Por qué se experimenta con animales: “Porque los animales son como nosotros”

Por qué es moralmente correcto: “Porque los animales no son como nosotros”

La experimentación animal se basa en una contradicción lógica.

Profesor Charles R. Mabel

Por qué está moralmente aceptada la experimentación animal

Esta contradicción lógica de la que habla el profesor Mabel es la que permite aceptar que los animales de laboratorio son lo suficientemente parecidos a nosotros como para sufrir por nuestras enfermedades, adicciones y productos, pero a la vez suficientemente distintos como para que su sufrimiento no sea equiparable al nuestro y no merezca la misma consideración.

La similitud en cuanto a anatomía, sistema nervioso, fisiología y muchos otros aspectos es obvia, por cuanto somos animales. Las similitudes genéticas con los mamíferos usados en laboratorios se sitúan en cifras del 90%.

La diferencia viene marcada por una característica que poseemos teóricamente en exclusiva y que definiría al humano como un ser distinto al resto de animales, y esa característica es la posesión de inteligencia racional.

Definir qué es la inteligencia es siempre objeto de polémica, y no hay una definición única, sino que su carácter complejo hace que sólo pueda ser descrita parcialmente mediante la enumeración de los procesos o atributos que comprende.  Así, la inteligencia sería el término global que describe una propiedad de la mente en la que se relacionan habilidades tales como las capacidades del pensamiento abstracto, el entendimiento, la comunicación, el raciocinio, el aprendizaje, la planificación y la solución de problemas. No es un mero aprendizaje de los libros, ni una habilidad estrictamente académica, ni un talento para superar pruebas. Más bien, el concepto se refiere a la capacidad de comprender nuestro entorno.

Biológicamente, la inteligencia se mide en grados como un continuo, otorgándose el grado mínimo al moho del fango, un organismo unicelular a medio camino entre hongo y animal, sin sistema nervioso, capaz de encontrar el camino más corto en un laberinto y de interconectar dos fuentes de alimento separadas, demostrando que procesa la información (Nakagaki, 2000). A partir de ahí, todos los animales poseen inteligencia en distinto grado.

Existe una discusión sobre si la inteligencia humana contiene algún aspecto que la diferencie de forma cualitativa de las demás especies. Para aquell@s que sí ven una diferencia, ésta se determina por la posesión humana de un tipo de inteligencia concreta, la inteligencia racional.

La inteligencia racional se define como “la inteligencia que se mide en los test de inteligencia”. Comúnmente, se refiere a la aptitud de las personas para desarrollar pensamiento abstracto y razonar, comprender ideas complejas, resolver problemas y superar obstáculos, aprender de la experiencia y adaptarse al ambiente.

A la hora de entrar en el debate sobre la exclusividad del humano como poseedor de inteligencia racional, debemos tener claras varias cosas:

a)   Que ni siquiera los filósofos, neurobiólogos o psicólogos, pueden definir lo que es la inteligencia debido a la complejidad del concepto, con lo que usar este término como base de una argumentación es muy arriesgado. Concretamente, el concepto de inteligencia racional no tiene muchos seguidores entre las personas que estudian la inteligencia.

b)   Que la inteligencia racional no es un tipo de inteligencia más importante que el resto (emocional, creativa, espacial…), ni siquiera para el propio ser humano.

Dicho esto, y aun aceptando término “inteligencia racional” como comúnmente se usa, cabe preguntarnos ¿poseemos todos los humanos una inteligencia racional marcadamente superior a la de cualquier animal no-humano? La respuesta es no. Bebés, personas con diversidad funcional, personas con parálisis cerebral, etc. carecen de muchas de las capacidades incluidas en el término “inteligencia racional”. De hecho, muchos animales pueden resolver problemas, aprender de la experiencia y adaptarse al ambiente mejor que estas personas.

Por lo tanto, aquello que parecía una frontera entre humanos y animales, la inteligencia racional, no es tal si consideramos a TODOS los humanos. Si la inteligencia racional fuera la frontera, habría que dejar fuera a aquellos individuos que carecen de ciertas aptitudes incluidas en dicho término; o bien, si queremos que todos los humanos permanezcan dentro de la frontera, también habrá que abrirla a algunos animales.

Conclusión: la frontera entre animales y personas no es clara si atendemos a la característica de la inteligencia racional.

