La ideología planifica la desesperación colectiva: Aliena. Derrota. Es tanto o más recalcitrante que un dogma, porque su finalidad no es otra que perpetuarse. Para ello despliega todo el abanico de instrumentos que tiene a su alcance: el genocidio, el ecocidio, las elecciones, o simplemente el miedo, que fija la imaginación, o la borra.

La ideología opera como una narrativa que domestica a través de su lógica sistémica estandarizadora. Se expande como un virus -o plaga transparente y mimetizante- que se expresa en las modas o en las identidades con etiqueta. Así nadie la ve, nadie la siente, nadie la toca: pero todos hablan por su boca. Asfixia la mente, que se conecta a un servidor -o a una máquina madre- y enchufa los ojos. Luego se reproduce mecánicamente y acumula el deseo insatisfecho que rueda en una espiral oscilante, como si fuesen los pliegues de un acordeón o el corazón artificial que bombea agónico, hasta que el imperio se rearme, el gobierno se reagrupe, la casta reviva, o el sistema fallezca por propia decadencia.

La ideología se cristaliza como un mapa. Da una falsa noción del mundo, como si fuese una creación mental, o un escenario construido sobre la base del engranaje productivo: la burbuja ideológica y material que funda los llamados sistemas políticos y económicos que organizan las formas de dominación ecosocial.

La ideología se justifica propagando la falsa idea de que éste es un mundo feliz -y viable- y que a pesar de sus falencias es mejor cerrar los ojos para acostumbrarse a sobrevivir y evitar cualquier sueño disruptivo. Cuando un sujeto sueña, se acaban las pesadillas y la fantasía florece. Esto puede ser altamente subversivo, porque además de echar a volar la imaginación, borra las narrativas y da vuelta a los mapas, que quedan arrumbados en el fétido vertedero de los despojos.

La domesticación es un proceso que sufren algunos animales en este planeta. Reduce lo silvestre y acostumbra a la ausencia del jardín natural de seres vivos en este planeta. Elimina cualquier rasgo salvaje que se niegue con naturalidad díscola a la estandarización de este planeta. Borra lo agreste y lo espontáneo que hicieron posible este planeta. Homogeneiza a todas las criaturas en grupos de criaturas y uniforma la vida en unidades que categorizan todo lo que vive y respira en este planeta. Clasifica a los seres humanos fuera del reino animal, creando las categorías de reinos y ordenando a las plantas e insectos como objetos de vida muerta en este planeta. La domesticación es un proceso que se sufre como extraña enfermedad que arrasa la vida a lo largo y ancho del planeta, amenazando destruir la existencia de todos lo que habitamos su relieve mágico.

El cariño da fuerza. Sin él es muy difícil lidiar con experiencias demasiado intensas que duele soportar. La ternura es un modo de vida, opuesta a la automatización del reloj y del trabajo forzado. La robotización es un modo de muerte, opuesta a la liberación del tiempo y del ocio, que le permiten al cariño crecer como un tallo saludable en el huerto de todos y así extender su aroma entre los seres vivos que habitamos el jardín planetario. La globalización, por el contrario, impone un molde automatizador a nuestro jardín. Se manifiesta en un proceso triple, que comprende la expansión imperial del capital, la estandarización mundial a través del control económico de las empresas transnacionales y la domesticación del suelo por medio del monocultivo, destruyendo la variedad natural y pavimentando la tierra. Su avaricia atenta contra todo ciclo natural.

El suelo es la piel y la carne que cubre a nuestro planeta. El aire limpio es el paisaje que nos brinda oxígeno y nos protege de morir quemados por la penetración de los rayos ultravioletas. Los cóndores y las ovejas magallánicas se han enceguecidos a causa del debilitamiento de la capa de ozono. El agua nos da la vida. Tierra, aire y agua son partes del un ciclo natural que la contaminación interrumpe. Luego el fuego nos da la energía que necesitamos y el sol nos nutre de compasión y ternura. Ciertamente todos necesitamos ternura. El gato que se restriega entre las piernas de los invitados, o que ronronea en las faldas de quien se sienta. El perro que salta entusiasmado y mira, esperando su reconocimiento. La ternura nos reconecta a todos y nos hace bien.

¿Quién no ha sentido gusto al pasar la mano por el rostro de un ser amado o ha gozado sus caricias sobre el cuerpo?

