El estado, poder esclavizante usa la fuerza y las leyes  y es monopolizada la violencia para proteger su casta y a sus dirigentes, la violencia organizada del estado para proteger igualmente los intereses de la clase capitalista y la civilización burguesa. Represión, torturas y muertes… la policía y el ejercito brazos armados de los políticos miserables y de la clase dirigente rapaz, se divierten con el hueso que les dan a roer.

A veces los esclavos se revelan contra su yugo y hacen lo que pueden para ejercer su dignidad.

Desarraigados, formados para la sumisión, buscan senderos ocultos por el olvido o terjiversados por los vencedores.

Para ellos los amos toleraron unos rituales que conducen al gueto, al redil de la contestación.

A veces –normalmente para aumentar la productividad o la sumisión- los amos asustan a los esclavos con la ruina total, con el caos, con la incertidumbre, rompiendo el pacto implícito cuyas condiciones pone y cambia a su antojo el vencedor. Y los esclavos angustiados hacen procesiones rogando a sus amos un lugar en el que caerse muertos.

Los rebeldes y los sumisos coinciden en los mismos espacios y se confunden: la cabalgata del descontento, la procesión de la angustia.

Entonces los señores muestran un atisbo de orden, de estabilidad, un mínimo espacio de subsistencia, que por precario que sea, por indigno, es abrazado por el sumiso con renovada fe. Es entonces cuando parece que la rebelión ha fracasado.

Así es como los amos utilizan el descontento para crear angustia y espectación en los sumisos y decepción y cinismo en en los rebeldes. Los une para separarlos y los separa para unirlos en la desesperanza.  Es una trampa del discurso de la masa adscrita. Las revoluciones por adscripción o son falsas o sirven a una nueva élite. Por eso el pensamiento de masa, que prioriza la cantidad, no debe imperar en la percepción del éxito o el fracaso de un movimiento social. Eso no significa que la revolución no pueda ocurrir, incluso sería injusto sentenciar que de un movimiento unido por el descontento no pueda surgir un cambio social, una idea que cale y cuya práctica suponga una liberación. Pero una revolución no ocurre en abstracto, sin sustancia.

Los opresores promueven la mistificación de los procesos que eligen como abanderados de esas consignas. Deciden los criterios de la velocidad y aceleración de los cambios en estos procesos y educan nuestra percepción hasta atrofiar nuestro sentido del equilibrio. Nos enfrentan a una especie de monstruo abrumador que es mera cantidad, mera velocidad hasta hacernos sentir como encerrados en un tren de alta velocidad que desdibuja el paisaje y del que parece un suicido saltar. Construyen un sistema de referencia como construyen cárceles.

Por ejemplo, eligen una determinada técnica y unas unidades de velocidad en su progreso que la hacen progresar vertiginosamente. Los componentes electrónicos empequeñecen, la velocidad de procesamiento aumenta, alucinamos con el aumento de píxeles o megabites, como hace tres décadas alucinaban con los viajes espaciales.  Se nos condiciona para impresionarnos con esos cambios con el mismo método con el que se nos condiciona para angustiarnos con los cambios en la prima de riesgo o los aumentos de la temperatura de los océanos.

Nos sacuden el ánimo hasta que terminamos creyendo que sólo existe el devenir acelerativo de las cosas que se nos muestran y nos creemos defenestrados, pero el vértigo no es una caída sin fin sino mero mareo provocado al ser movidos por las arbitrariedades. Incluso nos incitan a fantasear con un colapso necesario, un impacto final del vertiginoso progreso arrastrándonos al nihilismo y la aceptación de nuestra indefensión y nuestra condición de objeto. Porque al menos desde Newton nos tratan como objetos pasivos sometidos a fuerzas externas, como proyectiles sin otro sentido que la inercia a la que hemos sido sometidos. Y todos estos procesos y sus explicaciones forman un eje de coordenadas que condiciona el discurso, que acota un espacio del que no podemos escapar.

Nos mienten y les discutimos con sus mentiras. Todo el discurso que rodea a nuestra opresión es una falacia. El poder no tiene explicación, no tiene motivación, no necesita una justificación para existir. Es difícil aceptar un maltrato caprichoso. A menudo se acaba mistificando la figura del agresor: como es difícil asumir la crueldad sin más, se trata de explicar el daño imaginando la agresión como un proceso lleno de motivaciones enrevesadas, de mecanismos poderosos y ocultos, suponiéndole al maltratador una inteligencia que no tiene, otorgándole a menudo una superioridad de la que carece. Hemos de aceptar la existencia de la crueldad del poder sin asumir su prepotencia. No hablo en absoluto de abandonar la búsqueda de estrategias o entendimiento sobre los procesos con los que nos someten. Se trata de evitar cosificar al poder dando a la explicación que nos permite entender como funciona éste primacía sobre el fenómeno en sí hasta deificarlo.

