Alejandra Pinto, Mujeres Creativas, Octubre 2007

“En la relación de dominio del poder, en cambio, el control se ejerce siempre en un solo sentido: lo dominado presta su calor vital al poder hasta quedar como instrumento inerte en sus manos y el helado espejo solo le devuelve un vago calorcillo protector semejante a una sentencia temporalmente suspendida, que se vive como impotencia y se paga en muerte necesaria”

Fernando Savater, Teoría del Simpoder.

En nuestra historia social reciente hemos presenciado cómo en cada fecha de conmemoración simbólica de la memoria colectiva popular irrumpe, en el sentido de asonada, todo un conglomerado heterogéneo de personas que logran un protagonismo esquivo y poco ortodoxo. Los hechos a los que nos referimos pueden ser tipificados como desórdenes públicos en la medida en que abarcan el uso de barricadas para territorializar la protesta. Así mismo incluyen la presencia, casi siempre nocturna, de individuos, muchas veces encapuchados, que se dedican a expresar, de modo no pacífico, algo que podríamos suponer como “descontento” o al menos “rebeldía”.

Nuestro país, Chile, tiene en su memoria relativamente reciente una serie de hitos que de algún modo u otro vuelven cada año como una letanía de la memoria. Me refiero, por ejemplo, al 29 de marzo o día del Joven Combatiente; 1° de mayo o día del trabajo; 11 de septiembre, día del Golpe Militar de 1973; 12 de octubre, día en el que se conmemora el descubrimiento de América y que para los pueblos originarios representa el inicio del genocidio indígena; y otros días que pudieran tener alguna relevancia particular y acotada coincidente con algún acontecimiento contingente.

Cada vez que el calendario se detiene en uno de estos días, personas de toda índole concurren al espacio público para expresar de una forma ritualizada la presencia de un recuerdo activo. Es importante destacar que esta forma de expresión es simbólica, como lo es toda construcción cultural, por lo tanto su forma de decodifación depende de factores sociales-colectivos, como también individuales. El énfasis puesto en la conmemoración del día del Joven Combatiente, por ejemplo, dependerá mucho de caracterizaciones concretas como la pertenencia a cierto grupo etario; la importancia subjetiva que tenga la muerte de los hermanos Vergara, habitantes de Villa Francia y militantes del MIR, en la construcción personal de cada individuo; es decir hay una oscilación entre lo social-colectivo y lo individual, como en muchos otros casos y situaciones. Podemos en este punto afirmar que no existe un solo discurso o relato dador de sentido para el hecho de buscar el modo de ritualizar un recuerdo activo.

Si, acercándonos a las ciencias sociales, hiciéramos una encuesta sobre cuáles son las motivaciones para participar en una protesta o en un acto de conmemoración, nos encontraríamos con diversas respuestas que irían, probablemente, desde relatos como la identificación con los caídos; la afinidad ideológica con las posturas de los conmemorados; hasta la adhesión a determinado valor o proyecto ético (por ejemplo el anticapitalismo, etc…); desde un punto de vista más clásicamente ideológico. Sin embargo, también nos encontraríamos con respuestas del tipo: “porque me parecía entretenido ir”; “porque me parecía atrevido ir”; “porque no tenía otra cosa que hacer”; “porque las cosas están mal”… Es decir, las formas de abordar el hecho político han cambiado desde que los grandes megarelatos ideológicos han caído (me refiero al derrumbe de los socialismo reales, al llamado Fin de la Historia, a la crisis del marxismo como relato omniabarcativo, etc.).

Podríamos afirmar que los esquemas clásicos de “luchadores sociales”, de “vanguardia”, incluso de “militante” han cambiado. Ya no prima la “conciencia revolucionaria”, es casi un recurso esquizoide pedirle a quienes salen a protestar en la actualidad que “respeten” baluartes clásicos del Iluminismo como por ejemplo la Educación (1) . Con esto me refiero a la sorpresa que causa el hecho de que los llamados lumpen-delincuentes, que irrumpen en las protestas nocturnas de poblaciones santiaguinas, destrocen liceos y colegios, incluso consultorios que “sirven” a toda la comunidad. El presupuesto ideológico que hay detrás de esta sorpresa (y, en realidad, no solo sorpresa sino incomprensión y repudio) es que los participantes del hecho, que luego será caracterizado como delito, deberían compartir una serie de valoraciones que, se piensa, todavía están en el “sentido común” de lo que “debería” ser un “luchador social”.

