La intención global de integrar en un único mercado el capitalismo ha conseguido que las primas de alto riesgo, las confianzas y las especulaciones nos den los buenos días junto con la, ya descafeinada, primavera árabe, la incansable presión israelita en el próximo oriente, el mercadeo de armas mundial y la injusticia social en el continente americano. Y estos son problemas menores ante la desigualdad de posibilidades aprobadas por los dirigentes, las cuales han generado que el hambre y las enfermedades se ceben con los más pobres del planeta, hablemos de Somalia, Haití o la Franja de Gaza.

No importa. Nuestros políticos en un alarde altruista nos han comunicado, con una sonrisa pillina, lo que ganan y lo que deben, abriéndonos los ojos para indicarnos que el camino es ese, la política. Ganan sueldos “dignos” dicen (muchos no deben ser dignos para ganar sueldos –más de cinco millones de parados-), y otros necesitan atracar para no deber. Eso sí, si les cogen, a los atracadores digo, pasan unos cuantos meses en la cárcel para pagar la deuda con la sociedad. Es otro tipo de crédito, con menos intereses y mayor proyección cara al futuro. Es el binomio eterno entre los que pueden y los que no pueden, los que tienen la fuerza y los que la padecen, los que especulan y los que contemplan.

La globalización creó el Fondo Monetario Internacional –uno de sus mandatarios ha sido juzgado por acoso sexual- y el Banco Mundial –los países de centro África están masacrados y acosados por la hambruna-, dos templos de filantropía mundial. No contentos con eso, la metástasis financiera que corroe el esqueleto mundial necesita otro organismo que corromper, aunque sea con la respiración asistida de la pobreza mundial. Es igual, nosotros nos quejamos y nuestros políticos lloriquean, tan sólo es cuestión de confianza. Tan sólo, como aconseja el nuevo sempiterno poder económico europeo, no se debe especular con Grecia.

El neoliberalismo se olvida que la célula cancerigena que ha provocado la metástasis financiera ha sido el capitalismo, el cual, en su avance irreversible, está pervirtiendo todo el corpus mundial. Mientras especuladores y banqueros regatean sus ganancias, se olvidan que el tiempo corre en contra de los más débiles, que lo pagan muy caro, puesto que son los que sufren directamente los costes de un sistema económico cruel y simplemente indigno de una humanidad que se llama civilizada.

El problema no es nuevo, nunca hay nada nuevo. Aristóteles ya diferenció entre dos sistemas económicos: la OIKONOMIKE – un sistema que sigue las leyes de la naturaleza, justo y originario, según el cual debería estar organizada toda la economía de un pueblo; y la CHREMATISTIKE un sistema artificial, que pervierte la naturaleza de las relaciones económicas entre las personas, y que por ello es incorrecto e injusto. Siguiendo a Andrea Rinaldi, en la Oikonomiké, la moneda es utilizada con el mero fin de facilitar la compraventa de bienes entre diferentes personas, y no es considerada como un valor de por sí; en cambio en la Chrematistike (el arte de enriquecerse) el dinero asume un valor como un verdadero bien intercambiable, perdiendo su función natural que es simplemente la de indicar el precio y el valor de un bien.

Esto es síntesis, y muy simplificadamente, la especulación a la que nos someten de los grandes poderes capitalistas: los grandes grupos financieros internacionales. La circulación de liquidez, la metástasis financiera, ha ido aumentando enormemente –burbuja inmobiliaria y la, todavía sin explotar definitivamente, burbuja deportiva -, con el único resultado de favorecer a los mayores poseedores de metálico. Aristóteles definió esta perversión del dinero como usura.

De manera, que los protectores del sistema, los usureros, tienen que estar sometidos, como todos, aunque ellos, por posibilidades, más directamente, entre los principales responsables de la corrupción que ha resultado de su sistema globalizador.

Ya sabemos que no hay nada nuevo bajo el sol, por eso a los grandes especuladores mundiales no se les debería pasar que el sistema que al que han vuelto de nuevo ya tiene nombre: USUROCRACIA (el dominio de los prestadores de dinero). Y precisamente el que ideo ese término, Ezra Pound –simpatizante y colaborador de Mussolini- llegó a esa conclusión intentado descubrir los por qué de la I Guerra Mundial. Ante la sugestión que le provocó la nefasta consecuencia que tuvo la confrontación bélica sobre la población, Pound afirmó que la guerra no había sido provocada por las rivalidades nacionales e imperialistas que rompieron el concierto de las naciones, sino que la fue la usurocracia la que había corrompido a las clases dirigentes de las democracias europeas, induciéndola a entrar en guerra para poder enriquecerse aún más, ¿la primavera árabe?

Para concluir, el monopolio de la producción de dinero es un abuso, siendo ésta una de las causas principales del progresivo empobrecimiento del mundo. Se nos olvida que la verdadera naturaleza del dinero es simplemente el certificado del trabajo realizado (cuando se tiene, no nos olvidemos que somos ciudadanos si trabajamos). Los bancos no pueden otorgarse el monopolio de la acuñación de moneda, los especuladores no pueden mercadear con la confianza de los seres humanos arrojando a los que no cumplen las condiciones indicadas a las garras del hambre. Hay que buscar el analgésico que calme la metástasis financiera, para luego sajar la célula dañina la usurocracia, para que la globalización deje de favorecer a las clases más ricas –y a los aspirantes, nunca se debería pagar por hacer política- pisoteando los derechos de la mayor parte los seres humanos. ¿Pero, cuál es la medicación?

JULIÁN ZUBIETA MARTÍNEZ

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