La fuerza del Estado surge desde la sociedad, para luego situarse por encima de ella. Un ejemplo claro es la relación entre la policía y la mentalidad policial: las fuerzas policiales, si bien están dirigidas por la burguesía y en su defensa, están constituidas mayoritariamente por proletarios traidores a su clase. Estos incluso cumplen un rol que la sociedad con mentalidad policial ve como poco digno, aunque siempre argumentando que “alguien tiene que hacer el trabajo sucio”. Algo similar sucede con el gobierno, es un secreto a voces que todos los políticos son mafiosos, mentirosos y están en contra de los intereses de los trabajadores, sin embargo se vota en cada elección por el “mal menor” una y otra vez, o hasta se deja de votar, manteniendo lo mas importante: el continuar delegando la responsabilidad sobre la totalidad de nuestras vidas en diversos especialistas o pseudoespecialistas, al costo de sacrificarlo todo, es decir: que otros hagan aquel trabajo sucio, pero también toda realización plena como seres humanos no alienados.

Pero ¿Esto sucede sobre la nada, en el ámbito de la abstracción total? No, hay condiciones materiales e ideológicas que lo hacen posible, y una es inseparable de la otra. El Estado no es una entidad, sino una actividad, una actividad histórica y social. Es el producto de una sociedad que, al llegar a cierto estadío de desarrollo y situada en un antagonismo social irreconciliable, en el intento de perpetuarse encontró la forma de continuar y garantizar su existencia conservando, justamente, ese antagonismo social irreconciliable. Garantizando también el libre desarrollo del valor, en un escenario de orden y garantías para su existencia. El Estado moderno nació con la sociedad de clases, y tiene que mantener esas condiciones si precisa seguir existiendo. Esto es lo mismo que decir, entonces, que el Estado moderno se extinguirá con la sociedad de clases.

Es al comprender al Estado de forma histórica y socialque comprendemos que su destrucción no puede ser instantánea, que sólo se podría destruir el Estado de la noche a la mañana si éste no tuviese su raíz enterrada en el terreno de lo social.10 Esto, que algunos no han comprendido por falta de reflexión, otros lo han intentado “comprender” a su manera para perpetuar la sociedad mercantil generalizada llamándole “periodo de transición”. ¿Transición a qué? Deberíamos preguntarnos, si lo fundamental sigue sin siquiera ser molestado: la producción para el intercambio bajo un gobierno de uno u otro color. Porque justamente, lo que se quiere es asegurar la transición no hacia el comunismo, sino un mayor desarrollo del capitalismo y del poder político. Las finalidades de aquellos períodos de transición que se nos vienen a la cabeza al recordar aquel término (Rusia, Cuba, China), no fueron desviaciones o errores, sino que fueron justamente golpes al proletariado, bajo el nombre del comunismo y la libertad.11 No fueron traiciones de los líderes o problemas en las formas de organización. Los líderes, los referentes o las personas sobresalientes en un período de esas características son un emergente del movimiento social, si estos hacen o deshacen es por el apoyo, omisión o escasas fuerza de su clase para oponerse. Es decir: una clase que, con esos personajes o con otros, tampoco podrá llegar muy lejos debido a sus debilidades.

Por otra parte, la cuestión de la crítica a las formas organizativas como algo fundamental es en realidad un falso problema. Las formas organizativas van de la mano y surgen de una necesidad de fondo, de expresar un contenido. Si el proyecto es el desarrollo del capitalismo o la toma del poder político, poco y nada cambia, más que el grado de efectividad con la que se realiza ese mismo contenido, si esto se organiza en asambleas o de forma vertical.12 Por eso, cuando hablamos de comunismo o anarquía no estamos refiriéndonos a quien gestionará el actual sistema de producción, o quien ocupará las bancas del gobierno, ni si la bandera que reemplazará a las banderas de los Estados actuales será de color rojo o de color negro. No se trata del desarrollo del capitalismo a manos de los trabajadores sentados en las bancas del gobierno o en su nombre, nos referimos a la abolición del capitalismo, las bancas del gobierno y el rol de trabajadores… y todo símbolo que nos reduzca a un rol pasivo y de servidumbre.

