El principal tema de discusión de la Guerra Civil española fue, y sigue siendo, cómo se relacionaban el anarquismo y la disciplina bélica en el bando republicano, señala el historiador británico. El fracaso del antifascismo, pese a su abrumador consenso internacional, lo lleva a subrayar el enfrentamiento Marx-Bakunin.

La película Casablanca (1943) se ha convertido en uno de los íconos permanentes de cierto tipo de cultura, al menos para las generaciones de más edad. Sus frases han pasado a ser parte de nuestro discurso, como la de “Play it again, Sam” (Tócala otra vez, Sam), eternamente mal citada, o “Round up the usual suspects” (Reúne a los sospechosos de siempre). Si dejamos de lado el tema central de la historia de amor, esta película trata sobre las relaciones entre la Guerra Civil española y los aspectos políticos más amplios de ese extraño pero decisivo período histórico del siglo XX, la era de Adolfo Hitler. Rick, el protagonista, ha combatido por los republicanos en la Guerra Civil española. Vuelve de ella derrotado y pesimista para abrir un café en Marruecos, y la película termina con su retorno a la lucha en la Segunda Guerra Mundial. En pocas palabras, Casablanca habla de la movilización del antifascismo en los años 30. Y los que se movilizaron contra el fascismo antes que la mayoría, y con más pasión, fueron los intelectuales occidentales.

Hoy es posible ver la Guerra Civil, aporte español a la trágica historia del más brutal de los siglos, el XX, en su contexto histórico. No fue, como debería haber sido según el neoliberal Fran©ois Furet, tanto una guerra contra la ultraderecha como contra la Internacional Comunista — opinión que comparte, desde un ángulo sectario trotskista, el vigoroso filme de Ken Loach Land and Freedom (Tierra y Libertad, 1995)—. La única elección se planteaba entre dos bandos, y la opinión democrática liberal abrumadoramente eligió el antifascismo. Por ello, cuando a los estadounidenses se les preguntó a comienzos de 1939 qué país querían que ganara una guerra entre Rusia y Alemania, el 83 por ciento prefirió una victoria rusa. España estaba en guerra contra Franco —es decir, contra las fuerzas del fascismo con las cuales estaba alineado Franco— y el 87 por ciento de los estadounidenses apoyaba a la República. Lamentablemente, a diferencia de la Segunda Guerra Mundial, ganó el bando equivocado. Pero en gran medida es mérito de los intelectuales, los artistas y escritores, que se movilizaron tan abrumadoramente a favor de la República, que en este caso la historia no haya sido escrita por los vencedores.

Para situar a la Guerra Civil española en el marco general de la era antifascista, tenemos que tener presentes tanto el fracaso de la resistencia contra el fascismo como el desproporcionado éxito de la movilización antifascista entre los intelectuales europeos. Me refiero no solamente al éxito del expansionismo fascista y la imposibilidad de las fuerzas partidarias de la paz de detener la llegada, aparentemente inevitable, de otra guerra mundial. También tengo en cuenta que sus adversarios no lograron modificar la opinión pública.

Y, sin embargo, si puedo reconstruir los sentimientos de esa generación apoyándome en mi memoria personal, mi generación de la izquierda, ya fuéramos intelectuales o no, no se veía a sí misma como una minoría en retirada. No creíamos que el fascismo inevitablemente continuaría avanzando. Estábamos seguros de que sobrevendría un mundo nuevo. Dada la lógica de la unidad antifascista, sólo la incapacidad de los gobiernos y los partidos progresistas para unirse contra el fascismo explicaba nuestra serie de derrotas.

El consenso intelectual

Esto ayuda a explicar el desproporcionado vuelco hacia los comunistas de aquellos que ya estaban en la izquierda. Pero también ayuda a explicar nuestra confianza en nosotros mismos como intelectuales jóvenes, porque este grupo social fue el que más fácil, y desproporcionadamente, se movilizó contra el fascismo. La razón es obvia. El fascismo —incluso el fascismo italiano— se oponía de manera fundamental a las causas que definían y movilizaban a los intelectuales como tales, es decir los valores de la Ilustración y las revoluciones estadounidense y francesa. Salvo en Alemania, con sus poderosas escuelas de teoría adversas al liberalismo, no había un cuerpo significativo de intelectuales seculares que no pertenecieran a esta tradición. La Iglesia Católica Romana tenía muy pocos intelectuales destacados que fueran conocidos y respetados como tales fuera de sus propias filas.

