“Yo no creo en la infalibilidad de la ciencia ni en su capacidad de explicarlo todo, ni en su misión de regular la conducta de los hombres, como no creo en la infalibilidad del Papa” Errico Malatesta.

1. Hacer de la ciencia una religión

El cientificismo (también llamado cientifismo o cientismo) consiste en la aplicación del método de las ciencias positivas (cuyo arquetipo son las matemáticas) al análisis de todas las facetas de la realidad. Derivado del positivismo del siglo XIX, el cientificismo se basa en la creencia de que la ciencia es aséptica y objetiva; se pasa de esta manera por alto que los científicos son sujetos y como tales tienen prejuicios como cualquier otro mortal y además tienen su ideología y su trabajo no tiene nada de neutro. Esto es especialmente cierto cuando se aplica el método “científico”, el método de las ciencias positivas, a realidades alejadas de la linealidad de la matemática.

Aplicar métodos que trabajan esencialmente con datos cuantitativos a realidades en las que concurren infinidad de variables y de la más diversa naturaleza (no sólo numérica) como en lo psicológico o lo social es un grave error. Al final cuando el método de las ciencias positivas naufraga en un mar de enigmas irreducibles a la nítida lógica matemática el cientificista acaba por encajar a presión la realidad en su teoría y desechar aquella parte de la realidad que hace que no le salgan las cuentas, a lo cual lo tildará de metafísico o “magufo” y ubicará en el mismo plano de existencia que los unicornios o los gnomos. Y ¡ay!, de aquel que ose denunciar este fraudulento proceder: será tildado de charlatán, de esotérico, de nigromante. Así habrá nacido un nuevo dogma, un dogma con envoltura racional (en vez de la envoltura mística que usa la religión) pero un dogma al fin y al cabo.

Y que ningún devoto de la religión científica tergiverse lo hasta ahora expuesto: aquí nadie está negando la bondad del método científico en el terreno que le es propio, simplemente se está afirmando que no hay un único método válido que explique toda la realidad. Las panaceas epistemológicas son cosa de teólogos, no de personas con espíritu crítico.

2. El peso atómico del delirio

Hay realidades escurridizas, cambiantes, ambivalentes sobre las que es difícil afirmar algo tajantemente. Extraer el rasgo cualitativo de las cosas y elaborar teorías universalmente válidas sobre esa base como hace la matemática es bastante factible. Pero elaborar una teoría universal e infalible del comportamiento humano, por ejemplo, es bastante más problemático. Hay realidades demasiado complejas como para someterlas a la prueba del nueve.

Es en este contexto en el que hay que hablar de la figura de Freud y del psicoanálisis, auténtica bestia negra para el cientificista. Hasta la aparición del psicoanálisis el estudio de la conducta humana en la era científica había aplicado el método de las ciencias positivas. Y como el método científico sólo puede operar con realidades directamente observables las “anomalías” de la conducta humana sólo podían proceder de anomalías en la fisiología del sujeto en cuestión. Este enfoque somaticista derivado del materialismo mecanicista inherente al positivismo decimonónico llevó a la medicina a practicar histerectomías (extirpación del útero) para curar la histeria femenina (nota etimológica: histeria deriva del griego “hysterion” que significa “útero”) o lobotomizar a los catalogados como “locos”.

Volvamos a recordar que el científico, en este caso el médico, es un sujeto y como tal proyecta en su nada aséptica labor sus prejuicios (la misoginia, el racismo, el clasismo), sus miedos y su ideología (muchas veces, como en el caso del médico lobotimizador y Premio Nobel de Medicina Egas Moniz, muy reaccionaria). Dirán los cientificistas que hago trampas, que eso no era verdadera ciencia y que otros científicos descalificaron años más tarde estas atrocidades perpetradas en nombre del método científico, pero son ellos los que hacen trampas al hablar de la ciencia de manera descontextualizada y fuera de la historia: eso era ciencia en la época, mayoritariamente aceptada por los miembros de la (como se dice modernamente) “comunidad científica”.

