Si una hormiga recién nacida se queda sola se deja morir. Dos hormigas recién nacidas proceden a construir un hormiguero juntas. 

Amistad-Animal-10¿Hay algo que pueda ser más hipócrita y más ridículo que decir que los animales no razonan, no sienten y no sufren y a continuación usarlos en experimentos supuestamente diseñados para “explicar” la conducta humana? 

No obstante, es muy significativo el hecho de que a pesar de su permanente contacto con los animales, dichos individuos no parecen darse cuenta de que todos los animales están dotados de una exquisita sensibilidad y de un tipo de inteligencia que, aunque en muchos aspectos es diferente de la del ser humano, no es necesariamente “inferior” a la nuestra. 

El desarrollo físico y mental del ser humano es extremadamente lento en comparación con el de la mayoría de los animales. El ser humano no alcanza su plena eficiencia física hasta la edad aproximada de 20 años, edad a la que algunas especies de monos ya han muerto de forma natural. El desarrollo mental completo en los humanos no se alcanza hasta después de los 40 años de edad. Si es cierto que pocos humanos pueden alcanzar un desarrollo mental elevado, también lo es que entre todos los animales el ser humano es el que aprende más lentamente. Muchos animales pueden caminar nada más nacer, como por ejemplo las gallinas, los cuadrúpedos y los monos. 

El Profesor Harry F. Harlow, del Centro de Primates de la Universidad de Wisconsin señala las ventajas de trabajar con monos: “Es intelectualmente mucho más maduro que un humano justo después de nacer, y tiene un grado de control del movimiento que un niño tarda meses en desarrollar… La mayoría de los individuos pueden ser sometidos a experimentos durante horas semana tras semana, año tras año… Podemos someterlos a condiciones a las que no podemos someter a los seres humanos. Podemos exponerlos a largos períodos de privación social y sensorial…También podemos dañar sus cerebros”. 

02experimentos_harlowAunque es plenamente consciente de su similitud con el ser humano, el Dr. Harlow somete implacablemente a los primates que están a su cuidado a mutilaciones quirúrgicas, descargas eléctricas, traumas físicos y psicológicos y a otros experimentos que, si fueran realizados con humanos, harían que fuese considerado un criminal monstruoso. Él fue quien ideó toda una serie de experimentos en el transcurso de los cuales docenas de crías de chimpancé, que es el animal más parecido al ser humano, fueron apartadas de sus madres nada más nacer y fueron mantenidas en aislamiento dentro de jaulas con barrotes por periodos de entre 5 y 8 años. Otros chimpancés fueron confinados en solitario, dentro de cubículos con paredes sólidas donde no podían ver a ningún ser vivo durante años. Su conducta era observada a través de cristales que solamente permitían la visión desde el exterior. Algunos de los chimpancés desarrollaron comportamientos estereotipados y compulsivos: mantenían fija la mirada al frente, o se agarraban la cabeza con las manos y se balanceaban durante largos períodos de tiempo, o “el animal a veces mordía y desgarraba su cuerpo hasta sangrar”. 

SOBRE LA AFECTIVIDAD 

El afecto que el ser humano siente por los animales es un sentimiento natural e innato que se manifiesta en las primeras etapas de la vida. Una vez que el niño ha superado el estado inconsciente en el que arranca las alas a una mosca o la cola a una lagartija, el mismo niño sentirá afecto por los animales, querrá tenerlos como compañía y también deseará alimentarlos. La hora de alimentar a los animales es anunciada claramente en todos los zoos, ya que es uno de los mayores placeres de los niños. Las influencias sociales y paternas pueden desarrollar o destruir dicha inclinación natural. Hace falta un gran esfuerzo para transformarla en odio. 

Perros.jpg_869080375La voluntad de proteger a los animales se deriva inevitablemente de un mejor conocimiento de los mismos, y de la constatación de que son criaturas sensibles e inteligentes, que buscan y ofrecen afecto, que están indefensas en un mundo cruel e incomprensible y que están expuestas a los caprichos de la especie dominante. En opinión de los humanos que odian a los animales, las personas que sienten cariño por los animales están enfermas. En mi opinión es al contrario, el amor a los animales es algo que mejora y que no perjudica. 

Como norma general, quienes protegen a los animales sienten por ellos lo mismo que sienten por otras criaturas indefensas y víctimas de abusos: los niños golpeados y abandonados, los enfermos, los internos de las instituciones penitenciarias y las personas ingresadas en sanatorios mentales, que sufren malos tratos de forma habitual sin posibilidad de salvación. Además, quienes sienten afecto por los animales no lo sienten por su “animalidad”, sino por su “humanidad” y por sus cualidades “humanas”; me refiero a las cualidades positivas de los humanos, no a las negativas. 

El amor de un ser humano por un animal es siempre y en todos los sentidos inferior en intensidad y en perfección al amor que un animal siente por el ser humano que ha ganado su amor. El ser humano es como un hermano mayor, con diferentes e incontables ocupaciones, actividades e intereses. Sin embargo, para el animal que ama a un ser humano, ese ser humano lo es todo para él. Eso no solamente es aplicable a los perros generosos e impetuosos, sino también a las especies más reservadas con las que es más difícil establecer una relación sin un esfuerzo personal y sin una gran dosis de paciencia. 

A pesar de ello, una vez que ha establecido una relación, es muy raro que un animal que es tímido por naturaleza traslade su afecto a un nuevo amo. Ha habido muchos casos de gatos que se han dejado morir de hambre al ser cambiados de amo, incluso aunque el nuevo amo sea bueno. En ellos, la unión con su amo era más fuerte que su instinto. 

Los delfines son una de las últimas especies de animales que han atraído la curiosidad de los vivisectores. En ello los poetas una vez más se anticiparon en muchos siglos a los peculiares “científicos” de la actualidad. Las leyendas de la antigüedad hablaban de la amistad entre los niños y los delfines, y de delfines que salvaron a personas que estaban ahogándose y las llevaron hasta la costa. Hoy sabemos que no eran simples leyendas. Los delfines sienten mucha simpatía por los humanos, y como la mayoría de los animales, pueden ser adiestrados fácilmente. 

