CAPITALISMO MAFIOSO

De este proceso forma parte la mutación del núcleo dirigente del capitalismo mundial en un conglomerado de redes parasitarias mafiosas una de cuyas características psicológicas es la del acortamiento temporal de expectativas, cortoplacismo que junto a otras perturbaciones lo conduce hacia una creciente crisis de percepción de la realidad. El negocio financiero en tanto cultura hegemónica del mundo empresario, el gigantismo tecnológico (especialmente su capítulo militar), la súper concentración económica y otros factores convergentes impulsan esta desconexión psicológica liberando una amplia variedad de proyectos irracionales que sirven como apoyatura de políticas económicas, sociales, comunicacionales, militares, etc (el cuerpo parasitario engorda y la mente racional del obeso se contrae). La élite global dominante (imperialista) se va convirtiendo en un sujeto extremadamente peligroso empecinado en el empleo salvador de lo que considera su instrumento imbatible: el aparato militar (aunque experiencias concretas como en el pasado su derrota en Vietnam y actualmente el empantanamiento en Afganistan demuestran lo contrario).

TRES ENFOQUES CONVERGENTES

Es posible abordar la historia de la civilización burguesa, su gestación, ascenso y decadencia, desde tres visiones de largo plazo. La primera de ellas enfoca una trayectoria de aproximadamente quinientos años. Arranca a entre fines del siglo XV y comienzos del siglo XVI europeo con la conquista de América y el pillaje de sus riquezas generando un derrame de oro y plata sobre las sociedades imperiales europeas impulsando su expansión económica y transformación burguesa. Luego del primer atracón (siglo XVI) llegó el tiempo de la digestión y de la desestructuración de los bloqueos precapìtalistas y de la emergencia de embriones sólidos del estado y de la ciencia modernos y de núcleos capitalistas emergentes, todo ello expresado como “larga crisis del siglo XVII”.

Al comenzar el siglo XVIII esas sociedades ya estaban culturalmente preparadas para la gran aventura capitalista. Su despegue estuvo marcado por una crisis de mediana duración entre fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX marcada por la revolución industrial inglesa, la revolución francesa y las guerras napoleónicas. Fue atravesando todo el siglo XIX al ritmo de las expansiones coloniales y neocoloniales y las tranformaciones industriales y políticas.

En torno del año 1900 el capitalismo, con centro en Occidente había establecido su sistema imperial a nivel planetario. Hasta llegar a la primera guerra mundial que señala el fin de la juventud del sistema y el inicio de una nueva crisis de mediana duración entre 1914 y 1945, punto de inflexión entre la etapa juvenil ascendente y una era de turbulencias que empiezan a mostrar los límites históricos de un sistema que dispone de recursos (financieros, tecnológicos, naturales, demográficos, militares) como para prolongar su existencia en medio de amenazas como la aparición de la Unión Soviética, luego la revolución china, etc.

Y despues de una recomposición que trae la prosperidad a un capitalismo amputado, acosado (entre fines de los años 1940 y fines de los años 1960) el sistema ingresa en una crisis larga (que consigue atrapar a los grandes ensayos protosocialistas: la URSS y China) que se prolonga hasta el presente. Esta última etapa, que ya dura más de cuatro décadas se caracteriza por el descenso gradual zigzageante y persistente de las tasas globales de crecimiento económico sobredetermido por la desaceleración de las economías imperialistas (en primer lugar los Estados Unidos) y por el incremento de las más diversas formas de parasitismo (principalmente el financiero).

En esta etapa es posible distinguir un primer período entre 1968-1973 y 2007-2008 de desaceleración relativamente lenta, de pérdida gradual de dinamismo y un segundo período (en el que nos encontramos) de agotamiento del crecimiento apuntado hacia la contracción general del sistema.

