El ensalzamiento de ciertas formas de la vida actual (como la ciencia en tanto que objetiva, la familia o la escuela) en los medios académicos, e intelectuales en general, se hace mucho más patente como estrategia ideológica cuando más se intenta disfrazar de pura evidencia, de pura racionalidad, de naturalidad innegable. Nada tiene mayor legitimidad que aquello que aparentemente no la necesita: desde pequeños/as nos educan en la sumisión y en la obediencia pero a la vez nos hacen partícipes de una defensa de la libertad individual inviolable supuestamente garantizada por la democracia y que deja la política relegada al ámbito de la propia política, es decir, al ámbito público.

Tenemos la vida dirigida desde que nacemos: pertenecemos al principio a nuestros padres que deciden plenamente sobre lo que hacemos y lo que pensamos. La familia ejerce de mediación entre lo privado y lo público inculcando, normalmente, los valores propios del poder para que seamos una pieza más del sistema. Esta familia será el principal control que alerte a agentes externos a la misma (es decir, públicos) de supuestas anormalidades, convirtiéndose el entorno familiar en el primer sistema de vigilancia y castigo de actitudes que parecen objetivamente rechazables. Aquí encontramos desde la medicalización de la hiperactividad hasta la entrega a la policía de un hijo cuando su madre lo reconoció por televisión en unos disturbios. Y así pasamos a manos del sistema de enseñanza, donde los que han sido bien adoctrinados en cómo deben comportarse y pensar encajarán y, los que no, serán rechazados por la escuela. Estos futuros fracasos escolares están además justificados, en teoría, por criterios objetivos de no adaptación. Las materias y su contenido, asimismo, se venden como carentes de ideología y no vinculadas a ningún interés político o económico aunque responden punto por punto a lo conveniente al sistema de dominación. Esta falsa falta de ideología supone que la discrepancia del alumno no se vea como tal sino como falta de comprensión: la ideología que no se presenta como tal castiga a todo aquel que no la reconoce. Tras el paso por la educación encontramos la inserción en el mundo laboral, siempre condicionada por la sumisión que se quiere investir de pactada por estar mediada por un contrato firmado por ambas partes, que se enorgullece de ser libremente asumido aunque sea necesario para la supervivencia.

Por todo esto se observa cómo las relaciones familiares, la escuela, el trabajo normalizan, normativizan suprimiendo la insumisión mediante el miedo al castigo, al suspenso o la expulsión y al despido. Todo ello disfrazado de preocupación por parte de la familia, la escuela y el médico, que intentan educar y medicarnos siempre por nuestro bien, ya que si no seremos unos inadaptados incapaces de convivir con otras personas.

La situación no es muy distinta en lo que respecta al mal llamado tiempo de ocio, que se debería llamar más bien tiempo de consumo y que sólo tiene la función de cerrar la otra parte del sistema productivo para convertirlo en una construcción aparentemente inatacable. Así, todo lo que encontramos en nuestro tiempo de consumo son mercancías para consumir, personas para consumir, opiniones, sueños e ideas para consumir. Es decir, todas las opciones de consumo se encuentran dentro de un escenario controlado por las relaciones capitalistas, controlado por algo, en definitiva, externo a nosotros (es decir, público).

Hay un mecanismo subyacente en nuestro conformismo mucho más profundo que el miedo: la aceptación de la dominación porque no se ve como dominación. Es aceptar que lo normal como tal, es aceptar los criterios de autoridades como criterios válidos aunque no haya motivos para ello, es aceptar un concepto de libertad controlada, un concepto de libertad limitado que sólo implica que el gobernante o el empresario pueda o no tener en cuenta de lejos ciertas opiniones nuestras, concepto de libertad limitado porque se traduce en elegir entre un número limitado de opciones ya dadas en vez de inventar nuevas (bien sea la elección entre dos partidos políticos en vez de poder elegir el sistema político mismo, bien sea la elección entre un número limitado de formas de ocio en vez de poder construirlas lejos de la lógica capitalista). Así aceptamos el trabajo asalariado y no la esclavitud: rechazamos la esclavitud que no firmamos en vez de darnos cuenta de que nuestra firma lo único que hace es constatar la victoria del poder sobre nosotros y no al revés porque las condiciones las siguen poniendo la clase dominante.

