Hay pocas cosas ciertas, o por lo menos, casi irrefutables. Una de ellas es que siempre la vida florece alrededor de los árboles. Otra, que los árboles no viven sin agua. Al contrario, se secan. La tala forestal y las represas no sólo implican el dominio humano y corporativo sobre la naturaleza, sino que también la destrucción de toda fuente de donde emana la vida. La defensa del planeta, por todos los medios posibles, no es sólo una cuestión de autodefensa, sino que también de sobrevivencia. La autopreservación de la especie humana ha llevado al dominio de la naturaleza. Pero este mismo dominio atenta contra cualquier autopreservación. Esto es un círculo vicioso que tarde o temprano deberá ser roto. De otro modo, el único derrotero será la destrucción total. Su ruptura es mental y material. Tiene que ver con los modos de percibir la realidad y también de interactuar en ella.

El dominio del medio ambiente y de las criaturas que lo habitamos no lleva a la preservación, sino que a la colonización. Su efecto es concreto: la conquista del planeta, de los animales, de las plantas, de los insectos y, por cierto, de los seres humanos. Las personas reales que aún no han sido alienadas de sí mismas -por fortuna o resistencia- todavía sienten una fuerte relación con la tierra y mantienen una estrecha conexión con sus ancestros. Los pueblos originarios tienen un sentido de sensatez que no se observa en las culturas civilizadas. La población primitiva todavía conserva su sabiduría atávica. A sus ojos, comprender que los seres humanos no somos sino naturaleza, es un acto de simple lucidez. Esta revelación radical desconstruye cualquier taxonomía -y clasificación epistemológica- tendiente a justificar la objetivación de la gente en categorías reificadoras: reinos, clases, razas u órdenes de cualquier tipo.

Los seres humanos no somos sino naturaleza. Cada criatura es auténtica e irrepetible. La clonación colonizadora y la noción de una identidad monolítica -en tanto identidad subjetiva idéntica a la de sus semejantes y, por lo mismo, petrificada- niega la peculiaridad de cada ser. La civilización -y su expresión sublime: las ciudades- encarna dicha negación. Su tendencia apunta a la expansión, que trae consigo el colonialismo o la guerra santa. Las civilizaciones cristiana, musulmana, inca, azteca, nipona, otomana, greco-latina o china, entre otras, han sido proclives a la invasión y a la conquista. La civilización -vista como segunda naturaleza- ha legitimado la destrucción de todo aquello que no es sino la propia naturaleza. La negación de lo natural fundamenta el orden civilizado, que se expande como dominio y se manifiesta de modo sanguinario en el exterminio de los pueblos indígenas y de las culturas autóctonas.

Para la civilización, todo acto de destrucción de sus íconos es un acto iconoclasta o terrorista. Cuando la civilización destruye la vida y la cultura -ajena a su orden civilizado- deviene acción civilizadora. Ésta ha sido la lógica de la colonización. El exterminio de los pueblos colonizados no se ha llevado a cabo solamente a través del restallido del látigo o del disparo del cañón, sino que también a través de la tala de los bosques y de la construcción de represas.

El individuo tiende a verse a sí mismo como un sujeto individual. Esto es, como un ser indivisible, único y monolítico. Dicha visión ha generado una falsa conciencia del ser que justifica tanto el individualismo pragmático, como la incorporeidad cartesiana del ser: “Cogito ergo sum”, la mente sobre el cuerpo, el mundo virtual, el espacio propio, etcétera. La propaganda institucional de las escuelas y el autoritarismo de la voz científica de los expertos, han impulsado a la población civilizada a internalizar la noción de un sujeto monolítico, cuya identidad incorpórea se cosifica en un ego expansivo, reproduciendo la lógica instrumental del pensamiento colonizador de Occidente. El yo expansivo se asume en tanto individuo único e indivisible, negando con ello su multiplicidad, su pluralidad y su flexibilidad. Todo lo cual constituye lo peculiar de sí. Por lo mismo, mientras la identidad monolítica niega la multiplicidad, lo incorpóreo rechaza la realidad. Así, la identidad indivisible se reifica por medio de la conciencia incorpórea del yo. Y esa conciencia se nutre y se forma a través
de los mecanismos estandarizadores del conocimiento taxonómico.