Las cruzadas eran cristianismo, independientemente de que a estas alturas de la historia los cristianos ya no las lleven a cabo o incluso que les repugne moralmente. Y, de la misma manera, los atentados anarquistas del XIX, nos gusten o no, eran anarquismo. Cuando se profesa una determinada ideología hay que asumir sus aciertos pero también sus errores. Pues bien, gracias a Sigmund Freud empieza a ser cuestionado este auténtico genocidio que estaba llevando a cabo la ciencia médica con los “pacientes mentales” al poner el padre del psicoanálisis en relación la conducta de éstos con la represión que ejerce el entorno social sobre los deseos del sujeto.

Esto fue revolucionario por dos razones: 1) introduce en el análisis el contexto social con lo cual se da pie a la crítica a las instituciones represivas (esto propiamente lo llevaron a cabo la izquierda psicoanalítica de los Reich, Marcuse, etc.) 2) sitúa a Freud como uno de los grandes cuestionadores de la moral junto a Sade y a Nietzsche, especialmente por la rehabilitación del importante papel de la sexualidad en la vida humana.

Por otra parte, es importante reseñar que con Freud se empieza a hablar del análisis de la “mente” en vez del cerebro puesto que, como indicara Thomas Szasz, no son la misma cosa: el cerebro es un órgano del que no conocemos bien su funcionamiento mientras que la mente es una abstracción que utilizamos para explicarnos de forma aproximada el funcionamiento cerebral mientras la neurología no consiga descifrar la química de este órgano satisfactoriamente.

Por tanto, en contra de lo que pregonan los cientificistas, la “mente” o “psique” no es el “alma” de la religión cristiana ni ente metafísico alguno sino una abstracción como puedan ser los números o las palabras [1]. Que la mente no es un ente tangible como una silla o una mesa… claro que no, pero los números y las palabras tampoco.

3. El problema de las disciplinas humanísticas

Si buscamos en un diccionario etimológico el término “ciencia”, ese término del que al parecer sólo son merecedoras las llamadas ciencias positivas, veremos que procede del latín “scientia” y significa sabiduría. De lo cual se infiere que para el pensamiento cientificista no hay más sabiduría que la derivada de estas disciplinas. La filosofía, la filología, la historia, el estudio del arte y de la literatura, etc. serían como mucho disciplinas de segunda fila puesto que el objeto de su estudio no es susceptible de medición exacta y como consecuencia sus resultados no son verdades monolíticas e inamovibles. Pero esto es una auténtica aberración intelectual.

Hay muchos aspectos de la realidad que están abiertos a la interpretación y sobre los que no es posible sacar una conclusión definitiva y universal. Pensar lo contrario es hacer de la razón un dogma, cuando el concepto de razón es absolutamente dinámico y va evolucionando a través del tiempo. No existe una razón desligada del tiempo y del espacio más que en la cabeza de aquellos que la embalsaman, la introducen en una urna y hacen de ella un icono religioso (en definitiva, ¡la aniquilan!).

Nuevamente pido que no se me malinterprete. Cuando el positivismo en el siglo XIX proclamó a los cuatro vientos que sólo es conocimiento válido el adquirido a través de las ciencias como la matemática o la física, su afirmación tenía razón de ser. Me explico: los estudios de humanidades estaban controladas por la Iglesia y su contenido era mayormente especulativo y teológico. Cuando Mijail Bakunin escribía en el XIX que era de las filas de los estudiantes de ciencias y no de los de letras de donde iban a salir los revolucionarios, su afirmación, a pesar de su ingenuidad, tenía su sentido. Pero ocurrió que desde finales del XIX y durante buena parte del siglo XX el positivismo fue duramente criticado por un buen número de filósofos de distintas escuelas de pensamiento.

