Viviseccion
Un perro es crucificado para estudiar la duración de la agonía de Cristo. Se extraen las vísceras de una perra preñada para observar el instinto maternal que se manifiesta en el animal angustiado por el dolor provocado. En una universidad, unos experimentadores provocan convulsiones a perros y gatos para estudiar sus ondas cerebrales durante los ataques, que aumentan gradualmente en frecuencia y gravedad hasta que los animales quedan en un estado de crisis continua que les conduce a la muerte transcurridas de 3 a 5 horas. A continuación, los investigadores presentan algunos gráficos de las ondas cerebrales en cuestión, pero no tienen la menor idea de cómo podrían usarlos en la práctica.
 
Otro equipo de “científicos” rocía de forma fatal con agua hirviendo a 15.000 animales de varias especies, tras lo cual administra a la mitad de ellos un extracto de hígado cuya utilidad en caso de shock ya era conocida: tal y como se esperaba, los animales tratados agonizan más lentamente que el resto.
 
Los perros beagles, conocidos por su dulce y afectuosa naturaleza,son torturados hasta que comienzan a atacarse mutuamente. Los “científicos” responsables de tal experimento anuncian que estaban “llevando acabo un estudio sobre la delincuencia juvenil”.
 
¿Excepciones? ¿Casos extremos? Desearía que lo fueran.
 
Todos los días del año, a manos de individuos de bata blanca reconocidos como autoridades médicas, o que están ansiosos por obtener tal reconocimiento, o un título, o al menos un empleo lucrativo, millones de animales —fundamentalmente ratones, ratas, cobayas, hamsters, perros, gatos, conejos, monos, cerdos y tortugas, pero también caballos, cabras, aves y peces— son cegados lentamente con ácidos, son sometidos a shocks repetitivos y a inmersiones intermitentes, son envenenados, les administran inyecciones que les causan enfermedades mortales, son destripados, congelados y vueltos a congelar tras ser reanimados, y se les deja morir de hambreo de sed, en muchos casos después de sufrir la extirpación parcial o completa de varios órganos o el corte de la médula espinal.
 
Posteriormente, las reacciones de las víctimas son meticulosamente anotadas, excepto en los largos fines de semana, durante los cuales los animales son abandonados sin cuidados para que mediten sobre sus sufrimientos, que pueden durar semanas, meses o años hasta que la muerte pone fin a sus padecimientos: la muerte es la única anestesia eficaz que las víctimas llegan a conocer. No obstante, a menudo ni siquiera entonces los dejan en paz: son devueltos a la vida —un milagro de la ciencia moderna— y son sometidos a una nueva serie de torturas. Se ha observado cómo algunos perros enloquecidos por el dolor devoran sus propias patas, cómo algunos gatos sufren convulsiones que los lanzan contra los barrotes de sus jaulas hasta sufrir un colapso, y cómo algunos monos desgarran y muerden sus propios cuerpos o mueren a manos de sus compañeros de jaula.
 
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El término “vivisección” se emplea actualmente para referirse a “todos los experimentos realizados con animales vivos, independientemente de que sea practicado un corte o no”. Así lo establece la Enciclopedia Americana (Edición internacional, 1974). Y la importante Merriam-Webster (1963) afirma lo siguiente: “En general, es todo tipo de experimentación con animales, especialmente si causa sufrimiento al sujeto”. Por tanto, el término también es aplicable a los experimentos que consisten en la administración de sustancias tóxicas, la provocación de quemaduras y traumatismos, el sometimiento a descargas eléctricas, la privación de alimentos y de agua, las torturas psicológicas causantes de desequilibrio mental y así sucesivamente. El término fue empleado en ese sentido por los fisiólogos del siglo pasado que iniciaron este tipo de “investigación médica”, y así también lo utilizaré yo. Con el término “viviseccionista” se designa a cualquier defensor de esta práctica; con la palabra “vivisector” nos referimos a cualquiera que practica tales experimentos o participa en ellos.
 
El “eufemismo” científico para referirse a la vivisección es “investigación básica” o “investigación con modelos”, refiriéndose a los animales de experimentación con el vocablo eufemístico “modelos”.
 
Aunque la mayoría de los médicos defienden la vivisección, la mayor parte de ellos no saben lo que están defendiendo, dado que nunca han estado en un laboratorio. A la inversa, la gran mayoría de los vivisectores nunca han pasado cinco minutos al lado de la cama de un enfermo, porque la mayoría de ellos deciden dedicarse a los animales de laboratorio cuando suspenden el examen médico definitivo, que es el que les permitiría practicar la medicina. Y muchos más se dedican a la “investigación” porque no requiere ningún estudio formal. Cualquier zopenco puede cortar en pedazos a un animal y hacer un informe con lo que ve.
 
El número de animales que mueren cada año en el mundo a causa de la vivisección se estima en 400.000 al día en el momento de redactar estas líneas, y la cifra crece un 5 por ciento cada año. Los experimentos se llevan a cabo en miles de laboratorios clínicos, industriales y universitarios. Todos ellos, sin excepción, niegan el acceso a medios de información independientes. De vez en cuando, permiten a un periodista “domesticado” realizar una visita guiada por algún laboratorio tan impecable como uno de aquellos pueblos de Potemkin.
 
