Los efectos de la vida humana sobre el planeta son ineluctables: caminamos y destruimos, respiramos y aniquilamos. Ese impacto destructor se amplifica a través de la razón instrumental: el modo tecnológico de relacionarnos con todas las otras entidades a nuestro alrededor. Y se multiplica por medio de los mecanismos masivos de producción y reproducción mecanizantes. La razón instrumental es, por tanto, una ideología funcional y obnubilante, que le arranca lo estético a la vida en virtud de imponer un proyecto civilizador sobre el planeta. Este proyecto media la vida social, humana y animal a través de la domesticación. La razón instrumental es un amansamiento ideológico que aletarga, apoltrona, borra la imaginación y atrofia los sentidos. Cuando el animal chúcaro es domado, deja de ser animal y se transforma en un ser doméstico: la mascota. Estar domesticado y dominado es estar recluido al domo: repetición arquitectónica que estandariza el paisaje. El domo de los animales chúcaros es el corral, el rancho, el establo, la porqueriza. El domo humano son las habitaciones solitarias, o cohabitadas en contubernio, que dibujan el gris panorama de la ciudad.

La alienación en las ciudades -espacios al borde del colapso fatal- y la destrucción que genera la producción en masa, son características propias de la vida bajo el control de la acción domesticadora de la razón instrumental. La razón estética no propone el dominio humano sobre la naturaleza. Por el contrario, vislumbra la existencia humana de modo interdependiente con y en la naturaleza, sin control alguno. La vida es una red flexible y orgánica de sucesos cotidianos. La razón estética amplía la conciencia, amplifica la imaginación y promueve la integridad y la responsabilidad como éticas necesarias. Es un proyecto que no carece de elasticidad, ni de sentido práctico, ni de inteligencia. Pero privilegia lo artístico sobre lo funcional. Su finalidad entonces es el despliegue radical de todas las peculiaridades antiautoritarias que habitan el planeta. Un mundo orientado en torno a la razón estética sugiere una vida artesanal y comunitaria. La cosmovisión que integra dicha razón es biocéntrica. Y escarda el antropocentrismo del jardín planetario, mientras deposita el humanismo ilustrado en el arcón del abono. El biocentrismo no es sino la revelación de que la vida es la esfera incluyente de la realidad, sin descontar por ello que existan otras realidades y percepciones de realidad.

El jardín de las peculiaridades es un proyecto de humanidad: construir la vida en un jardín planetario poblado de comunidades desjerarquizadas, autónomas y libertarias, que operen con el pensamiento analógico y estético. La analogía permite establecer asociaciones y conexiones en forma simultánea, múltiple, flexible, transparente e interdependiente, desmantelando la lógica lineal y el aislamiento, para combatir -en el mismo flanco- contra todas las formas perversas de alienación. Tal vez en ese jardín sea posible volver a comunicarnos cabalmente por medio de ciertas facultades perdidas y atrofiadas por la domesticación. Tal vez desarrollemos otros sentidos.

Las gallinas, por ejemplo, son capaces de reconocer hasta un máximo de cincuenta miembros en su comunidad. Su sistema organizacional está basado en el reconocimiento mutuo. Así evitan cualquier conflicto surgido por la pugna de los granos y establecen una dinámica social basada en la empatía con las otras gallinas, dando preferencia a las aves mayores al momento de picotear. Con la domesticación industrial, los gallineros se llenaron con cientos de gallinas que fueron forzadas a olvidar su sabiduría natural y a desconocer a las otras formas de su especie, despertando la violencia, si es que no la locura. Los seres humanos hemos perdido y olvidado nuestra sabiduría natural.