Un delfín podría matar a un hombre con un solo golpe de su hocico puntiagudo, que usa para defenderse de los tiburones, o causándole heridas letales con sus poderosas mandíbulas repletas de dientes afilados, pero nunca ha habido noticias de delfines que hayan atacado a un hombre, ni siquiera en legítima defensa cuando son agredidos con arpones ni cuando han sido masacrados con los habituales electrodos en la cabeza en nombre de la ciencia. De hecho, desde el mismo momento en el que se supo que son muy inteligentes y que el peso de sus cerebros es proporcionalmente similar al de los seres humanos, los “investigadores” no han dejado en paz a los delfines: intentan “comunicarse” con ellos. Por ello, esta especie está en la actualidad en vías de extinción. 

¿Resulta necesario señalar que cualquier niño que haya establecido una amistad con un delfín mientras se bañaba en el Mar Egeo sabe sobre los delfines más de lo que jamás sabrá cualquier vivisector? 

EL ODIO

Cada cosa tiene su opuesto: si no hubiera luz no reconoceríamos la oscuridad, y quizá no podría haber amor si no existiera el odio. 

1699092El odio a los animales, que está cuando menos tan extendido como el amor por ellos, es un vestigio atávico que se remonta a la época ancestral en la que los animales de los bosques ponían en peligro la supervivencia humana. En nuestros días, el odio a los animales está basado en la ignorancia, madre del miedo y de la cobardía. Ésa es la razón por la que el odio a los animales predomina fundamentalmente entre la gente sin educación, y en los lugares o países culturalmente retrasados, donde los adultos inculcan en sus hijos su propio miedo ciego a todo lo extraño o desconocido, hasta que logran transformar la simpatía natural de los niños por los animales en un odio tradicional. El odio a los animales se transmite de la misma manera deliberada en que se transmite el odio racial. La mayoría de los humanos que odian a los animales son hijos de humanos que también odian a los animales. 

El miedo que tienen a los perros las personas intelectualmente poco cultivadas puede por lo menos ser parcialmente explicado por su temor a la hidrofobia (rabia), que es una de las infecciones más raras en el mundo occidental. Más difícil de explicar es el odio a los gatos, que está mucho más extendido. Sin embargo, seguramente no es una coincidencia que las víctimas de los experimentos particularmente crueles e insensatos sean normalmente gatos. 

Todavía no me había percatado de los incontables abusos que los animales sufren a manos del ser humano cuando un compañero de estudios que tenía en la Universidad de Zurich —un joven bastante civilizado en otras cuestiones— me dejó perplejo al revelarme que odiaba tanto a los gatos que siempre que se hacía con uno lo ataba por una parte de su cuerpo al parachoques de su coche y por otra parte a un árbol y lo despedazaba. No podía explicar la causa de tal odio, que definía como “instintivo”. 

El gato es un animal complejo, más difícil de entender y, por tanto, de apreciar, que el perro, cuyo amor por el hombre es tan ilimitado que se somete a cualquier injusticia a manos de su amo. Algunas personas desean tener un perro principalmente porque tener a alguien al que dar órdenes aumenta su ego. Sin embargo, los gatos no se someten para complacer la vanidad humana. En opinión de George Bernard Shaw, un hombre puede considerarse civilizado en la medida en que comprende a los gatos. 

Muchas personas no pueden perdonar a un gato su espíritu independiente, ni su negativa a adular al hombre y a lamer la bota que le golpea. El gato se considera a sí mismo un huésped, no un esclavo. Su cariño no puede comprarse con comida, sino solamente con amistad y respeto. 

Los siglos de oscurantismo fueron los más sombríos no solamente para el intelecto del hombre y para los ideales humanitarios, sino también para los animales, y los gatos sufrieron más que otros animales. Después de haber sido idolatrados por los nubios y más tarde por los egipcios, adorados por los griegos y mimados por los romanos, en la Edad Media los gatos se convirtieron en criaturas malditas, condenadas a morir en la hoguera. En 1484, decenas de miles de ellos fueron exterminados por orden del Papa Inocencio VIII, y sus dueños, acusados de brujería, tuvieron que abandonar a sus gatos para no sufrir el mismo destino. 

Es difícil familiarizarse con los animales sin llegar a encariñarse con ellos, siempre que uno no desee simplemente dominarlos. Nunca he tenido noticias de que el amor por los animales se haya transformado en odio, pero sí ha habido muchos casos en los que ha ocurrido lo contrario. Muchos cazadores, tras haberse visto obligados a observar a los animales mientras los acechaban y mataban, con el tiempo han visto como aumentaba cada vez más su oposición a matarlos, y finalmente han llegado a convertirse en guardas forestales de los Parques Nacionales para ayudar a proteger a los animales. Sin embargo, muy pocos vivisectores han visto dificultada su tarea por la evolución natural que conduce hacia el amor y el respeto por los animales a través de un conocimiento más profundo de ellos. 

El Dr. Harlow, jefe del laboratorio de primates de la Universidad de Wisconsin, tiene al menos una gran cualidad: la franqueza. En claro contraste con sus colegas suizos, que aseguran ser unos grandes amantes de los animales y que afirman que sufren más que sus propias víctimas por los dolores que se ven obligados a infligirles, el Dr. Harlow no ocultó sus auténticos sentimientos cuando hizo las siguientes declaraciones al Pittsburg Press (27 de octubre de 1974): “Lo único que me preocupa de los monos es si me pueden proporcionar datos que pueda publicar. No siento ningún amor por ellos. Nunca lo he sentido. En realidad, no me gustan los animales. Desprecio a los gatos. Odio a los perros. ¿Cómo pueden gustarle a alguien los monos?” 

Del mismo modo que el amor por los animales ha condicionado a muchos antiviviseccionistas, a quienes no complace pensar en el perro que lame la mano de su torturador, también a menudo resulta evidente la existencia de un odio profundamente arraigado contra los animales en muchos viviseccionistas. Algunos me han admitido en privado que sienten aversión por los animales, de la misma forma que Harlow lo ha afirmado públicamente. Dos de ellos son unos periodistas italianos que escriben artículos elogiando a la industria farmacéutica. Uno de ellos me admitió lo siguiente: “No me importa en absoluto lo que les pueda ocurrir”. Y el otro: “No podría preocuparme menos por los sufrimientos de los animales. ¿Por qué razón no deberían sufrir? Mi único interés es saber si tienen buen sabor para comérmelos”. 