Desde el existencialismo de Kierkegaard hasta el de Sastre pasando por el vitalismo de Nietzsche, la fenomenología de Husserl o la superación de la lógica aristotélica, buena parte del siglo XX fue una gran refutación del positivismo del siglo anterior. (¿Cómo calificar a toda esta pléyade de influyentes filósofos de “charlatanes”?) Y, entre ellos, Freud y su psicoanálisis inició una corriente intelectual que cuando se mostró más viva fue en las décadas de más efervescencia revolucionaria (los años 20 y los 60). Curiosamente, el auge del neopositivismo en el siglo pasado tuvo lugar en las conservadoras décadas de los 40 y 50 (con el apogeo del conductismo) y hacia finales de siglo llegando hasta nuestros días (otro gran periodo de pensamiento conservador). Por algo será.

Por supuesto las disciplinas humanísticas no fueron inmunes a todos estos cambios, dejando atrás su carácter especulativo y ganando en rigor. Para centrarme en la disciplina que conozco mejor, la lingüística, lo primero que sintió ésta como otras tantas disciplinas humanísticas fue el impacto de las ciencias positivas. Así se intentó crear una “ciencia lingüística” por la aplicación del método científico y así surgieron los primeros enfoques estructuralistas.

Uno de los ejemplos más extremos fue el del empirismo radical de Bloomfield que en su libro Language llega a excluir del estudio lingüístico nada menos que la semántica, el núcleo candente del lenguaje, por no someterse a la linealidad del método de las ciencias positivas. El bueno de Bloomfield comprobaba escandalizado lo poco que la praxis del lenguaje humano se adaptaba a su teoría cientificista cuando en lengua alemana tenemos que a la ballena la llaman “Walfisch”, burlándose el lenguaje de las clasificaciones de los zoólogos, pues todo el mundo sabe que la ballena no es un “fisch”, o sea, un pez, sino un mamífero. Y eso no es nada: en la mayoría de las lenguas los valores de los tiempos verbales son aparentemente caóticos.

¿Cómo es posible que tanto en inglés como español el tiempo presente se pueda utilizar no sólo para indicar acciones presentes si no también pasadas y futuras o incluso para no indicar tiempo alguno? ¿Se puede hacer “ciencia” con semejante desbarajuste?

La respuesta a todo eso vino con una siguiente generación de lingüistas, que se dieron cuenta de que el método de las ciencias positivas no sirve para las complejas realidades estudiadas por las disciplinas humanísticas. Siguiendo con el ejemplo de la lingüística, Chomsky señaló que el enfoque cientificista de Bloomfield constituía una descripción lingüística muy incompleta (centrándose únicamente en la, en terminología chomskiana, estructura superficial del lenguaje) llamando la atención sobre el hecho de que puede haber oraciones idénticas en la forma pero no en la semántica, oraciones que se diferenciarían propiamente en la estructura profunda, que es donde Chomsky sitúa el componente semántico del lenguaje. Allí está el núcleo lógico del lenguaje, donde Chomsky sitúa un número finito de reglas capaces de generar todas las oraciones juzgadas como correctas por el hablante nativo, cuyo número es realmente infinito. En efecto, yo puedo decir:

Un hombre muy viejo, Un hombre muy muy viejo, Un hombre muy muy muy viejo, Un hombre muy muy muy muy viejo, y así sucesivamente, siendo todas estas frases distintas unas de otras en el grado de intensidad en que se expresa el adjetivo “viejo”. Está claro que en un caso como éste, en que el objeto de estudio es inabarcable, el método de las ciencias positivas se va a ver desbordado.

Chomsky también criticó al conductismo, resultado de la aplicación de la estrechez de miras cientifista al estudio del comportamiento humano. Chomsky puso de manifiesto cómo en la adquisición del lenguaje no todo es repetición. De hecho, un conductista no puede explicar por medio de la imitación por qué un niño que está aprendiendo a hablar produce oraciones agramaticales (recurrentes incluso en el caso de aprendices de una lengua extranjera) que no ha podido oír a nadie, como por ejemplo:

*No lo sabo  o bien, *¿Ya has volvido?

