Parte 1: Presentación

Solía decir: “Hoy, la armadura ha perdido su brillo y nadie sabe qué es la lanza ni la espada ni el escudo, pero en las noches insomnes de un guerrero inconsciente, relumbra el bolígrafo sobre un pupitre como antaño lo pudo hacer el filo de una espada. Y un diccionario, gordo y desgastado, es la armadura con que las guerras se hacen más livianas”

No sé con certeza si sería su intención cambiar el mundo o si ordenar su mente fue la pretensión causal del hundimiento en el piélago de la lengua. Tampoco puedo saber quién era, aunque no hubo nadie más cercano a él que yo. Nuestra confianza se podía comparar a una iglesia románica; fría; lúgubre; algo distante, pero acogedora en el fondo y no vana de intrigas. Era imposible conocerle; tan peculiar… Me encantaba ocupar las tardes tomando café con un poeta de su talla y, he de decir que, las noches de vino y tabaco, acrecentaban mi admiración por tan vasto anacoreta, pero, como tal, él decía que no le agradaba la embriaguez, que le convertía en algo así como un joven rapero; que habla mucho, pero no dice nada.

Cuando estábamos demasiado borrachos se enfadaba conmigo, alguna vez me llegó a hacer sangre en los puños; entonces yo me iba a dormir y le dejaba tranquilo, divagando en su somnolencia exacerbada. Su desazón matutina del día siguiente a la ebriedad era vergonzosa y todos mis elogios sucumbían atrapados en una única obviedad pasajera y efímera hacia su persona: era un papanatas, un pazguato sin remiendo que gastaba su vida en la confección de jerigonzas inútiles para encandilar en sí a la petulancia.

Puede que mis planteamientos parezcan un tanto incongruentes, es así, innegablemente, ya que nuestra relación fue siempre una contradicción inexplicable. Tan pronto mi juicio sobre él era el más puro que puede recaer sobre persona alguna, como era al instante el más sucio y febril.

Pero era más inteligente que yo, eso es indudable. Me costaba reconocerlo, como a todo el mundo, pues no es fácil asumir la inferioridad intelectual frente al otro, de hecho, esto nunca se lo dije; aunque se lo imaginaría, ya que siempre le negaba las partidas de ajedrez. Nunca jugué al ajedrez con él por miedo a perder y que se hiciese evidente mi desventaja. Le veía jugar contra otros y le veía perder; siempre perdía, pero aún así me sentía inseguro, prefería evadirme y dejar en el desconocimiento mis incapacidades.

Parte 2: Ella

Pasaba tanto tiempo con él que muchas veces me olvidaba de mí mismo y muchas veces creía que yo era él o que él era yo, e incluso que los dos éramos sólo uno, sobre todo cuando llegaba ella; a los dos nos encantaba ella. Le dábamos besos y conversábamos durante horas, luego tocábamos sus piernas y cuando parecía que íbamos a unirnos en una sola carne, me expulsaban dejándome en un rincón oscuro desde el que ni siquiera podía pensar, me faltaban los estímulos, me faltaba casi el oxígeno y sentía la muerte demasiado próxima. Menos mal que cuando terminaban me dejaban regresar, además, no solían tardar, pues él se sentía satisfecho enseguida, lo cual no le agradaba excesivamente.

Ella también era muy inteligente, probablemente más que yo, esa era una de las muchas razones por las que pasábamos tanto tiempo a su lado, no obstante, pasábamos más tiempo nosotros dos solos, él y yo, que los tres juntos, pues como ya he dejado entrever anteriormente, no había nadie que pasase más tiempo con él que yo. Estábamos enamorados de ella, cada uno a su manera claro está, pero enamorados, y no existían celos entre nosotros. Eso era hermoso, pero extraño a la vez, nunca he conseguido explicarme la posibilidad de ese hecho. Era una mujer preciosa que llevaba en sus ojos la primera manta del otoño, en la que nuestros pies desnudos intentaban respetar la posición que la gravedad había ofrecido a cada hoja derrotada, mas el viento de su pelo, barría la atención de nuestros pasos hacia oblicuos bulevares de nocturnidad profunda, donde el aire era ambrosía y eran paz nuestros segundos.

Era todo casi perfecto, hasta que ella nos abandonó, entonces surgieron los problemas; alcohol, pastillas antidepresivas, obsesiones absurdas… No sé a quién afectaron más los acontecimientos, pero parecía que nos contagiábamos la angustia dentro de un círculo vicioso que no daba señales de extinción alguna. Para colmo, y supongo que como consecuencia de lo ocurrido, comenzamos a llevarnos mal. Me repugnaba su rostro cada mañana, también sus actos y sus palabras, siempre inmersos en la nostalgia. Su originalidad había muerto y sólo escribía acerca de desdichas personales, y eso cuando escribía, porque  ahora sus bolígrafos pasaban meses secándose sobre la mesa, esperando una mano que, finalmente, los arrojaría a la calle por una ventana estéril.