Pero es que aun suponiendo que todos los humanos poseyéramos una inteligencia racional superior a la del resto de animales, esto no sería nada más que una superioridad en una de las infinitas características que definen a los animales. Podemos (algun@s) hacer un razonamiento deductivo, pero no podemos guiarnos por el magnetismo terrestre, ver en ultravioleta, volar, bucear durante horas o reconocer el olor de la playa en la que nacimos hace treinta años. Todos los animales somos únicos y poseemos ciertas características que nos definen; el que en cada animal y en cada especie destaquen unas características sobre otras es lo que permite que todos los nichos ecológicos queden ocupados y los ecosistemas funcionen. No hay animales mejores que otros ni mejor adaptados que otros.

La superioridad y la inferioridad absolutas no existen. Se puede ser superior a algo o alguien en una o varias características (superioridad relativa), pero no se puede ser absolutamente superior. Y esto es así  por el simple hecho de que muchas características se oponen; es decir, no se puede ser el más robusto y el más ágil a la vez, ni el más grande y el más pequeño a la vez.

Sin embargo el ser humano ha asociado una superioridad (o supuesta superioridad) relativa, es decir, una superioridad en una sola característica (véase, posesión de inteligencia racional), a una superioridad absoluta. “El ser humano es superior al resto de los animales porque posee una mayor inteligencia racional”. Obviamente hemos cargado de importancia a la posesión de inteligencia racional porque es la característica en la que destacamos; si dijésemos que la característica más importante es el olfato o la orientación, seríamos un@s perdedores.

Este razonamiento que aplicamos a los animales es hipócrita, ya que no lo aplicamos a humanos. Moralmente no se acepta que se experimente con bebés porque carezcan de razonamiento inductivo, ni que l@s superdotad@s puedan esclavizar a l@s que no lo somos.

En realidad, la única característica que poseen todos los humanos y que no posee ningún otro animal es la de pertenecer a la especie humana. Y es en función de esta característica como determinamos el valor de la vida de los individuos y como se discrimina entre seres superiores e inferiores.

La discriminación en función de la especie se llama especismo, y viene a decir que el resto de animales son inferiores al ser humano por el mero hecho de no pertenecer a la especie humana. Es análogo al racismo (“un individuo de raza blanca es superior a individuos de otras razas por el mero hecho de ser de raza blanca”), al sexismo, o a otro tipo de discriminaciones basadas en la superioridad e inferioridad absoluta de los individuos en función de que cumplan o no la característica en cuestión.

Los seres inferiores no entran en lo que se ha denominado “circulo de consideración o círculo de compasión”, que es el que engloba a aquellos individuos cuyo sufrimiento nos importa y deja fuera a aquellos cuyo sufrimiento y cuyas  vidas no nos importan o nos parecen sustancialmente menos importantes que la nuestra. Los animales, salvo algunos perros, gatos y demás, no entran en el círculo de compasión de las personas; asimismo, algunas personas tampoco entran en dicho círculo, como ya demostramos anteriormente al hablar de experimentación forzada en humanos.

Una vez que hemos reflexionado sobre la inteligencia racional, cabe hacernos una última pregunta ¿Qué tiene que ver la inteligencia con todo esto? Es una cuestión de sufrimiento, no de inteligencia. Pero cuando hablamos de sufrimiento en los laboratorios, circos o granjas, de cautiverio, estrés, dolor y soledad, siempre sale a relucir el tema de la inteligencia.

La inteligencia y el sufrimiento son dos cosas diferentes; nosotr@s no queremos que los animales estén en los laboratorios porque en ellos sufren. Meterte un tubo al intestino es meterte un tubo al intestino, da igual si puedes contar hasta dos o hasta diez. ¿Qué necesitaría hacer un gato para evitar las descargas eléctricas o las trepanaciones? ¿Escribir música, hacer ecuaciones, tener conciencia del propio ser? Es ridículo.

Plantear la crítica a la experimentación animal

Como hemos dicho anteriormente, a nivel científico la experimentación animal no es la panacea que se nos pretende mostrar. Sin embargo, aunque la crítica a esta práctica debe incluir su validez científica (puesto que es la excusa con la que se nos vende y por la que es tan aceptada), pensamos que la base de dicha crítica debe ser el aspecto ético.

La experimentación con animales puede ser más o menos útil científicamente, eso habrá que discutirlo, pero es indiscutiblemente no ética. Igual que, aunque la experimentación con humanos es bastante más útil científicamente, ésta se ve como una aberración por sus implicaciones éticas.

H. K. Beecher, autor de Ética e investigación médica (1996), termina su artículo con la siguiente frase: “Un experimento es ya ético o no desde su concepción inicial; no se vuelve ético a posteriori -el fin no justifica los medios- . No existe distinción ética entre fines y medios”.