En la actualidad, ya no torturamos en el nombre del Señor, sino en el nombre de una nueva despótica divinidad, la llamada “Ciencia Médica”, que aunque se ha demostrado que es falsa, utiliza con éxito las tácticas del terrorismo a través de sus sacerdotes y ministros: “Si no nos proporcionan grandes cantidades de dinero y carta blanca con los animales, ustedes y sus hijos morirán de cáncer”. Ellos saben bien que el hombre moderno no teme a Dios, sino al Cáncer, y nunca se le ha dicho que la mayor parte de los cánceres —de hecho quizá todos— son creados mediante la incompetencia en los laboratorios de vivisección.
 
En el pasado, se enseñó a la humanidad a tolerar la crueldad con los seres humanos a causa de una superstición generalizada. Actualmente, se ha enseñado a la humanidad a tolerar la crueldad con los animales a causa de otra superstición igualmente generalizada. Hay una escalofriante analogía entre los Sagrados Inquisidores que obtenían confesiones de los sospechosos de brujería mediante la tortura, y los sacerdotes de la ciencia moderna que emplean la tortura para tratar de obtener por la fuerza información y respuestas de los animales. Entretanto, una mayoría indiferente prefiere ignorar lo que sucede a su alrededor mientras crea que no le afecta.
 
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Los vivisectores rechazan con indignación las acusaciones de que su motivación es la avaricia, la ambición o el sadismo disfrazado de curiosidad científica. Al contrario, se presentan a sí mismos como altruistas dedicados al bienestar de la humanidad. No obstante, personas inteligentes y de gran humanidad, como Leonardo da Vinci, Goethe y Schweitzer, han declarado apasionadamente que una especie que desea “salvarse” utilizando tales medios no merece la salvación. Y además, existe hoy en día una gran cantidad de documentación que demuestra que la vivisección es una práctica que no solamente es inhumana y deshumanizadora, sino que también representa una continua fuente de errores que han causado graves daños a la verdadera ciencia y a la salud humana en general.
 
Si un enfoque tan sórdido del conocimiento fuera tan útil como se declara, Estados Unidos debería ser el país con mayor esperanza de vida, ya que en él los recursos dedicados a la vivisección superan con creces a los de cualquier otro país, se practican más operaciones de las que “salvan vidas”, y su clase médica se considera a sí misma la mejor del mundo (además es la más cara). La realidad es que Estados Unidos ocupa una modesta decimoséptima plaza, detrás de la mayoría de Europa Occidental, Japón, Grecia e incluso Bulgaria, según señaló la revista Time el 21 de julio de 1975, después de haber afirmado el 17 de diciembre de 1973 que “Estados Unidos tiene proporcionalmente el doble de cirujanos que Gran Bretaña, y los americanos son sometidos al doble de operaciones quirúrgicas. Sin embargo, de acuerdo con las estadísticas los estadounidenses mueren más jóvenes”. Todo ello a pesar de la existencia de agencias de salud como Medicarey Medicaid, y del formidable arsenal terapéutico a disposición de los doctores y de los pacientes americanos.
Muchos de los médicos que han denunciado la vivisección por ser una práctica inhumana, engañosa y peligrosa, se encuentran entre los más distinguidos de su profesión. Deberían ser considerados una élite más que una minoría. De hecho, sus opiniones no solamente deben ser comentadas, sino que además deben tenerse en cuenta. 

 

descargaEl primer médico importante que afirmó que la vivisección no solamente es inhumana y anticientífica, sino que es anticientífica porque es inhumana, fue Sir Charles Bell (1774-1824), el médico, cirujano, anatomista y fisiólogo escocés a quien la ciencia médica debe la “Ley de Bell” sobre los nervios motores y sensoriales. 

En una época en la que la vivisección comenzaba a echar las raíces de su forma moderna, él declaró que solamente podía ser practicada por individuos crueles de los que no podía esperarse que pudieran acceder al conocimiento de los misterios de la vida. Mantenía que tales individuos carecían de una inteligencia real, pues uno de los componentes de mayor importancia de la inteligencia humana es la sensibilidad.
 
Puesto que los animales reaccionan de manera diferente a los humanos, todos los productos o métodos probados en animales tienen que ser probados de nuevo con humanos mediante cuidadosos ensayos clínicos, antes de poder ser considerados seguros. Esta regla no admite excepciones. Por lo tanto, los experimentos con animales no solamente son peligrosos porque pueden llevar a conclusiones erróneas, sino que además retrasan las investigaciones clínicas, que son las únicas válidas.
 
El estramonio y el beleño son venenos para el hombre, pero alimento para los caracoles. La amanita phalloides, que incluso a pequeñas dosis puede acabar con toda una familia humana, es consumida sin efectos nocivos por el conejo, que es uno de los animales más usados en los laboratorios. Un puerco espín puede ingerir de una sola vez y sin sufrir malestar tanto opio como un humano adicto fuma en dos semanas, y puede regarlo con una cantidad de ácido prúsico tan grande que sería suficiente para matar a un regimiento de soldados.
 