Fisiológicamente, los humanos somos seres herbívoros. No tenemos garras, transpiramos por los poros -a diferencia de los carnívoros que lo hacen a través de la lengua- y nuestros pequeños incisivos no son afilados como los de los animales carnívoros. Además, tenemos muelas planas para masticar y triturar y nuestro intestino es doce veces más largo que el total de nuestro cuerpo, similar al de los otros herbívoros, cuya longitud fluctúa entre diez y doce veces la longitud corporal. Si eso lo comparamos al intestino de los carnívoros, cuya extensión es sólo tres veces la longitud del cuerpo -lo que permite un veloz procesamiento de la carne descompuesta que pasa rápidamente por del sistema digestivo- y a la presencia de fuertes ácidos estomacales que ayudan a digerir la carne, siendo veinte veces más potente que los ácidos estomacales presentes en los humanos y en los herbívoros, no hay razones de tipo fisiológico para suponer que los humanos necesitemos comer carne. Las razones que alega el carnivorismo son ideológicas. Y no tienden sino a justificar la supremacía humana sobre el mundo animal. La dieta carnívora es una suerte de necrofagia que se ha ido imponiendo socialmente y que deriva de la práctica antropofágica. Ambas dietas no fueron sino actos simbólicos rituales. El canibalismo sirvió como rito de distinción entre la identidad tribal y la de los otros, mientras que el carnivorismo fue una ceremonia necesaria para distanciar a los seres humanos de los animales. En efecto, a través del carnivorismo se ha perpetuado la visión antropocéntrica que garantiza ideológicamente la “superioridad” humana sobre los animales y justifica valóricamente el control humano sobre la naturaleza.

Toda revolución tiene reformas, aunque sin revolución nunca se aceleran las reformas. Los medios y los fines se encuentran en un presente perpetuo en el que coinciden la realidad y la imaginación, el deseo y su realización, el arte y la vida. Por lo mismo, borran la línea divisoria que limita los órdenes de lo imaginario y lo simbólico, lo orgánico y lo estructurado, lo animado y la totalidad. Esta combinación binaria de asuntos diversos -que imponen generalmente una placa a la conciencia de entendimiento del mundo- se desmantela cuando se percibe la táctica del segundo como parte de la estrategia global. Por lo mismo, la comprehensión de la totalidad como un todo interdependiente borra la línea divisoria entre la libertad y el temor, mellando la cáscara que separa a los seres humanos del mundo natural.

En la tierra se halla contenida la noción de toda libertad. Y tras las barras de acero surge la desafortunada experiencia de la prisión y del enjaulamiento. La revolución debiera transformar lo cotidiano en una ética que se realice en el presente perenne. Pero esto es algo especulativo, ya que se basa en la urgencia ética de transformar. La inmovilidad, en todo caso, rinde homenaje a la represión. Sólo el movimiento libera.

El sistema estandarizador domestica. La domesticación es una forma de dominio que vuelve a las criaturas vivientes en seres caseros que se apoltronan en sus domos. Fuerza así a la domiciliación, cuya expresión cúlmine de represión es el toque de queda. Como todo sistema, éste genera sus anticuerpos: los cesantes que operan como ejército de reserva laboral y los vagabundos sin techo que el sistema desecha. La producción en masa genera crisis de sobreproducción y estancamiento: desempleo, pobreza, distinción entre clases sociales, etcétera. Además galvaniza la lógica de la acumulación y de la racionalidad reificadora a través del control masmediático, produciendo como consecuencia una suerte de plusvalía masiva de imágenes que refuerzan el consumo y aceleran la propia acumulación.

Para desmantelar el sistema estandarizador y la producción industrial en masa es necesario resolver dos puntos radicales: los modos de relación societal y las formas de alimentación y manufacturación de artículos. Claro está que para construir un jardín planetario es menester proponer formas de relación social desjerarquizadas, que se esparzan orgánicamente como
una red de constelaciones de peculiaridades. Esto es, como un conjunto de comunidades o agrupaciones similares a las bandas tribales. El eje alimentario debiera estar basado en la horticultura y la permacultura, practicadas en huertos comunitarios autosustentables y mantenidos única y exclusivamente para la satisfacción mediata e inmediata (y no para la venta ni la acumulación de bienes o dinero) Por supuesto, nadie debiera regular el trabajo de otro -u otra- mientras las decisiones se tomen en conjunto. La responsabilidad es un acto conciente de solidaridad. El tiempo ocioso debiera ser altamente valorado, lo mismo que la capacidad de apreciación de la naturaleza y del universo, que son fuentes de energía vital.