Igual que ocurre con cualquier experimento, la experimentación animal no es ética desde su concepción inicial, ya que se basa en el uso forzado de animales (uso que además implica mucho sufrimiento), para solucionar problemas, adicciones e, incluso, caprichos humanos. Y es sobre este uso de los animales como meros objetos, sobre el que debemos cimentar nuestra crítica, independientemente de que los resultados del experimento tengan una utilidad científica o no.

Sí, es más vanidoso, egocéntrico o absurdo, que un  conejo muera entre sus propios vómitos para probar una laca de uñas, a que lo haga para probar una vacuna.  Pero sea cual sea la causa, el conejo, un sujeto ajeno a nuestro mundo, está aislado en una jaula, sufriendo toda su vida y muriendo entre vómitos, porque nosotr@s hemos decidido que su vida va a destinarse a eso. Al conejo le duele igual una muerte que otra; él sufre igual. Y eso es lo que no es ético, el conejo en la jaula del laboratorio, el conejo sufriendo, el conejo a merced de lo que queramos hacer con él.

Si basamos nuestra crítica en la validez científica de los experimentos, entonces estaremos legitimando aquellos experimentos que sean útiles y para los que no haya una alternativa conocida. Pueden ser pocos, eso no importa, el problema es que esos pocos quedarían justificados.

Además, si nos enfrascamos en la validez científica, no estaremos tratando la cuestión de fondo, el uso de animales para beneficio humano, la explotación animal. La esclavitud de los animales es patente en la experimentación animal, pero va más allá de ella. Por eso es importante estimular o inducir un ejercicio de reflexión y de interconexión de todas las formas de explotación de los animales que conocemos (laboratorios sí, pero también zoos, granjas, circos, pieles, mascotas…), para que veamos que la base es la misma: los animales se consideran inferiores al humano y por eso pueden utilizarse sin prestar atención a sus intereses ni a sus vidas.

Costes y beneficios del avance de la ciencia

Como ya vimos en la sección de Ética biomédica, es vital que la ciencia avance. Y es vital siempre y cuando sea a costa de “otr@s”, ya sean humanos o animales.  “Es urgente” decimos. “Sí, cuesta vidas, pero en el futuro puede que salve otras”, “No es la mejor opción pero es la única que queda”. Sin embargo ningún científico para el que la cuestión es tan importante o merece tanto la pena, ninguna persona que defiende la experimentación con animales, se ofrece como voluntari@ de laboratorio. Ningun@ de nosotr@s estamos dispuest@s a sufrir mínimamente por ello; por eso, siempre nos parece que merece la pena pagar los costes a cambio de los futuros beneficios, porque ninguno tenemos que pagar ningún coste, es gratis para nosotr@s.

Todos sabemos que uno de los grandes problemas de la vivisección es la extrapolación de los resultados de modelos animales a humanos; que los laboratorios necesitan personas sanas dispuestas a ser irradiadas, inoculadas con virus, embarazadas mientras se les administran productos cancerígenos, a las que trasplantar órganos, con las que ensayar cirugías, extirpaciones y suturas, para hacer experimentos genéticos con sus hijos o simplemente probar nuevos medicamentos. La  ciencia avanzaría más rápido y de modo más seguro, nuestro sufrimiento podría aliviar el de generaciones futuras. Pero ninguno lo hacemos. ¿Cáncer o SIDA por el bien de la humanidad? ¿Por grandes sumas de dinero? ¿Por ayudar a gente enferma? ¿Por cualquier otra compensación? No, gracias.

Si nos preocupa mucho el cáncer, recogeremos dinero, lo investigaremos o daremos apoyo a las personas enfermas, pero nunca dejaremos que nos provoquen un cáncer. ¿Somos egoístas por ello? No, es absolutamente normal, nadie quiere estar enfermo. Sin embargo, obligamos a otros individuos, individuos ajenos a nuestros problemas, nuestros productos, nuestras enfermedades, nuestros caprichos, nuestros vicios, nuestra predisposición genética o nuestro estilo de vida, a hacerlo. Si nos planteamos ahora la pregunta sobre si somos egoístas por ello, quizás la respuesta sea diferente, eso es una reflexión que corresponde a cada un@.

Pero, por mucho que nos digan que es la única opción, hay otra. Tomar conciencia de que la ciencia no puede seguir por esta vía e impulsar la redefinición de objetivos, el desarrollo de alternativas y nuevas políticas de salud. Los avances que puedan conseguirse de modo ético continuarán y los que no, pues simplemente no continuarán. Sabiendo que no se pueden exigir beneficios sin querer pagar los costes o, lo que es peor, obligando a otros (que nunca se beneficiarán, que ni siquiera saben cuáles son los beneficios y que nunca los han pedido), a asumir los costes.

 

 

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