activismo revolucionario factible esforzándonos en unos fines concretos a largo plazo, pero no debemos olvidar las victorias a corto plazo. Al mismo tiempo, la gente debe sobrevivir y nutrirse. Y debemos reconocer que la lucha violenta contra un enemigo extremadamente poderoso, en la que la victoria a largo plazo puede parecer imposible, puede llevar a pequeñas victorias a corto plazo. Perder combates puede ser mejor que no combatir en absoluto; combatir empodera a la gente y nos enseña que podemos luchar. Refiriéndose a la derrota en la batalla de Blair Mountain durante la Mine War, en 1921, en West Virginia, el cineasta John Sayles escribe: “La victoria psicológica de estos días violentos puede haber sido más importante. Cuando una gente colonizada aprende que puede contraatacar unida, la vida nunca volverá a ser tan cómoda para sus explotadores” 8.

Con la valentía y la resistencia empoderadora suficiente, nos podremos mover más allá de pequeñas victorias para lograr una victoria ulterior contra el Estado, el patriarcado, el capitalismo y la supremacía blanca. La revolución es imperativa, y la revolución requiere lucha. Hay muchas formas efectivas de lucha y algunos de estos métodos pueden conducirnos hacia los mundos con los que soñamos. Para encontrar uno de los caminos correctos debemos observar, asesorar, criticar, comunicarnos, y, sobre todo, aprender haciendo.

Cómo la no violencia protege al Estado
Peter Gelderloos

AUDIO   –>    http://kuartoscuro.podcast.es/episodio.php?id=39134

1 Helen Woodson y mi compañero de acusación y de celda Jerry Zawada, viene a mi mente su compromiso, pacifistas revolucionarios.

2 Aunque esta cita en concreto es de mi propia cosecha, el argumento aquí citado lo encontramos con frecuencia en boca de lxs activistas no-violentxs; Todd Allin Morman comienza
su artículo “Revolutionary Violence and the Future Anarchist Order” afirmando que ninguna de las revoluciones violentas en EE.UU, Rusia, China o Cuba “ha dado lugar a una sociedad justa, una sociedad libre o incluso al paraíso obrero” (30).

3 Yo estoy juzgando las motivaciones leninistas por los objetivos y acciones de sus líderes –lxs miembros de las organizaciones autoritarias, el rango y la fila priorizan seguir a lxs líderes por encima de sus propias intenciones, buenas o malas: los propósitos y las acciones de lxs líderes leninistas. Desde el comienzo, incluyeron la mejora y la expansión de la policía secreta zarista, reconstituida como la Checa; forzando a la reconversión de millones de campesinxs en trabajadores asalariadxs; bloqueando el trueque directo entre productores; entablando relaciones jerárquicas entre oficiales y soldados en el ejército, que estaba compuesto principalmente de oficiales que antes eran zaristas/ex zaristas; haciéndose cargo, centralizando, y en último instancia, destruyendo la independencia obrera de los “soviets”, o consejos obreros; buscando y aceptando préstamos para el desarrollo del capitalismo inglés y americano; negociando y colaborando con los poderes imperialistas al final de la 1ª Guerra Mundial; reprimiendo el activismo y las publicaciones de anarquistas y los socialistas revolucionarixs (pone esto literal, igual mejor socialistas “revolucionarios”); y otras acciones. Ver Alexander Berkman, The Bolshevik Myth (London: Freedom Press, 1989), Alexandre Skirda, Nestor Makhno, Anarchy’s Cossack: the struggle for Free Soviets in the Ukraine 1917-1921 (Oakland AK Press, 2004), and Voline, The Unknown Revolution (Montreal: Black Rose, 2004).

4 Una buena historia de este movimiento se puede encontrar en Alexandre Skirda, Nestor Makhno, Anarchy’s Cossack.

5 En su artículo, dirigido a estrategas policiales, “Anarchist Direct Actions”, Randy Borum and Chuck Tilby ponen el énfasis en determinados casos en los que la descentralización ha
dejado a lxs anarquistas aisladxs y más vulnerables a la represión, aunque en términos generales está claro que la descentralización hace que los grupos radicales sean más difíciles de reprimir y siendo también más difícil la infiltración; comunicación, coordinación y solidaridad son los componentes críticos para la supervivencia de las redes descentralizadas. Borum an Tilby, “Anarchist Direct Actions” 202-223.

6 Sin autonomía, no puede haber libertad. Para una introducción básica a este y otros principios anarquistas, ver Errico Malatesta, Anarchy (London: Freedom Press, 1920); o Peter
Kropotkin, Mutual Aid: A Factor in Evolution (New York: Alfred A. Knopf, 1921). Un buen artículo que contiene pensamientos de un proceso revolucionario anarquista similar al que yo he expresado es el de Wolfi Landstreicher “Autonomous Self-Organization and Anarchist Intervention”. También, el de Roger White Post Colonial Anarchism aporta un buen número de argumentos a favor del derecho de cada comunidad autónoma y nación para identificarse y elegir su propio método de lucha.

7 Por ejemplo, el Black Liberation Army, uno de los grupos de guerrilla urbana más exitosos en los EE.UU, falló en gran parte por falta de una estructura de base en la que apoyarse;
según Jalil Muntaqim, We Are Our Own Liberators (Montreal: Abraham Guillen Press, 2002), 37- 38. Por otro lado, el ejército insurgente anarquista dirigido por Makhno, en Ucrania, pudo sostener una guerra de guerrillas efectiva contra el inmensamente mayor y mejor armado Ejército Rojo durante mucho tiempo, precisamente, porque gozaban de un gran apoyo entre lxs campesinxs, quienes escondieron y atendieron a lxs heridxs insurgentes, les abastecieron de comida y suministros, y recolectaron información en las posiciones enemigas. Alexandre Skirda, Nestor Makhno, Anarchy’s Cossack, 248, 254-255.

8 John Sayles, “Forewood”, en Lon Savage Tunder in the Mountains: The West Virginia Mine War, 1920-21 (Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 1990).

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