El individuo no es un ser aparte de la totalidad, ni está fragmentado entre su cuerpo y su conciencia. El individuo es parte de la totalidad y su cuerpo interactúa en la realidad. Desconocer esto es justificar la alienación. Sentir el viento, por ejemplo, que cruza los poros cuando nos detenemos bajo la noche a mirar las estrellas, es prueba suficiente de que la totalidad existe. Creer lo contrario, es estar tristemente enajenado. La poesía y el arte evitan la estandarización de la peculiaridad. El lenguaje artístico sugiere, en vez de describir comprehensivamente, la presencia inmediata del ser. El arte y la poesía desbaratan la reducción a que somete el control intelectual, permitiendo que sus cultivadores devengan parte de la totalidad. A este devenir se le llama autenticidad o voz propia, o sea, lo genuino que existe en cada cual. Dicha autenticidad no es sino la peculiaridad de cada ser: aquello que se opone a su estandarización, expresada -entre otras formas- a través de la reificación del yo.

El Estado existe porque se territorializa. Esto es, se materializa mediante su expansión colonizadora territorial. Dicha expansión se lleva a cabo a través de la desterritorialización forzada de los habitantes originarios de las tierras, que el Estado se ha ido apropiando. Toda apropiación implica movilizar la fuerza militar que el Estado pueda ejercer, a fin de ampliar o mantener su dominio. Esto ha significado guerras y genocidios. El Estado también tiene sus expertos que escriben la historia. Así, tergiversan los hechos, justifican sus atrocidades y obligan a las nuevas generaciones a repetir en letanías sin sentido la narrativa oficial que escriben los expertos. La educación, por tanto, no es sino la institucionalización de los campos de adiestramiento y domesticación donde los niños y los jóvenes perpetúan el sistema dominante. Allí acceden al orden simbólico y comienzan su proceso de cosificación. En estos campos -o escuelas de adoctrinamiento social- se reproduce la ideología que legitima al sistema. Los nuevos miembros de la sociedad internalizan la falsa conciencia que bombea como un pulmón artificial, a fin de que todos repitan con más o menos eficacia el mismo discurso. Su idea es que todos digan, sueñen y piensen que éste es el mejor de los mundos posibles. Y que si tiene fallas, no importa porque es mejorable. Pensar lo contrario, es militar en las filas del anarquismo, caer en la locura o llamar a la insurrección. La estandarización, a decir de Adorno, obliga al sujeto a elegir entre la mercantilización o la esquizofrenia. No hay salida fuera de este molde binario.

En esta sociedad preferir el jardín al cemento es visto con desconfianza. Y dependiendo de quién ocupe el poder de turno, esa preferencia puede costar la vida. Cuando el sistema cruje y los borregos se desprenden del rebaño, surgen con eficiencia criminal las cárceles, los golpes de Estado, los allanamientos, las bombas lacrimógenas, las fuerzas represivas, la guerra, etcétera. Mientras eso ocurre, el Estado refuerza la propaganda radial, televisiva y periodística. Así se materializa en la mente de los individuos. Los Estados nacionales congregan hoy en día sus aparatos represivos -policíacos y militares- para proteger a las compañías transnacionales que expanden un modo de vida de estandarización basado en la reducción humana a unidades económicas de producción y consumo. Con esto se produce un nuevo tipo de territorialización y esclavitud laboral. La tecnología y los bienes que un grupo minoritario de la población mundial usufructua, son manufacturados en galpones fabriles que operan con la lógica de la explotación. Las escuelas y las fábricas son centros de control que imponen los Estados. Para abolir el Estado hay que abolir las fábricas y las escuelas. El autoritarismo que el orden civilizador reproduce en estas instituciones es el responsable de los exterminios étnicos, de los genocidios políticos y de la explotación social. Para construir un mundo sin jerarquías, ni cárceles, ni propaganda, ni golpes militares, hay que barrer el Estado. Y depende de nosotros borrarlo de la faz de la tierra.

