CAP. 1: “LOS ALTOS CÍRCULOS”

La verdad acerca de la naturaleza y el poder de la minoría no es ningún secreto que los hombres de negocios saben pero no dicen. Esos hombres sustentan teorías totalmente distintas acerca de su papel en la sucesión de acontecimientos y decisiones. Con frecuencia se muestran indecisos acerca de su papel, y aún con mayor frecuencia permiten que sus temores y esperanzas influyan en la estimación de su propio poder. Por grande que sea su poder real, tienden a tener de él una conciencia menos aguda que de la resistencia de los otros a usarlo.

Además, la mayor parte de los hombres de negocios norteamericanos han aprendido bien la retórica de las relaciones públicas, en algunos casos hasta el punto de usarla cuando están a solas, llegando a creer en ella. La conciencia personal de su papel que tienen los actores es sólo una de las varias fuentes que hay que examinar para comprender a los círculos sociales superiores. Pero muchos de los que creen que no hay tal minoría, o en todo caso que no hay ninguna minoría de cierta importancia, apoyan su argumentación en lo que los hombres de negocios piensan de sí mismos, o por lo menos, lo que dicen en público.

Pero hay otra opinión: quienes creen, aunque sea vagamente, que ahora prevalece en los Estados Unidos una minoría de gran importancia, con frecuencia basan esa opinión en la tendencia histórica de nuestro tiempo. Han experimentado, por ejemplo, el predominio de los acontecimientos militares, y de ahí infieren que los generales y los almirantes, así como otras personas decisivas influidas por ellos, deben ser enormemente poderosos. Creen que el Congreso ha abdicado de nuevo en un puñado de hombres decisivos y claramente relacionados con la cuestión de la guerra o la paz.

Saben que se arrojó la bomba sobre el Japón en nombre de los Estados Unidos de América, aunque nadie les consultó en ningún momento sobre el asunto. Advierten que viven en tiempos de grandes decisiones, y saben que ellos no toman ninguna. En consecuencia, puesto que consideran el presente como historia, infieren que debe haber una minoría poderosa, que toma o deja de tomar decisiones, en el centro mismo de ese presente.

Por una parte, los que comparten esta opinión acerca de los grandes acontecimientos históricos, suponen que hay una minoría y que esa minoría ejerce un poder muy grande. Por otra parte, los que escuchan atentamente los informes de hombres que manifiestamente intervienen en las grandes decisiones, no creen, con frecuencia, que haya una minoría cuyos poderes tengan una importancia decisiva.

Hay que tener en cuenta ambas opiniones, pero ninguna de ellas es suficiente. El camino para comprender el poder de la minoría norteamericana no está únicamente en reconocer la escala histórica de los acontecimientos ni en aceptar la opinión personal expuesta por individuos indudablemente decisivos. Detrás de estos hombres y detrás de los acontecimientos de la historia, enlazando ambas cosas, están las grandes instituciones de la sociedad moderna. Esas jerarquías del Estado, de las empresas económicas y del ejército constituyen los medios del poder; como tales, tienen actualmente una importancia nunca igualada antes en la historia humana, y en sus cimas se encuentran ahora los puestos de mando de la sociedad moderna que nos ofrecen la clave sociológica para comprender el papel de los círculos sociales más elevados en los Estados Unidos.

En la sociedad norteamericana, el máximo poder nacional reside ahora en los dominios económico, político y militar. Las demás instituciones parecen estar al margen de la historia moderna y, en ocasiones, debidamente subordinadas a ésas.

Ninguna familia es tan directamente poderosa en los asuntos nacionales como cualquier compañía anónima importante; ninguna iglesia es tan directamente poderosa en las biografías externas de los jóvenes norteamericanos como la institución militar; ninguna universidad es tan poderosa en la dirección de los grandes acontecimientos como el Consejo Nacional de Seguridad. Las instituciones religiosas, educativas y familiares no son centros autónomos de poder nacional; antes al contrario, esas zonas descentralizadas son moldeadas cada vez más por los tres grandes, en los cuales tienen lugar ahora acontecimientos de importancia decisiva e inmediata.

Las familias, las iglesias y las escuelas se adaptan a la vida moderna; los gobiernos, los ejércitos y las empresas la moldean, y, al hacerlo así, convierten aquellas instituciones menores en medios para sus fines. Las instituciones religiosas suministran capellanes para las fuerzas armadas, donde se les emplea como medios para aumentar la eficacia de su moral para matar. Las escuelas seleccionan y preparan hombres para las tareas de las empresas de negocios y para funciones especializadas en las fuerzas armadas. La familia extensa ha sido, desde luego, disuelta hace mucho tiempo por la revolución industrial, y en la actualidad el hijo y el padre son separados de la familia, por la fuerza si es necesario, siempre que los llame el ejército del Estado. Y los símbolos de todas esas instituciones menores se usan para legitimar el poder y las decisiones de los tres grandes.

