KropotkinEl bienestar para todos no es un sueño. Es posible, realizable, después de lo que han hecho nuestros antepasados para hacer fecunda nuestra fuerza de trabajo.

Sabemos que los productores, que apenas forman el tercio de los habitantes en los países  civilizados, producen ya lo suficiente para que exista cierto bienestar en el hogar de cada  familia.

Sabemos, además, que si todos cuantos derrochan hoy los frutos del trabajo ajeno se viesen obligados a ocupar sus ocios en trabajos útiles, nuestra riqueza crecería en proporción múltiple del número de brazos productores.

Y en fin, sabemos que, en contra de la teoría del pontífice de la ciencia burguesa (Malthus), el hombre acrecienta su fuerza productiva con mucha más rapidez de lo que él mismo se multiplica. Cuanto mayor número de hombres hay en un territorio, tanto más rápido es el progreso de sus fuerzas productoras. 

Hoy, a medida que se desarrolla la capacidad de producir, aumenta en una proporción sorprendente el número de vagos e intermediarios. Al revés de lo que se decía en otros tiempos  entre socialistas, de que el capital llegaría a reconcentrarse bien pronto en tan pequeño número de manos, que sólo sería menester expropiar a algunos millonarios para entrar en posesión de las riquezas comunes, cada vez es más considerable el número de los que viven a costa del trabajo ajeno.

En Francia no hay diez productores directos por cada treinta habitantes. Toda la riqueza agrícola del país es obra de menos de siete millones de hombres, y en las dos grandes industrias de las minas y de los tejidos cuéntanse menos de dos millones quinientos mil obreros. ¿Cuál es la cifra de los explotadores del trabajo? En Inglaterra (sin Escocia e Irlanda), un millón treinta mil obreros, hombres, mujeres y niños, fabrican todos los tejidos; un poco más de medio millón explotan las minas, menos de medio millón labran la tierra, y los estadísticos tienen que exagerar las cifras para obtener un máximum de ocho millones de productores para veintiséis millones de habitantes. En realidad, son de seis a siete millones de trabajadores quienes crean las riquezas enviadas a las cuatro partes del mundo.

¿Y cuantos son los rentistas o los intermediarios que añaden a sus rentas las que se adjudican haciendo pagar al consumidor de cinco a veinte veces más de lo que han pagado al productor? Los que detentan el capital reducen constantemente la producción, impidiendo producir. No hablemos de esos toneles de ostras arrojados al mar para impedir que la ostra llegue a ser un alimento de la plebe y deje de ser una golosina propia de la gente acomodada; no hablemos de los mil y mil objetos de lujo tratados de igual manera que las ostras.

Recordemos tan sólo cómo se limita la producción de las cosas necesarias a todo el mundo. Ejércitos de mineros no desean más que extraer todos los días carbón y enviarlo a quienes tiritan de frío. Pero con frecuencia la tercera parte o dos tercios de eso ejércitos vense impedidos de trabajar más de tres días por semana, para que se mantengan altos los precios. Millares de tejedores no pueden manejar los telares, al paso que sus mujeres y sus hijos no tienen sino harapos para cubrirse y las tres cuartas partes de los europeos no cuentan con vestido que merezca tal nombre. 

Centenares de altos hornos, miles de manufacturas permanecen regularmente inactivos; otros no trabajan más que la mitad del tiempo, y en cada nación civilizada hay siempre una población de unos dos millones de individuos que piden trabajo y no lo encuentran.

Millones de hombres serían felices con transformar los espacios incultos o mal cultivados en campos cubiertos de ricas mieses. Pero esos valientes obreros tienen que seguir parados porque los poseedores de la tierra, de la mina, de la fábrica, prefieren dedicar los capitales a préstamos a los turcos o egipcios, o en acciones de oro de la Patagonia, que trabajen para ellos los fellahs egipcios, los italianos emigrados del país de su nacimiento o los coolies chinos.

Esta es la limitación consciente y directa de la producción. Pero hay también una limitación indirecta e inconsciente, que consiste en gastar el trabajo humano en objetos inútiles en absoluto, o destinados tan sólo a satisfacer la necia vanidad de los ricos.

