Perpetuar la ridícula creencia de que no podemos satisfacer nuestras necesidades proteínicas sin comer productos animales es pura tergiversación y comercialismo.

Me encantaría ver a quienes no están de acuerdo cazando un conejo, despedazándolo con dientes y manos (si han podido atraparlo) y devorarlo crudo, con sangre, tripas, huesos, piel y carne, tal como lo haría un auténtico carnívoro que se respete. Y tras haber dado cuento del conejo, me gustaría verles ir a un pasto, ponerse a gatas y succionar la leche de las ubres de una vaca, para hacer bajar el conejo. También eso es un poco repulsivo, ¿no? ¿Por qué? Porque no es nuestra inclinación natural. Si no obtuve la leche de los senos maternos, ¿es demasiado tarde? El hecho es que la mayoría de la gente reacciona a la leche de vaca enfermando. Acudir a otra especie en busca de leche es un insulto al magnífico proyecto de la naturaleza.

Es realmente asombroso que la gente siempre trate de imaginar una manera de hacer las cosas opuesta a lo que es natural, y para justificarlo siempre recurren a verdades a medias. Por ejemplo en Estados Unidos hay grandes vallas publicitarias y anuncios en página entera en las revistas que muestran diferentes productos lácteos con la leyenda que dice: “Calcio de la manera señalada por la naturaleza.” Se han olvidado de añadir dos palabras muy importantes: “¡Para los terneros!” Calcio: ¡de la manera señalada por la naturaleza para los terneros! ¡La leche de vaca es para los terneros! ¿Por qué resulta tan difícil entender eso? Una vez destetada, ni siquiera una ternera seguirá bebiendo leche… ni de su propia clase ni de ningún otro animal. Tiene una inteligencia innata para no interferir en el magnífico plan de la naturaleza. ¡Lástima que a nosotros nos falte esa inteligencia!

La naturaleza es demasiado espléndida y perfecta para que tengamos la arrogancia y el descaro de atrevernos a intentar ser más listos que ella. Existe un motivo por el que todos los mamíferos disponen de leche cuando nacen sus hijos, y es que la leche de cada especie es beneficiosa exclusivamente para esa especie. ¡Así es la naturaleza! Por eso hay dos cosas comunes a todos los mamíferos de la tierra, excepto nosotros:

1. No consumen la leche de otra especie. Eso significaría extralimitar su adaptación biológica, y no harían tal cosa. (Recuerde que no nos referimos a animales domésticos o encerrados en zoos, a los que hemos conseguido pervertir tanto como a nosotros mismos.)

2. Una vez destetado, ningún animal jamás vuelve a consumir leche. Este es el alimento designado por la naturaleza para alimentar a los pequeños de la especie. Está diseñada específicamente para el crecimiento rápido de una cría. ¡Ése es su objetivo! Es idiota insistir en que sigamos tomándola después de la infancia, hasta que somos octogenarios, si podemos vivir tanto. Es algo ridículo y lamentable. ¿Hemos de creer realmente que, una vez finalizada la lactancia de nuestras madres, han de sustituirlas las vacas?

¿Cómo es que la especie con el cerebro más sofisticado, la mayor inteligencia y la capacidad única del raciocinio es demasiado torpe para ver esta simple verdad? Y luego está el hecho irónico de que LOS PRODUCTOS LÁCTEOS CAUSAN ENFERMEDADES. Son nocivos, originan sufrimientos, son los que uno debe comer si quiere tener una salud precaria y enfermar. Los dietistas y expertos en nutrición, que son los portavoces y los jaleadores de la industria láctea y nos dicen que esos productos son un buen alimento, deberían ocultar sus cabezas avergonzados, no sólo por hacer creer al público inocente que los productos lácteos son realmente valiosos, sino también por no mantenerse informados al día en el campo en que se supone que deberían saber algo.

Decir que los productos lácteos son un buen alimento para los seres humanos es una prueba de imperdonable ignorancia de los hechos. Es demasiado evidente que los productos lácteos son un peligro claro y presente. Puedo entender esta idea equivocada en quienes son ajenos al campo de la salud, pero para un profesional, a quien se recurre en busca de consejo fidedigno, engañar a la gente por pereza, ignorancia, orgullo o de beneficios económicos, o todo eso a la vez, es algo despreciable. Es un desafuero criminal liquidar la salud de la población para enriquecerse. Y, como verá, las pruebas no están saliendo ahora mismo a la luz, sino que se sabe desde hace décadas lo nocivos que son los productos lácteos. Ya he ofrecido datos sobre las enfermedades que pueden causar los productos animales con alto contenido de grasa y colesterol (incluidos los productos lácteos). Y existen muchas pruebas, confirmadas por el sentido común y la literatura científica.