Una cosa me parece segura: para un sádico, que al mismo tiempo también odie a los animales, ¡qué gran regalo de la divinidad es la vivisección! 

LA COMPASIÓN 

El Dr. George Hoggan, un fisiólogo inglés, relató un incidente del que había sido testigo en el laboratorio de Claude Bernard. Un pequeño perro callejero, que tenía su parte trasera paralizada como resultado de una operación, había sido bajado de la mesa de operaciones y lo habían dejado en el suelo. Comenzó a arrastrarse entre enormes dolores hacia un perro perdiguero que había sido cegado varios días antes en el transcurso de otro experimento y estaba en observación. Sus ojos habían empezado a experimentar putrefacción. El perro ciego logró levantarse, se acercó tambaleándose al pequeño perro callejero paralizado y meneó la cola. Nadie más en aquel laboratorio pareció percatarse de la escena, que llevó al Dr. Hoggan a escribir lo siguiente: “El gesto patético de mutua simpatía hizo sentir vergüenza a la raza humana”. 

descargaLos vivisectores han mostrado aspectos del alma humana que muy pocas personas cuerdas creían que existían. Algunos tratan de justificarse con sofismas del tipo: “La verdadera compasión es la compasión por el hombre”. Con ello demuestran lo desconocido que es para ellos el concepto de compasión; como si hubiera diferentes tipos de compasión… 

Nadie ha explicado nunca por qué es más admirable la compasión por la especie a la que uno pertenece que la compasión por otras especies. Si queremos establecer distinciones, la compasión por la especie a la que uno pertenece podría ser considerada menos meritoria, porque puede ser sospechosa de utilitarismo, dado que en el fondo tiene que ver con la solidaridad que se da inconscientemente en el grupo. No obstante, quien defiende la compasión por los animales no lo hace con la creencia de que ello sea más importante que defender la compasión por los humanos, sino porque los animales no tienen voz ni voto, porque la crueldad con la que se les trata es muy profunda y porque la hipocresía que la oculta es demasiado vergonzosa para la raza humana. Al final, quedará claro que ayudando a los animales también habremos ayudado a la humanidad. 

En todos los países donde los animales están mejor protegidos, como Suecia, Dinamarca y el Reino Unido, también disfrutan de más protección los enfermos, los ancianos, las madres solteras y los niños abandonados. Solamente hay un tipo de compasión, pero no resulta sorprendente que los defensores de la vivisección no parezcan darse cuenta de que quien siente compasión por los animales es igualmente capaz de sentir compasión por sus prójimos humanos, siempre y cuando éstos merezcan dicha compasión. Un vivisector que llora de desesperación porque le han denegado la concesión de fondos para realizar más experimentos difícilmente puede esperar compasión por nuestra parte. 

Entre los repetitivos y normalmente crueles experimentos sobre “conductismo” que están de moda en la actualidad encontramos algunos que han demostrado “científicamente” la “humanidad” (sensibilidad) de los animales. De acuerdo con un artículo publicado en el Daily Telegraph de Londres (9 de septiembre de 1970), el Dr. S. J. Diamond, de la Universidad de Cardiff, investigando sobre la conducta animal, descubrió que una rata accionaba una palanca para rescatar a otra rata que estaba en peligro de ahogarse y que un mono renunciaba a accionar unas palancas que le proporcionaban alimento, si al mismo tiempo el uso de tales palancas hacía que otro animal sufriera una descarga eléctrica. Por tanto, el mono prefería seguir sin alimento antes que dañar a un compañero. El Dr. Diamond —probablemente atónito— llegó a la conclusión de que “experimentos de este tipo parecen demostrar que existe un tipo de altruismo en animales diferentes del ser humano”. Cualquier auténtico conocedor de los animales podría haber ayudado al Dr. Diamond a reducir su factura eléctrica haciéndole saber que los animales están dotados de una cualidad que es totalmente desconocida para los investigadores viviseccionistas: la compasión. 

EL CALVARIO 

Por lo general, el experimento en sí mismo no es más que una etapa de un largo y horrible calvario. 

mono-cambodiaUn estudio llevado a cabo en 1974 en la Unión Sudafricana reveló que durante los dos años anteriores, entre 500 y 1.500 babuinos destinados a los laboratorios locales murieron antes de la realización de los experimentos, la mayoría a causa de la sed o por las condiciones del transporte. Las madres con frecuencia decapitan a sus crías durante los viajes. 

En alemán, el término Affenliebe (amor de mono) da nombre a un comportamiento que consiste en un exagerado apego maternal. Por ello, uno puede imaginar a qué grado de desesperación y de angustia mental debe llegar una madre de mono para matar a su propia cría. No obstante, evidentemente es lo bastante inteligente como para darse cuenta de que su descendiente está mejor muerto que en manos de los experimentadores. Una pregunta sigue sin respuesta: ¿Quién le dijo a ella que es así? 

El principal candidato para los laboratorios es el chimpancé, el animal favorito de experimentación debido a su gran semejanza con el ser humano. También son muy demandados los inteligentes babuinos y los sensibles monos rhesus. El 16 de septiembre de 1955, Times of India informó de que la India exportaba anualmente al menos 250.000 monos, principalmente rhesus. Incluso en la actualidad la gran mayoría de los monos suministrados a la investigación son capturados en la naturaleza, en el transcurso de cacerías que tienen lugar en las selvas de África, Asia y Latinoamérica. Por esta razón, actualmente varias especies están en peligro de extinción a consecuencia de la creciente locura experimental humana. La publicación Medical News (Noticias Médicas) de Londres (28 de agosto de 1972), dedicó un extenso artículo a este problema. 