Esta aceptación, que parece un sinsentido en principio, se consigue, por un lado, gracias a ese argumento conformista de “podría ser peor”. Por otro lado, se hace gracias a la cultura y la universidad como aparatos que construyen intelectualidad al servicio del poder. Como aparatos legitimadores, intentan evidenciar la objetividad de lo que se considera normal, de los criterios pedagógicos del sistema de enseñanza y de la libertad que, por otro lado, resulta sólo garantizada, según ellos, por este sistema democrático que tenemos, culmen del perfeccionamiento político de los sistemas políticos anteriores. Por último, se consigue mediante un control total de nuestra vida que no se manifiesta como poder: de puertas para dentro el Estado moderno no es más que un imperio que ejerce (o pretende ejercer) su poder infinito sobre los sujetos, sobre todas las facetas de la vida de los sujetos, moldeando la subjetividad de éstos a su conveniencia, es decir, como trabajadores/as y ciudadanos/as obedientes, el súbdito moderno. Familia, escuela, medios de comunicación… construyen un discurso en el que nos movemos, el discurso que construye lo que es real y lo que no y nos construye a nosotros/as mismos. Aunque estamos condicionados desde pequeños/as a pensar lo que quieran que pensemos, nos hacen creer interesadamente que vivimos en el único régimen político que defiende la libertad individual lo cual se consigue separando lo personal y lo político. La íntimidad, para estos intelectuales varios y para esta sociedad, es intocable, lo personal no es político. Lo personal es la alfombra bajo la que se esconden arraigadas relaciones de poder que no conviene descubrir (como el patriarcado) y es el plano en el que quedan las convicciones, la ética, etc. ya que en la política, para poder hacer convivir a tantas sensibilidades, debe ser simplemente una mediación entre todas. El contrato mismo que da poder a un gobierno es incuestionable, parece obvio que no podemos vivir aislados e igual de obvio que cada uno tiene distintas sensibilidades, pretendiendo obviar así  todos los factores que socialmente le constituyen y todos los poderes que se disputan a la persona desde su nacimiento. Estos poderes son el propio Estado que inculca una ideología jerárquica, un capitalismo que pretende que nos reconozcamos sólo como trabajadores identificados con la empresa, la iglesia que nos anula como persona cambiando nuestra conciencia por un dios externo que cuya palabra sólo ella conoce… Así, se pueden dar por hecho, porque les interesa para seguir en su estatus político, que existen distintas sensibilidades contrapuestas o intentar entender por qué una persona no se reconoce como oprimido/a cuando lo está siendo. Este concepto de individuo con unas características particulares que parecen ser naturales o caer del cielo es, por lo tanto, la construcción que más facilita su propia dominación por ser presentada en su totalidad como natural: el/la niño/a normal lo será por naturaleza y el/la díscolo/a lo será por naturaleza, obviándose la violencia que se ejerce sobre él/ella para adaptarlo al sistema. Este concepto de individuo permite la construcción de todo un sistema médico y judicial que busca en los rasgos físicos y biográficos del individuo el origen de su insumisión, que condena para reinsertar al individuo culpable en una sociedad libre de toda responsabilidad sobre ese individuo problemático por sí mismo.

