Anibal Quijano

Desarrollo es un término de azarosa biografía en América Latina. Desde la Segunda Guerra Mundial ha cambiado muchas veces de identidad y de apelli- do, tironeado entre un consistente reduccionismo economicista y los insisten- tes reclamos de todas las otras dimensiones de la existencia social. Es decir, entre muy diferentes intereses de poder. Ha sido acogido con muy desigual fortuna de un tiempo a otro de nuestra cambiante historia. Al comienzo, sin duda, fue una de las más movilizadoras propuestas de este medio siglo que llego a su fin. Sus promesas arrastraron a todos los sectores de la sociedad y de algún modo encendieron uno de los más densos y ricos debates de toda nuestra historia, pero fueron eclipsándose en un horizonte cada vez más esquivo y sus abanderados y seguidores fueron enjaulados por el desencanto. Ayer no más, parecía no sólo desprestigiado y en desuso, sino enterrado entre los escombros de esperanzas frustradas y de batallas perdidas y bajo un den- sa pila de textos dedicados, unos, a testimoniar el desencanto y a la desmistificación del “discurso del desarrollo”1, y otros a convencernos de que fuera de la ganancia y del mercado todo es ilusión. Hoy, no obstante, se nos convoca a volver a buscarlo entre las mallas de una nueva configuración de poder que se conoce con el nombre de globalización.

¿Significa esto que el desarrollo es, o podrá ser, de nuevo una bandera en el horizonte de las próximas contiendas por el sentido de la historia que viene?

¿O es más bien la evocación de un fantasma que, como el de Elsinor, podrá quizás presidir desde las sombras la intempestiva furia que ponga fin a la prolongada vacilación del Hamlet latinoamericano?

Esas preguntas se refieren, de todos modos, no sólo al futuro de América Latina. Después de varias décadas de experiencias, debates y frustraciones, y en un contexto histórico enteramente cambiado, su indagación no debe ser realizada con los mismos supuestos, ni desde la misma perspectiva de conocimiento que presidió el debate del período anterior, pues arriesga llegar, como entonces, al mismo ciego callejón de donde puede no salir. Algunas cuetiones son cruciales y requieren ser abiertas en el punto de partida mismo del nuevo debate. A ese propósito se dirigen las notas que siguen.

¿Qué es pues lo que se desarrolla ?

Immanuel Wallerstein ha señalado más de una vez que lo que se desarrolla no es un país -una definida jurisdicción estatal sobre un territorio y sus habitantes- sino un patrón de poder o, en otros términos, una sociedad. Derrota- das hasta hoy las demás opciones, el patrón de poder hoy vigente es, aún, el capitalismo, esto es, la sociedad capitalista (Wallerstein, 1996, 195-207).

Dentro del debate sobre desarrollo-subdesarrollo, esa es una aseveración correcta en lo fundamental. En efecto, el capitalismo, un patrón de dominación/explotación/conflicto, articulado en torno del eje capital-trabajo mercantizado, pero que integra todas las otras formas históricamente conocidas de trabajo, se constituyó con América desde hace 500 años como una estructura mundial de poder. Se desarrolló desintegrando a todos los previos patrones de poder y absorbiendo y redefiniendo aquellos elementos y fragmentos estructurales que le fueran útiles o necesarios, e imponiéndose exitosamente hasta la fecha sobre todos los posibles patrones alternativos2.

Este patrón de poder se ejerce, globalmente y desde sus comienzos, en todo el planeta. Pero no existe, ni existió en momento alguno, de modo históricamente homogéneo en todo el espacio mundial. Lejos de eso, por su propio carácter, el capitalismo articula múltiples espacios-tiempos o contextos que son histórica y estructuralmente desiguales y heterogéneos y configura con todos ellos un mismo y único orden mundial. En otros términos, este patrón de poder es mundial, no puede existir de otro modo, pero se desarrolla de modos diferentes y en niveles distintos en diferentes espacios-tiempos o contextos históricos. O, mejor, tales espacios-tiempos se diferencian por el modo y el nivel de ese patrón de poder.

En la terminología convencional del debate sobre desarrollo-subdesarrollo, algunos de tales espacio-tiempos son reconocidos como desarrollados en el actual mundo capitalista, respecto de aquellos que estarían en vías de desarrollo y, en fin, de otros que simplemente son reconocidos como subdesarrollados.

En consecuencia, lo que está en debate acerca del desarrollo del capitalismo es una doble cuestión. En primer término, se trata de las condiciones y determinaciones históricas que explican la tan diferente trayectoria del desarrollo del patrón de poder capitalista entre regiones y países en el mundo. En segundo lugar, si dadas las actuales características y tendencias mundiales de dicho patrón de poder – o en otros términos su globalización – es todavía realista para los latinoamericanos tentar el desarrollo capitalista en nuestros países, esto es, llevar a la práctica aquellas condiciones históricas que lo hicieron posible en otras áreas.