La mayoría de los monos son atrapados después de disparar a sus madres. La aterrorizada cría se agarra a su madre moribunda y puede ser capturada fácilmente. Es entonces cuando comienza su via crucis. El confinamiento y el transporte hasta los laboratorios —situados al otro lado del globo— se añade al miedo y a la tristeza de estas tímidas y sensibles criaturas de corta edad. Son introducidas en estrechos cajones y un gran número de ellas muere de disentería, neumonía, frío, asfixia, sed, o simplemente de miedo a causa del horrible viaje. En un caso dado a conocer por el DailyMirror de Londres (4 de enero de 1955), 394 monos rhesus que se encontraban en tránsito de Nueva Delhi a Nueva York, murieron de asfixia en el aeropuerto de Londres porque nadie tuvo tiempo para cuidarlos durante las celebraciones de Año Nuevo.“ 

…La jaula estuvo al sol y los monos mostraban señales de asfixia…Pude obtener con cierta dificultad algo de agua que me fue imposible verter en el bebedero vacío de la jaula a causa de la lucha que se producía entre ellos para tragar alguna gota del agua… Saqué a dos pequeños monos que estaban inconscientes, y descubrí que uno ya estaba muerto; el otro se recuperó un poco con el agua, pero estaba cubierto de cortes y de otras heridas y murió unos momentos después”. 

Por término medio, por cada mono que llega a los laboratorios cuatro más mueren a causa de las heridas sufridas en las cacerías o durante el trasporte. Por tanto, el “sacrificio” de los 85.283 monos en los laboratorios de América solamente en 1971, implicó el exterminio de unos 400.000 individuos. 

El Dr. Geoffrey Bourne, director del Centro de Primates de Yerkes, en Atlanta, Georgia, ha escrito en su reciente libro The Ape People: “Los grandes simios han tardado 40 millones de años en evolucionar desde sus orígenes como mamíferos; cuando desaparecen lo hacen para siempre y su desaparición hará nuestras vidas más pobres”. Unas palabras conmovedoras, si no supiéramos que proceden del director de un centro de cría de animales de laboratorio que, como otros muchos vivisectores, lamentaría la extinción de los simios principalmente porque representan uno de los “materiales” favoritos de los investigadores. 

Para impedir una crisis de ese tipo, actualmente se están criando unos 40.000 monos en Estados Unidos, en las instalaciones de varios parques que simulan su hábitat natural. No obstante, aunque en su estado natural los monos son muy prolíficos, los que son criados para los laboratorios solamente satisfacen un uno por ciento de los requerimientos, debido a su negativa a aparearse. 

En Europa, la mayoría de los perros usados por los laboratorios “científicos” o por los profesores universitarios son suministrados por las perreras municipales y por algunos empresarios privados, que también atrapan a los gatos callejeros que son demasiado débiles para evitar su captura, sobre todo en el sur de Europa, donde abundan los gatos callejeros. En Roma, las autoridades municipales estiman que la población de perros callejeros está comprendida entre los 100.000 y los 150.000 individuos, mientras que la de gatos callejeros se sitúa entre 1.000.000 y 2.000.000. La mayoría de ellos eran animales de compañía que fueron abandonados por sus dueños cuando se acercaban las vacaciones. En países europeos más “avanzados”, como Suiza, Gran Bretaña y los países escandinavos, donde los animales abandonados no abundan tanto, la mayoría de los animales de laboratorio proceden, como en Estados Unidos, de centros de cría de animales: criaturas desventuradas diseñadas para nacer, crecer y sufrir sin conocer nada de la vida excepto los barrotes de metal de sus jaulas y la violencia del ser humano. 

Para el animal de laboratorio, la muerte es el equivalente de la misericordia, del paraíso. Sin embargo, la mayoría de ellos —a excepción quizá de los simios— carecen de la comprensión del concepto de muerte, de manera que no tienen el consuelo de saber que tarde o temprano llegará el fin de sus sufrimientos. Son raros los informes de suicidio entre los animales. Un caso claro fue relatado por el periódico St. Louis Post-Dispatch del 8 de junio de 1954; en dicha publicación aparecía un artículo acompañado de una foto en el que se narraba la historia de un pequeño perro que se tiró por la ventana de un quinto piso de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington a causa del miedo que le producía el laboratorio. Otro perro murió de un ataque al corazón mientras estaba siendo atado a la mesa de operaciones. 

Un perro feliz puede vivir catorce años e incluso más. Si es confinado, el perro muere de tristeza, impotencia y desesperación en tres o cuatro años, incluso aunque no sufra ningún experimento, pero es raro que un laboratorio espere que un perro viva tanto tiempo. 

El Dr. Charles W. Mayo, de la famosa clínica de Rochester, en el contexto de su diatriba contra las críticas que se hacen a la vivisección, manifestó que “el fisiólogo experimentado respeta profundamente la integridad de los sistemas biológicos”, y añadió que “él sabe mejor que nadie que la validez de los resultados de su investigación con animales depende de que sean tratados incluso mejor que la mayoría de los animales de compañía. Y ése es el tipo de cuidados que la gran mayoría de los animales de investigación recibe”. 

Qué sensibles y qué lógicas suenan esas palabras del gran Profesor, aunque parece difícil de aplaudir la intención de mantener a los animales en el mejor estado posible antes de proceder a destruirlos en cuerpo y alma. No obstante, comparemos esas bonitas palabras con algunos de los hechos que rompen la cortina de humo con la que los viviseccionistas intentan tan diligentemente encubrir su actividad. 

Paradójicamente, la primera información me la proporcionó en 1973 una pariente de ese mismo Charles Mayo —la señora Pegeen Fitzgerald, Presidenta de la Liga de Investigación y Vivisección de Nueva York— que también tenía un programa de radio diario en la emisora WOR. La señora Fitzgerald me proporcionó un artículo firmado por Sonny Kleinfield que había aparecido en un periódico estudiantil de Nueva York llamado Washington Square Journal, y que decía lo siguiente: “Desde septiembre, como parte del proyecto de división cerebral del Departamento de Psicología de la Facultad de Washington Square, siete monos han sido inmovilizados por el cuello. ‘Es terrible, inhumano y completamente innecesario’, dijo Renee Wayburn, una graduada de la Universidad de Nueva York que ahora está en la Universidad de Columbia y que había visitado el laboratorio situado en el décimo piso del edificio Brown. La señorita Wayburn dirigió una protesta al Dr. Michael Gazzaniga, un profesor asociado de psicología que está a cargo del proyecto. ‘Estaba incluso dispuesta a intentar conseguir jaulas por mis propios medios, pero él dijo que no era necesario’. Tres de los monos son obligados a permanecer sentados, inmovilizados con un aparato Plexiglas que impide el movimiento del cuello. Los otros cuatro permanecen sentados en pequeñas sillas, están sujetos tanto por el cuello como por la cintura y solamente pueden mover las piernas y los brazos. Los monos han permanecido en esas posturas desde el comienzo del proyecto en septiembre”. 

