Susana Merino

¿Por qué la filosofía no baja unos peldaños y ayuda a subir otros tantos a la sociedad sobre la que supuestamente fundamenta sus reflexiones y a la que deberían llegar para que su siembra fuera fructífera?

Nuestro mundo, nuestra sociedad están manejados cada vez más por intereses económicos que no se corresponden con los verdaderos intereses de la comunidad humana y que contrariamente a lo que debería ser han logrado subordinar la política a sus objetivos de codicia y de concentración de la riqueza.

No han faltado ni seguramente faltarán mentes lúcidas capaces de analizar nuestro devenir histórico y de generar corrientes de pensamiento orientadas a enderezar caminos y a allanar montañas con el objeto de poder construir “otro mundo posible” hoy, aquí y ahora. Desde los tiempos de Sócrates innumerables filósofos han contribuido y siguen contribuyendo con sus reflexiones a interpretar, comprender y generar propuestas para mejorar la convivencia humana en el planeta.

Sin embargo la mayor parte de esas reflexiones permanecen ocultas o desconocidas para sus destinatarios. Gran parte del pensamiento filosófico, por no decir todo, permanece circunscrito a círculos intelectuales, primorosamente almacenado en bibliotecas públicas o privadas, alejadas del acceso cotidiano o por lo menos frecuente de aquella pléyade de publicaciones que sí se hallan al alcance de la ciudadanía y cuyos contenidos están muy lejos de ofrecerle alguna orientación o alguna solución a sus problemas, ni siquiera a los más urgentes.

A finales del siglo IV, el papa Dámaso I encargó a Jerónimo de Estridón escribir en latín corriente una versión de la Biblia que reemplazara las versiones solo disponibles, hasta ese momento, en el más complejo latín clásico de Cicerón ya que de ese modo sería no solo más comprensible para una mayor cantidad de lectores sino también más fácil de difundir. Esa traducción fue conocida como La Vulgata, nombre que ya refleja, de por sí, el afán de divulgación de sus contenidos.

Esta idea de vulgarizar los contenidos bíblicos me ha llevado a pensar en la necesidad de hacer mucho más accesible la producción filosófica precisamente destinada a comprender tanto los procesos históricos que han ido jalonando la vida humana como las conflictivas y cada vez más graves situaciones que enfrenta actualmente nuestro mundo.

Un mundo en el que como dice Edgar Morin “civilización y barbarie vienen asociadas” y que parece propulsado por cuatro motores “ciencias, técnica, economía y ganancia” que han provocado una verdadera “mundialización tecno-económica” pero han sofocado al mismo tiempo una “mundialización ciudadana y humanista”

Dicho de otro modo es evidente que mientras esos cuatro motores siguen desarrollando e incrementando su potencia sin reparar en los estragos que van produciendo a su alrededor, hay otro sector del pensamiento y de la creatividad humana y más específicamente el de la filosofía que si bien no ha sido totalmente acallado se ve recluido en ámbitos más inaccesibles casi exclusivamente universitarios, prácticamente desterrado de la vida cotidiana.

La economía, dice Pierre Bourdieu, pilar del discurso neoliberal, “está enraizada en un sistema de creencias y valores y una visión moral del mundo” expresamente inducido, a mi entender, por el propósito de establecer su indiscutible predominio. De modo que agrega Bourdieu “todo el pensamiento crítico está por construirse”.

El mismo Bourdieu señala que “los investigadores, los artistas y los pensadores desempeñan sin duda un papel primordial en un momento en que las fuerzas dominantes invocan sin cesar la autoridad de la ciencia, sobre todo económica” De modo que como no se trata de una fatalidad sino de una política consciente y deliberada son ellos los más indicados para desenmascarar esta falacia ideológica que es la liberalización del mercado y a cuyas imposiciones deben someterse las “fuerzas económicas y sociales”.

Aunque Maritain se refería específicamente a los jóvenes, cuando decía que la indiferencia religiosa existente se debía a “una transferencia del sentimiento religioso a otros objetos”, qué duda cabe de que hoy en día es toda la sociedad la que se halla encandilada por los siempre renovados ídolos que a través de todos los medios, gráficos, televisivos, informáticos, radiales ofrece con reiterada insistencia ese mercado.

Creo, en consecuencia, que urge recurrir a todos los instrumentos a nuestro alcance para en principio tratar de desacelerar estos procesos de creciente mercantilización e introducir en la sociedad posibilidades que la ayuden a despertar de la hipnosis consumista y a orientar sus intereses y sus expectativas hacia el campo de la reflexión y de una puesta en valor de las relaciones humanas.

Esta tarea ha sido casi totalmente abandonada en todos los niveles y en principio debería ser competencia de los partidos políticos que son los que generalmente abrevan en fuentes filosóficas y las incorporan a sus respectivas ideologías. Sin embargo solo se acuerdan de difundirlas en períodos electorales y por lo general a través de eslóganes de fácil penetración y de mucho más rápido olvido. Encarar una docencia de carácter permanente debería ser una de las actividades básicas de quienes se sienten convocados a representar a sus conciudadanos. Pero dado que no es así y que revertir esta situación en el corto plazo sería indudablemente difícil será mejor agudizar el ingenio para encontrar otras vías de concienciación cívica en aquellos sectores de la población más abandonados y captados en cambio por el sistemático sometimiento mercantil con que los acosan los medios.

En consecuencia creo que quienes podrían o deberían asumir ese compromiso son las organizaciones sociales y quienes las integramos, con objeto de convertirnos en cadenas de transmisión del pensamiento crítico, a través de una moderna Vulgata que pudiera llegar hasta los sectores más vulnerables y menos esclarecidos de la sociedad y relacionar profundamente los extremos del espectro sociedad-filosofía, filósofos-pueblo actualmente tan infructuosamente desvinculados.

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