Las réplicas robóticas cibernéticas sólo trabajan. Perciben falsamente el tiempo, que habitan como una línea continua donde el pasado, el presente y el futuro se entrecruzan y existen simultáneamente, pero de un modo irreal. La noción de tiempo es una imposición autoritaria del orden social y se justifica con la falsa idea del progreso, que no es sino un modelo de legitimación del orden dominante: la industrialización, el encarcelamiento y la delimitación territorial. Materialmente vivimos en el presente, que no es sino la existencia misma. “Hic et nunc”, dice el refrán latino, aquí y ahora. Por eso, la memoria -siempre activa y arbitraria, cambiante y selectiva- nos entrega una percepción de nuestra propia experiencia. La experiencia amplifica la peculiaridad, que es distinta a la historia, es decir, a la estandarización de lo oficial. El único factor común a todas las peculiaridades que hay en la Tierra es la ternura. El afecto es una necesidad primaria del ser humano. Sabio es entender entonces que sin cariño ni amor, no hay revolución que sea posible.

La eficiencia es inflexible. Un cobrador automático procesa solamente la cantidad exacta para imprimir un boleto de microbús, de otro modo no funciona e invalida la operación. El cajero automático se alarma ante un guarismo no programado y rechaza la tarjeta de plástico. Ésa es la lógica de la eficiencia, o la razón de la inflexibilidad. Por lo mismo, ante esa lógica, ser indeciso es un signo de ineficacia, que marca y quema con la mácula de lo flexible. La savia que fluye en la naturaleza se desparrama sin un patrón estable de identidad. Su fluir corre espontáneamente, a borbollones. No se reproduce de modo idéntico y rechaza los moldes de la mecanización. El fluido es el movimiento constante. Mientras el río corra, las gotas que lo constituyen no tienen réplica posible. Por lo mismo congelar una gota, apartarla, aislarla es un acto contra natura. Clonar la naturaleza a fin de verter su réplica en un tubo de probeta es un acto reificador. La naturaleza es peculiarísima y frágil como cada copo de nieve. Su espíritu es flexible. La lógica de la estandarización, en cambio, se articula a través de los mecanismos de la eficiencia. Un experimento no puede flexibilizarse, ya que requiere de un patrón estable que sea puesto a prueba bajo condiciones y coordenadas inflexibles.

La vida que fluye de modo orgánico, como la savia de las plantas, no es un experimento de laboratorio bajo control científico. Por el contrario, florece con la flexibilidad de un capullo. La savia riega el mundo por medio de cada una de sus peculiaridades. La eficiencia niega la naturaleza, puesto que trata de imponer un panel de control sobre el jardín que brota espontánea y orgánicamente. La eficiencia se expande y coloniza, ignorando toda peculiaridad. Por ello, su función es construir categorías que operen con la lógica de la estandarización taxonómica. Así diferencia y crea conjuntos, a la vez que niega las diferencias de esos mismos conjuntos, que tampoco logran resistir la luz y la organicidad de sus propias peculiaridades.

La realidad es un jardín de peculiaridades labrado en una constelación de otras peculiaridades, que a su vez se deshacen en el universo propio de sí mismas, al ritmo de la savia que fluye y florece. El fluido no se organiza ni se representa. Es sólo un flujo. Todo lo que lo habita es su organicidad, que crece en el movimiento constante de cada constelación, única e irrepetible. La organicidad de los cambios -que a veces se expresa a borbotones como agua hirviendo- surge cuando los seres humanos concentran su energía -que se vuelve conciencia autorreflexiva- y corrigen el curso de los hechos cotidianos. Pero la organicidad también es natural e independiente a la conciencia. El calentamiento global causado por la tecnología humana, hará que el planeta se enfríe a fin de contrarrestar el calor espantoso y artificial de los gases fósiles. Esto causará inundaciones, maremotos y hasta la desaparición de poblados costeros. No entender esto es alienarse del curso de la vida que fluye entremedio de nosotros mismos. Es caer en la cosificación, es decir, en esa lógica que pone a los sujetos como objetos muertos en un panel de control. Ése es el tablero que enciende y apaga los sistemas maquínicos, negando con su tic-tac pausado el permanente derivar de la vida.

Extracto del libro “El jardín de las peculiaridades”  de Jesús Sepulveda.

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