Y mas allá de todas estas cuestiones, hay algo entre aquella noche y aquella mañana a la cual nos referíamos, que seguramente sean años. Razón parcial tenían aquellos primeros nihilistas revolucionarios que se empeñaban en que debíamos negar esta sociedad, argumentando que después de nosotros vendrían generaciones más libres que se desarrollarían en otras condiciones de vida y que por ello tendrían seguramente mejores propuestas que las nuestras, atrofiadas por el peso de la ideología dominante. Claro que, sin proyecto revolucionario, la destrucción a ciegas con la esperanza de un futuro mejor no garantiza, ni se aproxima, a nada más que la lenta e inevitable reconstrucción de la única forma de vida que conocemos, si no desarrollamos el cómo construir otras. Pero volvamos a lo nuestro: esquivar la cuestión del mal llamado período de transición es dejarle el momento definitivo a la contrarrevolución, o seguir luchando a ciegas con las esperanzas que el estado de cosas se dirija a buen puerto por obra y gracia de la magia, o los buenos deseos y la buena voluntad.

“La pasión por la destrucción es también pasión creativa.” Mijail Bakunin

No se trata de etapas, sino de una realización múltiple. La abolición del Estado precisa justamente de nuevas formas de organizarse en sociedad, lo que incluye la abolición de los aspirantes a reconstruirlo, y estos aspirantes se desarrollan en las condiciones capitalistas, condiciones que por lo tanto también deben ir siendo abolidas, en tanto terreno fértil para la reconstrucción del viejo mundo. Y es que la abolición del Estado no es nuestra única meta, la que nos diferencia del resto, sino que es consecuencia de pretender abolir el antagonismo de clase que sufrimos. La necesidad de acabar con el Estado capitalista es la necesidad de matar al perro guardián de la burguesía, un perro guardián que en algunas ocasiones parece tomar cierto grado de libertad de algunos de sus amos, pero jamás de todos. Su nodestrucción total significa seguir manteniendo un aspecto de la organización social de la clase capitalista.

En un número anterior de esta publicación expresábamos “La anarquía no es entonces un montón de medidas que se tomarán el día después de la revolución, es lo que hacemos hoy para llegar a los días de la revolución, o para desenvolvernos mejor en situaciones prerrevolucionarias”.13 Y unos compañeros nos señalaban que si bien es necesario romper con el mito de la Revolución como fin separado de nuestra actividad antagónica cotidiana, también se llega a lo contrario banalizando que la Revolución es sólo lo que hacemos cotidianamente. A esto se agregan otros que aseguran no esperar hasta la Gran Insurrección y viven en insurrección permanente, ¡cómo si se pudiera comparar una cosa con la otra! Por ello, la actividad militante exige lo que se expresa en aquella frase, pero por supuesto, también un montón de acciones que se realizaran durante y después de “las grandes jornadas insurreccionales”. Lo que de ninguna manera significa conquistar el poder político y realizar “reformas sociales”.

Ya hemos hablado de la destrucción del Estado y el Capital como una realización múltiple. No se trata de reemplazar las funciones del Estado capitalista, pero tampoco se puede dejar para “después de la revolución” cuestiones fundamentales: desde qué y cómo producir hasta las relaciones personales al interior de nuestra clase en lucha, la defensa y ataque frente al reagrupamiento burgués, y otros puntos que surgirán en un momento insurreccional. Al menos pensar en la necesidad de estas tareas, es de vital importancia si verdaderamente se quiere transformar el mundo acabando con las clases sociales, y en lo posible -y sin aspiraciones pontificadorasgenerar las mejores condiciones de vida que seamos capaces de establecer14. Pero si nuestra finalidad es continuar respondiendo a esta sociedad de aquí a la eternidad sin cambiar nada, continuar presos de un activismo sin perspectivas o conquistar el poder político del Estado; entonces podemos seguir rechazando esta cuestión, que si bien lejana en el tiempo, discutir y reflexionar acerca de ella representa una tarea programática que no sólo da perspectivas a largo plazo, sino que orienta en la lucha presente.