Parte 3: Dictado

Comenzamos a recuperarnos poco a poco de aquella pérdida, él mucho antes que yo, y aunque nunca pudimos olvidarnos de ella por completo, sí fuimos capaces de asumir su abandono, de empezar una nueva vida y buscar alicientes para llevarla a cabo. 

A los pocos meses, comenzamos a obsesionarnos con la política, pues él, a quien nunca había visto leer un solo periódico en su vida, comenzó a hacerlo con ahínco. Le veía sufrir, le veía casi llorar y su rostro siempre reflejaba el mismo gesto; el ceño fruncido, los ojos aguantando una lágrima que jamás caía, pero que ofrecía ese brillo melancólico e iracundo de quienes reconocen y perciben el dolor de la injusticia. Me decía frecuentemente que todo era una gran mentira perfectamente elaborada, que sólo podía entenderse el todo como algo cierto si asumíamos como verdadero el contexto engañoso que, paradójicamente, formaba parte también de esa gran mentira planificada. También solía decirme que las cosas habían de cambiar y que él participaría de ese cambio. Así que, un buen día, sin más, arrojó una pila de periódicos al suelo y, como perturbado, comenzó a recortar noticias y a pegarlas en la pared de nuestra casa. Cuando terminó la tarea, decidió sentarse frente al mural de noticias que había formado en la pared y allí pasó tres días seguidos; bebía, comía y dormía frente al mural, pero sus necesidades las hacía en el baño, aunque sé que estuvo varios minutos pensando en adquirir un barreño y un orinal para depositar ahí lo innombrable. Yo me negué, y poco después él reconoció que hacer tal cosa sería demasiado insalubre y que incluso podría llegar a ser contraproducente para alcanzar los fines que se había propuesto en ese extraño ritual contemplativo que nunca comprendí. 

Pasaron los tres días y se encerró en la habitación más pequeña de nuestro hogar. Después de no demasiadas horas, me hizo entrar, sentarme frente al escritorio y tomar un bolígrafo en mis manos. Me explicó que iba a dictarme algo muy importante y que por esa razón necesitaba que lo escribiese yo, ya que el hecho de escribirlo él, restaría concentración e inspiración a las palabras que había de usar. Me suplicó que, al escribir, no prestase más atención a sus palabras que la requerida para plasmar en el texto los garabatos correspondientes a los sonidos de las letras y las palabras que saliesen de su lengua, es decir, que no intentase entender ni razonar lo que decía, sino que escribiese de manera automática lo que se disponía a decirme.

Parte 4: Una idea

Parece que sólo así se contentaría del resultado de lo que, en principio, entendí yo como una nueva creación poética de desmesurada importancia. De tal modo que escribí lo que no sé que escribí y, velozmente, agarró el papel arrugado en el que había escrito sus palabras y lo escondió en un cajón bajo llave. Después de ese acontecimiento, los días transcurrieron felizmente y dejamos las conversaciones de política y los periódicos a un lado. En su rostro encontraba una sonrisa imperturbable que, en cierto modo, me parecía un poco absurda y bobalicona. Él sabía esto; me conocía bien, e igualmente me ocurría a mí lo mismo, pero no nos decíamos nada, simplemente nos ignorábamos, pues solía haber finalmente cierta explicación a esos gestos ridículos más allá de la incausalidad o la inconsecuencia. En éste tiempo, se centró mucho en la poesía, no paraba de escribir. Se levantaba cada día a las siete de la mañana, se iba a trabajar y regresaba a eso de las tres de la tarde; comía un poco, algo rápido, y se encerraba al menos cuatro horas para salir con una sonrisa radiante llena de satisfacción personal. Cada día que pasaba, se incrementaba mi incomodidad interna debida a la curiosidad por aquellas palabras que me dictó y que no pude asimilar ni razonar, así que un día decidí interrogarle y su respuesta no fue más que: “¡Ah! ¡Eso! era una idea”. Una idea, simplemente una idea, una de aquellas bombillas a las que tantas personas recurren inesperadamente, sólo eso. No, me dijo que no, que no sólo era eso, que una idea era mucho más que eso, que su idea era de verdad y que era fuerte, que ya lo entendería cuando llegase el momento. En la calle, hacía unos días que la gente había empezado a conformar manifestaciones y protestas de muy diferente índole y mientras, nosotros hacíamos poesía en nuestro humilde rincón. Las protestas no tardaron en convertirse en un movimiento hartamente espeluznante, las calles y las plazas más concurridas comenzaron a llenarse de personas airadas que pedían no sé qué reformas en no sé qué principios y leyes, aunque, misteriosamente, en cada plaza se pedían diferentes reformas y muchas eran contradictorias con otras. Todo comenzó a olernos un poco mal, encontrábamos los acontecimientos un tanto similares a ciertos episodios desastrosos de la historia en que triunfó el yugo de la intransigencia.