Las ovejas pueden tragar enormes cantidades de arsénico, el veneno favorito de los asesinos en el pasado.
 
img-renil-cursos-farmacologiaEl cianuro potásico, mortal para nosotros, es inofensivo para el búho, pero una calabaza común puede provocar un grave estado de agitación nerviosa a un caballo. La morfina, que calma y anestesia al ser humano, causa excitación a gatos y ratones, pero los perros pueden soportar dosis 20 veces mayores de las que aguantaría un hombre. Por otra parte, nuestras almendras pueden matar a los zorros y a las gallinas, y el perejil es venenoso para los loros.
 
La Tuberculina de Robert Koch, que en otro tiempo fue considerada una vacuna contra la tuberculosis porque curaba la tuberculosis a los conejillos de indias, se descubrió posteriormente que causa la tuberculosis en el hombre.
 
Hay ejemplos suficientes de este tipo como para llenar un libro; todos ellos demuestran que sería difícil encontrar un método de investigación médica más absurdo y menos científico. Además, la angustia y los sufrimientos de los animales que son privados de su hábitat natural, y que se sienten aterrorizados por lo que ven en los laboratorios y por las brutalidades a las que son sometidos, alteran su estabilidad mental y sus reacciones orgánicas hasta tal punto que cual-quier resultado carece a priori de todo valor. El animal de laboratorio es un“monstruo” creado por los experimentadores. Física y mentalmente tiene muy poco en común con un animal normal y con el hombre.
 
No solamente todos los animales reaccionan de manera diferente, incluso especies parecidas como la rata y el ratón, o como la rata blanca y la rata parda: lo cierto es que ni siquiera dos animales de la misma especie reaccionan de forma idéntica.
 
La investigación experimental ha sido el origen de todas las invenciones humanas y de la mayor parte de los descubrimientos, excepto en el caso de la medicina. Gennaro Ciaburri, un doctor antiviviseccionista de Italia, en su libro La Sperimentazione Sugli Animali (segunda edición, 1956) ofrece entre otras las siguientes revelaciones: “Normalmente, la presión ejercida sobre uno o ambos globos oculares hace que disminuya el pulso… Este síntoma ha abierto un vasto campo de acción para la vivisección. Los experimentadores han aplastado los ojos de los perros para estudiar este reflejo, hasta descubrir que el latido disminuía en frecuencia debido a que el animal había muerto…” Que tales experiencias viviseccionistas no consiguen nada más que probar hasta qué punto puede llegar la estupidez humana es algo que se ha declarado repetidamente.
 

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Del mismo modo que no se ha encontrado solución para ningún problema mediante la experimentación con animales, igualmente puede decirse que no es posible probar prácticamente nada que se pretenda probar usando animales.
 
Científicos del Centro para la Prevención y el Tratamiento de la Arteriosclerosis de la Facultad de Medicina de Albany, financiados con una cantidad de 641.224 dólares, realizaron experimentos con un grupo inicial de 44 cerdos. Causaron la muerte a cada uno de los animales mediante la provocación deproblemas de corazón originados por arteriosclerosis. Utilizaron una forma extrema de dieta conocida por ser perjudicial para el sistema vascular, y el proceso fue acelerado además con el empleo de rayos X, que dañan las arterias coronarias. Siempre había personal a mano cuando uno de los animales moría; esperaban poder precisar concretamente qué es lo que ocurre en elcorazón de un cerdo en ese momento. Así fue publicado en esencia en el Times Union de Búfalo, Nueva York, el 24 de octubre de 1974.
 
Todo el experimento parece propio de aficionados, excepto desde el punto de vista monetario por supuesto. No obstante, en la misma época se desarrollaron programas similares utilizando diversos animales de experimentación en otras 12 instituciones médicas de Estados Unidos. Todos ellos demostraron ser muy capaces de provocar una amplia gama de enfermedades a los animales, pero fracasaron notablemente a la hora de encontrar una solución para ellas. Durante décadas se han llevado a cabo investigaciones de ese tipo en las que millones de animales han muerto, pero las curas siguen siendo castillos en el aire.
 
La pseudociencia de nuestros días actúa de manera similar en todos los frentes. En el transcurso de la “lucha contra la epilepsia”, los monos son sometidos a series de descargas eléctricas que les provocan convulsiones hasta que se vuelven locos y manifiestan síntomas que aparentemente podrían recordar a los propios de los ataques epilépticos humanos: espuma en la boca, movimientos convulsivos, pérdida de conciencia, y similares. Obviamente, los ataques que sufren los monos no tienen nada que ver con los de la epilepsia humana, porque son producidos de manera artificial, mientras que la epilepsia se origina dentro del ser humano por motivos profundamente relacionados con el organismo o con la psique del individuo, y no por descargas eléctricas. Y probando en esos monos locos una variedad de “nuevos” medicamentos, que siempre son los mismos con diferentes combinaciones, los viviseccionistas nos prometen encontrar pronto “un remedio contra la epilepsia”, siempre y cuando sigan recibiendo los fondos económicos. Tales métodos navegan con la bandera de la ciencia, lo cual representa un insulto a la verdadera ciencia y a la inteligencia humana. No es de extrañar que la epilepsia sea una enfermedad en constante aumento.
 