QUÉ Y CÓMO PRODUCIR:

El proletariado constituido en clase no se convierte en un órgano político o en un órgano económico que se reafirma o valoriza constantemente, sino que debe tender a destruir esa separación, y asumirse como sujeto social. Espontáneamente (en el sentido de naturalidad y no de inmediatez de la palabra) se irá dejando a un lado la producción de bienes inútiles, y se mejorará la calidad de lo que sí se necesita ¿Quien produciría una comida repleta de químicos para sí y sus iguales, cuando se puede hacer una realmente nutritiva? Porque no se trata de realizar la gestión de este mundo tal como está15, sino de crear uno nuevo, “oculto” en este. Comenzando a realizar actividades concebidas en función de las necesidades humanas, en la tendencia a terminar con la alienación que se relaciona dialécticamente con no producir para las necesidades del capital. La finalidad no es el “control obrero” de la producción, porque la producción en tanto que producción de mercancías destinadas al intercambio, en tanto que producción de valor, siempre pero siempre dominará a los productores, aunque estos deseen lo contrario. Y la producción es indisociable de las decisiones “políticas”, por lo tanto la práctica proletaria en tanto que totalidad se deshace de su envoltura “económica” al producir, de su envoltura “política” al decidir y de su envoltura “militar” al tomar las armas. Porque de ninguna manera podrá asumirse verdaderamente como clase, como fuerza centralizada, imponiendo sus necesidades y sus deseos, si toma el control de las armas pero no de qué producir, si toma control de qué producir pero no de las medidas sociales más generales a llevar adelante. Todo debe estar íntimamente relacionado ya no como aspectos separados, sino como aspectos de una misma lucha total.

Pongamos un ejemplo: Suponiendo incluso la máxima utopía de que se haya efectivamente destruido toda fuerza organizada político-militar de la contrarrevolución abierta en el mundo, y se comience a organizar la sociedad, no sobre la base de la centralización orgánica y una directiva única contrapuesta a la ley del valor, sino a las decisiones democráticas de un sin número de asociaciones, poco tiempo después tendremos otra vez el capitalismo en pleno funcionamiento. O dicho de otra forma, sin la supresión de la autonomía de decisión  local en el cómo producir y el qué producir, que caracteriza a la sociedad mercantil, no se puede destruir el capitalismo. (…) Si los productos no pierden el carácter mercantil, si el valor de cambio continúa reinando, todas las atrocidades del capitalismo volverán a reproducirse, y esa nueva sutilidad del gestionismo se revelará como lo que es, un arma de la contrarrevolución, de la reconstitución del capitalismo, no ya contra la insurrección sino para después.16 Es claro que este nuevo modo de “producir” no puede ser realizado de la noche a la mañana, pero sí se debe tender a ello, si verdaderamente se quiere acabar con el Capital y su dominación. Por lo tanto, la necesidad de procurar actuar como fuerza total y centralizada es fundamental (haciendo referencia mas a los contenidos que a las formas organizativas). No luchando mediante actos aislados contra el viejo mundo, ya sea formal o informalmente, con democracia o sin ella; sino asumiendo la fuerza que ha adquirido para imponerse al Capital y sus defensores. Llevando adelante una lucha que suprima su propio carácter en tanto que asalariados o sea en tanto que clase; asimismo, siendo total su victoria, se acaba su imposición y por tanto su carácter de clase.