La leche de vaca sirve para criar un animal enorme, de grandes huesos, y con cuatro estómagos, y de ninguna manera nosotros respondemos a esos criterios (aunque, por desgracia, he visto que algunas personas empiezan a tener un aspecto peligrosamente bovino). Piense que la leche de vaca está diseñada para hacer que una ternera que pesa 40 kilos al nacer, llegue a pesar 900 kilos en sólo dos años. Los niños humanos suelen pesar entre 2, 7 y 4 kilos al nacer y alcanzarán un peso de sólo 45 a 90 kilos en 18 años. Comer productos lácteos es comer un alimento diseñado por la naturaleza para hacerle muy corpulento, como una vaca, con mucha rapidez. Si en la actualidad consume productos lácteos, espero que no esté intentando perder peso. Será más fácil que intentará apagar un fuego echándole gasolina. Pero los productos lácteos tienen tantos otros aspectos nocivos, que no sé por dónde empezar.

La leche de vaca produce más mucosidad que cualquier otro alimento, un moco espeso, denso, que obtura todo el sistema respiratorio del organismo, un moco que tapiza el interior del cuerpo y le impide funcionar con fluidez; un moco denso, pegajoso, que dificulta de un modo enorme las facultades eliminadoras del organismo, atasca las delicadas membranas mucosas e invita a la enfermedad. La fiebre del heno, el asma, la bronquitis, la sinusitis, los resfriados, el goteo nasal y las infecciones de oído se deben principalmente a los productos lácteos. Éstos son la causa principal de las alergias. Prácticamente cada libro, informe y estudio sobre las alergias mencionan los productos lácteos. No cabe ninguna duda de la intervención que tienen en esa clase de afecciones.

Además de muchas otras fuentes, dos de los investigadores mejor cualificados en el campo de los productos lácteos, afirman la existencia de esos efectos nocivos. Ambos son médicos y tienen una credenciales impresionantes. El doctor William A. Ellis, casi octogenario, ha investigado los efectos de los productos lácteos durante cuarenta años; el doctor N.W. Walker, autor de ocho libros, realizó investigaciones sobre nutrición y salud durante ochenta años y falleció apaciblemente en 1985, de causas naturales, a la edad de 109 años. Estos dos doctos caballeros han hecho las afirmaciones más despectivas sobre los productos lácteos. También han informado de que causan enfermedades cardíacas, así como intensos dolores en el pecho. Como señala el doctor Ellis, desde hace dos siglos se sabe que el queso es uno de los principales factores que causan dolores de cabeza. Un estudio publicado por la revista Nature el 6 de julio de 1974, muestra que una proteína presente en muchas clases de queso es responsable de migrañas. He visto centenares de personas que dejaban de tener dolores de cabeza tras haber dejado de tomar productos lácteos, o simplemente reduciendo su ingestión.

¿Tiene usted hijos? ¿Ha sufrido su hijo alguna vez una infección de oído? Teniendo en cuenta que la profesión médica y los dietistas las consideran algo normal en la infancia, no me sorprendería que respondiera que no. Si su hijo ha tenido o tiene infecciones de oído, existen muchísimas posibilidades de que tome productos lácteos, leche especial para biberón o ambas cosas. Durante diecisiete años, no he visto todavía a un solo niño con infecciones de oído que no se tomara productos lácteos. He aquí como puede comprobar lo que digo y, al mismo tiempo, evitar a su hijito más sufrimiento: elimine todos los productos lácteos de su dieta, o redúzcalos en gran manera, y vea qué sucede. Después de un período inicial, durante el cual el niño puede seguir teniendo goteo nasal y quizá otra infección de oído mientras el cuerpo limpia la mucosidad residual, el goteo cesará del todo y no se producirán más infecciones de oído. Hemos sido testigos de este resultado centenares de veces. El cuerpo de un niño reacciona con mucha rapidez a los cambios positivos. Las narices tapadas y los oídos que duelen hasta provocar el llanto no son normales.