En síntesis: a partir del primer impulso colonial exitoso (en el siglo XVI, el anterior: las Cruzadas había fracasado) es posible hacer girar la historia de la civilización burguesa en torno de cuatro grandes crisis; la larga crisis del siglo XVII vista como etapa preparatoria del gran salto, la crisis de mediana duración de nacimiento del capitalismo industrial (fines del siglo XVIII – comienzos del siglo XIX), una segunda crisis de mediana duración (1914- 1945) seguida por una prosperidad de aproximadamente un cuarto de siglo y finalmente una nueva crisis de larga duración (que se inicia hacia fines de los años 1960) de decadencia del sistema, suave primero y acelerada desde fines de la primera década del siglo XXI.

Un segundo enfoque restringido a un poco más de doscientos años arranca con la revolución industrial inglesa, la Revolución Francesa, la independencia de los Estados Unidos, las guerras napoleónicas y otros acontecimientos que señalan el inicio del capitalismo industrial consolidándose en una larga etapa juvenil del sistema abarcando la mayor parte del siglo XIX. Las turbulencias son cortas, las crisis de sobreproducción siguiendo el modelo desarrollado por Marx son “crisis de crecimiento” del sistema que van acumulando heridas, deformaciones, problemas que terminan por provocar el gran desastre de 1914. Karl Polanyi se refiere a rol de la cúpula financiera europea en el mantenimiento de equilibrios económicos y políticos, en esa élite está la base de la futura hipertrofia financiera de finales del siglo XX.

Luego de la etapa juvenil se desarrolla un período de madurez signado por guerras, fuertes depresiones y una prosperidad de mediana duración (1945-1970). Con la crisis de los años 1970, el fin del patrón dólar-oro, la derrota norteamericana en Vietnam, la estanflación y los dos shocks petroleros, etc., el capitalismo entra en su vejez que deriva en senilidad. El concepto de “capitalismo senil” fue introducido por Roger Dangeville hacia finales de los años 1970 señalando que desde ese momento el sistema devenía senil, se desagregaba, perdía el rumbo. En realidad la senilidad del sistema se hace evidente tres décadas después, a partir del estampido financiero-energéticoalimentario de 2008 cuando se acelera el descenso del crecimiento hasta acercarnos ahora a crecimientos iguales a cero o negativos en el conjunto de la zona central del capitalismo y cuando el motor financiero se ha estancado apuntando a la caída. Un tercer enfoque de desagregación del superciclo en “ciclos parciales” permite detallar fenómenos decisivos de la historia del sistema. Es necesario limitar los aspectos de
autonomía de esos “ciclos” haciéndolos interactuar entre si y refiriéndolos siempre a la totalidad sistémica.

El crepúsculo del sistema arranca con las turbulencias de 2007-2008, la multiplicidad de “crisis” que estallaron en ese período (financiera, productiva, alimentaria, energética) convergieron con otras como la ambiental o la del Complejo Industrial-Militar del Imperio empantanado en las guerras asiáticas.

El cáncer financiero irrumpió triunfal entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX y obtuvo el control absoluto del sistema siete u ocho décadas después, pero su desarrollo había comenzado mucho tiempo (varios siglos) antes financiando estados imperiales donde se expandían las burocracias civiles y militares al ritmo de las aventuras colonialescomerciales
y luego también a negocios industriales cada vez más concentrados. La hegemonía de la ideología del progreso y del discurso productivista sirvió para ocultar el fenómeno, instaló la idea de que el capitalismo a la inversa de las civilizaciones anteriores no acumulaba parasitismo sino fuerzas productivas que al expandirse creaban problemas de adaptación superables al interior del sistema mundial, resueltos a través de procesos de “destrucción-creadora”.