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Una de las últimas tretas diseñadas por la investigación médica para ganar dinero rápido es la invención de medicamentos que prometen prevenir las hemorragias cerebrales. ¿Cómo lo hacen? Muy fácilmente. Cualquier lector atento puede hacerlo. Coja usted ratas, perros, conejos, monos y gatos y provoque graves daños en sus cerebros. ¿Cómo? Nuestros “investigadores”de laboratorio resuelven brillantemente el problema a martillazos. Bajo los cráneos rotos, los cerebros de los animales forman coágulos de sangre, tras lo cual se administran varios medicamentos al animal traumatizado… como si los coágulos debidos a los golpes efectuados con un martillo fueran equivalentes a los originados por problemas circulatorios desarrollados gradualmente en un cerebro humano a medida que se acerca al final de su período vital, o que sufre de esclerosis a causa de una excesiva alimentación, por el consumo de alcohol y/o tabaco, o por falta de ejercicio, aire fresco o actividad mental. Todo el mundo sabe lo que debe hacer para mantenerse física y mentalmente en forma, pero es más cómodo tomar un par de píldoras antes de cada comida copiosa y esperar que todo vaya bien. Si alguien sugiriese que tales píldoras no tienen ninguna utilidad demostraría tener muy poca fe. Sí son útiles: ayudan a aumentar los beneficios de la industria más lucrativa del mundo y además arruinan el organismo, creando con ello una necesidad de más medicamentos “milagrosos”.
 
La pesadilla del cáncer se ha convertido en el arma más poderosa de los viviseccionistas.
 
El Dr. Howard M. Temin, un conocido científico, afirmó en una reciente conferencia en la Universidad de Wisconsin que los científicos también están interesados en el dinero, el poder, la publicidad y el prestigio, y que “algunos prometen rápidas curas para enfermedades humanas, siempre y cuando se les proporcione más poder y más dinero”.
 
Añadió que hay una tremenda ventaja para ellos en la afirmación de que “si se me proporcionan 500 millones de dólares para los próximos cinco años, puedo curar el cáncer”, señalando que si un agorero que afirma que es capaz de hacer que llueva sitúa sus promesas en un futuro suficientemente lejano, nadie puede demostrar que se equivoca.
 
6a014e6089cbd5970c0192aca997ce970d-800wiSin embargo, en lo que respecta al cáncer, la lluvia puede que no aparezca en toda nuestra vida. Es obvio para cualquiera que no haya sufrido un lavado de cerebro en las facultades médicas del hemisferio occidental que un cáncer experimental —causado por la implantación de células cancerosas en un animal, o por otros medios arbitrarios— es totalmente diferente de un cáncer que se desarrolla por sí mismo y además en un ser humano.
Un cáncer espontáneo tiene una íntima relación con el organismo que lo desarrolla, y probablemente también con la mente de ese organismo, mientras que las células cancerosas implantadas en otro organismo no tienen ningún tipo de relación “natural” con ese organismo, que actúa como un mero terreno de cultivo para dichas células. No obstante, el miedo hábilmente explotado a esta espantosa enfermedad se ha convertido en una inagotable fuente de ingresos para los investigadores. En lo que llevamos de siglo, el cáncer experimental se ha convertido en un filón de oro macizo sin precedentes.
 
Todo comenzó en 1773 en Francia, cuando la Academia de Ciencias de Lyon ofreció un premio para el mejor ensayo original con el título: “¿Qué es el Cáncer?” El premio fue otorgado a Bernard Peyrilhe, quien describió el primer cáncer experimental que inoculó en un perro con “fluido canceroso” procedente de una paciente con cáncer de mama.
 
En los más de dos siglos que han pasado desde entonces, durante los cuales miles de millones de animales de todas las especies conocidas han sido “sacrificados” por la investigación contra el cáncer, los llamados científicos no solamente han fracasado y han sido incapaces de hallar una solución, sino que además han multiplicado los problemas y han visto cómo las dudas proliferan. Los resultados representan la mayor confusión que la “ciencia” médica ha sido capaz de crear.
 
Sabemos que llenar nuestros pulmones con humo, nuestros estómagos con productos químicos, o someter nuestros tejidos a productos irritantes, puede provocarnos cáncer. Y sabemos que los animales carnívoros tienen intestinos cortos, diseñados para expulsar rápidamente la carne digerida, mientras que el ser humano tiene los intestinos largos propios de los herbívoros, en los que la carne y las grasas de origen animal quedan estancadas causando fermentaciones tóxicas que probablemente son responsables del constante aumento de los cánceres de colon, como queda demostrado por el brusco crecimiento del número de tales cánceres entre las poblaciones fundamentalmente vegetarianas que repentinamente han empezado a consumir carne. Sabemos que una dieta exclusivamente basada en la carne es perjudicial y a la larga mortal para el hombre, mientras que una dieta exclusivamente vegetal no lo es, como han demostrado muchos de los medallistas olímpicos japoneses vegetarianos.
 
De hecho, sabemos muchas cosas sobre el cáncer, como sobre otras muchas enfermedades. Este conocimiento ha sido adquirido mediante la observación clínica sin experimentos con animales, pero eso produce poco dinero. La experimentación a gran escala es un prerrequisito para asegurarse la recepción de fondos.
 
Hace unos años, el Instituto Sloan-Kettering decidió “resolver el problema del cáncer de una vez por todas y para siempre”, y probó no menos de 40.000 sustancias diferentes y combinaciones de éstas en millones de animales empleando nuevos métodos, con los resultados habituales.
 