Baste citar los miles de millones gastados por Europa en armamento, sin más fin que conquistar mercados para imponer la ley económica a los vecinos y facilitar la explotación en el interior; los millones pagados cada año a los funcionarios de todo fuste, cuya misión es mantener el derecho de las minorías a gobernar la vida económica de la nación; los millones gastados en jueces, cárceles, policías y todo ese embrollo que llaman justicia; en fin, los millones empleados en propagar por medio de la prensa ideas nocivas y noticias falsas, en provecho de los partidos, de los personajes políticos y de las compañías de explotadores. 

Aún se gasta más trabajo inútilmente aquí para mantener la cuadra, la perrera y la servidumbre doméstica del rico; allí para responder a los caprichos de las rameras de alto copete y al depravado lujo de los viciosos elegantes; en otra parte, para forzar al consumidor a que compre lo que no le hace falta o imponerle con reclamos un articulo de mala calidad; más allá para producir sustancias alimenticias nocivas en absoluto para el consumidor, pero provechosas para el fabricante y el expendedor. Lo que se malgasta de esta manera bastaría para duplicar la producción útil, o para crear manufacturas y fábricas que bien pronto inundaría los almacenes con todas las provisiones de que carecen dos tercios de la nación.

De aquí resulta que de los mismos que en cada nación se dedican a los trabajos productivos, la cuarta parte por lo menos se ven obligados con regularidad a un paro de tres o cuatro meses por año, y otra cuarta parte, si no la mitad, no puede producir con su labor otros resultados que divertir a los ricos o explotar al público.

Así, pues, por un lado si se considera la rapidez con que las naciones civilizadas aumentan su fuerza de producción, y por otro los límites puestos a ésta, debe deducirse que una
organización económica medianamente razonable permitiría a las naciones civilizabas amontonar en pocos años tantos productos útiles, que se verían en el caso de exclamar:
“¡Basta de carbón, basta de trigo, basta de telas! ¡Descansemos, recojámonos para utilizar mejor nuestras fuerzas, para emplear mejor nuestros ocios!”

No; el bienestar para todos no es un sueño. Podía serlo cuan a duras penas lograba el hombre recoger ocho o diez hectolitros trigo por hectárea, o construir por su propia mano los instrumentos mecánicos necesarios para la agricultura y la industria. Ya no es un ensueño desde que el hombre inventara el motor que, con un poco de hierro y algunos kilos de carbón, le da la fuerza de un caballo dócil, manejable, capaz de poner en movimiento la máquina más complicada.

Mas para que el bienestar llegue a ser una realidad, es preciso que el inmenso capital deje de ser considerado como una propiedad privada, del que el acaparador disponga a su antojo. Es menester que el rico instrumento de la producción sea propiedad común, a fin de que el espíritu colectivo saque de él los mayores beneficios para todos. Se impone la expropiación. El bienestar de todos como fin; la expropiación como medio.

La expropiación: tal es el problema planteado pos la historia ante nosotros los hombres de fines del siglo XIX. Devolución a la comunidad de todo lo que sirva para conseguir el bienestar. 

Pero este problema no puede resolverse por la vía legislativa. El pobre y el rico comprenden que ni los gobiernos actuales ni los que pudieran surgir de una revolución política serían capaces de resolverlo. Siéntese la necesidad de una revolución social, y ni a ricos ni a pobres se les oculta que esa revolución está próxima.

Durante el curso de este último medio siglo se ha comprobado la evolución en los espíritus; pero comprimida por la minoría, es decir, por las clases poseedoras, y no habiendo podido tomar cuerpo, es necesario que aparte por medio de la fuerza los obstáculos y que se realice con violencia por medio de la revolución. 

¿De dónde vendrá la revolución? ¿Cómo se anunciará? Es una incógnita. Pero los que observan y meditan no se equivocan: trabajadores y explotadores, revolucionarios y conservadores, pensadores y hombres prácticos, todos confiesan que está llamando a nuestras puertas.

Todos hemos estudiado mucho el lado dramático de las revoluciones, y poco su obra verdaderamente revolucionaria, o muchos de entre nosotros no ven en esos grandes movimientos mas que el aparato escénico, la lucha de los primeros días, las barricadas. Pero esa lucha, esa escaramuza primera, terminan muy pronto; sólo después de la derrota de los antiguos gobiernos comienza la obra real de la revolución.