Parte 5: La idea

Él sonreía ante la muchedumbre, parecía gustarle todo aquello, se lo tomaba a broma. Se metía entre la gente y gritaba una consigna; todos la repetían, esperaba a que pasasen algunos minutos y gritaba otra consigna totalmente contradictoria con la anterior, pero entiéndase que no se trataba de una contradicción del todo obvia, sino que era de aquellas contradicciones que sólo se aciertan a reconocer después de razonarlas durante algún instante. A pesar de todo, la muchedumbre repetía lo que él decía sin pensar en nada, como si el hecho de protestar no necesitase de causas ni de lógica.

Una noche de las más agitadas, decidimos ir a mezclarnos de nuevo con la masa colérica y él, antes de salir, abrió el cajón donde había escondido la idea que me dictó aquel día. La guardó en su bolsillo y partimos. 

Vimos, entre la multitud, a ella, de la mano de un tipo alto y extraño que portaba una pancarta absurda, cuya consigna no recuerdo. Yo me entristecí. Él comenzó a reír a carcajadas y corrimos sin descanso por las calles empantanadas de personas como si nos persiguiese la peor de todas nuestras pesadillas. 

Ahora, él llevaba el papel con la idea encerrada en su puño, y en la mano derecha, para mi sorpresa, portaba un spray de pintura negra. Primero, en una de las plazas más amplias de la ciudad, donde más podía observarse, en donde desde cualquier punto de la plaza podía ser visible, comenzó a escribir en letras mayúsculas lo que aquel papel arrugado contenía. Yo le miraba extasiado y no pude prestar atención a la idea, ya que no cesaba mi anonadamiento por lo peculiar e insólita que me parecía tal acción en su persona.

Fuimos de plaza en plaza escribiendo la idea en las zonas más visibles, arriesgando muchas veces la vida desde alturas poco recomendables y, en la última plaza donde escribimos, una vez que nos unimos a la gran masa para evitar nuestra identificación, se hizo un silencio absoluto, y seguidamente en toda la ciudad, pues la multitud parecía haber leído la idea y estaba razonándola, asimilándola, entendiéndola… La idea era un todo; una crítica y una autocrítica; una contradicción y una congruencia perfecta; una lógica y el caos más absoluto; la idea era una respuesta y era  a la vez un montón de nuevas preguntas para la humanidad. La multitud gritó de nuevo, muchos lloraron también y el ambiente se torno muy distinto a como había sido los días anteriores.

Parte 6: Final

Él observó su obra durante unos segundos, anónima para la humanidad. Luego respiró profundamente, mostró una pequeña sonrisa y nos fuimos a casa. Por el camino, las mujeres y los hombres se abrazaban y dirigían su esfuerzo por un mismo cauce. Esa noche, mientras escribíamos poesía, escuchamos trabajar a la humanidad y creo recordar que fue la noche más larga de cuantas he vivido.

En el último instante, antes de que saliese el sol, él quiso hablarme del filósofo griego Platón, a pesar de que nunca le había oído decir nada bueno sobre este individuo, esta vez parecía que le iba a tomar en serio. En todo caso, yo podía tomar en serio a Platón, pero no a él, puesto que ya llevaba unas cuantas copas de más; acostumbraba a maltratar así su cuerpo cada vez que conseguía el resultado esperado con alguna de sus obras. Por todo esto, no hice demasiado caso a sus palabras. Me dijo que según Platón, yo era inmortal, que estaba aquí, en el mundo, de paso, y que pronto habría de irme a otro lugar, allí donde la realidad no es un sueño. Continuó diciéndome que no tratase de aferrarme a él cuando ya no pudiese moverse, que huyera, que me fuera del mundo y buscase otro compañero en el que arrojar la fuerza y la sabiduría. Finalmente, me dijo que no quería ofenderme, pero que debía irme, que había llegado el momento de mi libertad y que no era justo seguir reteniéndome en su cuerpo viejo y desgastado.

Por la mañana temprano, su cuerpo dejó de moverse y no pudo ver como el mundo había cambiado, como la humanidad poseía otro brillo y como la idea, de la que no recuerdo apenas sus principios, se estaba reproduciendo en el comportamiento de lo que, a mi parecer, era una nueva evolución de la especie humana.

Después de una serie de aburridos protocolos que duraron demasiado, llevaron su cuerpo al cementerio y en ningún momento le abandoné, pues no había quién le conociese mejor que yo y no podía confiar en que fuesen a darle un buen trato, así que, para asegurarme, me mantuve a su lado en todo momento.

Ahora, frente a su tumba, observando a los familiares que de vez en cuando aparecen y también a ella que como yo, sabe quién fue el poeta de la idea, recuerdo su historia sumamente anónima, sumamente trascendente, y no sé si encontraré a otros individuos de su talla, y no sé si la talla es sólo suya o si requieren mi ayuda para darla. Creo que ha llegado el momento de irme de este lugar tan lúgubre, buscaré a otro; otro poeta.

Paradoxus Luporum

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