A intervalos irregulares, cada uno de los países del mundo es sacudido por la noticia de que los investigadores de la nación han encontrado una nueva “cura” para el cáncer. Así, en septiembre de 1972, de acuerdo con un despacho de agencia de United Press, Michael Hanna, Jr., inmunólogo del Laboratorio Nacional de Oak Ridge, Tennessee, había hallado “definitivamente” una cura contra el cáncer. Al final los científicos descubrieron una vez más que los seres humanos no reaccionan como los conejillos de indias.
 
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Nunca ha faltado dinero en la lucha contra el cáncer, pero sí han faltado cerebros.
 
Un artículo de Newsweek del 26 de enero de 1976 titulado ”¿Cuáles la Causa del Cáncer?” mencionaba lo que la revista aparentemente creía que era una gran novedad: “El cáncer es posible que sea una enfermedad causada por el hombre”. El artículo continuaba: “La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de un 85 por ciento de todos los casos de cáncer son resultado directo de la exposición a factores medio ambientales de uno u otro tipo, en muchos casos auto provocados de manera fatal por hábitos como el tabaco, la sobre alimentación, el consumo de alcohol y la exposición excesiva a la luz solar y a los productos químicos peligrosos en las fábricas… A pesar de todas las advertencias, la mayoría de los americanos siguen disfrutando de los placeres potencialmente perjudiciales que su opulenta sociedad les proporciona, y hasta el momento parece que están dispuestos a asumir los peligros junto con los placeres. El Dr. Baltimore, ganador del Premio Nobel de 1975 por su investigación básica sobre el cáncer, lo expresó de la siguiente forma: ‘Hemos decidido que éste es el modo en el que queremos vivir y morir’”.
 
Por supuesto, la investigación básica sobre el cáncer consiste fundamentalmente en provocar cáncer a millones de chivos expiatorios, justificando el gasto de grandes sumas de dinero, una gran parte del cual se destina a los placeres anteriormente mencionados. El 26 de marzo de 1976, un artículo firmado por NEA-London Economist News Service y publicado en la página de la editorial del The Galve-ston Daily News, con el título “¿Es de Utilidad el Coste de la Investigación contra el Cáncer?”, decía en parte lo siguiente: “Las sumas que se están gastando (en la investigación contra el cáncer) son enormes —unos 600 millones de dólares en el presente año fiscal— y el miedo a contraer la enfermedad es universal.
 
El sistema inmunológico— con el que todos los organismos están dotados por naturaleza, es un mecanismo que rechaza la entrada de cualquier material externo, incluyendo órganos y tejidos. Como resultado de ello, los tejidos trasplantados en un cuerpo procedentes de otro organismo (excepto en algunos casos si se trata de un gemelo idéntico) son rechazados por el receptor: el tejido injertado muere por efecto de la reacción inmunológica del cuerpo. (Los trasplantes de córnea son una excepción; esa parte del ojo recibe un escaso suministro de sangre, de manera que solamente pequeñas cantidades de las complejas y desconocidas sustancias que produce el mecanismo de defensa del cuerpo pueden alcanzarla; en consecuencia, la supervivencia de los injertos de córnea es bastante habitual).
 

Se han ideado varias formas de suprimir la reacción inmunológica para prevenir el rechazo de un órgano trasplantado: en otras palabras, para impedir la capacidad natural del cuerpo de eliminar cualquier material extraño, que hace que el organismo sea capaz de destruir los microbios dañinos y pueda mantenerse sano. Cuando la reacción inmunológica se debilita las enfermedades se manifiestan y las bacterias infecciosas pueden ganar la partida y matar al organismo. 
Por lo tanto, incluso las infecciones más leves y triviales como el herpes simple (que provoca ampollas como las causadas habitualmente por el resfriado común) pueden resultar fatales en un paciente en el que se haya suprimido la reacción inmunológica, ya que tal interferencia abre las puertas a todas las enfermedades, incluido el cáncer.
 
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Los cirujanos que practican trasplantes alardean con frecuencia de que el trasplante ha sido un éxito, pero si muere el paciente lo atribuyen a otras causas, como la neumonía o un fallo renal. Eso es enormemente engañoso. Las complicaciones son una consecuencia inevitable del tratamiento inmuno supresor diseñado para evitar el rechazo. Los experimentos que Christiaan Barnard realizó con perros son los responsables de esta nueva aberración de la medicina moderna: aquellos perros, mucho más resistentes que el hombre, hicieron que surgiera la esperanza en Barnard y en sus desventurados pacientes, y los hechos han demostrado que era injustificada. “El público está siendo engañado para que crea que el problema del rechazo o bien se ha resuelto o bien se resolverá en un futuro próximo”, escribió el Dr. Pappworth. Afirma que “se trata de una ilusión…” (página303) y añade que “sin embargo ningún doctor, sin importar la experiencia que tenga, puede poner en una balanza, para tomar una decisión, el período esperado de supervivencia sin trasplante y el período de aparente aceptación del trasplante antes de que sea finalmente rechazado… El público debería saber que la cirugía de trasplante nunca cura la enfermedad original y nunca convierte al receptor en una persona sana. Ningún órgano del cuerpo es independiente ni está completamente aislado del resto de órganos. Por ejemplo, un paciente que se somete a un trasplante de corazón a causa de una enfermedad coronaria es probable que desarrolle problemas vasculares incipientes en otros órganos como los riñones”.
 