Estado-nación y desarrollo capitalista

Si se indaga por los elementos o rasgos que marcan la diferencia central entre tales áreas o espacio-tiempos, algunas comprobaciones son insoslaya- bles: 1) que la sociedad capitalista o patrón capitalista de poder -en los términos específicos del capital como relación social de producciónes más desarrollado en aquellos países donde el moderno estado-nación es más democrático, más nacional y más fuerte; 2) que en todos los países de avanzado desarrollo de ese capitalismo, el proceso que ha llevado hasta allí ha sido pre- sidido por el desarrollo del moderno Estado-nación, no a la inversa.

En suma, la sociedad capitalista ha llegado a su mayor nivel de desarrollo solamente en aquellas áreas en las cuales ha sido también posible la plena constitución de sociedades y Estados nacionalizados o Estados-nación modernos. No existe excepción alguna a esta regularidad histórica en los últimos 500 años 3.

En consecuencia, la configuración de poder que se conoce como el moderno Estado-nación, ha resultado ser fundamental para el desarrollo de la sociedad capitalista en todas partes. En el orden capitalista hay una asociación crucial entre el Estado-nación moderno y el desarrollo.

Dos preguntas se imponen: ¿Por qué en algunas áreas se han formado y desarrollado Estados-nación modernos y no en otras? y ¿Qué ha ocurrido al respecto en América Latina?

Estado-nación y democracia

Aunque a contrapelo de la reflexión dominante en este campo, es pertinente señalar que el Estado-nación moderno (objeto exclusivo de esta discusión) es, en lo fundamental, producto de la distribución democrática del control de recursos de producción y de la generación y gestión de las instituciones de autoridad, entre los habitantes de un determinado espacio de dominación y en las condiciones del capitalismo (Quijano, 1998a). Se trata de un modo específico en que la sociedad capitalista asume determinadas características demo- cráticas dentro de un espacio de dominación.

Puesto que se trata de un patrón de dominación/explotación/conflicto, los habitantes de tal espacio de dominación están, por supuesto, en relaciones de desigualdad respecto del control de recursos de producción y de las instituciones y mecanismos de autoridad, en especial de los mecanismos de violencia. La democracia en la distribución de dichos recursos e instituciones no puede ser, en consecuencia, sino relativa y limitada. De todos modos, con toda la relatividad y con todos los límites inherentes al carácter del poder capitalista, la práctica real de esa democracia es una condición sine qua non de todo Estado-nación moderno consolidado. Dicho de otro modo, la ciudadanía requiere existir como un modo cotidiano de relación social, para funcionar como un modo de relación política.

En la sociedad capitalista, toda nacionalización de la sociedad y del Estado ha sido la resultante del proceso de democratización de las relaciones sociales y políticas entre los habitantes de un dado espacio de dominación. Y ha sido, ante todo, el punto de llegada de prolongadas luchas de los explotados y de los dominados para lograr que se institucionalicen relaciones sociales y políticas tan democráticas como fuesen posibles en las condiciones del capitalismo. Pero a ese resultado no ha sido ajeno el contexto histórico de implantación del capital y del capitalismo. En Europa se trata, de un lado, de las relaciones entre el capital competitivo con las estructuras de poder del ancien regime y las instituciones de los varios imperios locales y, del otro lado, de las relaciones con el colonialismo y la colonialidad impuestas sobre el resto del mundo. Fue dentro de ese espacio de relaciones de poder que los explotados/dominados de Europa tuvieron las condiciones para forzar a la burguesía a negociar los límites de la explotación/dominación, que es exactamente en lo que consiste la democracia dentro del patrón de poder articulado por el capital.

En el resto del mundo, el colonialismo primero, y más duraderamente la colonialidad, así como la menor o nula presencia inmediata del capital como relación social, sin perjuicio de su dominio global, han trabado continuadamente las posibilidades de obtener las mismas condiciones de negociar entre dominantes y dominados los limites de la dominación. De esas determinacio- nes proceden las necesidades y posibilidades de los procesos de democratización/nacionalización de sociedades y estados en cada particular espacio de dominación.

En ese sentido, la sistemática relación histórica entre el proceso de desa- rrollo de la sociedad capitalista y del desarrollo del moderno Estado-nación en un dado espacio de dominación o país, implica, necesariamente, el correspondiente desarrollo de la democracia en las relaciones sociales y en las relaciones políticas, ya que el moderno Estado-nación es más nacional y más fuerte sólo en tanto y en cuanto es más democrática la sociedad y en consecuencia más democráticas las formas y niveles de representación política en el Estado, de todos y de cada uno de los sectores de interés social.

Las distancias entre los procesos reales de nacionalización de sociedades y estados en el mundo capitalista, donde quiera que se encuentre su ubicación histórico-geográfica, su espacio-tiempo, dicen con toda claridad de las distancias entre sus respectivos procesos de democratización en términos del control de recursos de producción y de la generación y gestión de las instituciones de autoridad, inclusive en las regiones donde el proceso ha llegado más lejos. Así, por ejemplo, en Europa Occidental basta comparar los casos de Francia con los demás, España, por ejemplo. O, de otro lado, entre los países euro- céntricos (sea por su geografía o por su historia, como en el caso de Estados Unidos, Australia, Canada) y los no-europeos, en particular los casos más recientes, como Japón, Taiwan, Corea del Sur. Con todo, el resultado es que aunque más en unos que en otros, en todos ellos la sociedad capitalista ha podido ser llevada a la democratización suficiente como para cobijar modernos estados-nación plena o suficientemente constituidos y estables, ¿por qué?