Por su parte el militarismo moderno hunde sus raíces más fuertes en el siglo XIX occidental, desde las guerras napoleónicas, llegando a la guerra franco-prusiana hasta irrumpir en la Primera Guerra Mundial como “Complejo Militar-Industrial” (aunque es posible encontrar antecedentes importantes en Occidente en las primeras industrias de armamentos de tipo moderno aproximadamente a partir del siglo XVI). Fue percibido en un comienzo como un instrumento privilegiado de las estrategias imperialistas y más adelante como reactivador económico del capitalismo. Solo se veían ciertos aspectos del problema pero se ignoraba o subestimaba su profunda naturaleza parasitaria, el hecho de que detrás del monstruo militar al servicio de la reproducción del sistema se ocultaba un monstruo mucho más poderoso: el del consumo improductivo, causante de déficits públicos que no incentivan la expansión sino el estancamiento o la contracción de la economía.

Actualmente el Complejo Militar-Industrial norteamericano (en torno del cual se reproducen los de sus socios de la OTAN) gasta en términos reales más de un billón (un millón de millones) de dólares, contribuye de manera creciente al déficit fiscal y por consiguiente al endeudamiento del Imperio (y a la prosperidad de los negocios financieros beneficiarios de dicho déficit). Su eficacia militar es declinante pero su burocracia es cada vez mayor, la corrupción ha penetrado en todas sus actividades, ya no es el gran generador de empleos como en otras épocas, el desarrollo de la tecnología industrialmilitar ha reducido significativamente esa función. La época del keynesiamismo militar como eficaz estrategia anti-crisis pertenece al pasado.

Presenciamos actualmente en los Estados Unidos la integración de negocios entre la esfera industrial-militar, las redes financieras, las grandes empresas energéticas, las camarillas mafiosas, las “empresas” de seguridad y otros actividades muy dinámicas conformando el espacio dominante del sistema de poder imperial. La historia de las decadencias de civilizaciones, por ejemplo la del Imperio Romano muestran que ya comenzada la declinación general y durante un largo período posterior la estructura militar se sigue expandiendo sosteniendo tentativas desesperas e inútiles de preservación del sistema.

En consecuencia la decadencia general y la exacerbación de la agresividad militarista del Imperio podrían llegar a ser perfectamente compatibles, de allí se deriva la conclusión de que al escenario previsible de desintegración mas o menos caótica de la superpotencia deberíamos agregar otro escenario no menos previsible de declinación sanguinaria, guerrerista.

Tampoco la crisis energética en torno de la llegada del “Peak Oil” debería ser restringida a la historia de las últimas décadas, es necesario entenderla como fase declinante del largo ciclo de la explotación moderna de los recursos naturales no renovables. Ese ciclo energético bisecular condicionó todo el desarrollo tecnológico del sistema y expresó, fue la vanguardia de la dinámica depredadora del capitalismo extendida al conjunto de recursos naturales y del ecosistema en general.

Lo que durante casi dos siglos fue considerado como una de las grandes proezas de la civilización burguesa, su aventura industrial y tecnológica, aparece ahora como la madre de todos los desastres, como una expansión depredadora que pone en peligro la supervivencia de la especie humana.

En síntesis, el desarrollo de la civilización burguesa durante los dos últimos siglos (con raíces en un pasado occidental mucho más prolongado) ha terminado por engendrar un proceso irreversible de decadencia, la depredación ambiental y la expansión parasitaria están en la base del fenómeno.

Existe una interrelación dialéctica perversa entre la expansión de la masa global de ganancias, su velocidad creciente, la multiplicación de las estructuras burocráticas civiles y militares de control social, la concentración mundial de ingresos, el ascenso de la marea parasitaria y la depredación del ecosistema.

Las revoluciones tecnológicas del capitalismo han sido en apariencia sus tablas de salvación, así fue durante mucho tiempo incrementando la productividad industrial y agraria, mejorando las comunicaciones y los transportes, pero en el largo plazo histórico, en el balance de varios siglos constituyen su trampa mortal, han terminado por degradar el desarrollo que han impulsado al estar estructuralmente basadas en la depredación ambiental, al generar un crecimiento exponencial de masas humanas súper explotadas y marginadas.