De acuerdo con el artículo, el Profesor Gazzaniga, que permitió este episodio en la Universidad de Nueva York, utilizó el siguiente argumento como excusa: “En otras Universidades, los animales están completamente paralizados, de manera que aunque sientan dolor no pueden hacer nada; por lo tanto, aquí el trato de los animales es bueno en comparación con esas Universidades”. 

Demostrando el grado de deshumanización al que el ser humano ha llegado en lo que respecta a los animales de laboratorio, el artículo del periódico pasó inadvertido y los monos permanecieron inmovilizados por el cuello hasta que Pegeen Fitzgerald informó de su situación en su emisión de radio del 11 de diciembre. Entonces —y solamente entonces— fue cuando actuaron la ASPCA y el Departamento de Salud de la Universidad de Nueva York. Se proporcionaron jaulas para los desafortunados monos, que así porlo menos pudieron mover sus cuellos mientras esperaban el comienzo del “proyecto de división cerebral”. 

Veamos ahora unos extractos del testimonio de Fred Myers, que representó a la Sociedad Humana de Estados Unidos en las comparecencias ante el Congreso de 1962: “Yo acuso a la Universidad de Harvard, a la Universidad del Noroeste, a la Universidad de Chicago, a la Universidad de Pittsburg, al Instituto Nacional de Sanidad y a la Universidad Reserve del Oeste, porque sé que dichas instituciones son culpables de negligencia y de maltrato a los animales. Puedo aportar y aportaré detalles de la extensión que este Comité desee… En la Universidad Johns Hopkins he visto perros enjaulados con sarna avanzada sangrante sin recibir ningún tratamiento… En la Universidad de Tulane encontramos gatos confinados en jaulas colgadas del techo cuyo suelo metálico tenía unas aberturas tan anchas que no podían caminar, ni estar de pie, ni tumbarse de una manera normal. En la Universidad de Nueva York tuve la oportunidad de recorrer durante todo un fin de semana varias plantas repletas de perros, gatos, monos, ratas, conejos, ovejas y otros animales enjaulados, y muchos de ellos tenían vendajes de los que se colocan después de sufrir una grave operación quirúrgica; muchos estaban gravemente enfermos, pero nunca me encontré con un solo doctor, ni con veterinario alguno, ni con cuidadores… En el Hospital para Niños de Cincinnati uno de nuestros investigadores encontró pequeños monos rhesus encadenados por el cuello dentro de unas jaulas tan pequeñas que apenas podían moverse… Yo he visto con mis propios ojos en un laboratorio del Instituto Nacional de Sanidad a individuos sin títulos universitarios y que no parecían tener ninguna cualificación profesional llevar a cabo la labor de un cirujano. He visto a un perro totalmente consciente con una incisión abierta en la cavidad torácica y en el abdomen tumbado sobre el suelo de un pasillo de ese mismo laboratorio, retorciéndose de dolor pero incapaz de levantarse, y mucha gente pasaba a su lado sin dedicarle ni una breve mirada…” 

EL MARTIRIO 

Veamos a continuación en qué estado se despierta un animal después de una operación quirúrgica, suponiendo que le fuera administrada una anestesia eficaz. Examinemos el caso de uno de los incontables gatos que anualmente son sometidos a las tradicionales operaciones cerebrales que forman parte de los ejercicios favoritos de los laboratorios. 

viviseccion_gato_1El animal sufre con angustia las profundas náuseas que provoca la anestesia y que a menudo causan arcadas y vómitos. La inmovilización con fuertes ligaduras a la que está condenado es a la larga una tortura en sí misma. Las mandíbulas experimentan daños o incluso se rompen por efecto del mecanismo que de acuerdo con las instrucciones debe mantener la boca “tan abierta como sea posible” durante la operación. La lengua es perforada, produciendo una severa inflamación de la misma y aumentando la tortura. Se practica una incisión en el paladar y una trepanación en el cráneo, lo que ocasiona traumas adicionales y dolores atroces. 

La víctima se encuentra en dicho estado si el vivisector opta por “el método más elegante de practicar cirugía cerebral con gatos”, tal y como se define en la página 355 del manual de vivisección de J. Markowitz Experimental Surgery (Cirugía Experimental, Williams & Wilkins, Baltimore, Segunda Edición, 1949), añadiendo que “debería ser una técnica estándar en los laboratorios de Fisiología”. 

El autor es presentado como profesor de Fisiología de la Universidad de Toronto y ex ayudante de cirugía experimental de la Fundación Mayo, en Rochester, Minesota. Veamos un resumen de su descripción: “El animal es colocado sobre su espalda. La lengua se retrae mediante una ligadura que se inserta en la punta de la misma. Se practica una incisión en la parte central del paladar blando desde el borde posterior del paladar duro. La membrana mucosa y los músculos son separados de la base del cráneo y retirados hacia abajo hasta el borde del agujero magno, y lateralmente para exponer la bula timpánica. El colgajo de la membrana mucosa y muscular que resulta del procedimiento se echa hacia atrás mediante ligaduras. A continuación se utiliza un taladro dental motorizado para trepanar la base del cráneo.  queda una fina membrana ósea, ésta es retirada con una espátula fina. Se usa un gancho o una aguja para abrir la dura madre y permitir así la salida del fluido cerebro espinal. Las arterias carótidas internas quedan expuestas y unidas con ataduras. Éste es un ejercicio simple de neurocirugía”. Menudo ejercicio. 

¿Y el gato? Otra publicación “científica” nos informa sobre el destino de una de esas criaturas sometida a una experiencia similar. El Pflügers Archiv für die Gesamte Physiologie (Volumen 222, página 598), una publicación periódica clásica alemana que ha fascinado a generaciones de fisiólogos, muestra una fotografía de una gata tumbada sobre su espalda, con las patas estiradas hacia arriba, con el siguiente texto: “Inmediatamente después de la operación cerebral, la gata mostraba una tendencia a girar hacia la derecha y a caerse de lado… Sufría claramente de ataques de hidrocefalia (formación o presión anormal de fluido en la cavidad craneal). El 27 de septiembre, en el transcurso de uno de esos ataques, fue extirpada la parte derecha del córtex (capa exterior del cerebro). El animal siguió con vida desde la primera operación del 4 de agosto hasta marzo del año siguiente”. 