El Dr. Pappworth sostiene además lo siguiente: “La realización de cualquier trasplante es la prueba de un fracaso, de la falta de un diagnóstico temprano y de un tratamiento adecuado. ¿No sería mejor gastar el dinero y el esfuerzo dedicados a la investigación en el diagnóstico temprano, en la prevención y en un mejor tratamiento de la enfermedad? ”Por supuesto, “dinero dedicado a la investigación” significa dinero gastado fundamentalmente en la vivisección. ¿Y quién estaría dispuesto a renunciar a eso?
 
A pesar de una desaprobación general y bien informada, los “experimentos” de trasplantes con animales continúan en todo el mundo, aunque no son más que ejercicios de laboratorio en los que los profesores tratan de exhibir su supuesta destreza quirúrgica ante sus respetuosos estudiantes. El resultado de ello puede resumirse en la frase inmortal de un legendario cirujano alemán: “La operación ha sido un éxito, pero el paciente ha muerto”.
 
Algunos bebés nacen con una abertura anormal en el intestino; se produce una obstrucción, y a no ser que la patología sea corregida rápidamente el bebé muere. Barnard decidió reproducir la patología en perras, con la intención de probar la teoría ampliamente sostenida de que la abertura intestinal se debe a una interrupción del flujo de sangre que debe recibir el segmento intestinal afectado. Para probar esta afirmación, bloqueó quirúrgicamente el flujo de sangre a un segmento del intestino de los perros antes de su nacimiento. Afirma en su libro: “Tuve que operar a una perra y dejar expuesto el útero. Después de eso, había que practicar una incisión para extraer el cachorro. A continuación, había que abrir al cachorro para obstruir una parte delflujo de sangre que llega al intestino, y de esta manera crear un infarto que posteriormente desaparecería y crearía una atrofia, demostrando así que la atresia intestinal es causada por este defecto. Después todo el proceso debía hacerse a la inversa —suturando al cachorro y volviendo a insertarlo en el útero para a continuación coser el útero y colocarlo de nuevo dentro de la perra— procediendo finalmente a suturar a la propia perra. Todo ello debía hacerse de forma que el feto no muriera ni se produjera un aborto intrauterino, permitiendo su desarrollo natural en el vientre hasta el momento de su nacimiento, en el mejor de los casos con un defecto intestinal”.
Me parece bastante obvio que si se interrumpe el flujo de sangre a cualquier parte del feto, esa parte sufrirá un defecto en su desarrollo, pero será que yo soy un lego en la materia, no un doctor viviseccionista.
 
Barnard no pudo finalizar el proceso quirúrgico con las seis primeras perras. Al abrir el útero el fluido se vertía, el útero se contraía y el cachorro no podía ser introducido en él porque no había espacio suficiente. En consecuencia, Barnard ideó un hábil procedimiento para realizar la intervención sin retirar el feto; decidió extraer el útero efectuando una larga incisión en la madre para posibilitar una manipulación más sencilla. De este modo, después de obstruir el flujo de sangre a una sección del pequeño intestino del feto, el útero era suturado y devuelto al vientre de la madre.
 
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Al cirujano no parecía importarle lo más mínimo cómo se sentía la perra al despertar de la operación con 10 días más de embarazo todavía por transcurrir; simplemente afirmaba: “Esperábamos ansiosos el momento del nacimiento”. Fue enorme su sorpresa cuando la perra parió su maltratado cachorro e inmediatamente lo devoró, antes de que Barnard pudiera hacerse con él para abrirlo y ver si el experimento había funcionado.
 
“¡Imposible, los perros no son caníbales!”, exclamó Barnard, según su propio relato, cuando su ayudante le comunicó la mala noticia.
 
Sin embargo, incluso los perros pueden convertirse en caníbales después de que los experimentadores han practicado con ellos, probablemente por la misma razón por la que las madres de los babuinos decapitan a sus crías mientras se dirigen a sus laboratorios de Groote Schur.
 
Barnard añadió una queja: “Tuvimos que enfrentarnos a la oposición de la madre. Pude ver cómo lamía a cada cachorro de su camada, hasta que descubrió uno que tenía puntos de sutura de color negro. Sintiendo que algo no iba bien, la madre lo devoró antes de permitir que ingiriese leche y ésta alcanzase el intestino obstruido, lo que finalmente habría provocado su muerte”.
 