Naturalmente, usted está preocupado por la ingestión de calcio. Le han manipulado cuidadosamente y han invertido miles de millones para que tenga esa reacción. No se preocupe. Enseguida me ocuparé de este tema y mitigaré sus temores. El temor es exactamente lo que blanden contra usted para hacerle consumir productos lácteos. Piense en ello. ¿Qué mejor treta publicitaria que la de hacerle pensar que, sin un producto determinado, sufrirá deficiencias, dolor, malestar? El temor es una treta eficaz que se ha utilizado durante décadas para hacer que la gente actúe de determinada manera para lograr un resultado deseado. LO más frecuente es que el resultado sea malo para su salud pero bueno para los negocios.

Veamos un ejemplo. Durante los años veinte, cuando se generalizó la vacunación contra la viruela, algunas personas optaron por no vacunarse ni permitir que vacunaran a sus hijos debido al número de muertes que las vacunas causaban (algo similar al fracaso de la gripe porcina). Así pues, se usó la mejor estrategia conocida, el temor. (…)

Recuerde que los productos lácteos tienen un contenido elevado de colesterol y grasa y no contienen fibra, una mala combinación, en lo que coinciden todos cuantos tienen unos conocimientos mínimos de nutrición. Resulta extraño que los dietistas y expertos en nutrición se obstinen tanto en alabar los productos lácteos, sabiendo que los alimentos con mucha grasa y poca fibra son contraproducentes. ¿Qué más prueba necesitan? Al fin y al cabo, ¿de quiénes son las necesidades que intentan satisfacer?

A pesar del hecho abrumadoramente científico, el sentido común básico y la lógica, la publicidad de la industria láctea y las incitaciones de dietistas y expertos en nutrición contratados por la misma nos han convencido de que el alimento de los terneros es esencial para la supervivencia humana.

En los productos lácteos existen dos elementos que han de ser descompuestos por las enzimas del cuerpo: la lactosa y la caseína. A la lactosa la descompone la enzima la lactasa, mientras que la encargada de descomponer la caseína es la renina. Hacia los tres o cuatro años de edad la renina no existe en el tracto digestivo humano, y lo mismo sucede con la lactasa, salvo en un número muy pequeño de personas. El término intolerancia a la lactosa se maneja como si fuera un hecho extraño que se manifiesta en ocasiones, pero la verdad es que más del 98 % de la población tiene intolerancia a la lactosa, porque carecen de lactasa. Pero en vez de reconocer esto como una parte del plan soberbio de la naturaleza e interrumpir la ingestión de alimentos que exigen lactasa (todos los productos lácteos), las empresas farmacéuticas se aprovechan de la circunstancia y empiezan a hacer publicidad de preparados químicos que uno puede tomar para ayudar a descomponer la lactosa. Como si el público ya no ingiriese suficientes fármacos (MÁS DE 25 MILLONES DE PÍLDORAS CADA HORA) hay que producir más para ayudarnos a mover algo en el interior de nuestro cuerpo que, en primer lugar, ni siquiera tiene por qué estar ahí. La madre naturaleza hace cuanto está en su mano para ayudarnos a reconocer ese hecho.

La caseína es el componente proteínico de la leche. Es una sustancia muy espesa y áspera, utilizada para uno de los pegamentos para madera más fuertes que se conocen. ¿A alguien le apetece un bocadillo de pegamento? La leche de vaca contiene un 300 % más de caseína que la leche humana. Los productos secundarios de la descomposición bacteriana de la caseína terminan convertidos en un moco espeso, parecido a una cuerda, que se pega a las membranas mucosas y nos atasca el cuerpo. El cuerpo humano carece por completo de los mecanismos digestivos necesarios para descomponerla. Antes hemos mencionado al doctor N.W. Walker, reconocido en todo el mundo como una autoridad en este tema y experto en el sistema glandular. Sus estudios le convencieron de que el bocio de la garganta y otros trastornos de la glándula tiroides eran el resultado directo de la caseína procedente de la leche de vaca, y señaló específicamente que el problema se complica de un modo considerable cuando los productos lácteos se pasteurizan.