En efecto, el corazón del planeta y del cosmos merece ser celebrado tanto en lo cotidiano como en lo colectivo. De este modo, la holganza, lo estético y la vida social pueden ser hilvanados fuera de toda jerarquía, construyendo una política basada en la celebración y en la convivencia ritual carnavalesca. El consumo puede ser mediado a través de una suerte de cooperativas donde cada cual aporte con lo suyo. Obviamente, en el jardín planetario no habrá dinero ni trueque valorativo que dé pábulo al valor de cambio. No obstante, la producción de artículos manufacturados es inevitable. Los seres humanos manipulamos y fabricamos herramientas. Ésa es la naturaleza de nuestro pulgar opuesto al resto de los dedos de la mano. Así fue en el paleolítico y así es ahora. La función que cumple nuestra capacidad de asir objetos y de crear belleza, se representa en dos prácticas vitales: la recolección de alimentos y la entrega de amor cuando brindamos y recibimos cariño.

El mundo es la proyección de la conciencia. Un mundo sin conciencia es un mundo unidimensional. La máquina estandarizadora tiende a uniformar la conciencia a fin de anularla. El autómata carece de conciencia, porque también carece de realidad. Cuando las conciencias proyectan sus peculiaridades en la realidad, se crea la noción y la sensación de mundo. Dado que el lenguaje configura la conciencia, ésta se proyecta por medio de la forma del lenguaje. La importancia del lenguaje radica tanto en su capacidad de construcción del mundo como en su talento para verbalizar la experiencia. Por lo mismo, argüir contra la lingüística generativa, que aboga por una “estructura profunda” en todos las lenguas, a fin de probar la existencia de un mecanismo innato en el cerebro humano, que le permite a cualquier sujeto aprender idiomas y crear neologismos, resulta inútil. Si el lenguaje es o no innato carece de relevancia. Lo que importa es que a través del lenguaje el sujeto se libera, porque así logra verbalizar y construir su experiencia de acuerdo a su imagen de mundo. Este texto es prueba de ello.

Otros textos que lo refuten también serán prueba de lo mismo. Lo contrario sería el mutismo, la censura, el silenciamiento, la persecución o la cárcel, prueba suficiente de que el lenguaje verdadero atenta contra el control. Cuando la máquina estandarizadora entra en acción impone un lenguaje sin sentido -la neolengua orwelliana- y una conciencia y un mundo irreales. En esa realidad estandarizada, tanto el lenguaje como el mundo y la conciencia, parecen entidades alienantes y reflejo de la estandarización. Pero esa es la trampa que esparce la ideología. Su objetivo es mantenernos tensos, nerviosos e inseguros, además de faltos de amor y de esperanza. Por cierto, eso lo lograrán si nos quedamos mudos e incapaces de articular nuestra experiencia. La autocensura y la lengua trabada que trastabilla por su falta de elocuencia tienen su origen en la acción del control. Las palabras pueden ser serias -y también mágicas- porque concentran la energía que permite el movimiento del mundo, como el viento que baila en las hojas de los árboles. Y eso no es sino arte y poesía. La contradanza del paisaje que brilla en nuestros ojos y nosotros mismos que bailamos en medio del follaje.

