Ya sea por humanización o por cosificación, pocos son los propietarios de perros que permiten al mejor amigo del hombre llevar una existencia digna, feliz y acorde con las necesidades de su especie.

Lucía Arana (Asociación Protectora de Animales El Cau Amic) y Julio Ortega Fraile (Asociación Animalista Libera!) nos resumen algunos de los errores y crueldades más comunes a los que sometemos a estos maravillosos seres que pagan muy cara nuestra ignorancia.  

El diccionario define perogrullada como ´´la verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza decirla“. Que nadie se reconoce necio o simple está claro, lo que no lo está tanto es que todos hayamos comprendido el siguiente pleonasmo: el perro no pertenece a la misma especie que los humanos, así que es de una diferente. O esta otra redundancia: al ser perro y no hombre, sus necesidades no son las mismas que las nuestras, al menos no en la mayor parte de los casos.

Si ahora, tras leer estas obviedades, algunos se están cuestionando nuestra salud mental o nos están compadeciendo por nuestro escaso nivel de alfabetización, estamos seguros también de que muchos otros se están preguntando: teniendo en cuenta que nadie duda de la diferenciación de especies entre un golden retriever y un señor de Mataró, ¿por qué esa puñetera manía de ´´humanizar“ a nuestros perros a la hora de analizar su comportamiento, interpretar lo que precisan y tratarlos en general?

Y ojalá fuese sólo humanizar, la intención de instrumentalizar o cosificar ya se vislumbra en algunos casos en el mismo instante en el que el dueño se hace con el animal. Está el que quiere un vigilante jurado para custodiar su balcón, su jardín o la nave de su almacén, ´´y que sea hembra, que los machos marcan y me ensucian los palets“; el que busca una herramienta de caza, un pertrecho para matar, lo que ya nos da una pista de cuál será su destino cuando deje de servir para ese fin; aquel que dice: “ya tengo solucionados los Reyes Magos de este año”; quien lo valora por el enorme precio que pagó por él ya que tiene pedigree y es hijo de supercampeones; el que se dejó enternecer por esos ojitos candorosos mirándole desde un escaparate o encandilar por el cuerpecito de peluche animado; o el que está aburrido y a falta de familia, amigos o vecinos, se desahoga con un animal que nunca le dirá: ¡cállate ya, pesado!

Muchos de estos comienzos suelen tener un destino trágico. El guardia sin contrato sufrirá un verdadero calvario en su cadena perpetua a vivir atado y confinado, privado del ejercicio físico diario que su condición atlética y de pariente del lobo precisa,  y del cariño y la interacción con otros seres humanos o cánidos que su personalidad sociable -de animal diseñado para vivir en manada- le reclama. Llegará un momento en el que el cazador ya no valdrá para perseguir a un pobre conejo, ni la hembra tendrá fuerzas para parir más camadas. El perro caro dejará de servir para  fardar y el peluche necesitará comer, orinar, defecar y crecer, al igual que ese niño que se acabará aburriendo de él como de cualquier otro juguete roto o excesivamente visto. Y el paño de lágrimas echará de menos poder hacer, sencillamente,  vida de perro.

Y si la instrumentalización o cosificación condenan a un sufrimiento inenarrable al mejor amigo del hombre, no lo hacen menos esos otros comportamientos humanos que podríamos incluir en la categoría de aberraciones. Algunas no demasiado lesivas y otras francamente dañinas para el animal, pero en todo caso definitorias de la mentalidad de su propietario. Algunos ejemplos: sesiones de peluquería que van más allá de un corte de pelo por motivos higiénicos o ambientales, tratamientos cosméticos, modelitos y perifollos más propios de una tarta de comunión que de un ser vivo, interminables y agotadores concursos de belleza, mutilaciones con fines estéticos… La lista es tan amplia como ancha y larga es la memez del ser humano.

Sigamos avanzando en este rápido y muy insuficiente repaso a nuestra relación con los perros, que al fin sólo pretende ser otro pellizco en las conciencias para ayudarnos a reflexionar sobre cómo nos comportamos con unos seres que, no pudiendo intervenir en la suerte que les deparamos, sí pagan, y a menudo muy caro, las consecuencias de nuestros errores.

Además de aspectos relacionados con la apariencia, hay otros que tienen que ver con el carácter. El perro ladra del mismo modo que Usted y nosotros hablamos, en ocasiones incluso a gritos. ¿Le parecería lógico que cuando abra la boca, si a nosotros no nos apetece escucharle, le metamos un melocotón en ella para que no pueda emitir sonidos? Los collares antiladridos y otros castigos corporales son una medida igual de cruel y antinatural. Si un perro ladra en exceso, más allá de la necesidad de comunicación, quizás es el momento de cuestionarse si recibe los suficientes estímulos olfativos, de ejercicio o de juego, dependiendo de la edad y del nivel de energía del animal.