RELACIONES INTER-PERSONALES AL INTERIOR DE NUESTRA CLASE EN LUCHA:

Los roles desempeñados al interior de la sociedad capitalista y cuestiones similares, no sólo no deben sino que no pueden dejarse “para después de la revolución”. Esto es imposible. No hay etapas de liberación creciente o algo por el estilo: una verdadera revolución es un desarrollo que se manifiesta en todos los aspectos de la vida de una enorme cantidad de personas. No hay proceso revolucionario sino se desarrolla una práctica masiva en relación a la crítica de la familia, el machismo, la homo y lesbofobia, el desprecio al extranjero, etc. ¡Porque no hay revolución posible si estos prejuicios poseen la potencia de la actualidad!

Ese cuestionamiento, tampoco ha de surgir como imposición moral o ideológica: la decisión de utilizar o no materiales reciclables17, por ejemplo, no tiene sentido si se impone como un deber moral último de quien se crea “verdaderamente” revolucionario, sino que tiene que ver más con las relaciones que somos capaces de establecer con la totalidad de lo que nos rodea, se trate de otros seres humanos, otros animales, otros seres vivos, etc. Es así que comprendemos que el establecimiento de tareas tradicionales, específicas y estáticas que debiesen cumplir “los revolucionarios” (por ejemplo la acción violenta contra los símbolos del poder, la edición de publicaciones, o la inserción en la base más marginada de la sociedad) establece una oposición simbólica a la realidad que se nos impone, sin llegar a establecer vinculaciones con la decisión colectiva de enfrentarse a esta sociedad. Es decir, un enfrentamiento ya no limitado a lo grupuscular o a la adhesión identitaria, sino verdaderamente social. Aun así -teniendo claro que la fuerza de la revolución radica en el movimiento constante y no en disposiciones pre-establecidas- sabemos que hay acciones que tienden más hacia la destrucción de lo existente, y propulsan nuevas posibilidades que afirman nuestro movimiento.

Pero hay que tener en claro, que la fuerza de un levantamiento no radica en que el movimiento haya sido alentado por algún sector especifico que tiene claro el camino a seguir (una vanguardia) o por el grado de destrucción de locales comerciales o firmas explotadoras que haya generado. Tampoco por las olas de ocupaciones de edificios o la creación de nuevos lenguajes estéticos que promuevan una contracultura. Y aunque todas estas acciones que recién apuntamos nos mantengan al mismo tiempo en el sitial de espectadores contentándonos con el grado de satisfacción que nos pueden llegar a producir, también sabemos reconocer muchos de estos actos y los sentimos parte del florecimiento insurreccional de nuestra clase como expresión de su fuerza autónoma.

Lo importante aquí, es tener claro que la fuerza de ese movimiento brilla tanto más en el reconocimiento colectivo de la lucha que en la satisfacción de nuestros gustos: cuando el anarquista asume que forma parte de la misma comunidad de lucha que el inmigrante junto a él en la barricada, o cuando ambos son concientes de que la solidaridad de una señora de edad avanzada se hace complicidad, pese a no tirarle piedras a la policía y hablar en sus mismos códigos. Aún, todos estos no dejan de ser aspectos simbólicos al momento de contemplarlos, pero la sinceridad de la lucha de alguna manera expresa convicciones: el simple hecho de saber de qué lado de la barricada están los “amigos” y los “enemigos”, es tan importante como tener la voluntad de apertrecharse. Una vez más, aquí es donde la idea de clase es la única capaz de expresar esa comunidad humana total en lucha que impulsa la destrucción de todo cuanto nos niega. Y volvemos a repetirlo: no como una identidad más, no se deja de ser anarquista, marxista, punk u obrero para ser “proletario”, no se trata de otra etiqueta a escoger, sino de una actividad viva.

