1004398Nos ha parecido encontrar, en los textos de Proudhon, y en contra del parecer de algunos estudiosos de su obra, una devoción constante en favor de la espontaneidad bien que en reducidas oportunidades y en 1861 en particular, Proudhon llega a desestimarla.

También, en el seno del anarquismo organizado, la coincidencia no se manifiesta siempre, existiendo dos pareceres antagónicos.

Peirats considera que fue la «corriente mayoritaria anarquista española. […] Frente a los que conciben la revolución como un golpe de mano más o menos articulado, los espontaneístas concebían la revolución como un proceso más o menos espontáneo que los anarquistas no tenían más que alentar para impulsarlo después lo más lejos posible. […] Para los espontaneístas no había revolución posible sin el concurso del pueblo»;1 bien que el empleo del tiempo pasado da a entender que el espontaneísmo revolucionario sería una táctica superada en la estrategia actual de las luchas sociales.

Lo que dista mucho de ser cierto. Veamos lo que dice Bookchin, por ejemplo: «Hoy en día no está planteado si la espontaneidad es buena o mala, deseable o indeseable. La espontaneidad es parte integral de la verdadera dialéctica de la autoconciencia y la autodesalienación que desembaraza a uno de las ataduras subjetivas establecidas en el orden presente. Negar la validez de la espontaneidad es negar la más importante dialéctica liberadora que tenemos hoy en día; por ello demos como un hecho de que existe y con su propio derecho. […] Desde el punto de vista de los comunistas libertarios, la espontaneidad implica una capacidad en el individuo para imponer la autodisciplina y para formular idóneas trayectorias en la acción social. […] Si hay una necesidad imperativa para la conciencia comunista en el movimiento revolucionario, hoy, nosotros no podemos esperanzar jamás en lograrlo sin la espontaneidad».2

Para Bookchin, uno de los exponentes más sinceros de la espontaneidad revolucionaria fue el Mayo del 1968 parisino: «la revuelta fue espontánea. Nadie la había convocado; nadie la había organizado; nadie logró controlarla».3 Todo ello coincidente con lo manifestado por el propio Cohn Bendit: «La fuerza de nuestro movimiento radica justamente en que se apoya en una espontaneidad incontrolable, que impulsa sin pretender canalizar ni utilizar en beneficio propio la acción que ha desencadenado…».4

Proudhon parece haber inspirado estas declaraciones cuando le leemos enLa Capacidad Política de la Clase Obrera –y de ahí que digamos, al comienzo, que a pesar de los años, Proudhon todavía reivindica la espontaneidad en sus obras póstumas–:

«Lo que importa destacar en los movimientos populares es su perfecta espontaneidad. ¿Obedece el pueblo a una excitación o sugestión exterior, o bien a una inspiración, intuición o concepción natural? Por grande que sea el cuidado con que se precise este aspecto en el estudio de las revoluciones, no lo será nunca bastante. A no dudarlo, las ideas que en todas las épocas han agitado las masas surgieron antes en el cerebro de algún pensador. En materia de ideas, de opiniones, de creencias y de errores, la prioridad no ha pertenecido nunca ni es posible que pertenezca hoy, a las muchedumbres. La prioridad, en todo acto de espíritu, pertenece al individuo: nos lo indica la relación de los términos. Mas, ni todo pensamiento que surge en el individuo se apodera después de los pueblos ni las ideas que los arrastran son todas justas y útiles. Afirmamos, precisamente, que lo más importante, sobre todo para el historiador filósofo, es observar cómo el pueblo se apega a ciertas ideas con preferencia a otras, las generaliza, las desarrolla a su modo y las convierte en instituciones y costumbres que sigue tradicionalmente, mientras no caigan en manos de legisladores y magistrados que harán de ellas a su vez artículos de ley y reglas para tribunales».5

Pierre-Joseph_ProudhonPero, paralelamente, ¿acaso no nos conduce Proudhon a pensar que lo que el pueblo estima como espontáneo resulta ser, en definitiva, la germinación de una semilla introducida previamente por algún pensador?

Estamos lejos de sus escritos juveniles, cuando afirmaba, intrínseca y definitivamente que «una revolución no es legítima si no es espontánea».

Abrazar la espontaneidad es confesar confianza plena en el pueblo.