Asumir que algunos de sus actos están movidos por una especie de venganza hacia nosotros, como si fuese un vecino rencoroso por quitarle el aparcamiento o un amigo al que le hubiésemos levantado la novia, es prueba de nuestro analfabetismo al respecto. Los perros no mordisquean las cortinas o se hacen pis en el sofá en plan vendetta, no son Vito Corleone.

De hecho, esa diferenciación moral entre lo que está bien y lo que está mal sólo existe en nuestro cerebro humano. Para los perros todo es mucho más simple, buscan el placer y evitan el dolor. En el mundo perruno, hacer hoyos en el jardín es un actividad deseable y muy gratificante, ¿cómo va a castigarle su perro con algo que él considera un auténtico premio? Los cachorros se relacionan con su entorno a través de los dientes, así que morder zapatillas o destrozar la pata de una silla son las actividades más naturales en un perrito sano al que no dudamos en separar de su madre y su camada, pero no le facilitamos ni los objetos ni la compañía adecuados para poder desarrollar sus habilidades.

Los perros son animales sociales que necesitan, tanto o más que comer, la compañía de otros perros o de su familia humana.

Hay varias maneras infalibles de crear animales problemáticos, agresivos o traumatizados: no dejarles investigar a diario los olores de su entorno, no socializarlos, impedir que entren en contacto con la mayor cantidad de estímulos posible durante su período de crecimiento, trasladarles absurdos miedos humanos a través de la correa… En serio, ¿en qué está pensando un dueño que coge a su perrito en brazos en cuanto se acerca a un parque canino, para luego indignarse porque los otros perros se le echan encima, llenos de curiosidad? Señores, señoras, en cuanto están vacunados, los perros tienen que caminar por el suelo y relacionarse con todos los demás perros, no son arbóreos ni tienen alitas. Los revolcones que reciban durante esas sesiones de parque serán lecciones valiosas para el futuro y garantía de salud mental.

El respeto exige comprensión y la comprensión conocimiento. No es nuestro dálmata o nuestro mestizo de estilo único el que nos tiene que explicar su etología, y sí nosotros los que debemos comprenderla porque, en este caso, la ignorancia tiene resultados catastróficos para un ser con una gran capacidad de padecer física y psíquicamente. Es muy desalentador comprobar cómo algunos ponen mucho más empeño en averiguar el funcionamiento de su Iphone que en aprender cuatro cuestiones básicas respecto a su querido perro.

No son aperos de campo para usar y tirar cuando están inservibles, no se les puede dar una patada como a la rueda del tractor si éste no arranca, no son un trozo de carne sin sentimientos, tampoco la Barbie Fashion Fever con sus accesorios, o un tamagotchi al que se le apaga la pantalla si no se le presta suficiente atención.

A los perros no les hace necesariamente felices lo mismo que a nosotros (de hecho, a los más cazadores les encanta revolcarse en cadáveres de otros animales para camuflar su propio olor y hacerse imperceptibles a las posibles presas, y a muchos otros comerse las heces, sobre todo de algunos herbívoros, que les proporcionan un interesante alimento,  aunque esto no lo suelen explicar en las tiendas de mascotas en las que venden ridículos vestiditos y hasta botitas o gorritos con los que estos descendientes del lobo se sentirán tan humillados como un elefante con maillot de ballet), y tampoco participan obligatoriamente de nuestras frustraciones o anhelos. Pero, para su desgracia,  sí dependen por completo del ser humano a cuya casa llegaron por capricho, conveniencia, o por verdadero amor.

Estas actitudes de los dueños, que pueden ir desde lo casi anecdótico (pero no inocuo), hasta verdaderas perversiones muy perjudiciales e incluso letales para el animal, son en buena medida producto de la tendencia a despreciarlos por completo en unos casos, y a establecernos nosotros mismos como única medida para comprenderlos a ellos en otros. Sea como sea, detrás de esos comportamientos y dependiendo de las circunstancias, se adivinan miserias como la crueldad, el desconocimiento o el egoísmo.

Y ya sabemos que hay muchas personas que los tienen en muy buenas condiciones, esas no se sentirán aludidas al leer esto, aunque quizás descubran algún punto de potencial mejora. El problema es que las otras, de las que hablamos aquí, tampoco pensarán que lo dicho va por ellas. Y mirarán hacia su perro que dormita triste en un rincón del patio, se persigue incansablemente la cola, ladra encadenado a un poste, o menea un muñón porque le cortaron el rabo para cumplir estándares de raza y pensarán: ¡qué suerte has tenido de dar conmigo! Unos cuantos de esos, de los “afortunados”, acabarán el verano hacinados en una protectora, sacrificados en una perrera o haciendo testamento en el asfalto.

Dedicado a Conan, que sólo conoció la felicidad al final de sus días.

Un artículo de: Lucía Arana (Asociación Protectora de Animales El Cau Amic) y Julio Ortega Fraile (Asociación Animalista Libera!) .

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