Cuando escribo en prosa se entiende lo que digo, pero mis versos no valen un kilo prieto. No obstante, en prisión hice poesía obligado por las circunstancias. No había allí ni belleza de mujer, ni colores (en la prisión todo es dolorosamente gris), ni música, por lo que nos vimos obligados a crear armonía y bizarría a golpe de cadenciosas figuras alegóricas. Incluso hubo un tiempo en que se decía muy en serio que quien no balbuceaba francés, no tenía un conocimiento básico del psicoanálisis ni había escrito al menos un poema, nunca había pasado por la prisión de Isla de Pinos.

Hubo allá poetas que no coincidieron conmigo en tiempo y espacio. Un ejemplo clásico: me hubiera encantado conocer tras las rejas a ese monstruo de Raúl Rivero, tengo tres libros suyos, qué más se puede decir de Raúl Rivero. Por suerte para él no coincidimos; cuando salí, él entró. A Vicente Echerri, que tiene cosas impresionantes, lo conocí en Miami en casa de la inolvidable Norma Niurka. Tampoco me relacioné a golpe de bayonetazo y planazo con Miguelito Sales, que produjo una antología honesta y profesional de la poesía “presidiaria”.

Tampoco hice guara con Ernesto Díaz Rodríguez, pero guardo celosamente, como un tesoro incalculable (él no lo sabe), un original de su libro La Campana del Alba, que me entregó Julito Hernández Rojo antes de morir, convencido de que aquel libro pertenecía a la historia de Cuba y no debía perderse. Estoy esperando que desaparezca el castrismo para entregarle este tesoro al Instituto de la Memoria Histórica Cubana para su museo. Porque Pedro Corzo y otros están en el deber de continuar en Cuba la labor que iniciaron en Miami.

En prisión hubo versos que nacieron de bayonetazos, y bayonetazos que parieron firmeza. La sangre siempre va a morir a la tierra y es un exquisito abono. Poetas. Hermanos poetas de prisión. El primer poeta que toma por asalto mis cinco sentidos es Ricardito Cruz Font. Bravo entre los bravos. Sensible entre los sensibles. Lo recuerdo con una sonrisa. Mi querido hermano, bola de humo y alma trágica. Aquí tengo su libro Blasfemario, lleno de indignación frente a cualquier injusticia humana.

Hubo algunos capaces de hacer versos repletos de música como Julio Fernández Camacho, cuando dijo en un soneto magistral: “Sumándote nácar me voy entre tu brisa/ sembrando con cristales el diez de tu mirada/ el diez de tu mirada y el veinte de tu risa/ que suman treinta cielos de azul en tu garganta”.

También hubo quien escribió un solo poema, como Ramiro Gómez Barruecos, primer Premio de Poesía en el Concurso de los Masones, cuya joya contenía una metáfora que casi 50 años después aún recuerdo: “Sus manos con la suavidad de un cerrajero viejo”.

Imposible olvidar el Círculo Literario Vísperas de la prisión de Guanajay en los 70, compuesto por Fray Miguel Angel Loredo, Angel Cuadra, Salvador Subirá y Juan Falcón.

Juan fue el gran prolífico del grupo. Siempre me sorprendió su capacidad para crear poemas y metáforas. Pero su enorme humildad, su falta de respeto por su talento y su deseo de permanecer en las sombras, nunca le han permitido publicar un libro. Propongo que Juan entregue sus poemas a Juan Manuel Salvat, y vivo convencido de que el Gordo le edita una antología.

Fray Salvador Subirá publicó el banquete de cubanía Don Sinsonte de la Palma. Le regaló un libro autografiado a cada uno de mis tres hijos y uno para mí. Los tengo en mi biblioteca y los releo a ratos con devoción.

Al cura Loredo tuve que sacudirlo duro, pero al fin lo convencí para que publicase De la necesidad y del amor y Uno. Sus poemas estremecen las fibras más sensibles del más pasivo e indiferente. Y su poesía no la dirigió al intelectual, sino a la feligresía que le ofrece el milagro de la comunión y el secreto de la confesión.

Angel Cuadra, finalmente, es el más profesional y auténtico de los poetas de prisión. Ha publicado muchos libros y ha ganado muchos premios. Es un orgullo para todos nosotros. Vive la poesía, la goza y la sufre.

Una reflexión final. Independiente de que ha habido par de compañeros que han publicado libros de una poesía de tono menor, la pregunta básica a hacernos es la siguiente: ¿hubo auténticos poetas en el presidio político cubano? Por supuesto que sí. A montones. El dolor aguijonea el alma, y un alma aguijoneada crea venustez, perfección y lindura. Y hay algo sobre lo cual no me cabe la más mínima duda: cuando se calmen las aguas y de nuevo brille el sol, esa poesía entre rejas, no por su valor histórico, sino por su valor formal y estético, será conocida internacionalmente, y finalmente ocupará un lugar cimero en la historia de la literatura cubana.

 NICOLAS PEREZ

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