Es difícil decir si lamentablemente o no, aquellos jóvenes que están irrumpiendo con la revuelta no representan al sujeto político-militante, histórico y clásico de nuestro pasado más reciente. Me arriesgo a afirmar que hay un inmenso desconocimiento por parte de todas las instancias de poder y autoridad sobre quiénes se están manifestando y las razones por las cuales lo realizan. Si ahondáramos, desde una perspectiva axiológica, en cuáles son los valores a los que adhieren dichos manifestantes, podríamos afirmar que, considerando que “Los valores constituyen un tipo de objeto completamente inaccesible a la razón” (R. Frondizi; 1962; 83), lo que prima, en este caso, es una adhesión a “nuevos” valores, no los valores tradicionales de la llamada ortodoxia militante. Si antes conceptos como el de “costo social” al abordar una protesta y que en ella resultaran dañados de algún modo los intereses de un pequeño y modesto empresario, implicaba todavía compartir una visión de mundo donde los enemigos estaban claramente identificados y eran los detentadores del poder y formaban parte de la “clase dominante”, en la actualidad esos límites están diluidos y el “enemigo” ya no representa un vector preponderante en la irrupción de la revuelta. O al menos no el “enemigo” de clase. Podríamos suponer, tal vez, que en este caso “lo otro” del lumpen-delincuente, contra lo que arremete, es un todo indiferenciado, es una especie de realidad cuya estructura de valores, de límites y prohibiciones, están totalmente trastocados en relación a un pasado o una tradición.

No creo que sea conveniente caer en una especie de nuevo “endiosamiento” de este “nuevo” sujeto colectivo que representaría el llamado lumpen-delincuente, simplemente es interesante abordarlo como una forma de develar que detrás de la categorización brutal de tal sujeto: “lumpen-delincuente”, hay una intencionalidad implícita, y también manifiesta, de acotar su radio de validación. Podríamos decir que calificar a un sujeto, esencialmente político, como participante de la Polis, de “lumpen-delincuente” equivale a una descalificación y deslegitimación flagrante de todo su accionar público. Y, si somos rigurosos, el Estado como autoridad legítima, y con la prerrogativa exclusiva del uso de la fuerza y la violencia, no tiene otra opción sino el descalificar, partiendo desde el lenguaje, cualquier otro uso de la fuerza que no sea el que él (el Estado) promueve.

Tal vez se nos estaba olvidando acotar que en aquellas noches de irrupción de la revuelta el lumpen-delincuente arremete con el uso de armas. En este último 11 de septiembre (2007) la policía, como aparato armado legítimo del Estado, se encontró en su despliegue callejero con grupos e individuos premunidos de armamento de grueso calibre (2). Por lo que es evidente para toda lógica que el Estado debe deslegitimar el uso de la violencia por parte de individuos y grupos no dependientes de su propio poder y estructura. Pero no es sólo por el argumento mencionado que el Estado deslegitima a este nuevo sujeto político calificado de lumpen-delincuente.