Tener el convencimiento de que la base sabrá responder y sabrá reaccionar ante los hechos de manera muy próxima a los ideales manumisores libertarios:

«Cuando suceda alguna rebelión espontánea –dice Malatesta–, como varias veces ha acontecido, corramos a mezclarnos y busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los peligros y luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen las ideas, se presentan las ocasiones…».6 Es la actitud que asume García Oliver: «Nosotros propugnamos el hecho revolucionario, despreocupándonos de si estamos o no preparados para hacer la revolución e implantar el comunismo revolucionario, por cuanto entendemos que el problema revolucionario no es de preparación…».7

En Proudhon se verifica una confianza palmaria en favor del pueblo. Es el único asidero sano que vislumbra en medio de una sociedad corrompida. Con el pueblo, todo; sin el pueblo nada. «Todas las revoluciones, desde la consagración del primer rey hasta la declaración de los derechos del hombre, se han realizado por la espontaneidad del pueblo; si algunas veces los gobernantes han seguido la iniciativa popular, lo han hecho forzados y obligados. Casi siempre han impedido, comprimido, atacado; jamás, por su propio impulso, han revolucionado nada. Su misión no está en procurar el progreso, sino en contenerlo. Incluso, lo que repugna, cuando tuviesen la ciencia revolucionaria, la ciencia social, no podrían aplicarla, no tendrían derecho a ello. Sería preciso que previamente hiciesen pasar la ciencia al pueblo, que obtuviesen el consentimiento de los ciudadanos: lo que es desconocer la naturaleza de la autoridad y del poder».8

«Una revolución es una explosión de la fuerza orgánica, una evolución de la sociedad de dentro a afuera; no es legítima más que en tanto que es espontánea, pacifica y tradicional. Hay tiranía lo mismo en reprimirla que en violentarla».9

Para Proudhon, que sitúa el trabajo como la actividad excelsa del hombre, aquel logra la organización espontánea de las asociaciones, del mutualismo, de la organización societaria. «Viene después la formación, espontánea y popular –escribe el 13 de diciembre de 1849 en el artículo dedicado a Pierre Leroux–, de los grupos, talleres o asociaciones de trabajadores» por lo que siempre será un reincidente en favor de la espontaneidad en sus zigzagueos antinómicos tan desconcertantes.

Ansart, excelente exégeta del pensamiento proudhoniano, pone en relevancia la afirmación de quien no podrá ser tachado de proudhoniano ni de izquierdista, Raymond Aron, quien en su La Revolution Introuvable afirma que los hechos de Mayo de 1968, en París, hicieron revivir el espíritu proudhoniano, y añade Ansart por su lado: «Como Proudhon, que impugnaba las jerarquías y las autoridades en cualquier parte se hallaran, los estudiantes denunciaron la estructura esencialmente vertical y autoritaria de las relaciones sociales, la ausencia de iniciativa y de diálogo a todos los niveles. La dicotomía proudhoniana del poder exterior y de la autonomía de los grupos de lo alto o cima de la base, con su valoración de las iniciativas espontáneas, constituyó un eje esencial de la ideología del movimiento estudiantil».10

En este aspecto el mayo parisino logró unificar todos los pareceres, como hemos podido ver, corriendo, el espaldarazo definitivo, a cargo del mismo Cohn Bendit: «La espontaneidad de la clase obrera no significa otra cosa que la capacidad de desencadenar por sí misma un movimiento y de desarrollar formas propias de lucha al margen e incluso contra las grandes y pequeñas vanguardias que se declaran rectores y los cuadros del movimiento obrero».11

Se trata, en definitiva, de orillar la teoría y abrazar la praxis, lo que sitúa en equilibrio inestable el hecho revolucionario en sí, ya que una finalidad es requerida si se desea impartir una dirección a la revolución. En estas polémicas estratégicas siempre se peca por exceso más que por defecto. Al igual que el caricaturista que exagera el defecto de su modelo, la defensa de ciertas estrategias se dosifica exageradamente también, en detrimento de la objetividad. Gino Cerrito, siempre discrepante en el seno del movimiento anarquista italiano, rebate a Cohn Bendit en respuesta a Domenico Demmay llama la atención sobre el excesivo entusiasmo al espontaneísmo: «No he soñado nunca en querer negar el valor de las revueltas espontáneas e improvisadas. Sostengo, tan solo, que toca a la minoría libertaria evitar lo más posible que estas improvisaciones se prolonguen en el tiempo hasta paralizar las fuerzas espontáneas, induciéndoles a aceptar conceptos y diseños menos espontáneos e improvisados del autoritarismo12 añadiendo que Cohn Bendit y las minorías del Movimiento 22 de marzo, si bien supieron provocar el advenimiento revolucionario también fueron incapaces de lograr el desarrollo y la eclosión del mismo, por lo que la revolución «regresó» a su puntos de partida.

imageProudhon, que muchas veces enfoca su pensamiento, y valga la redundancia, dentro de los rieles de la filosofía, otorga a la espontaneidad más condición biológica que estratégica. Llega hasta a negársela al individuo. Bajo el punto de vista moral e intelectual, la sociedad, o el hombre colectivo, se distingue del individuo principalmente por la espontaneidad de acción o, con otras palabras, por el instinto.