El destino vital del individuo moderno no sólo depende de la familia en que ha nacido o en la que entra por el matrimonio, sino, cada vez más, de la empresa en que pasa las horas más despiertas de sus mejores años; no sólo de la escuela en que se ha educado cuando niño y adolescente, sino también del Estado, que está en contacto con él durante toda la vida; no sólo de la iglesia en que de vez en cuando oye la palabra de Dios, sino también del ejército en que es disciplinado.

Si el Estado centralizado no pudiera confiar en las escuelas públicas y privadas para inculcar sentimientos de lealtad nacionalista, sus líderes buscarían enseguida el medio de modificar el sistema educativo descentralizado. Si el índice de quiebras entre las quinientas empresas mayores fuera tan elevado como el índice general de divorcios entre los treinta y siete millones de parejas casadas, constituiría una catástrofe económica de proporciones nacionales. Si los individuos de los ejércitos les entregaran de sus vidas no más de lo que los creyentes entregan a las iglesias a que pertenecen, eso constituiría una crisis militar.

Dentro de cada uno de los tres grandes, la unidad institucional típica se ha ampliado, se ha hecho administrativa y, en cuanto al poder de sus decisiones, se ha centralizado. Detrás de estos acontecimientos está una tecnología fabulosa, porque, en cuanto instituciones, se han asimilado esa tecnología y la guían, aunque ella a su vez informa y marca el ritmo a su desenvolvimiento.

La economía -en otro tiempo una gran dispersión de pequeñas unidades productoras en equilibrio autónomo- ha llegado a estar dominada por dos o trescientas compañías gigantescas, relacionadas entre sí administrativa y políticamente, las cuales tienen conjuntamente las claves de las resoluciones económicas.

El orden político, en otro tiempo una serie descentralizada de varias docenas de Estados con una médula espinal débil, se ha convertido en una institución ejecutiva centralizada que ha tomado para sí muchos poderes previamente dispersos y ahora se mete por todas y cada una de las grietas de la estructura social.

El orden militar, en otro tiempo una institución débil, encuadrada en un contexto de recelos alimentados por las milicias de los Estados, se ha convertido en la mayor y más costosa de las características del gobierno, y, aunque bien instruida en fingir sonrisas en sus relaciones públicas, posee ahora toda la severa y áspera eficacia de un confiado dominio burocrático.

En cada una de esas zonas institucionales, han aumentado enormemente los medios de poder a disposición de los individuos que toman las decisiones; sus poderes ejecutivos centrales han sido reforzados, y en cada una de ellas se han elaborado y apretado modernas rutinas administrativas.

Al ampliarse y centralizarse cada uno de esos dominios, se han hecho mayores las consecuencias de sus actividades y aumenta su tráfico con los otros. Las decisiones de un puñado de empresas influyen en los acontecimientos militares, políticos y económicos en todo el mundo. Las decisiones de la institución militar descansan sobre la vida política así como sobre el nivel mismo de la vida económica, y los afectan lastimosamente. Las decisiones que se toman en el dominio político determinan las actividades económicas y los programas militares. Ya no hay, de una parte, una economía, y de otra parte, un orden político que contenga una institución militar sin importancia para la política y para los negocios. Hay una economía política vinculada de mil maneras con las instituciones y las decisiones militares. A cada lado de las fronteras que corren a través de la Europa central y de Asia hay una trabazón cada vez mayor de estructuras económicas, militares y políticas. Si hay intervención gubernamental en la economía organizada en grandes empresas, también hay intervención de esas empresas en los procedimientos gubernamentales. En el sentido estructural, este triángulo de poder es la fuente del directorio entrelazado que tanta importancia tiene para la estructura histórica del presente.

El hecho de esa trabazón se pone claramente de manifiesto en cada uno de los puntos críticos de la moderna sociedad capitalista: desplome de precios y valores, guerra, prosperidad repentina. En todos ellos, los hombres llamados a decidir se dan cuenta de la interdependencia de los grandes órdenes institucionales. En el siglo XIX, en que era menor la escala de todas las instituciones, su integración liberal se consiguió en la economía automática por el juego autónomo de las fuerzas del mercado, y en el dominio político automático por la contratación y el voto. Se suponía entonces que un nuevo equilibrio saldría a su debido tiempo del desequilibrio y el rozamiento que seguía a las decisiones limitadas entonces posibles. Ya no puede suponerse eso, y no lo suponen los hombres situados en la cúspide de cada una de las tres jerarquías predominantes.