No niego que en algunos campos, fundamentalmente el de la literatura, algunas de las figuras más prestigiosas fueran claramente de derecha —T. S. Eliot, Knut Hamsun, Ezra Pound, W. B. Yeats, Paul Claudel, Céline, Evelyn Waugh— pero, incluso en los ejércitos de la literatura, la derecha políticamente consciente formaba un modesto regimiento en los años 30, salvo quizá en Francia. Una vez más, esto se hizo evidente en 1936. Los escritores estadounidenses, ya fuera que aceptaran o no la neutralidad de su país, se oponían mayoritariamente a Franco, y Hollywood aún más. De los escritores británicos a quienes se les preguntó, cinco (Waugh, Eleanor Smith y Edmund Blunden entre ellos) estaban a favor de los nacionalistas, 16 eran neutrales (entre otros, Eliot, Charles Morgan, Pound, Alec Waugh, Sean O”Faolain, H. G. Wells y Vita Sackville-West) y 106 estaban a favor de la República, muchos de ellos en forma apasionada. En cuanto a España, no hay dudas de cuál era la posición de los poetas de lengua española —aquellos que hoy se recuerdan: García Lorca, Machado, Alberti, Miguel Hernández, Neruda, Vallejo, Guillén.

El atractivo de la resistencia armada, el poder combatir y no simplemente hablar, fue casi con certeza decisivo. Cuando se le pidió que fuera a España por el valor propagandístico de su nombre, W. H. Auden le escribió a un amigo: “Seguramente voy a ser un malísimo soldado. ¿Pero cómo puedo dirigirme a ellos y hablar en su nombre sin convertirme en uno?” Creo que es prudente decir que la mayoría de los estudiantes británicos políticamente conscientes, de mi edad, sentían que tenían que combatir en España y tenían cargo de conciencia si no lo hacían. La notable oleada de voluntarios que fueron a pelear por la República es, creo, única en el siglo XX.

Eran un grupo muy heterogéneo, socialmente, culturalmente y por su historia personal. Y, sin embargo, como expresó uno de ellos, el poeta inglés Laurie Lee: “Creo que compartíamos algo más, algo único para nosotros en aquel momento: la oportunidad de realizar un gesto noble y poco complicado de sacrificio personal y fe, que quizá nunca volvería a repetirse… Pocos sabíamos que habíamos venido a una guerra de mosquetes que eran reliquias y ametralladoras que se trababan, para ser conducidos por aficionados valientes pero desconcertados. Pero, por el momento, no había verdades a medias ni titubeos, habíamos encontrado una nueva libertad, casi una nueva moral, y descubierto un nuevo Satán: el fascismo”. No digo que las brigadas estuvieran integradas por intelectuales, aunque servir como voluntario en España, a diferencia de la incorporación a la Legión Extranjera francesa, implicaba un nivel de conciencia política, y sin duda de conocimiento del mundo, que la mayoría de los trabajadores no politizados no tenía.

Para la mayor parte de ellos, a excepción de los provenientes de la vecina Francia, España era terra incognita —en el mejor de los casos, una forma en el atlas escolar—. Sabemos que el cuerpo más numeroso de brigadistas internacionales, el francés (apenas por debajo de 9.000), en su casi totalidad había surgido de la clase obrera —92 por ciento— y comprendía sólo un 1 por ciento de estudiantes y profesionales liberales, prácticamente todos comunistas. Dadas sus habilidades técnicas, la mayoría de estos en realidad trabajaron detrás de las líneas del frente. Sin embargo, dentro o fuera de las Brigadas, el compromiso, y a veces el compromiso práctico, de los intelectuales no está en duda. Los escritores apoyaban a España no sólo con dinero, discursos y firmas sino que también escribían sobre ella, como lo hicieron Hemingway, Malraux, Bernanos y casi todos los jóvenes poetas británicos contemporáneos destacados: Auden, Spender, Day Lewis, MacNeice. España fue la experiencia fundamental de sus vidas entre 1936 y 1939, aun cuando más tarde la mantuvieran fuera de la vista.

Entre los perdedores, las polémicas acerca de la Guerra Civil, a menudo airadas, nunca se han interrumpido desde 1939. No ocurrió lo mismo durante el desarrollo de la guerra, aunque incidentes tales como la prohibición del partido marxista disidente POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) y el asesinato de su líder, Andrés Nin, provocaron protestas internacionales. Evidentemente, cierta cantidad de voluntarios extranjeros, intelectuales o no, que llegaban a España quedaron consternados por lo que veían allí, por el sufrimiento y la atrocidad, por lo despiadado de la guerra, por la brutalidad y la burocracia de su propio bando o, en la medida que las conocían, por las disputas e intrigas políticas dentro de la República, por el comportamiento de los rusos y muchas otras cosas. También en este aspecto, las discusiones entre los comunistas y sus adversarios nunca cesaron. Pero, durante la guerra, los que tenían dudas permanecían en silencio una vez que partían de España. No querían darles argumentos a los enemigos de la gran causa. Después de su regreso, Simone Weil, aunque ostensiblemente desilusionada, no dijo una palabra. Auden no escribió nada, aunque modificó su gran poema de 1937 “España” en 1939 y no autorizó a que se lo reeditara en 1950.