Cualquier intento de estandarizar la vida es una forma de dominación que impone un modelo alienante sobre la gente. La colonización europea y la transnacionalización norteamericana imponen patrones estandarizadores sobre las diferencias y las peculiaridades del planeta y de la gente. Cada patrón estandarizador es el subproducto de la planificación estatal y empresarial que opera en términos témporo-lineales: la progresión hacia metas macroestandarizadoras que privan de toda libertad. La colonización impulsada por el llamado mundo civilizado anula la peculiaridad de la naturaleza -personas, animales, vegetación, suelo, etcétera- y destruye la libertad de la vida. Defenderse contra estas perpetraciones es una voluntad vital que requiere pensar -con imaginación y audacia- un mundo distinto. Por eso, a falta de centros escolásticos, bienvenida sea la educación personalizada: de uno a una, de una a uno y todos al mismo tiempo. Si la mitad del mundo le transfiere su sabiduría a la otra mitad, no hay porqué desear campos autoritarios de estandarización.

La educación institucional reproduce en las nuevas generaciones la falsa idea de que éste es el mejor de los mundos posibles, o al menos, el sistema que mejor funciona, sin importar sus falencias. Así, el proceso de normalización del conocimiento a través de los textos escritos -en desmedro de la oralidad- no es sino el proceso de estandarización de una cierta percepción del mundo. En tal sentido, la educación tiene una función ideológica: reproducir un discurso estandarizador normado por las reglas del Estado. Se autolegitima por medio de la coincidencia que fabrica entre el poder y el conocimiento. Vale decir, entre el control estatal y el campo profesional de los expertos. Por eso, la apropiación de uno no existe sin la apropiación de otro y viceversa. Sólo cuando los grupos humanos vivan orgánicamente en comunidades y cultiven el alimento necesario, a fin de disfrutar del ocio liberador en un estado de carnaval permanente y de apreciación estética prolongada, la educación formal -así también como la explotación del noventa por ciento de la población humana y la destrucción del planeta- no tendrán cabida en la realidad. El garante de la represión destructiva es el Estado. Y depende de nosotros desmaterializarlo.

La colonización no ha sido sino la expansión del capital y del pensamiento tecnológico por medio de la cultura de la estandarización a escala mundial. Esta práctica alcanzó su punto cúlmine con la expansión europea. Luego, a partir del siglo XX, desató todo su poder destructivo y condujo a la aparición del imperialismo: fase oligopólica del capitalismo. No es, sin embargo, un fenómeno ligado exclusivamente a las construcciones nacionales y étnicas (por lo menos no en esta etapa caracterizada por la llamada globalización). Por primera vez en la historia -que repetimos y recordamos- un grupo de individuos controla a escala transnacional una maquinaria mundial capaz de destruir severamente el planeta y extinguir la vida de muchas criaturas, entre ellas, la de los seres humanos. Esta etapa colonizadora tiene una pulsión monetaria cuya base es ideológica. El capital requiere estandarizar los estilos de vida, los valores culturales, la arquitectura, el idioma, el paisaje, el pensamiento, etcétera. Busca, en suma, uniformar la percepción de la realidad, asegurando así su permanente expansión. Su fundamento ideológico, que racionaliza la conquista como índice de crecimiento, le asigna un valor positivo a la pulsión expansionista. Crecer por la razón de crecer, invadir por invadir y expandirse para siempre es el raciocinio de la expansión. Es también la lógica del capital, que crece y se extiende hasta consumir y destruir a todos los organismos anfitriones que permiten y amparan la vida en el planeta. Es, sin lugar a dudas, la ideología del cáncer, que no se detiene hasta alcanzar la implacable metástasis.