El progreso técnico integra así el proceso de autodestrucción general del capitalismo (es su columna vertebral) en la ruta hacia un horizonte de barbarie. No se trata de la incapacidad del actual sistema tecnológico para seguir desarrollando fuerzas productivas sino de su alta capacidad en tanto instrumento de destrucción neta de fuerzas productivas. Se confirma así el sombrío pronóstico formulado por Marx y Engels en pleno auge juvenil del capitalismo: “Dado un cierto nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, aparecen fuerzas de producción y de medios de comunicación tales que, en las condiciones existentes solo provocan catástrofes, ya no son más fuerzas de producción sino de destrucción”.

En fin, el ciclo histórico iniciado hacia fines del siglo XVIII contó con dos grandes articuladores hoy declinantes: la dominación imperialista anglo-norteamericano (etapa inglesa en el siglo XIX y norteamericana en el siglo XX) y el ciclo del estado burgués desde su etapa “liberal industrial” en el siglo XIX, pasando por su etapa intervencionista productiva (keynesiana clásica) en buena parte del siglo XX para llegar a su degradación “neoliberal” a partir de los años 1970-1980.

Capitalismo mundial, imperialismo y predominio anglo-norteamericano constituyen un solo fenómeno, una primera conclusión es que la articulación sistémica del capitalismo aparece históricamente indisociable del articulador imperial (historia imperialista del capitalismo). Una segunda conclusión es que al ser cada vez más evidente que en el futuro previsible no aparece ningún nuevo articulador imperial ascendente a escala global entonces desaparece del futuro una pieza decisiva de la reproducción capitalista global a menos que supongamos el surgimiento de una suerte de mano invisible universal (y burguesa) capaz de imponer el orden (monetario, comercial, político-militar, etc.). En ese caso estaríamos extrapolando al nivel de la humanidad futura la referencia a la mano invisible (realmente inexistente) del mercado capitalista pregonada por la teoría económica liberal.

La declinación imperial de Occidente incluye la de su soporte estatal abarcando una primera etapa (neoliberalismo) marcada por el endeudamiento público, el sometimiento del estado a los grupos financieros, la concentración de ingresos, la elitización y pérdida de representatividad de los sistemas políticos y una segunda etapa de saturación del endeudamiento público, enfriamiento económico y crisis de legitimidad del estado.

El colonialismo-imperialismo y el estado moderno han sido en términos históricos pilares esenciales de la construcción de la civilización burguesa. Sobre los antecedentes coloniales del capitalismo no hay mucho más que agregar. Respecto de la relación estado-burguesía es evidente sobre todo a partir del siglo XVI en Europa la estrecha interacción entre ambos fenómenos, no es posible entender el ascenso del estado moderno sin el respaldo financiero y de toda la articulación social emergente de la naciente burguesía cuyo nacimiento y consolidación hubieran sido imposibles sin el aparato de coerción y el espacio de negocios ofrecido por las monarquías militaristas. Y tambien es necesario tomar en cuenta el mutuo respaldo legitimador, cultural, social que permitió a ambos crecer, transformarse hasta llegar a la instauración del capitalismo industrial y su contraparte estatal, la historia de la modernidad nos sugiere tratarlos como partes de un único sistema (heterogéneo) de poder.

Hacia el final, en la fase descendente del capitalismo sesgada por la financierización integral de la economía, el Estado (en primer lugar los estados de las grandes potencias) también se financieriza, se va convirtiendo en una estructura parasitaria (una componente de las redes parasitarias), entra en decadencia.