Mientras que el individuo no obedece, o se figura no obedecer, más que a motivos que conoce plenamente y que es dueño de aceptar o rechazar; mientras que, en una palabra, se cree libre, y tanto más libre, cuanto más razonador y más instruido se siente,

La sociedad tiene movimientos involuntarios, donde, a la primera ojeada, no vemos nada que indique deliberación ni proyectos previos, y poco a poco, sin embargo, nos parece ver la acción de un consejo superior que existe fuera de la sociedad y la empuja con irresistible fuerza hacia un término desconocido…

«Esta facultad misteriosa, toda intuitiva, y por decirlo así supersocial que, aunque poco o nada palpable en las personas, se cierne sobre la humanidad como un genio inspirador, es el hecho primordial de toda psicología»13

Lo social contra lo individual, el pueblo contra la unidad simple, el ciudadano solitario que llega a comprender, para Proudhon, al propio Estado en opuesta confrontación con la colectividad. Ansart desea explicarlo con otras palabras: «En resumen, el antagonismo entre lo espontáneo y lo mecánico, lo móvil y lo estático se repite en la confrontación entre la vida social y el Estado. La sociedad no es una realidad acabada, se halla en continuo movimiento espontáneo, a impulsos de la pluralidad de intercambios y acciones; en los períodos revolucionarios sucede particularmente que las fuerzas divididas, aun no ligadas por una teoría común en todas, tienden a constituirse, a organizarse en una táctica conjunta. Vemos que la sociedad se va haciendo, creando a sí misma constantemente, ya en la realización casi lúcida de un programa, ya en su obrar a la deriva, caso más habitual por otra parte. A esta espontaneidad creadora, lenta o rápida, consciente o inconsciente, el Estado opone en todo momento sus formas acabadas, sus planes decretados, su sistema fijo. La sociedad viva y el poder político unitario representando dos polos opuestos: lo espontáneo y lo ordenado, lo cambiante y lo petrificado, la creación y la repetición».14

Más adelante añadirá: «La teoría federalista se mantiene fiel a la idea proudhoniana de que el ser colectivo es netamente espontáneo, contrariamente a lo que afirman las teorías estatistas o religiosas».15

La obra de Ansart termina careando a Proudhon con Marx. Éste, anunciando partidos únicos, centralización administrativa, el ensalzamiento del partido obrero como ductor de la revolución, «Proudhon, en cambio, al dar importancia capital a la espontaneidad obrera y a la gestión autónoma, anunció la creación de consejos obreros, el sindicalismo revolucionario y los actuales intentos de autogestión».16

Algunos autores, hilando muy fino, tratan de hallar en Proudhon, sobre todo en el Proudhon maduro, el rechazo a la espontaneidad que abrazara en la mayoría de sus escritos. Dado que La Capacidad Política de la Clase Obrera es un libro póstumo, y en él, como Ansart ha sabido analizarlo, la espontaneidad sale airosa, y habida cuenta de las predilecciones manifestadas siempre por Proudhon para las antinomías y el enfrentamiento de los contrarios, nos entusiasma más cuando dice en sus Carnets que «Siempre habrán revoluciones porque siempre el Pueblo obrará como un Dios, por espontaneidad pura» que cuando, en contadas oportunidades, se deja ir por el escepticismo hacia las masas. Guerin, que cita los Carnets de Proudhon,17 en 1978, señalaba, trece años antes que «Proudhon exaltó idílicamente la espontaneidad popular, pero luego la experiencia lo llevó a reconocer hasta qué punto son inertes las masas; a deplorar los prejuicios que las atan a un gobierno, el instinto de respeto hacia la autoridad y el complejo de inferioridad que traban su impulso»18 extendiéndose, acto seguido, con lo que ya hemos citado anteriormente de Proudhon19 de La Capacidad Política de la Clase Obrera que permitiera a Pierre Ansart alcanzar conclusiones totalmente opuestas a las de Guerin.

También Peter Heintz encuentra motivos para afirmar que Proudhon reniega de la espontaneidad. Se vale, por ejemplo, de lo que escribe Proudhon en Las Contradicciones Económicas,20 para decir que «según su concepción, por una parte no basta la capacidad de la sociedad, en el sentido de la acción espontánea, para construir un orden social nuevo y, por otra parte, esta capacidad hoy prácticamente se ha agotado, de tal manera que de ella no se puede esperar aporte alguno a la revolución social del presente».21

En 1861, cuatro años antes de su muerte, Proudhon le escribía al doctor Clavel: «No es más el tiempo en que las sociedades se movían por una suerte de intuición y de espontaneidad, cuando la razón de las masas podía, en consecuencia, decirse soberana y era seguro el fracaso para quien se apartara de ella. Se ha agotado la espontaneidad de las masas; el movimiento del siglo ha traído, en política como en todo lo demás, el reinado de los principios, que es el de la reflexión, fuera del cual no hay, hacia adelante, sino retroceso y decadencia».22