Los asuntos cuya indagación han llevado a esa pregunta han estado sistemáticamente ausentes en el debate del período anterior, a pesar de que la cuestión del Estado-nación estuvo todo el tiempo implicado, y el nacionalismo fue, sin duda, el eje del debate y de los proyectos y prácticas de desarrollo, pues el sentido final de todo proceso semejante estaba atado a la idea de desarrollo de un país o de un grupo regional de ellos. De allí el nombre mismo de las instituciones destinadas al estudio de su estudio, v.g. Comisión Económica para América Latina.

Esas ausencias indican que los correspondientes problemas o ámbitos de la experiencia no eran perceptibles desde la perspectiva de conocimiento que presidía el debate de ese período.

A la hora de la globalización

Me restringiré aquí a abrir dos asuntos mayores: 1) el carácter contrarrevolucionario de la reconfiguración del poder capitalista que ahora se conoce como globalización; 2) el dominio de la acumulación especulativa en ese proceso.

Uno de los rasgos centrales de la globalización es la reconcentración del control de recursos de producción y del Estado, que pone término a un período de amplia desconcentración y, en buena medida, de redistribución de ambos resortes de poder societal. Eso ha sido posible por la derrota mundial de los movimientos sociales que procuraban la profundización y aún la radicalización de aquellos procesos de democratización del poder capitalista mundial, o su destrucción, así como por la desintegración de regímenes y organizaciones políticas rivales de los centros del capitalismo mundial, como en el caso del campo socialista en Europa.

En el comando de esta contrarrevolución mundial están los grupos de la burguesía financiera que han llevado a niveles históricamente sin precedentes la acumulación especulativa y que tienden al máximo desarrollo del carácter predatorio de este modo de acumulación.

La combinación de ambos rasgos de la llamada globalización implica, para lo que aquí está en debate, la presión por la des-democratización y, de ese modo, por la des-nacionalización de la sociedad y del Estado en todos los países en los cuales, debido a la colonialidad del poder, el proceso del Estado- nación no pudo ser consolidado.

En la medida en que esas presiones se desarrollan, la posibilidad del desarrollo del capitalismo en todos esos países o regiones, es crecientemente recortada y en la mayoría de ellos anulada durante todo el período en curso.

El capitalismo mundial necesita hoy más que antes el Estado. Pero lo quiere lo menos democrático y nacional posible, en tanto que las tendencias a una continuada reconcentración del poder, recursos y Estado, así lo exigen, puesto que toda democratización del control de recursos y de la autoridad pública, por limitada que pudiera ser implica, necesariamente, una tendencia de descon- centración y redistribución de recursos y de autoridad.

Durante el período del capital competitivo, el patrón de poder capitalista pudo servir en Europa como el marco de procesos de democratización, tanto en las relaciones materiales como en las relaciones intersubjetivas que configuraban la sociedad del capital, mientras imponía regímenes represivos y arbitrarios sobre los demás pueblos del mundo, y es sobre la base de la sobreexplotación que el colonialismo y la colonialidad hacían factible, que la bur- guesía europea hiciera a sus clases medias, a sus grupos menos fuertes y a los trabajadores más organizados, el tipo de concesiones que desembocaron en el conocido Welfare State.

La reconcentración creciente y continuada del poder dentro del capitalismo mundial, sin duda afecta más a todas las poblaciones que no lograron con- quistar plenamente estados-nación. Pero implica una continuada polarización de la distribución de recursos y de riqueza (ya ahora el 80% del producto de todo el mundo es apropiado por sólo el 20% de la población mundial y la concentración aumenta continuamente). Es para llevar a cabo todo eso y para defenderlo y reproducirlo que la burguesía global requiere, exactamente, que ese 80% de la población mundial esté sometida a estados no-nacionales, esto es, no-democráticos, como aparatos de administración de un vasto conglomerado de poblaciones distribuidas en países, áreas, regiones, en torno del control de los grupos globalizados de la burguesía, operando por la mediación de un reducido grupo de Estado-nación centrales.

El patrón de poder capitalista, la sociedad capitalista, desde esa perspectiva no tiene en nuestros países, ninguna posibilidad de desarrollo distinta que la que produce esa continuada concentración de poder, de des- democratización continua de las relaciones sociales, de polarización social, de inmiseración de cada vez mayores proporciones de la población. Toda otra imagen sería, necesariamente, engañosa.

Los pueblos de América Latina, los dominados y explotados en primer término, todos aquellos para los cuales la dominación, la explotación, la discrimi- nación son los problemas centrales de la especie, están colocados ahora de- lante de la necesidad de decidir si ese es todavía el camino que sería deseable.

 

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