La convergencia de numerosas “crisis” mundiales puede indicar la existencia de una perturbación grave pero no necesariamente el despliegue de un proceso de decadencia general del sistema. La decadencia aparece como la última etapa de un largo súper ciclo histórico, su fase declinante, su envejecimiento irreversible (su senilidad). Extremando los reduccionismos tan practicados por las “ciencias sociales” podríamos hablar de “ciclos” parciales: energético, alimentario, militar, financiero, productivo, estatal y otros, y así describir en cada caso trayectorias que despegan en Occidente entre fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX con raíces anteriores e involucrando espacios geográficos crecientes hasta asumir finalmente una dimensión planetaria para luego declinar cada uno de ellos. La coincidencia histórica de todas esas declinaciones y la fácil detección de densas interrelaciones entre todos esos “ciclos” nos sugieren la existencia de un único súper ciclo que los incluye a todos. Dicho de otra manera se trata del ciclo de la civilización burguesa que se expresa a través de una multiplicidad de aspectos parciales.

EL SIGLO XX

A partir de un enfoque plurisecular del capitalismo es posible avanzar una explicación del ascenso y derrota de la ola anticapitalista que sacudió al siglo XX. La Revolución Rusa inauguró en 1917 una larga sucesión de rupturas que amenazaron erradicar al capitalismo como sistema universal, el despegue revolucionario se apoyaba en una crisis profunda y prolongada del sistema que podríamos ubicar aproximadamente entre 1914 y 1945 y cuyas secuelas se extendieron más allá de ese período.

Dicha crisis fue interpretada por los revolucionarios rusos como el comienzo del fin del sistema pero el sistema aún sufriendo sucesivas amputaciones “socialistas” (Europa del Este, China, Cuba, Vietnam…) y la proliferación de rebeldías y autonomizaciones nacionalistas en la periferia pudo finalmente recomponerse y sus enemigos fueron cayendo uno tras otro a través de restauraciones explícitas como en el caso soviético o sinuosas como en el caso chino. Las élites occidentales pudieron entonces afirmar que la tan anunciada declinación del capitalismo y su remplazo socialista no fue más que una ilusión alimentada por la crisis pero que al ser esta superada la ilusión se fue esfumando. Y algunos gurús como el ahora olvidado Francis Fukuyama hasta proclamaban el fin de la historia y el pleno desarrollo de un milenio capitalista liberal.

Existe una visión falsa (pero no totalmente falsa) de la decadencia occidental frente a la emergencia del mundo nuevo a partir de la Revolución Rusa incluso si es entendida como “decadencia hegemónica”, esa visión pareció quedar desmentida por la realidad con el sometimiento chino (1978) y el derrumbe soviético (1991), sin embargo era apuntalada desde 1968-73 cuando empezaron a declinar las tasas de crecimiento del Producto Bruto Mundial y parcialmente confirmada desde 2008 porque el sistema se degrada velozmente (condición necesaria para su superación) aunque su sepulturero no aparece o aparece en una dispersión de pequeñas dosis históricamente insuficientes.

INSURGENCIAS (HACIA LA NEGACIÓN ABSOLUTA DEL SISTEMA)

La contracara positiva de la decadencia podría ser sintetizada como la combinación de resistencias y ofensivas de todo tipo contra el sistema operando como un fenómeno de dimensión global y actuando en orden disperso, expresando una gran diversidad de culturas, diferentes niveles de conciencia y de formas de lucha.

Desde los indignados europeos o norteamericanos que (por ahora) solo pretenden depurar al capitalismo de sus tumores financieros y elitistas, hasta los combatientes afganos peleando contra el invasor occidental o la insurgencia colombiana animada por la perspectiva anticapitalista pasando por un muy complejo abanico de movimientos sociales, minorías y pequeños grupos críticos y rebeldes.

Oposiciones a gobiernos abiertamente reaccionarios y a ocupaciones coloniales pero también a las fachadas democráticas más o menos deterioradas que intentan suministrar gobernabilidad al capitalismo. Lo que plantea la hipótesis de la convergencia y radicalización de esos procesos y entonces la posibilidad de profundizar el concepto de insurgencia global pensado como realidad en formación alimentada por la declinación de la civilización burguesa. La alternativa insurgente emergiendo como rechazo y apuntando hacia la negación radical del sistema y al mismo tiempo abriendo el espacio de las utopías post capitalistas.