La historia de las luchas sociales de los últimos siglos ha dividido sus rumbos en dos tendencias totalitarias: aquellas que privilegian los fines a los medios -o viceversa- impulsando políticas sectarias o ingenuas, o cayendo, según sea el caso, en el fanatismo o en la vacilación. El capitalismo -empresarial o estatal- ha usufructuado de esta reducción de la vida humana al ámbito de lo material. En virtud de mejorar los estándares de vida, se ha estropeado la calidad de la existencia y se han destruido a gran escala los recursos naturales. En las sociedades dependientes de la producción en masa, la noción de un buen estándar de vida funciona como mecanismo de ajuste a fin de compensar la alienación provocada por la vida industrial, a la vez que crea la fantasía del consumo. Ser capaz de acceder a los productos manufacturados -por obreras y obreros forzados a una dependencia económica- es visto como un ejercicio de la libertad. Y claramente ésta es una estrategia de estandarización. En el modelo actual, el papel de los trabajadores es formar parte de un engranaje sistémico que limita las posibilidades de imaginación y esclaviza la vida humana por medio de la dependencia salarial. El sueldo es una cuantificación del valor que el sistema le asigna a cada vida humana. Así se lleva a cabo el proceso de mercantilización de los seres humanos. Y en este proceso, cada individuo deviene una suerte de unidad económica -o mercancía- cuya labor es producir y consumir. De esta forma el sujeto opera como un insumo más de la parafernalia productiva que impone la maquinaria social. Las diferencias establecidas en grupos y clases no sólo están en relación al puesto y al rol asignado en dicha parafernalia, sino que también en la capacidad de consumo y adquisición de bienes y servicios. Esta acción está destinada a descomprimir la presión laboral, la locura burocrático-administrativa y las injusticias del proceso de venta de la fuerza de trabajo. Los ingredientes que garantizan esta sumisión al sistema social son dos. Por un lado, la dependencia forzada de poblaciones enteras de las empresas productoras y distribuidoras de los productos de consumo masivo. Por el otro, la manutención de un alto número de personas marginadas del sistema -cesantes temporarios y desempleados permanentes- que operan, según decía Marx, como “ejército de reserva”. En este caso, la consecución de un empleo es a veces un privilegio por cuanto permite la subsistencia. Así se borra y encubre su carácter esclavizador y domesticador. Se refuerza además el sedentarismo y subyuga a un horario rígido, simbolizado por el acto de “marcar tarjeta”, o el pito de la sirena que anuncia la vuelta al trabajo después de la hora de colación.

Los militantes de todas las épocas se han preguntado cómo será la revolución y qué sucederá después de que acontezca. Tal vez ese futuro -mediato o inmediato- no sea tan sangriento ni impertérrito como algunos profetas lo visualizaron. Tal vez sea calmo como un arroyo fresco y fértil como una vega. Tal vez sea como un jardín cultivado con paciencia y manos que distingan la peculiaridad de cada cepa. El jardín de las peculiaridades se manifiesta en aquello que algunos confunden con la identidad. La identidad se conforma de modo reflejo y reactivo en relación a modelos que integran las categorías identitarias dominantes. Dichas categorías forman parte de un mapa: el eje Sur-Norte, Latinoamérica, África, Primer Mundo, etcétera. Son las categorías simbólicas del orden civilizador. Por lo mismo, dichas categorías son construidas de acuerdo a patrones estructurales. Así funciona la estandarización. La identidad entonces refleja una serie de otras identidades que se erigen como paradigmas, pero que en la práctica son impuestas al sujeto sin previo aviso: nacionalidad, raza, clase, sexualidad, ideología, idioma, papá, mamá, etcétera. Esas nociones -que generalmente se dan por sentado y que el individuo aprende casi por osmosis- son las etiquetas de la estandarización.