Así, se propugna el individualismo de “Tu libertad termina donde empieza la del otro” (o lo que es lo mismo, hablar del derecho a ir al trabajo en día de huelga), es decir, nada te une al otro, no hay comunidad posible sólo convivencia mediada por el gobierno, lo cual esta muy lejos del “No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. La libertad de otro, lejos de ser un límite o la negación de mi libertad, es al contrario su condición necesaria y su confirmación” de Bakunin, cuyo pensamiento es proscrito calificándolo de irrealizable, lo cual resulta evidente teniendo en cuenta las formas de pensamiento en las que nos educan, es decir, en las que nos adoctrinan con esmero para que escapar de ellas sea más difícil que escapar de una cárcel de alta seguridad. Si todo ello lo mezclamos con un poco de sociobilogía, o lo que es lo mismo, reduccionismo biológioco al servicio del orden actual alcanzamos que todos actuamos conforme a instintos naturales que nos llevan a una lucha por la supervivencia. Como vemos, todos los aparatos del sistema (enseñanza, instituciones judiciales, instituciones médicas, medios de comunicación…) reman convenientemente en el mismo sentido.

El anarquismo, como comunismo libertario, como forma de comunidad se ve abocado al destierro en una sociedad constituida sobre la presunción de un individuo atómico cuya libertad individual (en el sentido más laxo de la palabra que se refiere simplemente a un ser que es consumir —ya sean objetos, personas o partidos—, libertad entendida unida al nivel de vida, mejor dicho, de consumo pero a la vez entendida como propia, irrenunciable y quasinatural sino natural directamente) hay que defender mediante un sistema político ajeno a él mismo. El anarquismo, lejos de ser libertad, pasa a ser presentado como la antesala del totalitarismo: un sistema que niega al individuo igual que lo hizo el nazismo y el comunismo soviético. Sesgando el análisis, se obvia la autoridad en estos procesos históricos para decir que lo que llevó al nazismo fueron los sentimientos de comunidad o de grupo, “la rebelión de las masas” en la que el franquista Ortega y Gasset incluía el nazismo y el anarquismo: el problema no es que se eliminara la conciencia de la comunidad para ser ocupado este lugar por el Führer, el problema resulta ser el grupo mismo representado como identificación de la vida privada con la política. Condena constante a la comunidad, ensalzamiento constante de un individuo infantil, tan construido como desvalido de forma natural, que necesita que garanticen sus derechos. El discurso actual no es que condene el anarquismo, directamente lo intenta hacer imposible pretendiendo que suene absurdo.

Conviene mantener bien oculto que el sistema actual, con todos sus pormenores, es creado por y para unos intereses, conviene presentar al individuo atómico actual y a la familia como simplemente dados por la naturaleza, conviene presentar al sistema político actual como el resultado del avance, del progreso, como el mejor sistema posible dados esos agentes naturales que hay que preservar. Conviene ocultar cómo se manipula la vida íntima del individuo y acusar a las formas de organización en comunidad de hacerlo. Conviene demonizar la defensa de que lo personal es también político, ya que esto implica una plena decisión sobre la vida propia y sobre lo político, decisión que el sistema político actual le debe negar a cualquiera. Mientras, se intenta tapar a toda costa todos los factores externos que han violentado nuestro desarrollo desde pequeños/as (se intenta ocultar, por ejemplo, como parte de la vida privada y ajeno a lo político, el patriarcado, se intenta presentar como eficiencia la distribución temporal y espacial de la escuela cuando es una forma de forzar la sumisión, etc.): el peligro no está en absoluto en que lo político decida sobre lo personal, al revés, esto es el ideal que ahora mismo se busca ya que implica individuos totalmente identificados con el sistema político eliminando la desobediencia, el peligro está en que las personas decidan, con su vida y con sus actos, sobre los temas que son reconocidos como políticos. Conviene hacernos creer que lo que pasa de puertas para dentro es íntegramente nuestro mientras es manipulado, empaquetado y vendido. Hay abierta una guerra, hay que desenmascarar los intereses ideológicos que asumimos porque no nos parecen tales. Hay una guerra abierta para arrancarnos a nosotros/as mismos/as de este sistema que nos ha intentado hacer a su imagen y semejanza, que nos coloniza el pensamiento, hay una guerra abierta para luchar por la recuperación de nuestra vida.

 Impulso, Nº1 mayo 2013.

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