Incapaces e impotentes, atacados por todas partes, pronto se los lleva el soplo de la insurrección. En pocos días dejó de existir la monarquía burguesa de 1848, y cuando un coche de alquiler llevaba a Luis Felipe de Francia, a París ya no le importaba un pito el ex rey. El gobierno de Thiers desapareció en pocas horas, el 18 de marzo de 1871, dejando a París dueño de sus destinos. Y sin embargo, 1848 y 1871 no fueron más que insurrecciones. Ante una revolución popular, los gobernantes se eclipsan con sorprendente rapidez. Recordemos la Comuna.

Desaparecido el gobierno, el ejército ya no obedece a sus jefes, vacilante por la oleada del levantamiento popular. Cruzándose de brazos, la tropa deja hacer, o con la culata en alto se une a los insurrectos. La policía, con los brazos caídos, no sabe si debe pegar o si gritar “¡Vive la Commune!” Y los agentes de orden público se meten en sus casas “a esperar el nuevo gobierno”. Los orondos burgueses lían la maleta y se ponen a buen recaudo. Sólo queda el pueblo.

He aquí cómo se anuncia una revolución: Proclámese la Comuna en varias grandes ciudades. Miles de hombres están en las calles, y acuden por la noche a los clubs improvisados, preguntándose: “¿Qué vamos a hacer?”, y discutiendo con ardor los negocios públicos. Todo el mundo se interesa en ellos; los indiferentes de la víspera son quizá los más celosos. Por todas partes mucha buena voluntad, un vivo deseo de asegurar la victoria. Prodúcense las grandes abnegaciones. El pueblo desea sólo marchar adelante.

De seguro que habrá venganzas satisfechas. Pero eso será un accidente de la lucha y no la revolución. Los socialistas gubernamentales, los radicales, los genios desconocidos del periodismo, los oradores efectistas, corren al ayuntamiento, a los ministerios, para tomar posesión de las poltronas abandonadas. Admíranse ante los espejos ministeriales y estudian el dar órdenes con una gravedad a la altura de su nueva posición.

¡Les hace falta un fajín rojo, un kepis galoneado y un ademán magistral para imponerse al ex compañero de redacción o de taller! Los otros se meten entre papelotes con la mejor voluntad de comprender alguna cosa. Redactan leyes, lanzan decretos de frases sonoras, que nadie se cuidará de ejecutar. Para darse aires de una autoridad que no tienen, buscan la canción de las antiguas formas de gobierno.

Elegidos o aclamados, se reúnen en parlamentos o en consejos de la Comuna. Allí se encuentran hombres pertenecientes a diez, a veinte escuelas diferentes que no son capillas particulares, como suele decirse, sino que corresponden a maneras diversas de concebir la extensión, el alcance y los deberes de la revolución. Posibilistas, colectivistas, radicales, jacobinos, blanquistas, forzosamente reunidos, pierden el tiempo en discutir. Las personas honradas se confunden con los ambiciosos, que sólo piensan en dominar y en despreciar a la multitud de la cual han surgido.

Llegando todos con ideas diametralmente opuestas, se ven obligados a formar alianzas ficticias para constituir mayorías que no duran ni un día; disputan, se tratan unos a otros de reaccionarios, de autoritarios, de bribones; son incapaces de entenderse acerca de ninguna medida seria, y propenden a perder el tiempo en discutir necedades; no consiguen hacer más que dar a luz proclamas altisonantes, todo se toma por lo serio, mientras que la verdadera fuerza del movimiento está en la calle. 

Durante ese tiempo, el pueblo sufre. Páranse las fábricas, los talleres están cerrados, el comercio se estanca. El trabajador ya no cobra ni aun el mezquino salario de antes. El precio de los alimentos sube. 

Con esa abnegación heroica que siempre ha caracterizado al pueblo, y que llega a lo sublime en las grandes épocas, tiene paciencia. El es quien exclamaba en 1848: “Ponemos tres meses de miseria al servicio de la República”, mientras que los diputados y los miembros del nuevo gobierno, hasta el último policía, cobraban con regularidad sus pagas. El pueblo sufre. Con su ingenua confianza, con la candidez de la masa que cree en los que la conducen, espera que se ocupen de él allá arriba, en la Cámara, en el Ayuntamiento, en el comité de Salud pública. Pero allá arriba se piensa en toda clase de cosas, excepto en los sufrimientos de la muchedumbre.