La identidad es identificarse con algo, hacerse idéntico, ya sea a un tipo, un modelo, una norma, un patrón, un nivel o una referencia. La estandarización ajusta al modelo, tipifica. La peculiaridad, en cambio, escudriña en esas zonas subjetivas que sitúan al sujeto como un todo que habita la totalidad y se relaciona con otros sujetos en tanto otras peculiaridades. La noción de peculiaridad desmantela la estructura de poder, que promueve la homogeneización y el autoritarismo, porque no cabe ni en el orden jerárquico ni en la enfermedad de la competencia. El sujeto es capaz de relacionarse con todas las otras criaturas del orbe sin necesidad de estandarizar a nadie. Reconocer la peculiaridad de otras criaturas permite la coexistencia. Esto desvanece el módulo mental, aplacado por la máscara de hierro de la razón instrumental. Si se observa cuidadosamente la peculiaridad del otro, el sujeto no lleva a cabo el proceso de otrocización, porque se le revela el entendimiento de que ese otro es tan peculiar como el yo mismo, que constituye el sujeto y la totalidad. Reconocer que ese otro no es sino un yo, un otro-peculiar que también existe en el mundo, libera.

A través de la otrocización se cosifica al otro -o a la otra- y al medio ambiente. Este mecanismo de reificación fragmenta al sujeto interno, arrancado de la totalidad desde su nacimiento. Cuando el ser y el todo conforman una totalidad, la cosificación desaparece. Entonces, el sujeto -que constituye la peculiaridad de un ser- aprende la magia de la apreciación artística. Esto sustituye el módulo de la razón instrumental y plantea un nuevo desafío: la razón estética. Lo anterior no niega la necesidad de crear bloques identitarios a fin de resistir la penetración cultural, económica y militar del orden civilizador. De hecho, existen -desde el punto de vista político- las identidades subalternas y los movimientos libertarios. Un ejemplo claro son los movimientos de las minorías étnicas en el Primer Mundo, el movimiento indígena en Latinoamérica, los movimientos por la libertad de las opciones sexuales, el movimiento feminista, el movimiento obrero, los movimientos independentistas y anti neo-coloniales, la resistencia urbana anarquista, el movimiento de los okupas, los movimientos contra la globalización neoliberal, el movimiento ecologista y verde, las organizaciones de derechos humanos, los movimientos artísticos, los movimientos rebeldes, etcétera. O sea, la problematización de la identidad como noción es discutible desde el punto de vista de los movimientos antiautoritarios que oponen resistencia al proceso de estandarización. No obstante, desde un punto de vista también político, es preferible entender esos movimientos como constelaciones de peculiaridades que habitan el jardín de la realidad y resisten los embates de la aplanadora instrumental. La máquina ideológica de la estandarización uniforma con sus motes identitarios.

Cuando el jardín se desjerarquiza, cada aroma, cada color, cada forma, cada gusto y cada murmullo, crea el paisaje cuya pulsión -única e irrepetible- abre las puertas a la apreciación de la belleza. Esto sustituye el módulo de la razón instrumental por una visión estética que desbanca en forma radical la lógica funcional y utilitaria del sistema. Es el primer paso hacia la peculiarización del orbe. Y no sólo abre el mate y desenchufa el cerebro humano de la máquina de la ideología, sino que también rompe las vitrinas de todas las cadenas comerciales, niega la autoridad y grita con voz clara y prístina: ¡Ya basta!