Un artículo del Philadelphia Sunday Bulletin del 26 de agosto de 1973 pone de manifiesto que esos ejercicios, cuyo origen se remonta al siglo pasado, siguen de moda. Incluía una cita de Julie Mayo, una enfermera cualificada de Brigantine, Nueva Jersey: “Preferiría que un carnicero matara a mi perro antes que dejarlo en manos de los científicos dedicados a la investigación. Esos investigadores están disfrazados de gente civilizada, pero tienen corazones y manos de bárbaros. No importan los medios, no importa lo espeluznante que sea el experimento, ellos afirmarán que el resultado final lo justifica. Su vida transcurre entre ranas evisceradas, conejos escaldados, gatos con el cerebro operado y perros mutilados. No se encoja de hombros. ¡Usted podría ser su siguiente víctima! 

Un viviseccionista anunció que una rana no sufre dolor cuando es arrojada en agua hirviendo, ni tampoco un gato cuando es abrasado vivo en un horno. ¿Hay alguna declaración que pueda parecer más absurda a la mente de una persona de inteligencia normal?… Trabajé durante un tiempo en el Instituto Pasteur de París. En sus instalaciones es habitual la práctica de la laparotomía con conejos, un procedimiento que consiste en la apertura del abdomen con una incisión. Observé que no se administraba anestesia. Pregunté a un ayudante que había estado allí algunos años si alguna vez se había administrado anestesia. Me respondió: ‘No, nunca’. En una ocasión acudieron dos médicos franceses a efectuar una visita. Un conejo estaba siendo abierto en canal. Ellos se limitaron a mirar con una divertida sonrisa… 

En algunos casos la crueldad llegó a tal punto que procedieron a aplastar los globos oculares. Los animales que sobrevivían a la operación eran confinados en jaulas hasta que estaban lo bastante fuertes como para ser sometidos a otra tortura. Los resultados eran lamentables. Algunos de ellos quedaban parcialmente paralizados, otros sufrían la extirpación de partes de su cerebro…Es un disparate decir que los animales no sufren porque tienen un grado menor de inteligencia. El dolor es transmitido al cerebro por los nervios, pero hay otros nervios además de los de la inteligencia, como los de la vista, el olfato, el tacto y el oído. En algunos animales esos nervios están mucho más desarrollados y son más sensibles que en los seres humanos”. 

De hecho, hay razones para creer que los animales son capaces de sufrir más que los seres humanos, y no solamente desde el punto de vista físico. Gracias a nuestro don del habla y de la comunicación, tenemos muchas compensaciones que se añaden a los esfuerzos de quienes nos rodean para que nos sintamos cómodos. Los animales carecen de ellas. Un animal de laboratorio sacudido por la fiebre o que sufre el dolor ocasionado por los cólicos hepáticos o biliares, no puede entender por qué es encerrado en una jaula metálica o es atado a una mesa de operación con tanta fuerza que las ligaduras producen heridas en su cuerpo. Ni tampoco comprende por qué esos enormes monstruos vestidos de blanco que le rodean aprietan su tripa, le alimentan a la fuerza una y otra vez e introducen en su dolorida garganta más polvos y líquidos que destruyen su hígado y dañan sus intestinos —lo que le lleva a vomitar y defecar constantemente— tras lo cual es sometido a una ducha fría para limpiar su jaula. Ni tampoco entiende por qué su escroto es sometido a descargas eléctricas que hacen que sus tripas o su cerebro padezcan las consecuencias, provocándole convulsiones. 

Los viviseccionistas suelen decir que para muchos experimentos se usan ratones y ratas, porque saben que dichos animales tienen pocos amigos entre los humanos. Sin embargo, eso es así solamente porque sentimos una escasa familiaridad con esas especies. Las ratas son animales particularmente inteligentes y sensibles, y los crueles experimentos “conductistas” a los que son sometidas demuestran que no se comportan de una manera muy diferente a como lo hacemos nosotros. 

Cuando uno de esos pequeños roedores se retuerce de dolor en la jaula de un laboratorio después de ser envenenado —con espuma en la boca y defecando, aquejado de calambres intestinales o de cólicos de la vesícula biliar—no sufre menos que un ser humano en el mismo estado, y la aguja que se clava en su pequeño cuerpo es como una lanza que atraviesa a un ser humano. ¿Y a estas alturas acaso hay alguien tan ingenuo como para suponer que las cesáreas a las que los empleados de los laboratorios someten a millones de madres con objeto de conseguir ratas estériles se realizan con anestesia? 

Sin embargo, los animales favoritos de los investigadores siempre han sido los primates, porque son los más similares al ser humano. Son utilizados para comprobar los efectos de la exposición a material radiactivo, a gases venenosos, a detonaciones de potentes explosivos, a radiaciones varias, a las implantaciones de radón en el cerebro y a los rayos cósmicos a una altura de 32 kilómetros (en el interior de globos de plástico). También son usados para determinar la localización de áreas cerebrales, para la provocación de ataques epilépticos (por medio de múltiples inyecciones en el cerebro, cortando el tejido cerebral, o administrando descargas eléctricas), para el estudio de los efectos de la leucotomía (una operación cerebral) después de provocar graves neurosis, para la inducción de cáncer, de hidropesía epidémica, de tracoma ocular, de úlcera gástrica, de la infección del gusano de Guinea, de neumonía, de poliomielitis y de reumatismo. También son utilizados para comprobar los efectos de un shock grave —por fatiga, por el frío extremo o por una herida o un traumatismo— o del desplazamiento de los órganos por operaciones quirúrgicas, y para comprobar los efectos de drogas tóxicas. Además, son infectados con ántrax, malaria, rabia, sífilis, y de hecho con cualquier enfermedad. Asimismo, son utilizados cada vez más para el estudio de la drogadicción y del “conductismo”, preferiblemente con la administración de descargas eléctricas. 

ANESTESIA PARA LA OPINIÓN PÚBLICA 

Los viviseccionistas tuvieron que idear una manera de asegurar la perpetuación de sus actividades. Aunque el ser humano es por naturaleza el más cruel de todos los seres vivos —el único que mata no solamente para comer, sino también para conseguir vestido, adornos, por curiosidad, por vanidad, por beneficio, por deporte— también es un ser con moralidad. En consecuencia, se puede suponer que una vez que el público esté totalmente informado de la inevitable crueldad de la vivisección, la mayoría no la aceptará, y solicitará su abolición inmediata. 