Ante el terror desatado por Stalin, Louis Fischer, periodista de estrechos vínculos con Moscú, renegó de sus pasadas lealtades, pero se tomó el trabajo de hacerlo recién cuando su gesto ya no podía perjudicar a la República española. La excepción que confirma la regla: el Homenaje a Cataluña de George Orwell. El libro fue rechazado por el editor de Orwell, Victor Gollancz, “quien creía, como mucha gente de izquierda, que debía sacrificarse todo para preservar el frente común contra el avance del fascismo”. La misma razón dio Kingsley Martin, editor del influyente semanario New Statesman & Nation, para aceptar la crítica adversa de un libro. Estos representaban la opinión abrumadoramente mayoritaria en la izquierda. El mismo Orwell reconoció, luego de su regreso de España, que “una serie de personas me ha dicho con diverso grado de franqueza que no se debe contar la verdad sobre lo que está sucediendo en España y el papel que cumplió el Partido Comunista porque hacerlo predispondría a la opinión pública contra el gobierno español y así beneficiaría a Franco”. De hecho, como el mismo Orwell reconoció en una carta a un crítico amigo, “lo que usted dice sobre no anoticiar a los fascistas en razón de las disensiones que hay entre nosotros es muy cierto”. Lo que es más: el público no mostró ningún interés por el libro. Recién en la época de la Guerra Fría, Orwell dejó de ser una figura incómoda y marginal.

El principal tema de debate

Naturalmente, las polémicas póstumas sobre la guerra española son legítimas y, en verdad, esenciales pero sólo si separamos el debate sobre cuestiones reales de las posiciones tomadas del sectarismo político, la propaganda de la Guerra Fría y la pura ignorancia de un pasado olvidado. El principal tema de discusión sobre la Guerra Civil española fue, y sigue siendo, cómo se relacionaban la revolución social y la guerra en el bando republicano. La Guerra Civil española fue, o empezó siendo, las dos cosas. Fue una guerra nacida de la resistencia de un gobierno legítimo, con la ayuda de una movilización popular, contra un golpe militar parcialmente exitoso y, en importantes partes de España, la transformación espontánea de la movilización en una revolución social. Para llevar adelante una guerra seria, un gobierno necesita estructura, disciplina y cierto grado de centralización. Lo que caracteriza a las revoluciones sociales como la de 1936 es la iniciativa local, la espontaneidad, la independencia de las máximas autoridades o incluso la resistencia a ellas —estos rasgos estuvieron especialmente presentes dada la singular fuerza del anarquismo en España.

En pocas palabras, lo que se discutía y se sigue discutiendo en estos debates es lo que separaba a Marx de Bakunin. Las polémicas sobre el disidente POUM no vienen al caso aquí y, dadas las reducidas dimensiones de esa agrupación y su papel marginal, prácticamente carecen de importancia. Pertenecen a la historia de las luchas ideológicas ocurridas dentro del movimiento comunista internacional o, si se prefiere, de la despiadada guerra de Stalin contra el trotskismo con el cual sus agentes (equivocadamente) lo identificaban. El conflicto entre el entusiasmo libertario y la organización disciplinada, entre la revolución social y el ganar una guerra, sigue siendo real en la Guerra Civil española, aun cuando supongamos que la URSS y el Partido Comunista querían que la guerra acabara en revolución y que las partes de la economía socializadas por los anarquistas funcionaban bastante bien. Las guerras, por flexibles que sean las cadenas de mando, no pueden librarse, ni las economías de guerra administrarse, de manera libertaria. La Guerra Civil española no podría haberse llevado a cabo, y menos ganado, siguiendo los lineamientos orwellianos.

Sin embargo, en un sentido más general, el conflicto entre la revolución como aspiración de libertad y el ganar una guerra no es puramente español. Surgió con toda su fuerza después del triunfo de las revoluciones en las guerras de liberación: en Argelia, probablemente en Vietnam, sin duda en Yugoslavia. Dado que la izquierda perdió en la Guerra Civil española, en este caso el debate es póstumo y cada vez más alejado de las realidades de la época. La repugnancia moral hacia el estalinismo y el comportamiento de sus agentes en España está justificada. Es lícito criticar la convicción comunista de que la única revolución que importaba era la que le diera al partido el monopolio del poder. Pero estas consideraciones no tienen una importancia fundamental. Marx habría tenido que enfrentarse a Bakunin aun cuando todos los que peleaban en el bando republicano hubiesen sido ángeles. Pero debe decirse que la mayoría de los que lucharon por la República como soldados consideraba que Marx era más pertinente que Bakunin, pese a que algunos sobrevivientes recuerden la euforia espontánea, aunque ineficiente, de la fase anarquista de la liberación, con ternura y exasperación a la vez.

Fuera de España, la Guerra Civil siguió viva, como todavía lo está entre sus cada vez más escasos contemporáneos no españoles. Para los que eran jóvenes en aquel momento, fue y sigue siendo como el recuerdo acongojante e indestructible de un primer gran amor perdido.

ERIC HOBSBAWM

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