Ambas formas verbales erróneas, resultado de la aplicación de una regla general a una excepción, demuestran que la mente infantil aprende no sólo imitando sino también manejando el razonamiento deductivo, por eso los niños aprenden su lengua materna en un tiempo récord. Luego, la mente humana no nace tan “en blanco” como pretende el empirismo radical de los conductistas. Éstos, como buenos cientificistas que son, tienen una visión robótica y mecanicista de la mente humana menospreciando los aspectos de creatividad y originalidad inherentes a ésta. De ahí que su propuesta para el estudio de lenguas extranjeras se base en ejercicios mecánicos de repetición e imitación que acaban fracasando porque desmotivan al que aprende al asignársele un papel meramente pasivo. Además, la motivación, como se sabe, es uno de esos aspectos cognitivos que no pueden ser pesados ni medidos por el cientificismo.

Consecuencia de todo esto es el ninguneo al que se somete a las disciplinas humanísticas especialmente de un tiempo a esta parte. El triunfo del capitalismo como ideología con su necesidad de técnicos que cuiden de su maquinaria de hacer dinero ha hecho que el sistema arrincone los saberes humanísticos bien porque los considere inútiles, bien porque los considere un obstáculo para sus planes de dominación. Ahí está el tópico insultante extendido sobre todo por estudiantes y profesores de ciencias (¡qué fácil es opinar de lo que no se conoce!) que asegura que para estudiar letras no hace falta razonar tan sólo memorizar.

El problema viene cuando al ingeniero de turno sus jefes le mandan estudiar una lengua extranjera y ve lo poco que le sirve la memoria para aprenderla… ¡ni tampoco el sacrosanto método científico! Más indignante aún, era lo que leí hace un par de años en un periódico de tirada nacional de boca de un científico (del CSIC, creo recordar) que aseguraba de que el gobierno de la nación era inepto porque estaba lleno de “gente de letras”. Daban ganas de recordarles a lumbreras intelectuales como éste que Derecho (título mayoritariamente ostentado por nuestros políticos) no es Filosofía y Letras y que la infame Sra. Thatcher era una gobernante de ciencias (era química, igual que Rubalcaba) como le gustan a él. De todas, formas si quiere ver dónde hemos acabado mucha gente que cursamos carreras de letras que no busque en el gobierno, sino entre los que sirven copas, friegan portales o limpian WCs.

4. Todo es conspiranoia ¡Viva el discurso oficial!

Un aspecto muy preocupante del pensamiento neopositivista, o como gusta denominarse modernamente, escéptico, es su apego a las versiones oficiales. Su obsesión por combatir todo que se salga del guión ha llevado a los autodenominados escépticos a tildar de conspiranoica toda teoría que ponga en solfa el discurso oficial de los estados “democráticos”. Así en sus sitios web uno puede quedarse atónito leyendo como mezclan a los que disienten de las tesis oficiales sobre el VIH o los que no se creen la verdad oficial sobre el “terrorismo internacional” con los que creen en una inminente invasión extraterrestre. Obvian que gente como Alfredo Embid (médico y por tanto cienífico) usa argumentación racional, documentos y la opinión de muchos científicos (entre ellos un Premio Nobel de biología) para probar sus tesis y también que desde que los disidentes del SIDA pusieron en marcha su campaña de denuncia de las falacias de la hipótesis oficial sobre el VIH, el SIDA, esa enfermedad que iba camino de convertirse en la plaga bíblica del siglo XXI, ha desaparecido del discurso de los media (salvo cuando se habla de África, pero esa es otra historia.)