Después de 43 experimentos de este tipo, Barnard obtuvo un cachorro vivo con un intestino desvascularizado como el de los recién nacidos que padecen atresia intestinal. Sin embargo, no tuvo ninguna sugerencia que aportar para evitar tales malformaciones. (Me atrevo a decir que la abstención estricta del consumo de medicamentos desarrollados en laboratorio puede ser una medida en la dirección correcta). Además, cuando los cirujanos han conseguido en ocasiones eliminar la parte defectuosa y unirlas partes sanas del intestino de un recién nacido, no lo han hecho basándose en los experimentos de Barnard mencionados. A pesar de todo ello, al observar que por lo menos había sido capaz de obtener un cachorro con tal patología, Barnard declaró lo siguiente (página 159): “Esto es una promesa de esperanza para miles de niños que podrán seguir viviendo”.
A pesar de su inconcebible salvajismo y de su total inutilidad, la experimentación con animales sigue practicándose ampliamente en las Facultades de Medicina del llamado mundo civilizado, aumentando año tras año. ¿Cómo es posible? La principal razón es el beneficio económico. La vivisección es un tipo de “investigación” que permite a los “científicos” obtener grandes sumas dinero en forma de subvenciones del gobierno y de donaciones de fuentes privadas, con la falsa suposición de que cuantos más animales se usen en un experimento más fiables serán los resultados, una suposición que es plausible solamente para los incompetentes.
 
Examinemos las consecuencias de dicha suposición con el estudio de un caso en particular: un experimento en el que 15.000 animales son escaldados con agua hirviendo hasta la muerte, con objeto de confirmar la ya conocida eficacia de un extracto de hígado para las víctimas de un shock. 
 
Se sabía con antelación que médicos en activo habían sometido a ensayos y aprobado el extracto de hígado, pero los individuos mencionados querían aportar en su informe la certeza de que “habían utilizado un número suficiente de animales para obtener unos resultados con relevancia estadística”. De ese modo, demostraron su propia ignorancia de estadística elemental.
 
8564606-ratas-de-laboratorioPrimero está el dinero, y luego se deben encontrar maneras de gastarlo.
 
Eso explica por qué algunos de los “estudios” americanos han analizado cuestiones como las siguientes:
1.-Expresiones faciales. 2.-Temperaturas anales de los perros de trineo canadienses. 3.-El sistema nervioso del calamar chileno. 4.-Los arcos dentales de los aborígenes australianos. Estafando a los contribuyentes, el gobierno de Estados Unidos destinó 100 millones de dólares en 1940 a la “investigación” en el país y en el extranjero, 1.000 millones de dólares en 1949, 8.000 millones de dólares en 1960, 15.000 millones de dólares en 1970 y alrededor de 25.000 millones de dólares en 1975; y las cifras siguen aumentando cada año. A continuación pode-mos ver en qué ha sido malgastado todo ese dinero:
 
30.000 dólares se gastaron para convertir a ratas en alcohólicas, con el pretexto de curar el alcoholismo humano, aunque en el ser humano el alcoholismo tiene profundas raíces psicológicas, mientras que las ratas son por naturaleza criaturas abstemias mentalmente equilibradas. 1.000.000 de dólares para estudiar el amor materno de los monos. 500.000 dólares para estudiar la vida amorosa de la pulga. 148.000 dólares para averiguar por qué a las gallinas les crecen las plumas. 1.000.000 de dólares para estudiar la llamada de apareamiento del mosquito. 102.000 dólares para comparar los efectos de la administración de ginebra y tequila a criaturas marinas del Atlántico. 500.000 dólares para descubrir por qué los monos aprietan sus mandíbulas cuando están irritados. 
 

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Al margen de los fondos gubernamentales que representan un gran incentivo para la vivisección en todos los países, también está la influencia de las compañías farmacéuticas. El método viviseccionista les permite inundar el mercado con sus productos —normalmente los mismos con nuevas combinaciones y con nombres diferentes— con los que prometen repararlos daños causados por los anteriores productos retirados del mercado por ser inútiles o perjudiciales. Los nuevos productos serán reemplazados por otros “nuevos” tarde o temprano (diferentes denominaciones, mismos ingredientes), igualmente inútiles o perjudiciales, excepto para la industria más lucrativa del mundo.
 
Los fondos federales que se gastan anualmente en Estados Unidos para la investigación y el desarrollo en la industria y en la ciencia suman un total de alrededor de 25.000 millones de dólares. Sin embargo, los ricos mendigos, que nunca dedican ni uno de sus pensamientos a los pobres, los enfermos y los desfavorecidos, dicen que no es suficiente. A las enormes sumas que el gobierno de Estados Unidos y los fabricantes de medicamentos gastan en la investigación —sumas que los contribuyentes quieran o no contribuyen a sufragar— hay que añadir las donaciones de ciudadanos individuales, la mayoría de los cuales no saben ni remotamente cómo se usan sus donativos. Si el beneficio económico es el mayor incentivo de la vivisección, otro incentivo es la ambición, que es prima de la avaricia: el deseo de obtener sin esfuerzo ni talento una licenciatura universitaria, o una cátedra o algo de notoriedad pseudocientífica. 
 
Si es un error creer que todos los vivisectores son sádicos, sería un error todavía mayor creer que el sadismo no ocupa un lugar muy importante en la práctica de la vivisección.
 
Los experimentadores que aplastan las patas de los perros en la prensa de Blalock —repitiendo un experimento que se ha llevado a cabo cientos de miles de veces en las Facultades de Medicina norteamericanas— o que golpean los testículos de los gatos hasta triturarlos para ver una vez más cómo puede ello afectar a su comportamiento sexual, tal y como se hizo durante 14 años consecutivos hasta 1976 en el Museo de Historia Natural de NuevaYork, siempre afirmarán que desean satisfacer su curiosidad “científica”. Mucha gente diría que es una curiosidad sádica.
 