Cuando el hambre roe a Francia en 1793 y compromete la revolución; cuando el pueblo se ve reducido a la última miseria, al paso que los Campos Elíseos se ven llenos de magníficos carruajes, donde exhiben las mujeres sus lujosas galas, ¡Robespierre insiste en los Jacobinos en hacer discutir su memoria acerca de la constitución inglesa! Cuando el trabajador sufre en 1848 con la paralización general de la industria, el gobierno provisional y la Cámara discuten acerca de las pensiones militares y el trabajo durante esta época de crisis. Y si algún cargo debe hacerse a la Comuna de París, nacida bajo los cánones de los prusianos, y que sólo duró setenta días, es el no haber comprendido que la revolución comunera no podía triunfar sin combatientes bien alimentados y que con seis reales diarios no se podía a la vez batirse en las murallas y mantener a su familia.

El pueblo sufre y pregunta: “¿Qué hacer para salir del atolladero?” 

Reconocer y proclamar que cada cual tiene ante todo el derecho de vivir, y que la sociedad debe repartir entre todo el mundo, sin excepción, los medios de existencia de que dispone.

Obrar de suerte que, desde el primer día de la revolución, sepa el trabajador que una nueva era se abre ante él; que en lo sucesivo nadie se verá obligado a dormir debajo de los puentes, junto a los palacios, a permanecer ayuno mientras haya alimentos, a tiritar de frío cerca de los comercios de pieles. Sea todo de todos, tanto en realidad como en principio, y prodúzcase al fin en la historia una revolución que piense en las necesidades del pueblo antes de leerle la cartilla de sus deberes.

Esto no podrá realizarse por decretos, sino tan sólo por la toma de posesión inmediata, efectiva, de todo lo necesario para la vida de todos; tal es la única manera en verdad científica de proceder, la única que comprende y desea la masa del pueblo.

Tomar posesión, en nombre del pueblo sublevado, de los graneros de trigo, de los almacenen atestados de ropa y de las casas habitables. No derrochar nada, organizarse en seguida para llenar los vacíos, hacer frente a todas las necesidades, satisfacerlas todas; producir, no ya para dar beneficios, sea a quien fuere, sino para hacer que viva y se desarrolle la sociedad.

Basta de esas fórmulas ambiguas, como el “derecho al trabajo”, tengamos el valor de reconocer que el bienestar debe realizarse a toda costa. Cuando los trabajadores reclamaban en 1848 el “derecho al trabajo”, organizábanse talleres nacionales o municipales y se enviaba a los hombres a fatigarse en esos talleres por dos pesetas diarias. Cuando pedían la organización del trabajo, respondíanles: “Paciencia, amigos; el gobierno va a ocuparse de eso, y ahí tenéis hoy dos pesetas.

¡Descansad, rudos trabajadores, que harto os habéis afanado toda la vida!”

Y entretanto, apuntábanse los cánones, convocábanse hasta las últimas reservas del ejército, desorganizábase a los propios trabajadores por mil medios que se conocen al dedillo los burgueses. Y cuando menos lo pensaban, dijéronles: “¡O vais a colonizar el África, u os ametrallamos!”

¡Muy diferente será el resultado si los trabajadores reivindican el derecho del bienestar!

Por eso mismo proclaman su derecho a apoderarse de toda la riqueza social; a tomar las casas e instalarse en ellas con arreglo a las necesidades de cada familia; a tomar los víveres acumulados y consumirlos de suerte que conozcan la hartura tanto como conocen el hambre. Proclaman su derecho a todas las riquezas, y es menester que conozcan lo que son los grandes goces del arte y de la ciencia, harto tiempo acaparados por los burgueses. Y cuando afirman su derecho al bienestar, declaran su derecho a decidir ellos mismos lo que ha de ser su bienestar, lo que es preciso para asegurarlo y lo que en lo sucesivo debe abandonarse como desprovisto de valor.

El derecho al bienestar es la posibilidad de vivir como seres humanos y de criar los hijos para hacerles miembros iguales de una sociedad superior a la nuestra, al paso que el derecho al trabajo es el derecho a continuar siempre siendo un esclavo asalariado, un hombre de labor, gobernado y explotado por los burgueses del mañana. El derecho al bienestar es la revolución social; el derecho al trabajo es, a lo sumo, un presidio industrial.

Extraido de “La conquista del pan” de Piotr Kropotkin 

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