Contra el panel de control del imperio estandarizador se yergue saludablemente el jardín de la peculiaridades. Y puesto que en la tierra radica el poder verdadero, el desafío de este siglo es volver a interactuar cotidianamente con la naturaleza, a fin de recuperarnos del trauma civilizador. Esto es, remodelarnos a fin de mejorar nuestra condición humana. Sólo construyendo una nueva humanidad será posible habitar un nuevo mundo, basado en la sensibilidad y la racionalidad estéticas. Y aunque esto sólo sea un punto de partida, el resto permanece en el misterio. Para el futuro no hay panaceas. Así como en los últimos cien años la explosión demográfica aumentó siniestramente, así también la población mundial puede disminuir en cien años. Una relación sensata con la tierra, que establezca cierta coherencia perdida entre las tendencias reproductivas y la disponibilidad de recursos locales, puede reducir notoriamente el número de seres humanos en el planeta. Y esto se puede llevar a cabo sin planes sanguinarios. Saber dónde estamos, cómo vivimos y cómo sobreviviremos, expande la conciencia global. Además nos hace partícipes activos y responsables del proceso de continuidad de la especie humana, devolviendo a la gente la independencia ancestral, tanto de los procesos de producción en masa como de la medicina industrial.

El jardín de las peculiaridades es un proyecto de humanidad. Su visualización consiste en darse cuenta de la peculiaridad de la naturaleza. Si la conciencia primigenia surgió a través del reconocimiento de la propia mortalidad, la conciencia liberadora surgirá a través del reconomiento de la propia peculiaridad. Esta revelación puede entregar una sola certeza primordial: la vida no será borrada de la faz del planeta -tal cual la concebimos hoy- mientras no le demos tregua al imperio de “Lomismo”. El asunto es aprender a vivir en este jardín planetario sin control ni autoridad. Y si la vida es un viaje, hay que dejarse llevar por la corriente del río sin imponer un control que la detenga. La corriente del río es la corriente de la naturaleza. La corriente social, estandarizadora y mediocrática, es la electricidad del control. Seguir en ella es morir de estrés, alienación, ansiedad, locura, hambre, explotación, represión, miseria. Para irse por los rápidos de un río hay que aprender a vivir. Cuando se sigue el movimiento plateado de cada gota tumultuosa y salvaje se está en contacto con el ritmo del mundo natural. Seguir esa cadencia, evitando las rocas, es un acto sabio. Caerse de la balsa o de la piragua evidencia incomodidad. Esa incomodidad es la incompatibilidad entre el control y la vida. El control engendra miedo e impide vivir. Desata la paranoia. La vida, en cambio, se ofrece hermosa e ingenua como un fruto nativo. Depende de nosotros morder la manzana y aprender a soñar.

La travesía al jardín de las peculiaridades es un viaje sin regreso. Prestar oídos a los murmullos de la civilización una vez arribados al sendero correcto es caer en la trampa del temor. Significa perderse, puesto que la única salida es la puerta de escape hacia la carretera que lleva al asfalto de la estandarización. Y aunque cada criatura requiera una morada para vivir, no hay porqué pensar que el concreto deba ser necesario. El verdadero lar humano puede ser una cabaña en el bosque, que junto a otras cabañas formen una comunidad de peculiaridades. O también puede ser un barrio, que despavimente la idiotez y el aislamiento, para dejar una que otra ruta entremedio de otros barrios. Cada constelación de peculiaridades será una suerte de comuna que garantice la autonomía horizontal de cada comunidad. Sólo así se podrá abolir las jerarquías. Y como práctica social, entre seres sociales, la festividad ritual y el jolgorio comunitario serán parte de la estrategia para combatir la acumulación. De este modo, todo excedente que eventualmente sea manufacturado será disfrutado como ingrediente del carnaval colectivo.

El jardín de las peculiaridades es una apuesta hecha por la conservación del medio ambiente y por la supervivencia de la raza humana. Allí la intuición debe alumbrar. No extraviarse depende de nosotros. Sólo hay un sendero que conduce al corazón de la vida.

Extracto del libro “El jardín de las peculiaridades”  de Jesús Sepulveda.

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