Por lo tanto, para mantener a raya la interferencia del público, los viviseccionistas idearon el mito de la anestesia, diseñado para convencer al público de que los animales no sufren en absoluto, afirmando que sus sufrimientos son solamente invenciones fantásticas de unos pocos chiflados histéricos. 

En Europa, el mito de la anestesia ha alcanzado un notable grado de sofisticación debido tanto al secretismo con el que se desarrollan los experimentos como al anuncio de las leyes aparentemente “severas” que regulan la práctica de la vivisección. En la mayoría de los países, el Estado se ha visto obligado a admitir que infligir dolor a animales indefensos es inmoral. Las leyes que se han promulgado así lo demuestran. No obstante, en todos los países se elude el cumplimiento de las leyes, no solamente por el secretismo con el que se llevan a cabo los experimentos, sino también por la adición de alguna cláusula que hace que cualquier tortura sea legal. 

Un ejemplo es el de Italia. La legislación incluye un parágrafo con una declaración que es más estricta y alentadora que las de las legislaciones de la mayoría de los demás países. “La vivisección de perros y gatos queda prohibida como norma general”. A pesar de ello, son los perros y los gatos las principales víctimas de la vivisección en Italia. La trampa está en la expresión “como norma general”. La afirmación queda anulada inmediatamente por la cláusula que aparece a continuación: “…excepto si se considera indispensable para los experimentos de investigación científica o si no hay otros animales disponibles”. 

Otra ley italiana dice lo siguiente: “La vivisección solamente puede practicarse con anestesia, que tiene que ser efectiva durante toda la operación”. ¡Qué humanitaria parece esta ley, y qué útil para los vivisectores, que pueden esgrimirla contra quienes tienen objeciones contra la vivisección! Sin embargo, no esgrimen la cláusula que aparece inmediatamente después: “Exceptuando los casos en los que la anestesia sea incompatible con el propósito del experimento”. 

Más adelante podemos leer: “Queda prohibido utilizar para la experimentación a un animal que ya haya sido sometido a la vivisección, a no ser que sea absolutamente necesario”

¿Y quién es el encargado de juzgar si cualquier cosa relacionada con la vivisección es necesaria o no? Los vivisectores, por supuesto, debido a su capacidad como “científicos”. Es algo equivalente a la promulgación de una ley que dijera: “Queda prohibido matar, excepto cuando el asesino lo considere absolutamente necesario”. 

En Gran Bretaña, se ha impuesto a los experimentadores una estipulación conocida como “Cláusula del Dolor”. Dice lo siguiente: “Si en cualquier momento de la realización de los experimentos mencionados se observa que el animal está sufriendo un dolor que o bien es severo o bien parece que puede ser duradero, y si el resultado principal del experimento ya ha sido alcanzado, se provocará la muerte del animal sin dolor inmediatamente”

Hay más de una trampa en esa frase que usan como cortina de humo. Como es habitual, nadie más que el experimentador puede decidir si “el resultado principal del experimento ya ha sido alcanzado”. Y no existe un estándar para medir ni para valorar el dolor, por lo cual lo que la víctima puede considerar “severo” puede ser minusvalorado y calificado como trivial por el experimentador, especialmente porque no es él quien sufre el dolor en cuestión. Lo mismo puede aplicarse a la expresión “parece que puede ser duradero”. Además, el adoctrinamiento viviseccionista ha producido toda una casta de pseudocientíficos que cree que la cuestión de infligir dolor (en cualquier criatura excepto en su propia persona) “no tiene ninguna relevancia en la actualidad”, tal y como ha manifestado el Profesor Robert White de Cleveland en su artículo aparecido en American Scholar, que será analizado con mayor detenimiento más adelante en este tratado. 

Además, como el empleo de la anestesia es incompatible con las observaciones postoperatorias, con todos los experimentos sobre el sistema nervioso, sobre el dolor, sobre la conducta, sobre el estrés, con todos los experimentos de larga duración, con todos los que provocan una enfermedad con el pretexto de “estudiarla”, y con los experimentos de toxicidad y de eficacia preventiva de todos los medicamentos nuevos, queda claro que la anestesia raramente se aplica, ni siquiera aunque exista algún individuo compasivo entre los experimentadores. 

En la práctica, solamente se administra anestesia a los animales al comienzo de una operación quirúrgica seria, y principalmente para mantenerlo quieto. No obstante, teniendo en cuenta que los animales se encuentran totalmente inmovilizados con los aparatos de contención y amordazados o privados de sus cuerdas vocales tras sufrir una horrorosa cirugía, nadie sabe jamás por cuánto tiempo ni con qué eficacia permanecen anestesiados. 

De todas formas, el efecto de la anestesia es siempre de corta duración, al contrario que los dolores postoperatorios, que siempre son atroces y prolongados. En los animales pueden durar años. 

Solamente Gran Bretaña está obligada por ley a revelar el número y el tipo de experimentos que el gobierno autoriza. De acuerdo con las cifras publicadas por el Ministerio del Interior, de los 5.800.000 experimentos realizados con animales vivos en Gran Bretaña en 1971, más de 4.500.000 fueron realizados sin anestesia. De los animales anestesiados, la gran mayoría se recuperó del efecto de la anestesia y sufrió todos los dolores que se producen a continuación. Solamente se provocó la muerte mientras dormían a menos del 3 por ciento de los millones de animales empleados. 

Los viviseccionistas rechazan las estadísticas oficiales, y afirman que muchos experimentos consisten en un “simple pinchazo” y que por lo tanto naturalmente no requieren anestesia. Eso es cierto, pero el propósito de esos pinchazos es normalmente inocular algo al animal para provocarle cáncer, hidropesía epidémica, tracoma ocular, neumonía, poliomielitis, meningitis, rabia, sífilis, y otras “finuras” semejantes, para luego observar cómo el animal lentamente se consume. 