No podemos olvidar a quiénes administran el poder político institucionalizado en el Estado. No podemos olvidar que pertenecen a una generación próxima a aquella que detentó el poder en los días épicos del gobierno popular de Salvador Allende. No podemos olvidar que en la retórica de quienes detentan el poder en la actualidad, alguna vez el uso de la violencia fue verdaderamente un tema. Sin embargo, la actual Concertación, que se enraíza en la ochentera Alianza Democrática, marcó claramente su distancia, allá por los años 84-85-86, del uso de la violencia por parte de “aparatos armados” como el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, brazo armado del PC (Partido Comunista). Podemos, entonces, observar la “coherencia” de quienes detentan el poder en la actualidad. Saben del agua que beben y nunca engañaron a nadie en cuanto al uso de la violencia se refiere. No podríamos esperar, por tanto, que tuvieran una posición más favorable al uso de la violencia y la fuerza por parte de individuos no pertenecientes a las instituciones del Estado pertinentes. No es a ellos a quienes cabe reclamar por un uso menos peyorativo del lenguaje, como primera manifestación de una deslegitimación de un sujeto político actual, el llamado lumpen-delincuente. Podemos suponer, desde una perspectiva dialéctica, que este sujeto político emergente es el “otro” de quienes detentan el poder. Son los lumpen y delincuentes de la Concertación. Ese es el mapa sobre el que se dibuja el territorio.

Sin embargo, nuestra postura no se cobija en ninguna institución del Estado y pensamos desde una trinchera que no pretende acarrear aguas a aquél molino. Nos interesa, de algún modo, acercarnos a ese sujeto llamado lumpen-delincuente para reconocerlo como una expresión de una nueva forma de encarar el hecho político.

De partida, es injusto suponer que este nuevo sujeto no tiene una referencia histórica, sobretodo si pensamos que: “… el daño no se podía entender adecuadamente en dimensiones individuales, sino que sólo se podía lograr una aproximación extendiendo la noción de daño a la sociedad en su conjunto” (ILAS; 1994; 70). Nos referimos al daño del trauma psicosocial que significó la Dictadura y que, tal cual el Holocausto judío, sus consecuencias se hacen sentir aún tres generaciones posteriores (ILAS; 1994; 69 y siguientes). No son sujetos surgidos de la nada o aparecidos como callampas después de una lluvia. Su referencia a una comunidad y a un pasado común es un dato no menor y que debe mostrar su relevancia. Son hijos y nietos de sujetos traumatizados por un evento histórico que dividió y dañó severamente a la sociedad chilena. Y, sin embargo, no responden a la retórica de lucha antidictatorial ni postdictatorial. El híbrido resultante de la peculiar transición chilena ha dado como fruto un sujeto mucho más carente de análisis sociales que todo lo abordado con anterioridad.

Es imposible no acoger en nuestro escrito al joven que fue sindicado como autor de los disparos en contra del Cabo Vera que terminaron con su defunción. Dicho joven era un reconocido hijo de traficante del sector de Pudahuel Sur. Apodado el Huaro, algunos medios señalan que este apodo obedece a una derivación de huero que sería una voz para llamar a alguien de piel blanca y pelo rubio, otros medios dan otras explicaciones. Se ha destacado, en la prensa escrita, su preocupación por el “buen” vestir, y nos lo imaginamos vestido con camisetas deportivas de marca y con zapatillas de alto valor, prácticas comunes en sectores donde la valía y el reconocimiento viene dado por la utilización de ciertos ropajes y modales. Aparentemente no tenía una formación política y su educación no era acabada, es decir había dejado el colegio en los últimos años de la enseñanza básica. Se dedicaba a dormir, ver tele y “pololear”. Su ambición era tener un negocio propio.

La concepción de Estado que promueve el liberalismo extremo que ha continuado la Concertación, es aquella de que no es el Estado el encargado de garantizar derechos ciudadanos mínimos como la Educación, la Previsión o la Salud. De ahí se sigue que jóvenes como el Huaro están absolutamente a la deriva de las regulaciones del mercado. Sus vidas son tranzables, absolutamente prescindibles y no representan una preocupación seria y honesta para ninguna institución del Estado. Con esta descripción de un sujeto juvenil que se siente absolutamente plantado en una especie de carencia de futuro, sin perspectivas, y que esta carencia no representa un ahondamiento vital enriquecedor en el presente, como ausencia de una determinación de lo posible, como una clausura de lo por-venir, es muy difícil no pensar que este latente malestar no se manifieste de algún modo en el accionar social. Si pensamos que ya a comienzos de los noventa el grupo chileno Los Prisioneros cantaba “Pateando piedras”, ¿qué cabe esperar dos décadas después cuando las condiciones de vida no han cambiado significativamente? E incluso han empeorado.