En el pasado siglo, el siglo del consumismo, la gestión de la propiedad y del deseo a través de herramientas como el marketing dio lugar a una forma de dominio basada en la insatisfacción.

La obsolescencia programada, ya sea a través de la caducidad del objeto, ya sea por desfase o por moda, sirvió para convertir al propietario en usuario. Usuario de bienes caducos que tenía que actualizar el pago para garantizar su posesión.

El consumismo se instauró de forma “positiva”, eran cosas deseables, muchas de ellas superfluas. Se convirtió en un modo de vida en países llamados desarrollados porque en ellos el capitalismo era avanzado. La gente era infeliz o se sentía sola en una maraña de objetos que la definía. Ser era tener para el ciudadano integrado de antes de “la crisis”.

Entonces, cuando la propiedad había alcanzado tal poder simbólico que se consumía su imagen –véanse las marcas comerciales como nike- comenzó una nueva vuelta de tuerca en la que la vida social se realizaría en un mundo de imágenes.

Ese nuevo territorio, lo virtual, empezó a ser ocupado con la permisividad del poder y la participación de algunas de las empresas multinacionales que lo forman, no por falta de visión o por falta de capacidad, sino como parte de un proyecto.

Distinguir dos bandos es útil para preveer acontecimientos. De un lado los que construyen desinteresadamente Internet como territorio de libertad, compartiendo su conocimiento e implementando y usando la red como plataformas de encuentro y colaboración espontánea. Un espacio de creatividad abierto, un nuevo mundo infinito en el que pueden macerar los proyectos y las ideas, una herramienta revolucionaria de transformación del mundo a la vez de un mundo en sí mismo, para este bando red significa conexión, sintonía, colectivismo sin pérdida de individualidad, una especie de revolución cultural con un amplio componente lúdico.

Para el otro bando la Red es eso, una red. Es un espacio donde es posible el espionaje automático y la ingeniería social fina a través del seguimiento en tiempo real del comportamiento y el pensamiento de todos y cada uno de los que entren en él. Este control se puede realizar sin apenas mediadores humanos, ganando eficiencia y efectividad, con robots programables, sin humanidad. Pero esto no es lo más importante: imponiendo su ley en el espacio de la Red, quien controla el espacio controla el movimiento de quien lo puebla. Pueden moldear con sutileza el comportamiento de la gente, ya no como masas sino a nivel individual e íntimo. Lo que han aprendido con el marketing –la manipulación de masas- pueden aplicarlo individualmente, y no sólo en contenidos que pueden promocionar desde los medios de comunicación de masas, sino mediante el control mismo de las formas de relación y de la formación de grupos. La página de Facebook, por ejemplo, impone una forma de hacer vida social egóica y superflua, de seguidores. Genera un sesgo en la forma de conocer el mundo y relacionarse en el que el mapa ocupa el lugar del territorio, desde su misma arquitectura simbólica, sitios como éste modifican la concepción del mundo y la forma de relacionarse de millones de personas.

La conexión a Internet y la propiedad de consolas y videojuegos, móviles, conexión telefónica, etc, cuestan muchos recursos. Tanto como la luz o el agua. Y con el tiempo se hace tan necesaria como éstas.

Eso no es una revolución cultural, es una evolución del capitalismo solucionando el problema de los recursos limitados. Ahora puede seguir girando la rueda sin gastar más materias primas que unos cuantos programadores mal pagados y algunos ordenadores.

Y ese es el post-consumismo de los países post-desarrollados: trabajar por un sueldo de mierda a cambio de unas líneas de código y conexión a Internet, o el derecho a ver un canal de la televisión, o un teléfono con más megas de velocidad.

¡Se ve normal pagar por velocidad de transferencia de la información! De pagar por caprichos hemos pasado a pagar por facturas sin nada tangible a nuestro alrededor.

El siguiente paso es la nube. No tener nada de información en la terminal propia sino en el éter del ciberespacio. Si la nube se instaura se dará la circunstancia que el FBI –como ha pasado hoy con los usuarios de Megaupload- pueda dejarnos sin memoria. Sin fotos, ni juegos, ni este texto, por ejemplo. Podrán quemar millones de libros con un click, como pasó a Amazon cuando retiró de todas las terminales de su Klinde todos los ejemplares de “1984”. El suceso de hoy delata las debilidades de nuestro bando. No poder hacer nada sin la mediación de una multinacional de las comunicaciones es una de ellas. Otra es la de no construir una cultura que de verdad esté al margen del poder. Internet es en gran parte un altavoz de los poderes fácticos que siguen teniendo gran parte de la iniciativa sobre la que sólo se puede reaccionar.

El bando humano no es para nada pasivo. Inventa y lo hace con un poder que impresiona, pero ha de cuidarse de regalos envenedados y tomar la iniciativa.

http://nareda.wordpress.com/

 

 

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