DEFENSA Y ATAQUE FRENTE AL REAGRUPAMIENTO BURGUÉS:

Una revolución que acabe con las clases sociales, precisa de la imposición temporal de la clase proletaria sobre la burguesía. ¿Y por qué hacer hincapié en lo de temporal? Simple. Para realizar su fin, la burguesía debe dominar para siempre al proletariado. Este último, en cambio, debe simplemente imponerse de manera temporal a la burguesía para concretar su programa histórico, ya que no necesita oprimir a una clase para subsistir, sino que precisa abolir las clases, autosuprimirse como clase y para ello debe no sólo defenderse sino atacar toda tentativa de reconstrucción de esta sociedad. Aquí también radica aquella pasión dialéctica destructora/constructora a la que se refería Bakunin. La propia toma de los medios de producción y de distribución ya desvía los propios mecanismos de valorización del capital. Pero se debe rechazar toda tentativa gestionista que intenta superar al capitalismo por “absorción” y no por ruptura. Se debe impedir la dispersión localista, la ilusión gestionista, el federalismo democrático y el intercambio entre unidades de producción independientes (fuente del trabajo privado opuesto al social y por lo tanto de la reorganización mercantil).

Las llamadas a “cambiar el mundo sin tomar el poder”, nos dicen en realidad que no debemos destruir el poder burgués. Pero no puede el proletariado deponer las armas esperando que la burguesía desista racionalmente de su posición de poder. Como así tampoco debe tomar el Estado burgués como si fuese una herramienta neutra para tomar las medidas necesarias, constituyendo así otra vez un órgano de dominación perpetuo. Si la finalidad del proletariado, constituido en clase y en fuerza, apunta a acabar con el sistema capitalista, su potencia apuntará en esa dirección, extendiéndose y extinguiéndose entonces en su mismo desarrollo. Nuestra clase constituida en fuerza se extinguirá en su desarrollo y extensión porque se irá extinguiendo en el mismo proceso de liquidación del Capital, quien únicamente puede producir y re-producir la clase proletaria. Y que guarda estrecha relación con el Estado burgués, Estado que no se extinguirá jamás por sí mismo, y que por ello es necesario destruir, conjuntamente con la dictadura mercantil y democrática de la cual emerge y se reproduce. Entonces, quienes aseguran que en aquella posición el proletariado se acomodará para siempre en el poder, aseguran por ende que: el ser humano domina a sus iguales por naturaleza, olvidando que es un ser social e histórico, y por lo tanto no cristalizado.

Quienes argumentan la agresividad incontrolable y necesidad de dominio como inherentes al ser humano, hablan entonces de una sociedad de clases que es casi biológica, propia de nuestra especie. Nos dicen, de alguna manera, que deberíamos vivir reprimiendo ese supuesto impulso natural de dominar al resto, y crear situaciones que no permitan ello, lo que significa de uno u otro modo, afirmar que la necesidad de la existencia del Estado es incuestionable. Son los mismos que repiten aquella ponderada frase hobbesiana -concebida, casualmente, como justificación de un gobierno monárquico de poder absoluto- que reza “el hombre es un lobo para el hombre”. Según esta visión, en pos de salir de este constante estado de “guerra de todos contra todos”, los hombres tienen sólo una salida: ceder la completud de sus derechos –y con ellos, lo sabemos, la potestad sobre el manejo de su propia vida- en favor de un tercero, surgido de este contrato: justamente, el Estado, el Leviatán. Sin duda estas pocas páginas respecto del Estado no solucionan nada, pero sí esperamos sean un aporte para comenzar a reflexionar sobre el tema, y acabar así con los mitos y la fraseología revolucionaria vacía que se continua rebuznando, ya sea por tradición o búsqueda de una identidad. La destrucción del Estado, significa la destrucción de una sociedad que “necesita” de la existencia Estado.

Suponer cómo sería el mundo actual si no existiese su Estado, sigue siendo pensar a la revolución como el asalto de una minoría al parlamento, o como un partido político que gana las elecciones y debe hacerse cargo de la situación que le tocó en suerte. Es decir: es negar la posibilidad de una revolución en tanto que acción masiva de destrucción y construcción total… El hecho revolucionario está determinado por la actividad radical del proletariado, y no por la radicalidad y la actividad que sus grupúsculos más “avanzados” hubiesen impuesto al resto de la sociedad. Es decir, parte de la necesidad social de los explotados (o su gran mayoría), y no de la necesidad abstracta y militante de los grupos. Por ello, mas allá del consignismo vacío, de la miseria de la poesía con cáscara política, de la contrainformación, en definitiva: de las cantidades de tinta o kilobytes gastados, preferimos hacer un texto donde se arriesga algo en lugar de seguir repitiendo una y otra vez las mismas palabras “acreditadas como válidas” en los círculos revolucionarios, o los autores identificados con ellas, a riesgo también de equivocarnos. Volvemos a afirmarlo: el desafío es nuestro, es de todos quienes realmente tengan necesidad y ánimos de cambiar este mundo.