ANESTESIA FABRICADA EN ESTADOS UNIDOS 

Los vivisectores americanos, seducidos por los enormes fondos para la investigación disponibles, han detenido todos los proyectos de ley diseñados para limitar en cualquier sentido la vivisección. Lo han conseguido conspirando en las altas instancias políticas, y con una propaganda sistemática destinada a convencer al público y a los legisladores de que los animales de laboratorio ya están ampliamente protegidos por la sensibilidad natural de los propios vivisectores. 

Todos los manuales americanos de experimentación animal contienen elaboradas instrucciones y recetas para anestesiar a todo tipo de animales, incluidas las palomas; no obstante, nadie explica cómo puede estar uno seguro de que un ave está anestesiada de forma eficaz. Con los pacientes humanos, el cirujano sabe que la anestesia empieza a ser eficaz desde el momento en el que el paciente deja de contar en voz alta. Si en el transcurso de una operación desparece el efecto de la anestesia, el cirujano lo sabe porque el paciente empieza a gritar. Eso me ocurrió a mí. El animal no puede contar, ni es capaz de gritar. 

De hecho, una de las más eficaces “anestesias para el público” que se ha inventado es la llamada “inutilización” de las cuerdas vocales (“desvocalización”). ¿Cómo evitar que los lamentos de las víctimas lleguen a losvecinos y a quienes pasan por los alrededores? Como norma general, proce-diendo a cortarles las cuerdas vocales. Eso supone una tortura añadida para la víctima, especialmente a la hora de tragar alimento, pero lo que importa no es evitar causar dolor a los animales, sino a la sensibilidad del público. 

“Debarking” (evitar los ladridos) y “Devocalizing” (desvocalizar, inutilizar las cuerdas vocales) son dos nuevos términos con los que los vivisectores han enriquecido el idioma de Estados Unidos. En Europa, la inutilización de las cuerdas vocales (desvocalización), aunque está muy extendida, es ilegal, de modo que los vivisectores lo hacen pero no pueden admitirlo. En Estados Unidos, donde nada relacionado con la “ciencia médica” es ilegal, los vivisectores admiten libremente que es un procedimiento rutinario.Han desarrollado “técnicas sofisticadas” para llevarla a cabo. Una de dichas técnicas es la “electrocauterización”, que se practica fundamentalmente con los perros, que quizá por su gran asociación con el ser humano, son los animales que se quejan de una manera más clara y persistente. 

El Dr. Gunther Kraus, de los laboratorios del Roswell Park Memorial, escribió lo siguiente en American Veterinary Medical Association Journal (Revista de la Asociación Veterinaria Médica Americana, Volumen1 43, Número 9, 1 de noviembre, 1963): “En nuestro laboratorio la inutilización de las cuerdas vocales (desvocalización) de los perros es necesaria porque hay pacientes humanos en las instalaciones cercanas. Hemos usado la electrocauterización para la inutilización de las cuerdas vocales de más de 3.000 perros”. 

La electrocauterización es un método de “evitar los ladridos” para cuya realización se utiliza un instrumento de cauterización que quema las cuerdas vocales. El Dr. Kraus dice que el animal debe estar bien anestesiado, no para no causarle ningún sufrimiento, sino porque “en los animales ligeramente anestesiados el instrumento de cauterización caliente puede provocar sacudidas y movimientos al animal”, de manera que el procedimiento tendría que repetirse totalmente, desperdiciando el valioso tiempo del “científico”. Las consecuencias de esta forma de inutilización de las cuerdas vocales pueden ser, entre otras, bronquitis crónica, laringitis, neumonía y graves hemorragias. 

Otro método todavía más “sofisticado” para silenciar a los perros consiste en quemar con electricidad una parte del cerebro en lugar de las cuerdas vocales, después de inmovilizar al animal con un aparato de contención. Este método fue ideado por el Dr. Niles Skultety, profesor asociado de la división de neurocirugía de la Facultad de Medicina de la Universidad de Iowa. 

De acuerdo con la publicación Archives of Neurology (Archivos de Neurología, Volumen 6, marzo de 1962), antes de la operación se comprobaba la reacción de los perros al dolor y el volumen y el tipo de vocalización que se producían al presionar la cola con una pinza de Kocher. La mayoría de los perros permanecían en silencio después de la herida cerebral incluso si sufrían dolores. No obstante, después de todo, también permanecen en silencio los perros cuyas cuerdas vocales son inutilizadas a la antigua usanza. Sin embargo, el nuevo método basado en la electricidad causa fascinación a los vivisectores americanos, aunque algunos de sus resultados puede que no parezcan tan admirables a los mortales corrientes. A continuación aparece la descripción de un perro herido de esa forma: “No intentó levantarse ni comió ni bebió durante los tres primeros días después de la operación, pero el cuarto día pudo erguirse y avanzar arastras por la jaula. Las patas traseras tenían una postura similar a la de un animal que está acurrucado, y las patas delanteras las mantenía flexionadas. En ningún momento llegó a recuperar su equilibrio normal: bastaba un ligero empujón para hacerle caer. Lo matamos el decimosexto día. Cuando le pinchábamos provocándole dolor intentaba llegar a la fuente del estímulo, pero su capacidad de respuesta estaba muy deteriorada”. 

No importa qué libro de texto americano destinado al público en general consultemos, en todos podremos leer mucho acerca del tratamiento “humanitario” de los animales de laboratorio. Ésta es la anestesia a la que está sometido el público. La edición internacional de la Enciclopedia Americana de 1974 incluye la siguiente declaración sobre el término “Vivisección”: “Avances significativos en las técnicas anestésicas y en neurofisiología, principalmente como resultado de los experimentos con animales, han permitido a los científicos desarrollar métodos para los animales de laboratorio que son tan humanitarios como los utilizados en la práctica médica moderna”. 

¿Cómo pueden explicarse esas declaraciones a la luz de los diversos experimentos que se publican todos los días en los documentos científicos? Muy fácil. Los textos sobre fisiología destinados a la enseñanza son recopilados por otros fisiólogos, todos ellos formados con la mentalidad viviseccionista que en su mayor parte deben su alto standing científico a su actividad viviseccionista. 

Y como George Bernard Shaw afirmó en varias conferencias sobre la materia: “Quien no duda en practicar la vivisección tampoco dudará en mentir sobre ella”. 

Extraído del libro Slaughter of the Innocent (Matanza de Inocentes) Hans Ruesch

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