El sadismo existe. Los psicólogos aseguran que hay rastros del mismo en todos nosotros. Lo vemos en el niño que arranca las alas de un insecto o introduce a un gato en la lavadora. En tales ocasiones, la educación debe intervenir. Mediante la comprensión de las consecuencias que tienen tales actos, el niño puede ser capaz de cortar de raíz las mencionadas tendencia sádicas. Dichos pensamientos pueden cambiarse por uno de compasión. No obstante, cuando el sadismo se manifiesta en un adulto, tomando formas que nos hacen estremecernos con disgusto e indignación, es una señal de enfermedad y de un grave trastorno mental. Los psicólogos aseguran que tal estado patológico no es tan raro como la mayoría de la gente imagina. ¿Podría haber una ocupación más conveniente que la vivisección para un sádico? Posibilita a una persona la satisfacción de dichas tendencias, e incluso la obtención de cierta gloria“científica” en el proceso, o por lo menos un salario fácil.
 
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El principio del chivo expiatorio —la idea de deshacerse de los pecados, los vicios, las enfermedades, las desgracias y el resto de problemas de uno mismo transfiriendo todo ello a algún humano o a algún animal inocente—ha sido siempre de uso muy extendido en las sociedades humanas. 
 
El principio del chivo expiatorio ocupa un lugar fundamental en toda la práctica viviseccionista. Aunque la elección de un chivo expiatorio se produce mediante un proceso irracional, los vivisectores tienen motivos “racionales” para su práctica: el beneficio económico o la satisfacción personal. Sin embargo, el concepto del chivo expiatorio ha contribuido ciertamente a la aceptación tácita de la práctica viviseccionista por parte de grandes segmentos de la población.
 
Para obtener “confirmación científica” del hecho perfectamente conocido de que la masificación provoca nerviosismo, hostilidad y violencia, a los experimentadores les gusta confinar a un gran número de ratas en un espacio tan reducido que finalmente se atacan unas a otras y se producen la muerte en algunos casos. Para conseguir una “prueba científica” de que el afecto y el amor de una madre son importantes para un niño, los primates recién nacidos son apartados de sus madres y son mantenidos durante años en un solitario confinamiento, algunos de ellos incluso en total oscuridad, un castigo que generalmente es considerado demasiado cruel hasta para los más duros criminales.
 
A la misma categoría pertenecen los experimentos diseñados para convertir a los animales en drogadictos. Cuando sufren calambres o convulsiones después de una repentina privación de la droga, proceden a probar medicamentos tranquilizantes con ellos. No obstante, y por supuesto, los investigadores seguirán sin saber si esos medicamentos tendrán el mismo efecto en el ser humano, o si resultarán venenosos para él, teniendo encuenta que la estricnina, por ejemplo, es un veneno mortal para el hombre, pero no para los monos.
 
images (2)Aunque las estadísticas de todo el mundo han probado de manera concluyente que fumar puede provocar cáncer de pulmón, los investigadores, especialmente los que trabajan para las compañías tabaqueras, afirman obstinadamente que “no hay pruebas científicas” que demuestren que fumar provoca cáncer de pulmón, dado que todavía no ha sido posible producir cáncer de pulmón en animales. En realidad, si los investigadores consiguieran provocar un cáncer de pulmón a un animal mediante el consumo de tabaco, ello solamente probaría que fumar puede provocar cáncer a esa especie en particular, no a la especie humana. Y ya sabemos gracias a las estadísticas y a las observaciones clínicas que fumar puede provocar cáncer de pulmón al ser humano.
 
Sin embargo, millones de animales, fundamentalmente perros y conejos, son inmovilizados con aparatos de contención y son obligados a fumar durante toda su vida a causa de unas teorías que los experimentadores siguen llamando “científicas”, pero que en realidad son un insulto a la verdadera ciencia y a cualquier humano racional.
 
Especulando con la ignorancia y el sufrimiento de un número incontable de personas, con su miedo al dolor y a la enfermedad, y con la colaboración de los medios de comunicación, esta pseudociencia ha creado la ilusión de que está dotada de unos poderes misteriosos e ilimitados de los que depende la salvación de la humanidad, del mismo modo que los chamanes de las tribus primitivas que prometen la lluvia. En consecuencia, la población del hemisferio occidental se ha postrado a sus pies con servilismo y con un temor reverencial, creyendo que es una diosa todopoderosa de belleza incomparable, reluciente con oro y con todo tipo de adornos, y ante la cual los comunes mortales ni siquiera pueden alzar sus ojos o serían cegados. No obstante, si se atrevieran a hacerlo, descubrirían que la emperatriz está desnuda y es horrible. Los cargos de los que este tratado acusa a la práctica de la vivisección en su totalidad son los siguientes: avaricia, crueldad, ambición, incompetencia, vanidad, insensibilidad, estupidez, sadismo y locura. Las pruebas se presentan a continuación. No hay ninguna exageración, por la sencilla razón de que en la cuestión de la vivisección cualquier exageración no solamente es innecesaria sino que además es imposible. Sin embargo, para comprender con cuánta gravedad peca esta “ciencia”, primero debemos ver contra quién peca.
 
 

Extraído del libro Slaughter of the Innocent (Matanza de Inocentes) Hans Ruesch
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