9 “Nosotros confirmamos solemnemente nuestra doctrina respecto al Estado; confirmo no menos enérgicamente mi fórmula del discurso en la Scala de Milán: Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado” Benito Mussolini (Discurso de la Ascensión, 26 de mayo de 1927). Frase a la cual podríamos agregar la actual falacia democrática, que se avergonzaría de compartir opiniones con aquel histórico fascista que nos presentan como su enemigo: “Se va hacia nuevas formas de civilización, tanto en política como en economía. El Estado vuelve por sus derechos y su prestigio como intérprete único y supremo de las necesidades nacionales. El pueblo es el cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu el pueblo. En la Doctrina Fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo” (18 de marzo de 1934)

10 Sin duda, las consignas y los deseos de destruir el Estado de la noche a la mañana son atractivas, y hasta vistas con simpatía, en comparación con todas las tendencias reformistas que sólo quieren mejorar el Estado. Pero más allá de las proclamas y las consignas poéticas, el inmediatismo revolucionario es una posición idealista heredada del pasado, que no tiene en cuenta condición histórica alguna.

11 Y estas fatales experiencias para el proletariado llamadas “países socialistas”, en vez de desnudar la realidad de su capitalismo han contribuido al mito de la muerte del comunismo, o del capitalismo como vencedor histórico.

12 Puede ocurrir que movimientos con formas organizativas idénticas (asamblearismo, lucha armada, línea editorial) expresen contenidos sociales radicalmente distintos. Pero la revolución no es un “problema” que se resuelve encontrando “la forma” organizativa adecuada; por el contrario, es una cuestión de contenido social real. (Cuadernos de Negación nro.3: Buscando la raíz de la “radicalidad”, pag.5)

13 Cuadernos de Negación nro. 2: “¿Comunismo? ¿Anarquía?, pag. 7

14 Con toda la amplitud que expresa ésta idea, consideramos que cada cual, como sujeto consciente y en relación a los demás, puede desarrollar en lo más íntimo el conocimiento mínimo en relación a su propia vida: qué alimentos nos hacen bien o mal, qué forma de relacionarnos son nocivas o nos satisfacen más, qué herramientas sabemos usar mejor, cuáles podemos aprender a usar, qué tareas estamos dispuestos a llevar a cabo en pos de nuestros objetivos particulares y colectivos, quiénes están en similar disposición.

15 “Un mundo en el que toda la electricidad que nos llega procede de gigantescas centrales eléctricas (sean de carbón, fuel-oil o nucleares), siempre quedará fuera de nuestro alcance. Sólo la mente política considera que la revolución es ante todo una cuestión de toma de poder o redistribución, o ambas cosas.” (Jean Barrot, “Capitalismo y Comunismo”)

16 Grupo Comunista Internacionalista, “La contrarrevolución rusa y el desarrollo del capitalismo”.

17 Lamentamos si este ejemplo suena a caricatura, pero sin embargo expresa una de las limitantes mayores para hacer de la revolución un movimiento real, en lugar de un conjunto de reglas y mandamientos que, en la medida que las vayamos cumpliendo, nos harán progresivamente más libres. Aquellos que no ven la contraposición entre la solidez de los dogmas y las tareas impuestas con el movimiento constante que rompe con el estado de cosas existentes en forma perpetua; aún siguen pendientes de sus vidas como individuos inmersos en esta sociedad.

Cuadernos de Negación. Apuntes  para la reflesión y la accion. Nro.4

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