El sujeto central de la insurgencia es la humanidad sumergida en expansión a la que la dinámica de la marginación y la superexplotación (la dinámica de la decadencia) empuja hacia la rebelión como alternativa a la degradación extrema, se trata de miles de millones de habitantes de los espacios rurales y urbanos. Este proletariado es mucho mas extendido y variado que la masa de obreros industriales (incluye a sus franjas periféricas y empobrecidas), no es el nuevo portador de la antorcha del progreso construida por la modernidad sino su negador potencial absoluto el cual en la medida en que vaya destruyendo las posiciones enemigas (sus estructuras de dominación) estará construyendo una nueva cultura libertaria.

Sin embargo la irrupción universal de ese sujeto se demora, un gigantesco muro de ilusiones bloquea su rebelión. Es que la autodestrucción del sistema global recién está en sus inicios, su hegemonía civilizacional es todavía muy fuerte, es casi imposible pronosticar, establecer teóricamente el recorrido temporal, el calendario de su desarticulación. Si es posible establecer teóricamente la trayectoria descendente aunque sin pegarle fechas.

UTOPÍAS (EL RETORNO DEL FANTASMA)

Aquí aparece el comunismo como necesidad y posibilidad histórica concreta, como utopía radical que hunde sus raíces en el pasado revolucionario de los siglos XIX y XX y mucho más allá en las culturas comunitarias precapitalistas de Asia, Africa, América Latina y de la Europa anterior a la modernidad. No se trata de una etapa inevitable (une suerte de “resultado inexorable” de la declinación del sistema decidido por alguna “ley de la historia”) sino del resultado posible, viable del desarrollo de la voluntad de las mayorías oprimidas.

Ya en la génesis del sistema existía su enemigo absoluto, negando, rechazando su expansión opresora. En Europa en torno del siglo XVI emergían los despliegues  coloniales, la industria de guerra bajo moldes pos artesanales, las primeras formas estatales modernas, los capitalistas comerciales y financieros asociados a las aventuras militares de las monarquías. Y la superexplotación de los campesinos, la destrucción de sus culturas, de sus sistemas comunitarios generando rebeliones como la que encabezó el comunista cristiano Tomas Müntzer en el corazón de Europa bajo la consigna “Omnia sunt communia” (todo es de todos, todas las cosas nos son comunes).

El amanecer de la modernidad burguesa fue también el de su negación absoluta, ambos bandos aportaban nuevas culturas pero al mismo tiempo heredaban viejas culturas de opresión y emancipación.

La alianza de banqueros, terratenientes y príncipes que derrotaron a los campesinos en la batalla de Frankenhausen (mayo de 1525) y asesinó a Müntzer unía sus nuevos apetitos burgueses con los viejos privilegios feudales (convertidos en base de acumulación de las nueva formas poder) mientras los campesinos rebeldes reinterpretaban los evangelios de manera comunista y asumían la herencia de libertad comunitaria del pasado, incluidas valiosas tradiciones precristianas. La construcción de alternativas innovadoras (de opresión y de emancipación) hundía sus raíces en el pasado.

Repasando luego el siglo XIX europeo y más adelante la crisis occidental entre 1914 y 1945 y sus consecuencias vemos como una y otras vez el demonio burgués derrota a su enemigo mortal que renace más adelante para presentar nuevamente batalla. Desde las insurgencias obreras europeas hasta llegar a la derrota de la Comuna de París en la era del capitalismo industrial juvenil que ya asumía una dimensión imperialista planetaria hasta llegar a las revoluciones comunistas rusa y china concluyendo con la degeneración burocrática y la implosión de la primera y la mutación capitalista-salvaje de la segunda. En su prolongada historia la civilización burguesa fue pasando desde su infancia europea hasta su madurez en el siglo XX y finalmente a su vejez y su degradación senil desde fines del siglo XX hasta nuestros días.