Desde la óptica del Estado, desde la perspectiva de su legitimidad en el monopolio de la fuerza, es imposible pensar en dar legitimidad a irrupciones de violencia como la que observamos en el pasado 11 de septiembre de 2007. Sin embargo, la óptica del Estado no es la única que existe y no es, tampoco, el único prisma desde el cual podemos juzgar la práctica política.

Requeriríamos una mirada an-árquica (3), una mirada que desarmara el poder y lo volviera un simpoder (4) (Ferrer Christian; 1999; 47) para poder comprender que la cara y la cruz del poder es la impotencia y que es esa impotencia la que está manifestándose con la excusa de una ritualización del recuerdo social.

En este sentido, el de la impotencia, podríamos decir que el lumpen-delincuente es la institucionalización de la impotencia. “Impotencia como reverso necesario del poder: es el poder visto desde abajo, desde la frágil chalupa que su vertiginoso torbellino mantiene en órbita, desde cualquiera de los trabajosos logros de sudor y paciencia que su organización nos impone, hurtándonos por su imposición misma la fuerza necesaria para realzarlos venturosamente (5) (Ferrer, C. : 1999: 47). Poder que nos convierte irremediablemente en instrumentos y que vivimos como impotencia en la medida en que, de alguna forma u otra, participamos de él. Sin embargo, en esta carencia de fuerza que es la impotencia, no será la que nos lleve a la libertad. Es, por el contrario, con la fuerza del simpoder como se terminará la dicotomía impotencia/poder. Y en esa dirección, sería absurdo terminar afirmando que “todos somos lumpen-delincuente” porque todos/as nos identificamos, en mayor o menor grado, con esa puesta en escena del descontento que nutre la acción del lumpen. Sin embargo, es yendo más allá de él, más allá de esta ritualización que se transforma en una mera expresión para otro, casi siempre los medios de comunicación, y tal vez el Estado como gran interlocutor, que hay que colectivizar el descontento de la revuelta, volverla algo más que un hecho político, anclado en lo social.

(3 )Hernún, (2007) En Torno a la Anarquía (segunda edición); Argentina. No editado. Pag 124

(4) “En la relación de dominio del poder, en cambio, el control se ejerce siempre en un solo sentido: lo dominado presta su calor vital al poder hasta quedar como instrumento inerte en sus manos y el helado espejo solo le devuelve un vago calorcillo protector semejante a una sentencia temporalmente suspendida, que se vive como impotencia y se paga en muerte necesaria”
Fernando Savater, Teoría del Simpoder, en Ferrer Christian, El Lenguaje Libertario; 1999; Argentina; GEA.

(5) Fernando Savater, Teoría del Simpoder, en Ferrer Christian, El Lenguaje Libertario; 1999; Argentina; GEA

Bibliografía:

Filosofía; 1988; Bachillerato Edebé. España

Ferrer Christian (compilador); El lenguaje libertario; 1999; GEA; Argentina

Frondizi, Risieri; 1962; ¿Qué son los valores?; México; FCE.

Hernún, (2007) En Torno a la Anarquía (segunda edición); Argentina. No editado

ILAS; Varios autores; Trauma psicosocial y adolescentes latinoamericanos: formas de acción grupal; 1994; Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos. Chile.

Documentos en Internet

Wikipedia: “El fin de la historia”

 http://es.wikipedia.org/wiki/El_fin_de_la_Historia_y_el_%C3%BAltimo_hombre (10-10-2007)

Saqueos a colegios, comercios e incluso casas, marcan violenta noche del 11, Diario La Tercera

http://www.latercera.cl/medio/articulo/0,0,3255_5666_297049864,00.html (10-10-2007)

RN asegura que gobierno fue “sobrepasado” por hecho de violencia; Diario La Tercera

http://www.latercera.cl/medio/articulo/0,0,3255_5664_297069720,00.html

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