También se burlan de la teoría del “Inside Job”, del “autogolpe”, en el caso de los atentados del 11 S y ridiculizan a analistas de la talla de Thierry Meyssan de Red Voltaire o Michel Chossudovsky de Global Research, cuya capacidad intelectual y sentido crítico está muy por encima de la mediocridad de tipos que no se les ocurre otra cosa mejor que escribir libros contra la existencia de las hadas del bosque. La teoría del autogolpe, del estado manejando el terrorismo que atenta contra él mismo está absolutamente probada en el caso de la Operación Gladio de los años 70. De hecho, varios gobiernos occidentales, entre ellos el de los EE. UU., desclasificaron documentos oficiales a principios de los 90 que probaban la participación de agentes del estado en atentados de los que se responsabilizó a la izquierda. De ello se hizo eco la prensa de la época que está en las hemerotecas a disposición de cualquier escéptico que la quiera consultar. Además hay un opúsculo del situacionista italiano Gianfranco Sanguinetti (Sobre el terrorismo y el Estado) que denuncia alto y claro la connivencia del estado en el terrorismo de la Italia de los años del plomo. Por último, hay un documental de más de tres horas de una fuente tan “magufa” y conspiranoica como la BBC en el que algunos de los agentes del estado participantes en la operación reconocen los hechos.

Pensándolo bien, me parecen menos peligrosos los que creen en los unicornios o en los gnomos que estos escépticos selectivos que se tragan sin rechistar todo lo que viene del poder. Y lo peor de todo es que nos quieren vender la moto a los demás.

5. Necesidad de la máquina de calcular

“Los búhos de cráneo transparente Confunden tiempo y realidad Confunden el hombre y la miseria Confunden la ciencia con el sueño Sólo la máquina de calcular Puede aclarar la inmensa confusión que nos rodea Es necesario calcularlo todo”

De esta manera ironizaba en su poema Necesidad de la máquina de calcular Aldo Pellegrini, padre del surrealismo argentino, médico (o sea, científico) de profesión sobre la obsesión cientificista de reducirlo todo al dato matemático. En efecto, para el racionalista de vía estrecha todo lo subjetivo sobra… Sobra el sueño, las pasiones, el arte, la literatura. ¿Para qué sirve la literatura? se preguntará el homo rationalis con esa carga de utilitarismo burgués implícita en su interrogación. Pero, como bien dijo Pellegrini, “aquel que ignora la poesía es un mutilado”.

La extirpación de lo subjetivo, de lo emocional, en el pensamiento de izquierdas, tan tradicionalmente imbuido de cientificismo, se ha pagado muy cara. Wilhelm Reich en su Psicología de masas del fascismo reprochaba al Partido Comunista Alemán el que su propaganda no apelara a la subjetividad del obrero y se centrara escuetamente en lo económico. Por el contrario, los nazis supieron apelar a las pasiones, a las bajas pasiones diría yo, del pueblo llano para llevarlo a su redil. Lo mismo hace la religión que manipula los sentimientos de angustia, de culpa, de vergüenza y, sobre todo, el deseo (en especial el deseo de pulverizar las limitaciones que amenazan al yo, como la enfermedad y la muerte).

En cambio, la izquierda más estalinista se dedica a negar esta compleja gama de emociones absolutamente inherentes al ser humano o a decir que son un invento de la religión, proyectando una imagen deshumanizada del ser humano, como de autómata. No es extraño que la izquierda haya fracasado en su empeño de dejar las iglesias vacías de obreros y que, por otra parte, la religión sea más cuestionada por las masas cuando ésta niega o limita aspectos tan íntimos del ser humano como la sexualidad. [1] Los que descalifican al psicoanálisis como metafísico o espiritualista argumentando que “psique” es equiparable al alma del cristianismo deberían saber que para el mundo griego de la antigüedad clásica la “psique” era materia, si bien estaba compuesta por átomos más sutiles que el cuerpo.

http://losdeabajoalaizquierda.blogspot.fr/

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