Para desterritorializar al Estado hay que oponerse al militarismo y a su base ideológica: la idea de estado-nación. Si fuera posible suprimir lo imaginario de las comunidades imaginadas, existentes en los diversos proyectos de construcción nacional, la comunidad devendría en un grupo real de personas con rostros y nombres identificables. Su interacción diaria sería a escala humana y la comunidad sería verdadera. Así se desterritorializa al Estado. A la idea de estado-nación se le liga la noción de raza: fundamento de la xenofobia y del racismo. El Estado nunca ha dejado de ser un instrumento clasista y racista de control y opresión. Su territorialización ocurre mediante el movimiento de tropas y el despliegue militar. Para desmaterializar al Estado hay que desmantelar el militarismo y el armamentismo. El Estado opera como si fuese un gran galpón nacional, que invierte en terrenos de ensayo bélico: las guerras. Con la desmaterialización del Estado se desterritorializa la nación y las fronteras limítrofes pierden realidad, deviniendo lo que son: límites artificiales construidos por los predicadores de todo tipo de nacionalismos y regionalismos, responsables de los vínculos políticos impuestos por el Estado a los sujetos.

El nacionalismo persigue subyugar a la gente bajo las prácticas sedentarias derivadas tanto del control urbano como de la economía territorial agropecuaria. El efecto de esas prácticas es la domiciliación, que trae aparejada la acción domesticadora del Estado. No obstante, cuando el dispositivo que promueve el concepto de territorio nacional se disuelve, uno de los mecanismos de la estandarización también deja de funcionar. Desplazarse libremente de una zona a otra -de comunidad a comunidad- sin ser controlado por los sistemas aduaneros ni por las intendencias policiales, conlleva a que la libertad se corporeice en una práctica cotidiana. El movimiento constante es una fuerza incontrolable. Su carácter libertario radica en su capacidad de abolición del sedentarismo y de la domiciliación, desbaratando todo control estatal. Desplazarse es desdomesticarse. Ir de un lugar a otro, conocer gente, aprender sus idiomas y entender otras visiones de mundo, es una praxis libertaria. Dicha praxis agudiza la peculiaridad.

El fascismo es fomentado por el nacionalismo: sentimiento de propiedad nacional que exacerban las clases poseedoras y adineradas. Ese sentimiento es transferido a los desposeídos y pobres de la ciudad por medio de los mecanismos de propaganda y adoctrinamiento cívico, oficial y nacional. Algunas personas, por ejemplo, repiten discursos -que publicitan la ideología- en la primera persona plural. Se conjuga el verbo en la forma del nosotros, promoviendo el control idiomático y reforzando las identificaciones entre patria, bandera, gobierno y gente. Decir por ejemplo: “tenemos un parque, una cordillera, un buen equipo o una economía estable”, implica un grado lingüístico de aceptación de cierta identidad colectiva nacional asignada y/o impuesta. Éste es el nosotros de la realeza, adaptado a los tiempos modernos para hacer pensar a la gente que el gobierno y sus instituciones financieras representan al individuo común. La gente habla de las acciones del gobierno como si hubiese tenido alguna participación en la decisiones gubernamentales o en la represión militar. Ésta es la alienación nacionalista que facilita la aparición del fascismo. El adoctrinamiento se reproduce a través de las escuelas, el deporte, los valores tradicionales, las reglas, las narrativas oficiales y los medios de control. La propaganda se aviva a través de las pantallas lumínicas (p.e. la televisión, el cine, la informática, etc.), los medios impresos, la radio, la educación, etcétera. El fascismo se cristaliza en la noción de nación. Por ello, toda identidad comunitaria asignada y/o impuesta tiende a reforzar dichas nociones: nacionalidad, regionalismos, idioma, rol social, colegiaturas, creencias religiosas, clanes familiares, hermandades, relaciones de trabajo, oficio o profesión, etcétera.

La comunidad real no transita por el sendero de estas aplicaciones identitarias. La comunidad real tiene que ver con el compañerismo y la amistad. Y no es difícil imaginarla. La constituyen todos aquellos familiares, amigos y amigas que vemos a diario y con quienes preferimos relacionarnos y disfrutar cada día. Allí se vivencia la solidaridad cotidiana y se le niega presencia al Estado. Allí hay reconocimiento mutuo y respeto a ultranza. Allí también se desterritorializan las fronteras y se arrían con bravura las torpes banderas de la xenofobia.

Extracto del libro “El jardín de las peculiaridades”  de Jesús Sepulveda.

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