En la era de la decadencia del capitalismo va asomando nuevamente la figura de su enemigo, se trata de un nuevo fantasma heredero y al mismo tiempo superador de los anteriores. Una mirada pesimista nos señalaría que será nuevamente derrotado, si ello ocurre esta civilización planetaria se irá sumergiendo en niveles de barbarie nunca antes vistos ya que su capacidad (auto)destructiva supera a cualquier otra decadencia civilizacional. Ahora no está en juego la supervivencia de algunos millones de seres humanos sino de más de siete mil millones.

Pero ese pesimismo se apoya en la historia de la modernidad pensada como una infinita repetición de escenarios donde cambian la dimensión, la complejidad tecnológica, los modelos de consumo, etc. pero queda intacta la dinámica amo-esclavo, el primero controlando los instrumentos que le permiten renovar su dominación y el segundo embarcado en batallas perdidas de antemano. De esa manera es ocultado el hecho de que la modernidad burguesa ha entrado en decadencia lo que abre la posibilidad del quiebre, del colapso de dicha dinámica perversa abriendo el horizonte de la victoria de los oprimidos. Ello no fue posible en la etapas de adolescencia, juventud o madurez del sistema pero si es posible ahora.

Es la declinación de Occidente (entendido como civilización burguesa universal) lo que abre el espacio para el nuevo fantasma anticapitalista que necesita para imponerse irrumpir bajo la forma de una vasto, plural proceso de des-occidentalización, de critica radical a la modernidad imperialista, sus modelos de consumo y producción, de organización institucional, etc. Se trata entonces de la abolición del sistema en el sentido hegeliano del concepto: negar, destruir, anular las bases de la civilización declinante y al mismo tiempo recuperar positivamente en otro contexto cultural todo aquello que pueda ser utilizable.

Volviendo a Hegel para superarlo es necesario afirmar que la marcha de la libertad que él suponía avanzando desde “Oriente” (entendido como la periferia del mundo occidental moderno) para realizarse plenamente en Occidente en realidad avanza desde el subsuelo del mundo y puede llegar a dar un salto gigantesco aplastando, desbordando a los baluartes de la opresión occidental, irrumpiendo como una ola universal de pueblos insurgentes.

El primer fantasma fue europeo de cuerpo y alma y dio su última batalla en 1871 en la Comuna de París. El segundo fantasma asumió una envergadura planetaria, levantó su bandera roja en Rusia y China alentando un amplio espectro de rebeliones periféricas, tenía un cuerpo universal pero su cabeza estaba impregnada de ilusiones progresistas occidentales (el tecnologismo, el aparatismo, el estatismo, el consumismo). Su fecha o período de defunción podemos fijarla entre 1978 cuando China ingresa en la via capitalista y 1991 (derrumbe de la URSS).

Lo que necesita el siglo XXI es el desarrollo de un tercer fantasma comunista, radicalmente desoccidentalizado, es decir negador absoluto de la modernidad burguesa y por consiguiente universal de cuerpo y alma. Heredando los antiguos combates, levantando la bandera multicolor de la rebeldía de todos los pueblos esclavizados del planeta, de sus culturas sometidas convertidas en contraculturas opuestas al capitalismo. En suma la emergencia, la avalancha plural de pueblos sometidos, de la humanidad verdadera, liberada (en proceso de emancipación) de la prehistoria, de la historia inferior del hombre enemigo de su entorno ambiental, del espacio que le permite vivir, y en consecuencia del hombre enemigo de si mismo.

No se trata de una utopía universal única apuntando a una humanidad homogénea sino de una amplia variedad de utopías comunitarias ancladas en identidades populares específicas interrelacionadas conformando un gran espacio plural marcado por la abolición de las clases sociales y del estado.

Jorge Beinstein

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