Porque dado el alcance de sus consecuencias, las decisiones -y las indecisiones- adoptadas en cualquiera de ellas se ramifican en las otras, y en consecuencia las decisiones de las alturas tienden ya a coordinarse o ya a producir la indecisión de los mandos. No siempre ha sido así. Cuando formaban el sector económico innumerables pequeños empresarios, por ejemplo, podían fracasar muchos de ellos, y las consecuencias no pasaban de ser locales; las autoridades políticas y militares no intervenían. Pero ahora, dadas las expectativas políticas y los compromisos militares, ¿pueden permitir que unidades claves de la economía privada caigan en quiebra? En consecuencia, intervienen cada vez más en los asuntos económicos y, al hacerlo, las decisiones que controlan cada uno de los órdenes son inspeccionadas por agentes de los otros dos, y se traban entre sí las estructuras económicas, militares y políticas.

En el pináculo de cada uno de los tres dominios ampliados y centralizados se han formado esos círculos superiores que constituyen las elites económica, política y militar. En la cumbre de la economía, entre los ricos corporativos, es decir, entre los grandes accionistas de las grandes compañías anónimas, están los altos jefes ejecutivos; en la cumbre del orden político, los individuos del directorio político; y en la cumbre de la institución militar, la elite de estadistas -soldados agrupados en el Estado Mayor Unificado y en el escalón más alto del ejército. Como cada uno de esos dominios ha coincidido con los otros, como las decisiones tienden a hacerse totales en sus consecuencias, los principales individuos de cada uno de los tres dominios de poder -los señores de la guerra, los altos jefes de las empresas, el directorio político- tienden a unirse, a formar la minoría del poder de los Estados Unidos.

Con frecuencia se piensa de los altos círculos que constituyen y rodean esos puestos de mando en relación con lo que poseen sus individuos: tienen una parte mayor que las otras gentes de las cosas y experiencias más altamente valoradas. Desde este punto de vista, la minoría está formada simplemente por quienes tienen el máximo de lo que puede tenerse, que generalmente se considera que comprende el dinero, el poder y el prestigio, así como todos los modos de vida a que conducen esas cosas.

Pero la minoría no está formada simplemente por los que tienen el máximo, porque no “tendrían el máximo” si no fuera por sus posiciones en las grandes instituciones.

Pues esas instituciones son las bases necesarias del poder, la riqueza y el prestigio, y al mismo tiempo los medios principales de ejercer el poder, de adquirir y conservar riqueza y de sustentar las mayores pretensiones de prestigio.

Entendemos por poderosos, naturalmente, los que pueden realizar su voluntad, aunque otros les hagan resistencia. En consecuencia, nadie puede ser verdaderamente poderoso si no tiene acceso al mando de las grandes instituciones, porque sobre esos medios institucionales de poder es como los verdaderamente poderosos son, desde luego, poderosos. Altos políticos y altos funcionarios del gobierno tienen ese poder institucional; lo mismo hacen los almirantes y los generales, y los principales propietarios y directores de las grandes empresas. Es cierto que no todo el poder está vinculado a esas instituciones ni se ejerce mediante ellas, pero sólo dentro ya través de ellas puede el poder ser más o menos duradero e importante.

También la riqueza se adquiere en las instituciones y mediante ellas. No puede entenderse la pirámide de la riqueza sólo teniendo en cuenta a los muy ricos; porque, como veremos, las familias dueñas de grandes herencias están complementadas ahora por las instituciones corporativas de la sociedad moderna: cada una de las familias muy ricas ha estado y está estrechamente conectada -siempre legalmente y con frecuencia también desde cargos directivos- con una de las empresas multimillonarias de dólares.

La sociedad moderna por acciones es la primera fuente de riqueza, pero, en el capitalismo reciente, también el aparato político abre y cierra muchos caminos hacia la riqueza. La cuantía y la fuente del ingreso, el poder sobre los bienes de consumo así como sobre el capital productivo, están determinados por la posición dentro de la economía política. Si nuestro interés por los muy ricos va más allá de su consumo pródigo o miserable, debemos examinar sus relaciones con las formas modernas de propiedad corporativa y con el Estado; porque esas relaciones determinan ahora las oportunidades de los individuos para obtener gran riqueza y percibir grandes ingresos.

 Charles Wright Mills

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