Durante años se ha aconsejado a los pacientes de úlceras a que consumieran leche para aliviar el dolor. Los higienistas naturales expresaron desde el principio su postura contraria ante un consejo tan absurdo, pues sabían que los alimentos formadores de ácido eran lo peor que podía suministrase a un enfermo de úlcera, y todos los productos lácteos, excepto la mantequilla, son formadores de ácido. Los higienistas naturales fueron los primeros en recibir los ataques de la elite con las credenciales de “expertos” en salud, pero si pregunta a los médicos o los dietistas de hoy, verá que ahora están de acuerdo con los mismos higienistas a los que antes atacaban. Los productos lácteos agravan las úlceras.

La colitis ulcerativa es otra dolencia muy dolorosa e incómoda. Con frecuencia es precursora del cáncer de colón. Los productos lácteos no sólo contribuyen a la colitis, sino que la eliminación de esos productos de la dieta tiene como resultado una mejoría espectacular de la colitis. Y, como hemos dicho antes, los productos lácteos, junto con todos los demás alimentos con alto contenido proteínico, son uno de los principales factores desencadenantes del cáncer de colon

Un estudio reciente realizado en Italia indica que la mortalidad a causa de cáncer de próstata es un 60 % más alta en el norte que en el sur. Se consideró que el consumo frecuente de leche y queso era un factor de riesgo.

El síndrome de la muerte infantil súbita (SMIS) es una tragedia especialmente atroz. Un bebé inocente gorjea y sonríe y un momento después está muerto. Es cierto que el SMIS puede achacarse a cualquier otra causa, pero es incuestionable que los productos lácteos son culpables en parte. Soy consciente de que esta información no hará muy felices a las madres a causa del SMIS, pero las pruebas son irrefutables y hay que tenerlas en cuenta.

En realidad, la lista de dolencias que pueden vincularse a los productos lácteos es tan extensa, que apenas existe un problema de salud al que por lo menos no contribuyan. Un libro que presenta una acusación de los más convincente y cabal contra los productos lácteos es Don´t Drink Your Milk, de Oski y Bell. Entre la multitud de enfermedades y problemas de salud que los autores atribuyen a los productos lácteos figuran la enfermedad de Lo Gehrig y la esclerosis múltiple. Esta última abunda más en áreas del mundo donde se cría a los niños más con productos lácteos que con el pecho materno. Una dieta con bajo contenido de grasa animal, utilizada durante treinta años por un médico de la Universidad de Oregon, ha ayudado de un modo espectacular a los pacientes de esclerosis múltiple.

Si no fuera por la moderna tecnología, todos los mamíferos se limitarían a alimentar a sus hijos y, una vez destetados, todos ellos se mantendrían con los alimentos a los que están adaptados biológicamente. En estado salvaje, ingerir la leche no constituye un problema para ningún mamífero; sólo lo es para el único mamífero demasiado “inteligente” para confiar en el plan de la naturaleza. Naturalmente, un gran negocio se preocupa por sus beneficios y hace cuanto puede para perpetuar el mito de que la leche de vaca es un alimento apropiado para los seres humanos.

Antes de que llegara a convertirse en un reembolso asesor en nutrición de la Empresa Nacional de Productos Lácteos, el profesor E.V. McCollum recalcó el hecho de que la leche no es un elemento esencial en la dieta humana. (Véanse las ediciones anteriores de su libro The Newer Knowledge of Nutrition). Señaló que los habitantes de Asia meridional jamás toman leche. Su dieta se compone de arroz, semillas de soja, boniatos, brotes de bambú, y otras verduras. Según el profesor MacCollum, esas personas son excepcionales por el desarrollo de su físico y su resistencia, y su capacidad de trabajo está fuera de lo corriente. No sufren defectos óseos en la infancia y tienen las mejores dentaduras del mundo. Esto contrasta intensa y favorablemente con los pueblos bebedores de leche. Por desgracia, al profesor le pareció conveniente eliminar estos hechos de todas las ediciones de su obra publicadas con posterioridad a su ingreso como asesor de la Empresa Nacional de Productos Lácteos. La verdad debe suprimirse cuando amenaza beneficios y salarios. Esta es la triste verdad de la vida en Estados Unidos. Una vez más, se sacrifica la salud de la gente por el omnipotente dólar.

Y bueno, llevaremos bastante tomando leche ajena, pero tambien llevamos unos cuantos milenios viviendo con Estado. Lo mismo no esta tan mal, ¿no?

Harvey y Marilyn Diamond.

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