Fue en el mismo año que escribió su Teoría del Impuesto como aportación suya al concurso abierto por el cantón de Vaud sobre la cuestión del impuesto. Allí reincidía nuestro pensador en lo que podríamos considerar una debilidad extemporánea, escribiendo: «La espontaneidad de las masas, de más en más salpicada de razonamiento, se ha pervertido; va al precipicio; sabe hacer evoluciones pero no realiza revoluciones».23 El exilio al que le condenara el bonapartismo y que no le fuera levantado hasta el 2 de junio de 1861, tuvo que haber influenciado con fuertes matices pesimistas a Proudhon.

Es cierto que en numerosas oportunidades Proudhon no otorga a la espontaneidad condición de panacea suprema. Ya hemos visto cómo se manifiesta en las citas aportadas en este trabajo. La espontaneidad, por sí sola, no basta para hacer una revolución. Esta, para salir airosa, debe ser finalista, es decir, tener un punto de mira que debe ir imponiéndose a medida que van despareciendo los puntales del régimen que se derroca. La espontaneidad parisina de Mayo de 1968 adoleció de esta condición y el Estado, arrinconado pero no vencido, logró resarcirse gracias a los enemigos acérrimos de la espontaneidad: los partidos marxistas y los sindicatos antirrevolucionarios.

Proudhon, con la espontaneidad revolucionaria, pareciera que sirve por igual a los que en el seno del movimiento anarquista organizado andan discrepantes en favor o en contra de la espontaneidad. En el seno del anarcosindicalismo, el español en particular, los enfrentamientos fueron obstinados en determinado momento. Peirats lo pone en evidencia y señala que terminó imponiéndose el punto de vista de los catalanes, los cuales, «no sintiendo tanto el agobio económico (como los andaluces), eran organicistas por excelencia. Repudiaban el espontaneísmo y lo fiaban todo a la acción colectiva organizada. En los congresos celebrados en aquella época este problema produjo agudas disonancias y polémicas apasionadas».24

NOTAS

1. José Peirats, Diccionario del Anarquismo, pág. 50-51, Ed. Dopesa, Barcelona.

2. Murray Bookchin, Spontaneity & Organisaion, pág. 9, Mutualist Books, Rochester s/d.

3. Murray Bookchin, Post Scarcety Anarchism, pág. 250, Remparts, Berkeley, 1971.

4. Cohn Bendit, Entrevista con Jean Paul Sartre, durante las jornadas de Mayo en Paris (Cita de F. Miró, El Anarquismo, pág. 150 y 151, Edimex, México 1969.

5. P.J. Proudhon, La capacidad política de la clase obrera, pág. 57, Proyección, Buenos Aires, 1974.

6. Errico Malatesta, En Tiempo de Elecciones, pág. 182, Integra el volumenHacia una nueva humanidad, Ed. Proa, Porto Alegre (Brasil), 1969.

7. Juan García Oliver, Contenido en El Anarquismo, de Proudhon a Cohn Bendit, de Heleno Saña, pág. 212, Ed. Índice, Madrid s/d.

8. Proudhon, Las Confesiones…, op. cit. pág. 34.

9. Proudhon, id. id. pág. 64.

10. Pierre Ansart, Articulo «Actualidad de Proudhon», Revista Reconstruir, pág. 11 y 12, Buenos Aires, marzo/abril 1971.

11. Daniel y Gabriel Cohn Bendit, Igualmente citado por Heleno Saña en El Anarquismo, de Proudhon, a…, pág. 234.

12. Gino Cerrito. «Sponlaneismo e anarchismo», Umanitá Nova, Roma 31 Mayo 1969.

13. Proudhon, «Sistema de las contradicciones…», op. cit., pág. 24.

14. Ansart, Sociología de Proudhon, op. cit., pág. 134.

15. id. id. pág. 155.

16. id. id. pág. 242.

17. Daniel Guerin, Proudhon, oui & non, pág. 47, Gallimard, París, 1978.

18. Daniel Guerin, El Anarquismo, pág. 42, Proyección, Buenos Aires, 1968. La primera edición, en francés, de Gallimard, aparece en 1965.

19. Véase texto amparado por nota 5.

20. Véase texto amparado por nota 13.

21. Peter Heintz, Problemática de la Autoridad en Proudhon, pág. 67, Proyección, Buenos Aires, 1963.

22. 26 de Octubre de 1861, Correspondence tomo XI, pág. 255.

23. Acotado por Heintz, op. cit., pág. 68.

24. Josep Peirats, Diccionario del Anarquismo, op. cit. pág. 62.

Publicado en Polémica, n.º 19, octubre 1985

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